![]() Boceto por Jacques-Louis David |

Por tan conocida y divulgada no teníamos intención de incluir la biografía de tan grande general, pero ante la demanda de que nos hacen objeto, y simplemente por cubrir el expediente, haremos una pequeña glosa del admirado militar al que no podríamos dedicar si tuviésemos capacidad intelectual para ello, no menos que una serie de gruesos volúmenes en la seguridad de que aun así quedarían por decir tantas cosas sobre la dilatada trayectoria de Napoleón, que su pretendida historia siempre quedaría incompletamente reseñada. Sin embargo algo pondremos, ya que al ser uno de los enemigos circunstanciales de aquella España, no lo ensalzaremos tanto como su gloria universal podría merecer, puesto que mucha más merecen nuestros sencillos paisanos que un día se echaron al monte para enfrentarse a los aguerridos y expertos soldados franceses, logrando con su unión y sentido patriótico la victoria final, a pesar de su aparente debilidad e inexperiencia bélica inicial, suplida bien pronto por la fuerza y el alma que pusieron en su acción revindicadora de los derechos nacionales, teniendo que luchar incluso contra su voluble monarca.
Para que comprendamos como llegaba Napoleón a su pueblo, la atracción que su presencia ejercía sobre los franceses, reseñaremos lo que parece ser dijo en una ocasión: ¡A un hombre como yo le trae sin cuidado la vida de un millón de hombres!. La respuesta de aquellos hombres que le seguían era quizás aun más espantosa: ¡Nuestra vida nos trae sin cuidado, tratándose de seguirte a ti!.
¡Este fue Napoleón Bonaparte! Fue la primera vez que en Europa un mesiánico hombre conducía a la muerte a millones de personas, de su nación y de aquellas otras que ansiaba engullir. Ciento treinta años después volvería a repetirse una situación paralela de multidestrucción, en la que como en 1815 faltando ya soldados, se enroló a los muchachos que dejaron de jugar por las calles para morir como murallas de carne en los campos de batalla de Waterloo, víctimas inocentes de los afanes divinos del ególatra que en cada momento los conducía.
Napoleón nació el 15 de agosto de 1769, un día engalanado en toda la isla, ya que se celebraba la fiesta religiosa de la Ascensión, doble festividad aquel día en la residencia familiar de los Buonaparte en Ajaccio, isla de Córcega, recientemente incorporada a Francia. Aquel niño era el segundo hijo del matrimonio formado por Carlo-Marie Buonaparte y Maríe-Laetitia Ramolino. Su hermano Guiseppe tenía tan solo un año y medio cuando nació Napoleone. Permaneció en la isla con el resto de la familia, hasta que junto a su hermano Giuseppe fueron llevados por su padre el 15 de diciembre de 1778 al puerto de Ajaccio, y a bordo de un bergantín se trasladaron a Francia para ingresar el 1 de enero de 1779 en el colegio de los jesuitas de la ciudad de Autun, gracias a las becas obtenidas para ellos por su padre. Pocos meses después, el 5 de mayo siguiente, Napoleón es admitido en la Escuela militar de Brienne, donde cursa estudios hasta octubre de 1784, en que es trasladado a París, y al año siguiente recibe el galón de teniente de Artillería, saliendo destinado a la guarnición de Valence. Durante esos años, de carácter introvertido se fue convirtiendo en ávido lector, dejándonos prueba de ello y de lo que ya iba cerniéndose en su cabeza, en unas notas marginales puestas en un libro de Rousseau, el “Discurso sobre origen de la desigualdad del hombre”, en el que escribió: ¡No creo ni una palabra de todo eso!.
En 1787 pasó destinado a Auxonne, donde permaneció hasta 1791 en que obtiene un ansiado destino en Córcega, donde fue nombrado Comandante de la Guardia Nacional. En 1793 regresa a Francia con el grado de capitán efectivo y tras haber participado en el asedio y toma de la plaza de Toulon es promocionado al grado de General de brigada: tiene en ese momento 24 años de edad. En 1795 Barras le pone al frente de las tropas de la Convención, y en octubre sofoca la rebelión monárquica de París. En 1796 conquista el Norte de Italia y prosigue en las campañas europeas, hasta que en 1797 entra en Viena. Al siguiente año parte a la campaña de Egipto, llegando en sus evoluciones hasta Siria. En 1799 protagoniza el golpe de Estado del 19 Brumario. Iniciado el nuevo año, Napoleón es el Primer cónsul, y reanuda las luchas en Italia. En 1801 se lleva a cabo la paz de Luneville, entre Francia y Austria, y también el Concordato con la Santa Sede. En 1804 promulga el nuevo Código civil, y ante el Papa Pío VII se proclama y corona Emperador. En 1805 sus ejércitos rebasan el Rhin y llegan nuevamente a Viena. En 1806 instaura en el trono de Nápoles a su hermano José, y crea la Confederación del Rhin. Comienza el año 1807 entrevistándose con el Zar de Rusia, y crea el reino de Wesfalia, mientras el mariscal Junot penetra a través de España e invade Portugal con la anuencia del Rey de España. En 1808, el 2 de mayo los españoles ya no soportan más las traiciones de sus reyes y al grito popular se levantan contra sus opresores en Madrid y otras ciudades, luchando sin armas contra los franceses que han intentado sorprender la buena voluntad española. Traicionado el pueblo español, se levantó por todos los lugares en grupos de vecinos que formando las que pronto serán famosas guerrillas, acabarán desgastando de tal manera los regimientos franceses, que estos no tendrán en los seis años de ocupación, un momento de sosiego.
