LOS CANTORES DEL DOS DE MAYO
Luis Vidart
Publicado en la"Ilustración Española y Americana", núm. XVI, pp. 274-275, del 30 de abril de 1881

El alzamiento del pueblo de Madrid en el día 2 de mayo de 1808, hecho histórico que reviste los caracteres de heroica leyenda, porque solo los sueños de patriótico heroísmo pudieron inspirar al paisanaje madrileño la idea de pretender contrarrestar el poderío de los soldados napoleónicos, vencedores de los ejércitos europeos mejor organizados: el 2 de Mayo de 1808, que ya ha dado origen a frases populares, como ¡Aquí va a haber un Dos de Mayo!, y otras semejantes: las glorias del 2 de Mayo de 1808 y de sus héroes, ya legendarios –a pesar de ser casi contemporáneos de las vivientes generaciones- los capitanes de Artillería D. Luis Daoiz y D. Pedro Velarde, que en este día memorable dieron su vida por la patria, era natural y lógico que hallasen su expresión estética en la inspiración de nuestros poetas líricos de la edad presente; y en la proximidad del aniversario LXXIII de aquella famosa jornada, parécenos que no será inoportuno consagrar un recuerdo en las columnas de LA ILUSTRACIÓN ESPAÑOLA Y AMERICANA a Los cantores del Dos de Mayo, y tal es el propósito que tratamos de realizar en el artículo que ahora comenzamos a escribir.

Singularidad digna de notarse es, sin duda alguna, que el primer cantor del hecho histórico, que puede considerarse como el sangriento prólogo de nuestra guerra de la Independencia, sea un hombre de paz, un ministro de la religión católica, el presbítero D. Juan Nicasio Gallego, de quien decía el Conde de Toreno, con elegante frase, que descollaba en el saber político, si bien no tanto como en el divino arte de los Herreras y de los Leones.

¿Quién no conoce la elegía, según se ha llamado el canto épico, según acaso pudiera ser calificado; la inspirada poesía, prescindiendo de calificativos, en que Gallego evoca la Noche para que su canto irrite el odio de la patria, y escándalo y terror al orbe sea?

Justas y grandes alabanzas ha alcanzado siempre la inspiración que ardía en la mente de D. Juan Nicasio Gallego al cantar la heroica hazaña del Dos de Mayo; pero escribió su poesía en el mismo año en que se verificó aquel glorioso alzamiento popular, cuando aun la pasión perturbaba las inteligencias, y así se explica el error de concepto que se comete en esta poesía cuando, para realizar las acciones de los capitanes de artillería, Daoiz y Velarde, que compartieron con el pueblo las fatigas del combate y el heroísmo de morir por la patria, dice que los demás militares permanecieron ajenas a la lucha, encarcelados por jefes sin honor, que hacían alarde de su perfidia; todo lo cual carece de exactitud, porque la guarnición de Madrid cumplió con su obligación militar, respetando las ordenes del Gobierno constituido, representado a la sazón por una Junta, que ciertamente no hacía alarde de perfidia, sino de respeto a las entonces soberanas disposiciones del rey de España D. Fernando VII.

Un escritor que había vestido en sus juveniles años el uniforme de oficial de Artillería es el segundo cantor del Dos de Mayo. Si queremos conocer los rasgos de la fisonomía literaria de este autor, oigamos a D. Antonio Alcalá Galiano, que, después de describir las agrupaciones en que se dividían los literatos madrileños a principios del presente siglo, dice así en su obra Recuerdos de un anciano:

«Un poeta de grande y merecida fama, pero de mayor concepto entre el vuldo de los lectores que entre los literatos rígidos; ingenioso en grado altísimo, fácil en la dicción, diestro en el manejo de las rima, dote no común en su época; con imaginación viva, pero no fuerte; con pasión superficial, siendo su amor mero galanteo, y su patriotismo, aunque verdadero, más chispeante que ardiente; terrible en la sátira; ajeno hasta entonces a la política, pero cantor asiduo de alabanzas del Príncipe de la Paz, de cuya sociedad privada era familiar, D. Juan Bautista Arriaza, constituía una entidad aparte de toda pandilla.» Este poeta independiente escribió en 1810 aquellos versos que durante mucho tiempo han sido tan populares:

«Día terrible, lleno de gloria,
Lleno de sangre, lleno de horror,
¡Nunca te ocultes a la memoria
De aquel que tenga patria y honor!»
Este es el día en que con voz tirana
«¡Ya sois esclavos!» la ambición gritó;
Y el noble pueblo, que le oyó indignado,
«¡Muertos, sí», dijo, «pero esclavos, no!»
«El hueco bronce, asolador del mundo,
Al vil decreto se escuchó tronar;
Mas el puñal, que a los tiranos turba,
¡Aun más tremendo comenzó a brillar!»

