JOSÉ I, Rey de España (1808-1813). Un rey ilustrado

Rey de España
No, Sire, estáis en un error; vuestra gloria se hundirá en España

(Fragmento de una carta que José dirigió a su hermano el Emperador, a poco de llegar a España)

Esta biografía, nos parecerá singular ya que tiene un contenido quizás algo distinto a la clásica opinión que en España se nos ha venido inculcando, a pesar de que desde hace muchos años hubo estudiosos que procuraron una aproximación mayor a la realidad de lo que fue este Rey, muchos debieron de ser los intereses en paralelo, que fomentaron el desprestigio de quien parece gozaba de todo lo contrario. Autores de reconocido prestigio se dedicaron a profundizar en el personaje, destacando entre otros el profesor Mercader Riba, que ya nos sorprendió en 1971, cuando decía:

“En toda la política de José I respecto a Napoleón se le ve como el más convencido abogado de los intereses españoles”

Para España realmente el rey José I no fue un rey nefasto, quizás podríamos decir sin temor, que fue todo lo contrario, si no fuese porque formaba parte de aquella máquina que nos había invadido, y que gobernaba su hermano el Emperador, pero aun así, José I gobernó siempre con su mejor intención, luchando inclusive con su hermano para mantener la unidad del territorio nacional, en el aquella nación que ya tomaba como suya, quizás por ser él un profesional, y como tal se comportaba en aquello que emprendía. Un profesional como hoy podríamos entender, que defiende a capa y espada la empresa que le contrata, mientras permanece en ella y es su directivo responsable. Era también la primera vez que accedía al trono de España, un hombre culto, ajeno totalmente a dinastías reales de tradición, con todos los problemas que ello conlleva, que protegió las letras y las artes, reguló o intento regular la Hacienda y la Administración Real. Favoreció la construcción o la mejora de las vías públicas, mejorando muchos senderos que quedaron en inmejorables caminos reales, ocupándose también del urbanismo, especialmente en Madrid, que fue donde más tiempo permaneció, y que a pesar de la tensión de aquellos años, recorrió muchas veces, viendo los problemas “a pie de obra”. Tal y como hoy se “hace ver por las autoridades”, pero entonces inimaginada situación en el Rey visitase los barrios, viese la marcha de las obras, etc. Los españoles de entonces, como siempre nos ocurre, predispuestos como estaban contra todo lo francés, en lugar de agradecer las mejoras, se dedicaban a vituperarlo y llamándole por el despectivo mote de “El Tío Plazuelas”.

Prosigue Balansó, dándonos una muestra de los motes que el pueblo le ponía, aunque ninguno de ellos era justificado, ya que su comportamiento personal era precisamente casi todo lo contrario. Así le conocían por, “Pepe Botella” y “Rey de copas”, aun cuando prácticamente era abstemio; “El Empeorador”, sin tener en cuenta todo lo que había mejorado la Administración de España, y tan especialmente en Madrid en lo urbano y en sus accesos; “Pepino el Tuerto”, sin que tuviese defecto o tara alguna, siendo hasta bien parecido.

Según Balansó, y lo suscribimos totalmente:

“... No sólo por su carácter y costumbres, sino por su gobierno constitucional –el primero que tuvo España-, el rey José hubiese podido ser el soberano excelente y necesario para el salto que representaba el cambio de las antiguas estructuras monárquicas absolutistas a las liberales, marcadas por las directrices políticas europeas en boga a principios del siglo XIX. Posiblemente nuestro país se hubiese ahorrado muchos años de sangre, si la dinastía fundada por José se hubiera podido consolidar tan firmemente como, por ejemplo, la de su cuñado Bernadotte en Suecia...”

Aunque nosotros, con la salvedad de la distancia en el tiempo, nos adherimos al patriotismo desarrollado por quienes partiendo del pueblo dieron lugar a las hermosas acciones populares, integrándose en alguna guerrilla local que intentaba desalojar para siempre a aquellas tropas que nos complicaron tanto la vida nacional, y nos causaron tantas pérdidas personales, económicas y sociales, no queremos dejar de mostrar al Rey José I de España, tal y como vamos interpretando que fue, un gran Rey, en unas circunstancias imposibles, pero que propició una serie de cambios que hubieran dado un aire de modernidad a la triste situación que aun tenía España en el siglo XIX.