El 19 de julio las tropas españolas del general Reding, en Bailén derrotan a las que mandaba el general Dupont, sufriendo los franceses la primera de sus grandes derrotas. Después de aquel traspié, para intentar levantar el ánimo a sus mariscales, Napoleón llega a España creyendo que con su sola presencia, España sumisa se iba a entregar, pero las cosas no iban por ahí, y hallándose en Astorga, ante el temor de que Paris se levante, marcha desde allí a uña de caballo con intención de presentarse cuanto antes en la Asamblea.
Muchas serán las vicisitudes por las que pasan las tropas francesas en tantos campos abiertos. Entre ellas, y en tan amplio abanico de conflictos, en 1809 sufre otra nueva derrota el 22 de mayo de 1809 en la batalla de Essling, aunque poco después, el 5 de julio siguiente vencerá en la de Wagram. En 1812 inicia la irreflexiva campaña de Rusia, donde sufrirá la gran derrota del invierno ruso, teniendo que volver a Francia, dejando unos cuantos miles de hombres inútilmente muertos entre los témpanos de la estepa rusa. En 1813 continúa sufriendo continuas derrotas en España y es empujado hasta el interior de Francia, tras las decisivas batallas de Vitoria y Tolouse. En abril de 1814, los aliados entran en París y Napoleón abdica el día 6, y por este tratado de Fontainebleau es desterrado a la isla de Elba. Pero Bonaparte no es persona que se conforme a su suerte, por lo que en la noche del 26 de febrero de 1815 Napoleón se fuga de su prisión, a bordo del bric “Inconstant”, y tras una serie de peripecias y sospechas de a donde se dirigía, llegó el 1 de marzo al tan conocido para él, Golfe Juan, en las cercanías del Cabo Antibes, en cuya playa desembarcó el día 1 de marzo. Tras su retorno, reinicia el gobierno que se conocerá como de los “Cien días”, en cuyo periodo fue finalmente derrotado el 18 de junio en la batalla de Waterloo, y tras abdicar por segunda vez el día 22 en París, fue desterrado a la lejana isla de Santa Elena, donde voluntariamente le acompañaron algunos fieles seguidores, entre ellos los generales Bertrand, Gourgaud y Tristan, el marqués de Montholon con su esposa. Fueron llevados a Plymouth a bordo del “H. M. S. Bellerophon”, y allí, quizás por haberse divulgado quien era el viajero, el 7 de agosto sigilosamente fueron transbordados en Berry Head al navío “H. M. S. Northumberland”. Tras dos meses de navegación llegan a la vista de Santa Elena, el 17 de octubre de aquel tan ajetreado año 1815, después de haber recorrido más de ocho mil millas marinas.
El 16 de abril de 1821, en su alojamiento de Longwood, Napoleón, oliéndose lo que se aproximaba, escribió de su propia mano el codicilo de su testamento, en el que entre otras cosas dejaba dispuesto su deseo de que “... sus cenizas descansasen a la orilla del Sena, en medio de este pueblo francés que tanto me quiso”.
Napoleón falleció a las 05:49 del naciente día 5 de mayo de 1821, a la edad de 51 años y nueve meses, víctima quien sabe de qué, siendo embalsamado por su último médico el doctor François Antommarchi, a quien auxilió el cirujano militar británico Francis Burton, del 66º regimiento.