Y mas adelante, describiendo las ejecuciones que se verificaron donde hoy se alza el monumento ideado por D. Isidro Velásquez, termina Arriaza su composición escribiendo lo siguiente:

«Esos que veis que maniatados llevan
Al bello Prado, que el placer formó,
Son los primeros corazones grandes
En que su fuego libertad prendió.
«Vedlos cuan firmes a la muerte marchan,
Y el noble ejemplo de morir nos dan;
¡Sus cuerpos yacen en sangrienta pira!
¡Sus almas libres al Empíreo van!
«Por mil heridas sus abiertos pechos
Oíd cual gritan con horrenda voz:
«¡Venganza, hermanos, y la madre España
«Nunca sea presa de invasor feroz!»
«Entre las sombras de tan triste noche
Este gemido se escuchó vagar:
«Gozad en paz, ¡oh, del suplicio gloria!
«¡Aun brazos quedan que os sabrán vengar!»

Después del exoficial de Artillería D. Juan Bautista de Arriaza, ensalza la gloria del Dos de Mayo otro poeta, que ya es militar de profesión, el capitán de Infantería D. Cristóbal de Beña, que escribe una canción, cuyo coro y primera estrofa dicen así:

»¿Quién reprime su enojo y su llanto
Recordando aquel fúnebre día,
Que la noche con cárdeno manto,
Empapado de sangre, cubrió;
»Cuando Mántua a sus hijos veía
Oponer a la bárbara gente
La desnuda, la impávida frente,
Que el tirano del orbe arredró?
»Cien falanges, de acero cubiertas,
Avezadas al pérfido halago,
No creyeron que frágiles puertas
Abrigasen valor sin igual;
»Y, sedientas de ruinas y estrago,
De su rostro la máscara tiran,
Y en las calles, frenéticas, giran
Esgrimiendo el oculto puñal.»

Claro aparece, leyendo los anteriores versos, que el capitán Beña no llegaba en inspiración poético-guerrera a las alturas donde el presbítero Gallego supo elevarse cuando virilmente decía:

«Ya el duro peto y el arnés brillante
Visten los fuertes hijos de Pelayo.
Fuego arrojó su ruginoso acero:
«¡Venganza y guerra!», resonó en su tumba;
Y al grito heroico que en los aires zumba,
«¡Venganza y guerra!», repitió Moncayo;
Y al grito heroico que en los aires zumba,
«¡Venganza y guerra!», claman Turia y Duero:
Guadalquivir guerrero
Alza, al bélico son, la regia frente,
Y del patrón valiente
Blandiendo airado la nudosa lanza,
Corre, gritando, al mar: «¡Guerra y venganza!»

Después de las poesías de Gallego, Arriaza y Beña, que se publicaron respectivamente en los años 1808, 1810 y 1812; después de estas tres composiciones poéticas, que pueden considerarse como coetáneas del suceso que en ellas se canta, sería interminable la lista de poesías, o cosa así, dedicadas al Dos de Mayo, que aquí podríamos presentar; porque apenas hay poeta, versificador o coplero nacido en España durante lo que va del presente siglo, que no se haya creído en el deber patriótico-literario de endilgar unos cuantos versos, aconsonantando Velarde con arde, y Mayo con desmayo o con los hijos de Pelayo, y teniendo cuidado de no dejar a Daoiz al final de ningún renglón, para evitar el que oíd aparezca como su natural consonante, según hizo un ingenio de cuyo nombre no queremos acordarnos.