No habiendo podido sostenerse en España, y teniendo que seguir desgraciadamente las vicisitudes de la guerra que le habían traído aquí, le vimos desaparecer huyendo por vericuetos durante la jornada del 28 de junio de 1813, mientras atravesaba definitivamente la frontera por Irún, escapando de los vencedores en la batalla de Vitoria. Curiosamente era este el final del eterno peregrinar de aquel rey francés de la saga napoleónica, ajeno a la también francesa y hasta entonces reinante casa de Borbón. Como nos mostró en su día el incansable investigador Balansó, aproximadamente José I estuvo en España cinco años, día más día menos. Pues bien, en su itinerante estancia española, sus días se distribuyeron cronológicamente así:

“once días en Madrid, dos meses en Vitoria, trece en Madrid, cuatro en Sevilla y Granada, un año en Madrid, un mes en París, retorno y once meses en Madrid, año y medio en Valencia, seis meses en Madrid y un mes en Valladolid. Los tres meses que faltan, aproximadamente, del total de su reinado, los vivió en caminos, pernoctando al paso en Burgos, Málaga, Jerez y hasta cincuenta poblaciones distintas. ¡Más de diez noches las pasó al raso!...”


JOSEPH BONAPARTE

Nació Giuseppe, el 7 de enero de 1768, en su casa de la villa de Corte, en la casa familiar del centro de la región de Niolo, departamento de Golo (Córcega). Era hijo de Carlo Bonaparte y Laetizia Ramolino, y el mayor de trece hermanos. Tenía fama de ser menos lucido y más torpe que Napoleón, aunque años después cada uno en lo suyo, fueron equivalentes en capacidad. También se ha dicho que José estaba celoso de los éxitos de su hermano, pero creemos que no ha sido nunca así, puesto que sus características personales, de las que sin hacer gala de ellas todos llegaron a percibir, le impediría aquello que arteramente le atribuían, y que podemos verificar en los últimos momentos previos a la entrega en Waterloo. Quienes más próximos a él estuvieron, pudieron apreciar todo lo contrario: si en algo pareciese que perjudicaba a su hermano, lo fue por el torniquete que en torno a José desplegaban aquellos mariscales, ellos sí, ávidos de galardones, y que como ocurrió en España, donde más notablemente se aprecio, intentaron de todos los modos perjudicar a su Rey José I.

Joseph y Napoleón con nueve años, fueron llevados por su padre al continente con objeto de que realizasen sus estudios en lengua francesa, en el colegio de los jesuitas en Autun. Era este un sueño para los Bonaparte, que se había logrado a través del gobernador de la isla, Marbeuf, quien casualmente tenía un sobrino que era Obispo de Autun. El 15 de diciembre de 1778, embarcaron los tres rumbo al continente, desembarcando por primera vez en Marsella, y llegando al Colegio el 1º de enero de 1779, permaneciendo allí el pequeño Napoleón apenas cuatro meses, ya que causa baja el 15 de mayo por haber obtenido una plaza en el Colegio Militar de Briennes. Joseph proseguirá con sus estudios en Autun, hasta 1783. Causó muy buena impresión entre sus profesores, quienes decían de él que llegaba muy bien a los demás, pues su carácter era jovial, dulce, tranquilo y atento. Fue, según el abad Chardon, uno de sus profesores, un alumno serio y aplicado, del que se esperaba llegase a ser un buen eclesiástico.

Su padre venía padeciendo fuertes dolores intestinales, por lo que acudió a consultar médicos, en París, en Montpellier, lugar éste donde se hallaba el 24 de enero de 1785, junto a su hijo Joseph, falleciendo a los pocos días, víctima de un tumor en el píloro, no sin antes rogarle a su hijo primogénito, que se hiciese cargo de la familia.

Vemos pues como a sus 17 años, Joseph ha de regresar a su isla, dejando atrás todos sus sueños de juventud. A pesar de su fama de indolente, logró ordenar aquella casa, y tras buscar acomodo a sus hermanos Luciano y Luis. Tras la llegada a la Isla, de su hermano Napoleón, en septiembre de 1786, José marcha a Pisa, para estudiar Derecho con el famoso Lampredi. Con su extraordinaria y real capacidad, en tan sólo un año, logró el título de doctor Civil y Canónico. Retorna a Ajaccio en 1789, donde a poco de llegar obtiene un puesto como diputado en el Consejo de los Cinq Cents.