Transcurridos diecinueve años de la historia de Europa y de aquel día, y conforme nos transmite Alberic Cahuet, veremos lo que sucedió tras la solicitud de Adolphe Thiers, al rey Luis XVIII, que el 4 de mayo de 1840 accedió a que los restos de Napoleón pudiesen descansar en el templo parisino de Saint-Louis de los Invalides, cumpliendo el deseo expresado por Napoleón en ocasión de confeccionar sus disposiciones testamentarias. Thiers había sido el transmisor de lo decidido por los ministros, que en la asamblea del día 1 en las Tullerías, habían decidido la vuelta de los restos de Napoleón. Iniciados los trámites entre ambos gobiernos, fue designada una embajada que encabezaría el príncipe de Joinville [1], a quien acompañarían algunos de los que voluntariamente había acompañado al Emperador en su exilio: el general Bertrand, el teniente general Gourgaud, y en sustitución del achacoso y vetusto conde de Las Cases, su hijo Emmanuel; el maitre Pierron, el administrador Archambault, el ujier Noverraz, el doctor Guillard y un capellán elegido por la reina Marie-Amélie, que resultó ser el padre Félix Coquereau [2], para que fuesen a la isla de Santa Elena, a bordo de la fragata ”Belle-Poule”, y de la corbeta “Favorite”, con la misión de efectuar el traslado de aquellos añorados restos.
El 7 de julio a eso de la siete de la mañana con buena empopada salieron los dos buques rumbo a la lejana isla de Santa Elena, llevando a bordo el sarcófago que servirá de urna a los restos de los que se desconoce el estado, especialmente dudoso en su conservación por haber transcurrido ya diecinueve años y estar situada la isla en pleno clima subtropical. [3] El encargado de labrar y montar el doble féretro de ébano, fue el ya acreditado ebanista parisino Louis-Edouard Lemarchand [4], antiguo subteniente del Imperio.
Tres meses después de emprender la larga travesía, el día 7 de octubre sobre las tres de la tarde, dieron vista a la isla de Santa Elena, quedando fondeadas las dos naves.
Enviada una comisión a tierra aquella misma tarde, con objeto de presentar credenciales, el día 9 desembarca la embajada en Jamestown, pasando ante una de honor que les rinden los de ordenanza. La llegada de una embarcación, y en este caso de dos francesas, hizo que los cerca de tres mil habitantes acudieran a la capital, para ver de cerca a los recién llegados, que se convertirían durante varios días en la atracción y novedad de aquel lejano lugar.
La comitiva se dirigió a caballo primeramente al fuerte de Ladder Hill, para desde allí marchar a reunirse con el gobernador, el mayor general Middlemore, a quien visitaron en su residencia de Plantation House. La misión francesa pidió al Gobernador estar presente cuando se exhumase el féretro de Napoleón. Que quedó fijada para el 15 de octubre, por lo que Joinville consideró oportuno el proceder a tomar las medidas sanitarias oportunas para el que será largo viaje de retorno hasta Francia. El sarcófago que llevaban preparado se componía de cuatro cuerpos: el primero, en el que se depositarían los restos, de caoba tallado, sobre este otro de plomo, que estaba dentro de otro de caoba y finalmente el exterior, de zinc soldado y hermético. Joinville temía que fuese cierta aquella leyenda que decía que los británicos habían retirado el cadáver de Napoleón, razón por la que los franceses previsoramente habían llevado entre los miembros de la comitiva, a algunos de los que habían estado presentes en las exequias del año 1821.
Llegó la comitiva a través de un camino recientemente abierto, alcanzando el pequeño valle que entre agaves y cactos escondía la tumba del Emperador, ante él Joinville se descubrió, y todos le imitaron arrodillándose respetuosamente. Al lado se había instalado un cierre de madera, dentro del cual había montadas dos amplias tiendas de campaña, capaces para todos los que habrían de intervenir en la exhumación y siguientes actuaciones. El Príncipe que no renunciaba a presenciar personalmente los trabajos fúnebres, en un último intento había ofrecido llevarlos a cabo empleando los tripulantes de sus buques, a los que el mismo dirigiría. Pero el gobernador Middlemore siguiendo las instrucciones de su Gobierno se encargó bajo su responsabilidad, de todas las operaciones hasta la llegada del ataúd imperial al lugar de embarque en la falúa francesa, declinando todas las ofertas del Príncipe. En consecuencia, y a pesar de su deseo de asistir a las escenas de aquella noche, Joinville decidió no asomar su cabeza fuera de la tienda, esperando presidir los honores que deberían rendirse a Napoleón. En el exterior, en el silencio resonaron secas y precisas las ordenes dadas en inglés, y mientras una docena de soldados británicos con sus uniformes rojos alumbraban la escena, bajo una bruma fundida en una fina lluvia que hacía tiritar a los presentes.
| Tumba de Napoleón en Santa Elena | |
![]() Hacia 1825. | ![]() Fotografía de Jacques Macé, abril de 2003 |
Comenzaron los trabajos con la retirada de los geranios y otras plantas de bulbo que bordeaban y delimitaban las lápidas. Un centinela las recogió y se las entregó a Joinville, pues las había reclamado para distribuirlas como recuerdo entre los oficiales que habían quedado a bordo.