Si se creyese que en el párrafo anterior tratábamos de censurar a todos los autores de composiciones poéticas dedicadas al Dos de Mayo, recordaríamos aquí que entre ellos se cuentan Dª Gertrudir Gómez de Avellaneda, Dª Amparo López de Baño, Espronceda, Hartzenbusch, Zorrilla, Zea, López García, Navarro Villoslada, Villergas, De-Gabriel, Corrandi, Ramírez (D. Braulio Antón), Tejado, Ribot y Fontseré, el Marqués de Torreorgaz, Romero y Larrañaga, Albuerne, Villanueva, el general Guillén Buzarán, Rodríguez García (D. Arcadio), Olave y el autor del presente artículo, y que, por lo tanto, nada más lejos de nuestro ánimo que lanzar censuras que se anonadarían ante la merecida fama de la mayor parte de los autores citados, y que acaso sólo pudieran aplicarse a alguna persona a quien queremos tanto como a nosotros mismos, y ni un ápice menos.

Reanudando el hilo de nuestro discurso, diremos que, entre las poesías en que se canta la jornada del 2 de Mayo, merece especial mención la que escribió el autor de El Diablo Mundo, no tanto por su mérito, que sin duda alguna lo tiene, como por las ideas que en ella aparecen; ideas que, apartando por completo a esta poesía de la inspiración patriótica que domina en todas las demás de su mismo género, la transforma en una verdadera sátira del gobierno, y aun del pueblo español, en la cual se condena al uno y al otro, no solo por lo sucedido en la época de la invasión de las huestes napoleónicas, sino también por lo que sucedía en el año de 1840, que es cuando Espronceda terminaba su composición, diciendo con desesperada y varonil energía:

«Verted, juntando las dolientes manos,
Lágrimas ¡ay! que escalden la mejilla;
¡Mares de eterno llanto, castellanos,
No bastan borrar vuestra mancilla!
»Llorad como mujeres; vuestra lengua
No osa lanzar el grito de venganza;
Apáticos vivís en tanta mengua;
¡Os cansa el brazo el peso de la lanza!
«¡Oh! en el dolor inmenso que me inspira,
El pueblo en torno avergonzado calle,
Y estallando las cuerdas de mi lira,
Roto también mi corazón estalle!»

Según cuenta D. Antonio Ferrer del Río, en su Galería de la literatura española, escribió Espronceda estos versos con el objeto de contribuir a exaltar las pasiones políticas de los partidos avanzados, que en aquellos días del año 1840 ya trataban de arrojar violentamente del poder al partido moderado y a la Reina Gobernadora Dª María Cristina, como en efecto lo consiguieron en el pronunciamiento (como entonces se decía) del mes de Septiembre del citado año, que dio la Regencia del Reino al afortunado caudillo D. Baldomero Espartero. Sabido esto, queda explicada la índole de los inspirados versos del Dos de Mayo de Espronceda; índole que, como ya hemos dicho, es más semejante a la de una composición satírica que a la de un canto destinado a ensalzar un hecho glorioso de nuestra patria historia.

Siendo capitanes de Artillería los héroes del Dos de Mayo D. Luis Daois y D. Pedro Velarde, parece natural que sus compañeros de armas, que llevan en el cuello de su uniforme las bombas de oro o doradas, y que han rendido culto a aquella ciencia, que, según Cervantes, encierra en si todas las ciencias; queremos decir, sin usar más rodeos, que parece natural que los oficiales de Artillería aficionados al cultivo de las letras se hayan creído en el deber de consagrar en sus escritos algún recuerdo a sus compañeros los héroes del Dos de Mayo; y en efecto, así ha sucedido, pues además de las biografías de Daoiz y Velarde que se hallan en el Memorial histórico de la Artillería española, del general D. Ramón de Salas, y de la Reseña histórica del 2 de Mayo de 1808, escrita por D. Rafael Arango, que era teniente de Artillería en aquel entonces, y combatió valerosamente en la defensa del parque de Monteleon, sin alcanzar la justa celebridad que por este hecho merece; además de estos trabajos históricos, y de algún otro del mismo género que aun podríamos citar, entrando ya en los dominios de la poesía, recordaremos que nuestro buen amigo el antiguo teniente coronel de Artillería y ex gobernador civil de Málaga, don Fernando de Gabriel y Ruiz de Apodaca, ha consagrado un soneto con estrambote a entrelazar los gloriosos recuerdos del Conde de Gazola, fundador del Colegio de Artillería, y de los hijos de este Colegio que mayor fama han alcanzado, cuyo soneto dice así:

«Truena el cañón: intrépido Velarde
Corre a afrontar la muerte en la pelea;
El acero en su diestra centellea;
Fuego divino en sus miradas arde.
»Muere, de patrio amor en santo alarde,
Que Europa un día con asombro vea;
Signo de paz el extranjero ondea,
Y Daoiz sucumbe a su traición cobarde.
»Rásgase entonces el alto firmamento,
Y del egregio Conde de Gazola
Suena la augusta voz: «¡Sublime día!
»Exclama en celestial arrobamiento;
»¡Estos mis hijos son: ésta la sola
»Ventura que restaba al alma mía!
»¡Tu inspiraste, Señor, tan grande hazaña!
»¡Siempre en mis hijos las encuentre España!»