Malvivían en Marsella con los escasos ingresos que obtenía el mayor de los miembros de la familia, cuando Joseph conoció a la joven Maríe-Julie Clary, con la se casó el 1 de agosto de 1794, en la iglesia de Cuges-les-Pins (Bouches-du-Rhône). Marie-Julie (Julie), había nacido en los días finales de diciembre de 1771, en Marsella, era hija de François Clary y de Francoise Rose Somis. François que había sido un próspero y rico comerciante de aquella ciudad, dedicado a la exportación e importación por el Mediterráneo. Fallecido este, y durante la Revolución condenado a muerte su hermano, la madre buscaba ansiosamente el modo de salvar a su hijo de la guillotina, por lo que un día se tropezó con una buena persona que se ofreció a intentar ayudarla. Esa persona no era otro que Joseph, Oficial de Intervención y a la sazón Comisario de Guerra en Marsella. Tras oír a aquella angustiada madre, Joseph también le comenta las penurias que a pesar de todo padecían su madre y hermanos. Obtenida la ayuda, en agradecimiento, Francoise Clary le ofreció alojamiento más cómodo a la madre y hermanos de Joseph, que realmente vivían con penalidades, dado que los únicos ingresos eran los del hijo mayor y además como refugiados corsos no tenían otras posibilidades. Vivía la señora Clary en compañía de sus dos hijas Julie y Desirée, que acabarán casándose con oficiales napoleónicos como hemos visto con Julie, y la otra, Desirée lo haría en 1793, en primeras nupcias con Napoleón, y en segundas con Jean Baptiste Jules Bernadotte, general y futuro rey de Suecia y Noruega, el 17 de agosto de 1798, bajo el nombre de Carl XIV Johann, fundador de la actual dinastía reinante en Suecia.

Siguiendo las vicisitudes militares y políticas de Napoleón, Joseph será quien como diplomático acuda en 1796 ante el tribunal de Parma. Luego en 1797 será el embajador en Roma. Participa activamente en el golpe de Estado del 18 Brumaire que permite a su hermano invertir el Comité de dirección y fundar el Consulado, siendo Napoleón el Primer Cónsul. Por lo tanto, hasta ese momento colabora muy directamente con su hermano, rechazando la cartera de Ministro, prefiriendo le dedique a cuestiones diplomáticas o dentro del Cuerpo legislativo, donde formando parte del Consejo de Estado, negociará y firmará los Tratados de Mortefontaine, con los Estados Unidos de América, en el año 1800; el de la paz con Austria, en Lunéville, en 1801; con Gran Bretaña, firmará un tratado de paz, en 1802, celebrado en Amiens.

Senador en 1802, fue premiado con la Gran Águila de la Legión de Honor, siendo instituido ese mismo año 1804, como Príncipe del Imperio y después de haber sido proclamado el Imperio, es designado Gran Elector del mismo, en 1804. Enviado a la campaña de Italia, es nombrado General de división el 3 de enero de 1806. Tras la batalla de Austerlitz, Napoleón le designa General en Jefe y Teniente general del Ejército que va al Reino de Nápoles, al frente de unos 40.000 hombres, teniendo como su lugarteniente al mariscal Massena, con la paz de Presbourg concluye la campaña, y el reinado de los Borbones en Nápoleso. El 30 de marzo de 1806, un decreto imperial nombra a Joseph, rey de Nápoles y Dos Sicilias. Llegó el nuevo monarca a Nápoles, el 11 de mayo. Al día siguiente ya estaba proyectando el nuevo modo de Gobierno, así le veremos reorganizar las finanzas, preocuparse de la Armada y del Ejército, establecer los nuevos planes de estudio y estudiar las medidas a adoptar con las órdenes religiosas. También ordena iniciar los preparativos para establecer un nuevo Código Civil. El reino de Nápoles nunca se sintió mejor, que bajo su reinado, ya que se hacía querer por el pueblo, totalmente identificado con él y su buen hacer. Suprimió el sistema feudal vigente, disolvió los conventos, vendió las tierras de la Corona e inició las reformas escolares y urbanas. Nombrado rey de España, los napolitanos se manifestaron en contra, intentando impedir su marcha, después de que en menos de tres años hubiese dado tamaño giro a la vida en aquel reino.

Designado Rey de España, muy a su pesar, y mucho más del pueblo napolitano, parte hacia España, con objeto de ser su gobernador, hallándose en Bayona el 22 de mayo de 1808.

Napoleón estaba preocupado por el cariz que se apreciaba en los momentos iniciales que observaba durante los primeros días de la invasión del territorio español, en vista de ello decidió aproximar a la familia Real a la frontera francesa, y una vez allí, Napoleón había decidido convocar una Asamblea de la cual saliese una Constitución, por lo que hizo publicar en la “Gazeta de Madrid”, la convocatoria de la que se celebraría en la villa de Bayona, a la que asistirían diputados por los tres Estados, totalizando 150 miembros. La realidad fue que el 29 de mayo se les entregó un borrador de la Constitución, a la que nada pudieron añadir, salvo sancionarla con su silencio, el siguiente día 31 de mayo.