A continuación, desmontaron la reja que estaba sujeta en cada esquina por unas bases de piedra, por lo que daba la sensación de que fuesen las rejas de una vulgar prisión. Después de haber forzado el primer cerrojo, depositaron las rejas de hierro sobre la hierba.
El encargado de las ceremonias fúnebres, el Sr. Darling, explicó la posición de las losas, indicando la que cubría la cabeza. Cada vez hacía más frío, a los franceses menos acostumbrados a aquel clima les castañeteaban los dientes. Después de ímprobos esfuerzos lograron retirar la gran piedra que fue retirada de las cocinas de la nueva mansión de Longwood, construida más tarde para prisión del Emperador, que constituyo la última celda de Napoleón prisionero.
Amanece y sobre la fúnebre escena la bruma empujada por el viento va diluyéndose y dejando paso a la claridad en la mañana del día 16. Cincuenta hombres desplazan y levantan la pesada losa del sepulcro, en un laborioso esfuerzo. Sobre las 9,30 de la mañana comienza a verse el ataúd, cuando unos puntos de luz brillan entre las sombras del hoyo. Son los tornillos de plata que no se han oscurecido con el tiempo.
El ataúd fue introducido en una de las tiendas, y estaba compuesto de cuatro envolturas: la primera de caoba, la segunda de plomo, la tercera era otra de caoba y finalmente la cuarta de zinc. Después de que se hubieron abierto las tres primeras, un obrero, el mismo que la había cerrado con soldadura oxhídrica [5] en 1821, cortó con unas tijeras especiales la chapa de zinc. Los franceses estaban con los nervios destrozados con cada ruido metálico que se oía al cortar la chapa. ¿Qué va a aparecerles a la vista? ¿Quizá simplemente el gesto de un esqueleto con algunos botones de uniforme, o las condecoraciones oxidadas que permitirán identificar los restos? Cuando salta totalmente cortada la chapa, los presentes se acerca y miran temerosos.

Lo que aparece a la vista no es nada brutal. Todo aparentemente está bien conservado, aunque no se ve el cuerpo, cubierto aun por el guateado interior de la tapa y el fino que tapa ligeramente el cuerpo allí depositado. El doctor Guillard levantó lentamente aquel velo, y en ese momento algo inaudito se produjo, pues pareció que el cuerpo se hubiese movido, que tuviese movimiento propio. Todos se fijaron en la mueca que hizo Pujol, el más próximo, y según coincidieron en decir los testigos de aquel fenómeno, el cuerpo había tenido un movimiento muy pronunciado, similar a una convulsión nerviosa, un respingo. Aun para las personas que estaban allí, algunos con sangre fría, la apariencia de que el cuerpo tenía vida les aterrorizó.
El cirujano Guillard siguió descubriendo el cuerpo y Napoleón apareció como dormido, sin apreciarse las clásicas pérdidas que sufren los cuerpos al faltarles la vida. En este caso parecía que estaba allí el mismo Napoleón y no como cabría pensar, un esqueleto anónimo o un montón de polvo. Napoleón estaba allí, con su conocida cara, su silueta y su histórico uniforme.
Guillard le dijo al general Gourgaud, “... que todo se había conservado perfectamente...” Habría bastado con haber visto al Emperador una sola vez, para reconocerle en este momento, nada había cambiado.
En esta mañana brumosa y fría, bajo la tienda agitada por las ráfagas de viento, en el fondo del metálico ataúd de metal Napoleón parecía dormir. Se habría podido creer que estaba sobre su cama como en aquel 7 de mayo de 1821. Las características fisonómicas de la cara están intactas, con apenas una pequeña alteración en la base de la nariz y en la perilla. Rebrotada la barba, daba a la barbilla un color suavemente azulado. La figura parece bronceada, con la cabeza rasurada y fuerte. La frente, amplia y bella, elevándose sobre las pobladas cejas. Los párpados cerrados, mucha parte de ellos aun conservaba las pestañas. La boca manteniendo su bonito dibujo y casi su sonrisa. Entre los labios se percibían tres de los dientes admirablemente blancos. Los botones del uniforme verde de campaña están ennegrecidos y uno o dos sueltos. Los vueltos rojos del uniforme parecen recién colocados. Se distingue también bajo la ropa, una parte del gran cordón de la Legión de honor y la Corona de Hierro aun permanece en su pecho, con la placa un poco negra, pero las otras condecoraciones aún bastante brillantes. Las hombreras, pequeñas y con el hilo de oro oscurecido.