Otro ex oficial de Artillería, nuestro querido amigo José Navarrete, después de encarecer el disgusto con que dejaban las floridas márgenes del Guadalquivir los artilleros del tercer regimiento, que vinieron a Madrid a formar parte de otro regimiento que se organizó en el año de 1862, dice que recobraron el generoso brío propio del militar español al contemplar, a la entrada de Madrid, el sencillo monumento, que les recordó la jornada del 2 de Mayo de 1808:

«Alta hazaña, en que probamos,
Mas de medio siglo atrás,
Que si laureles ganamos,
Vencedores, alcanzamos,
Si somos vencidos, más.»

Por último, aun existe otro ex oficial de Artillería, cuyo nombre omitimos, que ha dedicado un soneto Al monumento del Dos de Mayo, donde recordando cuantas y cuantas veces se han labrado los mármoles y los bronces en honor del loco ensueño de universales imperios, y comparando estas prostituciones del arte con el honroso empleo que de su pompa se hace cuando se consagra a los héroes que, como Daoiz y Velarde, mueren en defensa de la independencia de su patria, dice en sus dos últimos versos:

«Que no siempre buriles y cinceles
Del hombre ensalzan la feroz locura.»

Llegando ya a la terminación de este artículo, nos parece que cometeríamos una grave falta si pusiésemos el punto final son hacer especial mención del malogrado D. Bernardo López García, cuyas décimas al Dos de Mayo han alcanzado una popularidad tan grande como fundadamente merecida. Así comienzan estas inspiradas décimas:

«Oigo, patria, tu aflicción,
Y escucho el triste concierto
Que forman, tocando a muerto,
La campana y el cañón:
Sobre tu invicto pendón
Veo flotantes crespones,
Y oigo alzarse a otras regiones,
En estrofas funerarias,
De la Iglesia, las plegarias,
Y del arte, las canciones.
»Lloras porque te insultaron
Los que su amor te ofrecieron...
¡A ti, a quien siempre temieron,
Porque tu gloria admiraron;
A ti, por quien se inclinaron
Los mundos de zona a zona;
A ti, soberbia matrona,
Que, libre de extraño yugo,
No has tenido más verdugo
Que el peso de tu corona!
»Do quiera la mente mia
Sus alas rápidas lleva,
Allí un sepulcro se eleva
Contando tu valentía;
Desde la cumbre bravía
Que el sol indio tornasola,
Hasta el África, que inmola
Sus hijos en torpe guerra,
¡No hay un puñado de tierra
Sin una tumba española!»

Y más adelante se describe así el entusiasmo bélico de los españoles que defendían la independencia nacional:

«¡Guerra! Clamó en el altar
El sacerdote, con ira;
¡Guerra! Repitió la lira
Con indómito cantar;
¡Guerra! Gritó, al despertar,
El pueblo que al mundo aterra;
Y cuando en hispana tierra
Pasos extraños se oyeron,
Hasta las tumbas se abrieron
Gritando: «¡Venganza y guerra!»
»La Virgen, con patrio ardor,
Ansiosa salta del lecho;
El niño bebe en el pecho
Odio eterno al invasor;
La madre mata su amor,
Y cuando salmada está,
Grita al hijo que se va:
»¡Pues que la patria lo quiere,
»Lánzate al combate, y muere...
»Tu madre te vengará!»
Y suenan patrias canciones
Cantando santos deberes;
Y van roncas las mujeres
Empujando los cañones;
Al pié de libres pendones
El grito de patria zumba,
Y el rudo cañón retumba,
Y el vil invasor se aterra;
¡Y al suelo le falta tierra
Para cubrir tanta tumba!»

Después de los patrióticos conceptos del malogrado poeta López García, que de copiar acabamos, creemos que lo más conveniente es poner término a este recuerdo de Los Cantares del Dos de Mayo, sin hacer ninguna observación crítica, que sería en este momento, cuando menos, de todo punto inoportuna.

Luis Vidart