Las botas de montar, de caña, negras no estaban destruidas, aunque el cuero en la zona de los pies dejaba ver estos, de un color blanco mate. Entre las piernas, envueltos en transparente casimir blanco, los dos tarros de plata que según su etiqueta contienen el corazón y el estómago del Emperador. El bicornio plegado y colocado oblicuamente sobre los muslos. La mano derecha presionada bajo el cuerpo, casi no se veía. Pero por contra la mano izquierda completamente a la vista, flexible, con color y aspecto casi vivo, descansando a la altura de su cintura, en la misma posición donde la había dejado diecinueve años antes el gran-mariscal Bertrand, después de llevarla cariñosamente por última vez a sus labios.
El Emperador muerto aparecía milagrosamente joven, mucho más joven que Bertrand, ahora ya un anciano frágil y de cabello blanco. Más joven que el canoso Gourgaud, y por tanto más joven que Emmanuel de las Cases, su vetusto amigo de Logwood. Parecía el semblante de un muerto de apenas cuarenta años, expuesto ante los supervivientes de su destierro. Fue una verdadera regresión del héroe a aquella edad de su mayor gloria.
Gourgaud no pudo soportar aquello por más tiempo y les gritó diciendo que tener el ataúd abierto mucho tiempo era no tener respeto a los restos del Emperador y podría causarse su destrucción. Volvió por tanto a cerrarse el sarcófago de ébano sobre sus primitivas envolturas, y aquellos comisarios reconocieron oficialmente que se encontraron en presencia de los restos mortales del Emperador Napoleón, procediendo de nuevo el obrero a soldar la caja de zinc, cerrándose los demás féretros para proceder a su transporte hasta el embarcadero.
Al atardecer de este día en al muelle de Jamestown, bajo el pabellón tricolor, el príncipe de Joinville, grave y visiblemente conmovido, a la cabeza de los Estados Mayores de sus buques con pendones negro, las banderas a media asta, y las vergas recogidas, esperan al soberano muerto que vuelve a Francia. El viejo gobernador Middlemore hizo la entrega del cuerpo de Napoleón al hijo de Louis XVIII. Este gesto puso fin a la "guardia" británica. ¡Se acababa de entregar a Napoleón!

Cuando el sarcófago subió a la chalupa del Príncipe, un espléndido pabellón imperial se desplegó, era el pabellón que las jóvenes de Jamestown habían bordado cuando supieron que iban a llevarse el cuerpo de la isla. Entonces la Belle-Poule izó el velamen de las vergas y en el baluarte se desplegaron los paveses. Estos honores se repitieron a bordo de la Favorite. Con la llegada del féretro, el luto cesó en la representación francesa y se pasó a ornar todo de fiesta, mostrando así la alegría de volver a estar Napoleón en territorio francés. Trescientas bocas de fuego carillonearon un Tedeum inaudito. En cuanto estuvieron dispuestas las naves, aprovechando la brisa se dispusieron a volver con su preciosa carga.

El retorno se hizo a Cherbourg, a donde llegaron las dos embarcaciones sin novedad, y el día 8 de diciembre se trasbordó el féretro de Napoleón a la fragata Normandie en la que llegó al puerto de Havre, y desde allí en varias etapas a bordo de la barcaza del Sena “La Dorade”, a la que ya seguía una numerosa flotilla de embarcaciones menores. El 14 de diciembre por la mañana, el sarcófago fue transbordado a una embarcación de gala, de 24 mts. de eslora, sobre la que habían instalado un altar fúnebre de madera y bronce, a bordo de la cual prosiguió su marcha triunfal, precedida de un barco de músicos, mientras el séquito iba siendo seguido a lo largo del río por innumerables jinetes hasta que llegó el desembarcadero de Courbevoie, dónde se habían elevado una columna rostrada y un templo griego, un día muy frío, con temperatura por debajo de los –5º C.
![]() El catafalco de Napoleón, navegando por el Sena, el 14 de diciembre 1840. Lit. de Arnout y V. Adam. |
Cuando la comitiva fluvial estuvo próxima, el cañón que estaba emplazado en los Inválidos anunció con sus atronadoras salvas, que Napoleón estaba a las puertas de París. Veteranos de uniforme se pusieron en marcha hacia Neuilly y los primeros recibieron la embarcación imperial. Arrodillándose ante el ataúd se vio a un mariscal de Francia. Era el presidente del Consejo de Ministros, el vetusto mariscal Soult. Durante la vigilia el cuerpo estuvo escoltado por centinelas y guardias de honor.
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Al día siguiente, el 15 de diciembre, fue la apoteosis en París. A las 9 de la mañana, con un frío terrible, la comitiva formada en Courbevoie comienza a moverse, mientras las salvas de la artillería de Neuilly responde a las salvas de los Inválidos, cuando el tañido la campana mayor de Notre Dame inicia el de todas las restantes de la ciudad, el carruaje fúnebre se pone en marcha arrastrado por dieciséis caballos cubiertos con las armas del Imperio y empenachados de blanco plumón. El itinerario que va a seguir el cortejo está muy engalanado. La capital se cubrió de cartón piedra, de plata pintada, y cartón dorado. Un decorado de ópera, con falsos mármoles y bronces, ornan todas las grandes avenidas parisinas en torno a la marcha. Pero lo que denota la importancia de este día, será la gran muchedumbre que se estremece por las calles.
El poco tiempo antes concluido Arco de Triunfo [6] lleno de guirnaldas y colgantes, rodeado de mástiles con sus banderas, era la más pura imagen de la apoteosis: el Emperador, tallado en su traje de consagración, está de pie delante del trono, entre dos figuras que representan al genio de la guerra y a genio de la paz. Sobre el puente de la Concordia se encuentran alineados, en doble hilera las siluetas que representaban: la Prudencia, la Fuerza, el Valor, la Justicia, la Agricultura, la Elocuencia, las Bellas Artes y el Comercio. En los dos extremos del puente, mástiles con águilas y banderas. Una estatua colosal representando la Inmortalidad adornaba la escalinata de la Cámara de Diputados. Ante los Inválidos, la historia se representaba con sus símbolos. A los dos lados de la explanada se mostraban las figuras históricas de Francia. Esta compañía de honor estaba formada por los grandes reyes y los vetustos capitanes de todos los siglos, entre los que recordamos a Du Guesclin, Bayard, Turenne, sin olvidar a Juana de Arco, indiscriminadamente mezclados con soldados de la Revolución y mariscales del Imperio.

La muchedumbre estaba muy animada, ruidosa, agitada, motivada, llena de una gran emoción, pero sin tristeza. No fue este un día de luto para París, sino todo lo contrario, un día de fiesta, un día de alegría por haber recobrado al padre. El pueblo había captado el exacto sentido que tenía aquella emotiva ceremonia de la que tenían la suerte de ser privilegiados actores, por lo que dieron en llamarla “La fiesta de las Cenizas”. Al decir de la duquesa de Albufera [7], engrandecían aquel escenario más de 80.000 hombres, dándole más aspecto de desfile que de entierro.
Precediendo la comitiva, en desfile interminable iban tropas de todas los armas: caballería, infantería, artillería, seguidas de las legiones de la Guardia Nacional. Durante un instante, el carruaje se para bajo el Arco de Triunfo de la Estrella, y una salva de veintiún salvas de cañón anuncian esta grandiosa estación. El carruaje se eleva sobre cientos de miles de expectantes cabezas. Todos los triunfos reunidos por un vencedor Napoleón no habrían podido ofrecer comparable imagen a la del inmenso triunfo de su muerte. Cuando la comitiva se volvió a poner en marcha, los espectadores que abarrotaban las márgenes de los Campos Elíseos vieron acercarse el brillante batallón de los Generales, luego la gran carroza de la comisión de Santa Elena, luego, como si fuese un campo de dalias móvil, las ochenta y seis banderas de los departamentos franceses, a los cuales se añadía la bandera de Argel.
Al reconocerlo, Joinville es aclamado cuando aparece a caballo al frente de sus marinos, y a continuación la hermosa carroza fúnebre. Imaginémonos la grandeza del momento. Arrastrada por dieciséis caballos enjaezados de oro y guiados a pie por sus palafreneros vestidos con bicornio negro y casaca verde, una deslumbrante pirámide truncada de oro y en los pisos, las catorce Victorias de Dino [8] de oro, y un escudo del mismo metal sobre el féretro, mientras un águila coronada toda en oro ocupa el sitial del conductor, mientras en la parte posterior del carruaje se asientan las banderas ganadas en todas las batallas.
Dos mariscales, un vicealmirante y el general Bertran, antiguo Gran mariscal de palacio, sujetan los cordones. El resto del Estado mayor imperial y de la Casa civil siguen al carruaje, mientras de todas partes resuena el grito de Vive la Garde!. Es un batallón de resucitados uniformes, surgidos no se sabe de donde, donde se encuadran supervisores de obras, cocheros, albañiles, jardineros de los suburbios, inválidos pensionados, mendigos de la ciudad y del campo. Repartidos en tantos grupos de veinticinco hombres como regimientos contaba la Guardia. Más atrás los vetustos soldados de la Grande Armée completaron el personal participante en el fastuoso desfile. Los viejos soldados reconstituyeron los cuadros, y todos ellos avanzaron por la gran avenida, triunfantes mientras eran aclamados por el gentío, entre las salvas de artillería y el vuelo de las campanas que les marcaba la marcha.

La amplia avenida de los Campos Eliseos se asemejaba a un torrente gentes que se arremolinaban tumultuosamente. Nada se resistía a la impetuosa curiosidad de aquella masa en movimiento. Los grupos formados por las tropas de línea, por la Guardia Nacional, los soldados encargados de cubrir la parada para proteger las avenidas contra la invasión de los espectadores, todo, todo, hasta las barreras e improvisados cierres fueron invadidos por aquella masa emocionalmente incontenible. Todo fue aprisionado por aquellos más de “... diez veces cien mil pies de hombres, mujeres y niños, que formaban por decirlo así un único cuerpo provisto de un millón de ojos.” [9]
![]() Capilla ardiente en los Inválidos. Lit. de Arnoud y V. Adam. |
El público oficial que asistía a la ceremonia, como siempre sucede a quienes van por obligación del cargo, estaba distraído por mil pensamientos, y no mantenían ni tan siquiera el recogimiento debido al menos a las formas. Con todo, cuando el ataúd cubierto con el manto imperial, apareció sobre los hombros de los marineros de la fragata “Belle-Pule”, precedido únicamente por el príncipe de Joinville, con el sable desnudo en su mano derecha y apoyado descansando transversalmente en su pecho, la visión que se ofreció a todos fue extraordinariamente grandiosa, tal como podemos ver en las imágenes de las que los dibujantes de la época fueron fieles reproductores.
El rey Louis XVIIII se puso ante Joinville, y el príncipe le saludó simplemente con un movimiento de su sable, pues ignoraba lo que se había decidido en el Consejo de Ministros, relativo a las citas históricas que en ese encuentro debían intercambiarse entre su padre y él. El rey se descuidó y no le comunicó las palabras de su papel, por lo que Louis XVIII después de un momento de vacilación, separados de otros testigos, improvisó una frase de circunstancias. Curiosamente la prensa de la época, “Le Moniteur” se encargó al día siguiente de desfacer el entuerto, dejando para la posteridad lo que en realidad allí no se había dicho, pero que el pueblo pudo ver plasmado en el diario parisino. Según ello, el príncipe de Joinville dijo: ¡Señor, le presento el cuerpo del Emperador Napoleón!, A lo que el rey respondió: ¡Lo recibo en nombre de Francia!.
A continuación la ceremonia prosiguió con la entrega de la espada de Austerlitz por el rey Louis XVIII. La espada la llevaba el ayudante de campo Athalin, sobre un cojín. De allí la tomó el mariscal Soult, Presidente del Consejo de Ministros, que la presentó al general Bertrand. Pero el anciano vencido por el cansancio y la emoción fue sustituido por Gourgaud, que aceptó el ofrecimiento. Al día siguiente el diario bonapartista “Le Commerce” mostraba su satisfacción por que el propio rey evitó tocar la espada del Emperador. La cual se depositó finalmente sobre el ataúd, junto al bicornio de Eylau, y una Cruz de la Legión de Honor, que según señaló “Le Commerce”, mostrábase así la ligereza atolondrada de los estamentos oficiales, pues llevaba impresa la efigie del rey Enrique IV.
![]() Sepulcro de Napoleón en Los Inválidos, hoy |
El sarcófago fue situado finalmente bajo la cúpula de los Inválidos [10], y comenzó la ceremonia religiosa de la que fue el celebrante el arzobispo de París, Denis Auguste Affre. Mientras, seiscientos coristas, y entre ellos primer tenor Gilbert Duprez, el barítono Antonio Tamburini; y entre las mujeres: las sopranos Laure Cinti Damoreau y Giulia Grisi, la joven mezzo-soprano Pauline García-Vardot cantaban el Requiem de Mozart.
A las tres y media de la tarde la ceremonia tocó a su fin. Durante mucho tiempo la enorme muchedumbre concentrada en el exterior se fue disolviendo en un remolino formidable, dispersándose lentamente hacia los suburbios, mientras la juventud lo hacía cantando a pleno pulmón la “La Marsellesa”, celebrando que Napoleón Bonaparte descansaba ya en aquel templo tan representativo de la nación francesa.
[1] François-Ferdinand-Philippe-Louis-Marie de Orleans (1818-1900), séptimo hijo, el 3º entre los varones, del rey de Francia, Louis XVIII, y de Marie-Amalie de Bourbon-Dos Sicilias. Se formó en el seno de la Armada Real francesa.
[2] Tras su regreso a Francia, escribió la interesante y buscada obra titulada: “SOUVENIRS DU VOYAGE A SAINTE-HELENE”. Paris H.L Delloye 1841. In-8º, 4hh., frontispicio 4hh.-207pp. Primera edición, ilustrada con 5 láminas litográficas por Rigo.
[3] Esta situada en la longitud 5°43' O. Latitud 15°56' S. Las temperaturas en Jamestown varían entre los 20° y los 32°C del verano, y los 15° a 27°C del invierno, siendo las temperaturas del interior, 5º a 7º inferiores en las mismas épocas del año.
[4] Louis-Edouard Lemarchand nació en el seno de una familia de gran tradición como ebanistas. Tentado por la vida militar, abandonó sus estudios de Arquitectura, para ingresar en la Academia militar de Saint Cyr. Después de Waterloo, dejó el ejército y se incorporó al negocio familiar, donde pronto se convirtió en el alma del taller y fue el proveedor de la Casa Real, con los reyes Carlos X y Luis-Felipe. En 1830, obtuvo el título del ebanista oficial de la Casa de Orleans. La marca Lemarchand es muestra de calidad y delicadeza, basada en la fina talla y el buen diseño, por lo que sus obras son hoy muy apreciadas.
[5] Método de soldadura por fusión, puesto en práctica a mediados del XVIII.
[6] Construido por orden dada por Napoleón en febrero de 1806, a raíz de la victoriosa batalla de Austerlitz ( 2 de diciembre de 1805), para rememorar los triunfos de las armas francesas, a partir del proyecto del anciano arquitecto parisino Jean-François Chalgrin (1739-1811), y cuya construcción finalizó en 1836. En él están grabados los nombres de las batallas y los generales que en ellas tomaron parte durante el Imperio.
[7] Honorine Anthoine de Saint-Joseph, esposa del mariscal Suchet.
[8] De la mitología griega.
[9] Albéric Cahuet.
[10] El mausoleo que hoy encierra los restos del Emperador, fue realizado por Louis Tullius Joachim Visconti (1791-1853), iniciada su construcción en 1843, se terminó en 1861. Esta conformado por tres bloques de pórfido púrpura de Rusia, descansando sus pies sobre un zócalo cuadrilongo de pórfido verde de los Vosgos, ubicado todo ello en el centro de una pétrea corona de laurel en el suelo, conteniendo inscripciones que rememoran las batallas de su tiempo Todo ello está en el centro de un anfiteatro en el que sus 10 columnas representan las victorias napoleónicas en las diversas campañas de: Austria, Bélgica, Egipto, España, Francia, Italia, Polonia, Prusia, Rusia y Sajonia, tras las cuales encontramos la galería circular en la que aparecen las principales estampas de Francia, en mármol blanco, correspondiendo a: Los trabajos y el Arte, la Promulgación del Código, El Concordato, la Fundación del Tribunal de Cuentas, La creación del Consejo de Estado, la Administración central, la Fundación de la Universidad, Creación de la Legión de Honor, la Pacificación de Troubles, todas ellas talladas por Pierre Charles Simart. Otros dos bajorrelieves representan al príncipe de Joinville ante la tumba de Napoleón en Santa Elena, creación de Auguste Alexandre Dumont, y el último muestra al príncipe de Joinville en la escena en que muestra el féretro a su padre Luis XVIII, aquella mañana helada del 15 de diciembre de 1840, labrado por François Jouffroy. Bajo todo ello la cripta donde descansan los restos de Napoleón, a ambos lados de la puerta las colosales estatuas alegoricas del Poder Civil y del Poder Militar, cinceladas por Francisque Joseph Duret, sobre las que una placa sustenta el último deseo del Emperador, expresado en Santa Elena en su codicilio: JE DESIRE QUE MES CENDRES REPOSENT SUR LES BORDS DE LA SEINE AU MILIEU DE CE PEUPLE FRANÇAIS QUE J’AI TANT AIMÉ y que dan paso al espacio donde vemos la estatua de Napoleón coronado de laurel y con el manto imperial, obra también de Simart, con los emblemas imperiales, y a su derecha en semicírculo, cuatro laudas en las que se hace alusión a las batallas en que participó, abarcando de izquierda a derechas las de: “Arcole, Rivoli, La Favorite, Pas du Tagliamento, Lavis, Malte, Chebreisse/ Les Pyramides, Jaffa, Mont-Thabor, Aboukir, Pas de Sn. Bernard, Montebello, Marengo/ Hohenlindere, Wortengen, Guetzbourg, Memmimgen, Elchingen, Ulm, Austerlitz…”