Llegado el día 15 de junio, señalado para el inicio de la Asamblea, solamente se hallaban en la Villa, 65 de los convocados. Momento en que se hizo público un Decreto de Napoleón I, expedido en 6 de mayo, en el que “... se proclamaba Rey de España y de las Indias a su amado hermano José”.


José Bonaparte con los diputados españoles

El resto de los diputados seguirían acudiendo hasta llegar al número de 91. La Asamblea fue cerrando sus sesiones y así se llega al 30 de junio, quedando pendiente la entrega de la Constitución, que se haría ocho días después, y en cuyo acto José juró sobre la Constitución, respetar la religión, la integridad y la independencia de España.

Sale de Bayona el 6 de julio, en las primeras horas del día, el 9 atraviesa la frontera, llegando el 20 a la vista de Madrid, entrando a eso de las 6 de la tarde, por la Puerta de Alcalá, al decir del embajador francés La Forest, “... con gran aparato militar y muy poca afluencia de gente...”La derrota de Dupont en Bailén el 22 siguiente, supuso un golpe psicológico de enorme impacto, haciendo que el rey José huyese de Madrid, el 1º de agosto, junto al Embajador La Forest y su familia, llegando a Miranda de Ebro el día 17. Vicisitudes diversas y un continuo desplazamiento, hasta que vencidos los españoles en Somosierra, el 30 de noviembre, le llevarán de nuevo camino de Madrid. Tras la capitulación de Madrid, realiza nueva entrada en la capital, el 22 de enero de 1809, esta vez ya hubo algunos aplausos, y más gente esperándole. Inmediatamente comprende, a poco de llegar, que España no será un territorio más, la soledad que siente es clara señal del rechazo popular que no le dará oportunidad de mostrar cuanto quiere cambiar en España. Le dice a Napoleón en una de sus misivas:

“Sire, nadie le ha dicho hasta ahora toda la verdad a Su Majestad. El hecho es que no hay un español que se muestre afecto a mi, excepto el reducido número de personas que viajan conmigo...”

Un poco más adelante le reitera:

“... No tengo aquí un único partidario. Todos parecen odiarme...”

Once días después de entrar en Madrid, ha de huir debido a la derrota de Bailén. Creó la Orden Real de España, que los españoles despectivamente llamaban la “Orden de la Berenjena”. Fue un gran defensor de España, contra la propia voracidad de su hermano, y ello le granjeo la fama de cobarde e incapaz de que le hacían mofa sus propios generales. El Rey estaba rodeado de brillantes mariscales y generales franceses, que no reconocían su autoridad y se peleaban más entre ellos, que lo hacían con los bravos españoles que continuamente les asediaban en un país tan hostil.

En mayo de 1811, José I viaja a París, con motivo del nacimiento de un hijo de Napoleón, del que será padrino. Aprovecha este momento para decirle a su hermano, que sería mejor que le permitiese abdicar, aunque Napoleón le ignora totalmente en esta cuestión.

Derrotado Marmont en Los Arapiles, Soult aprovecha desde su corte andaluza, para acusar a José ante el Emperador, de traidor a Francia. Sin embargo Napoleón está empezando a verse agobiado por los sucesos del Este, por lo que retira tropas de España, con objeto de enviarlas al frente ruso, cada día más difícil de sostener, y visto que España se mantiene ensangrentada, deshecha, pero con muchos españoles aun escondidos tras los riscos agotando el caudal humano francés.

Su único exceso o defecto conocido, si lo era, correspondíase con su debilidad por las mujeres. En España se dedicó más permanentemente a la marquesa consorte de Montehermoso, la alavesa y condesa de Echauz y del Vado, María del Pilar Acedo y Sarriá. El marqués “por no enterarse, ya que era un hombre muy prudente”, recibió del rey José “su recíproca discreción” haciéndole Grande de España, Primer Gentilhombre de Cámara y desde entonces dispensándole una gran amistad personal. Tampoco resultó ajena la figura de la joven viuda del anciano conde de Jaruco, la cubana, María Teresa Montalvo y O’Farril, aunque falleció pronto, dejando el sitio a su hija mayor Mercedes, casada con el general francés Merlín. Como éste se sintiese molesto con aquella relación, después que se lo diese a entender, José I le concedió un título de Conde, con lo que este bravo militar inexplicablemente se tornó también en “discreto y silencioso miembro de la Corte josefina”. Uno de los grandes logros fue la reducción de las cargas fiscales, y la racionalización de la Administración Real.


José Bonaparte de retirada en la batalla de Vitoria

Tras la derrota del 21 de agosto de 1813 en Vitoria, realizará la que será última salida de España, y tras internarse en Francia, José llega el 25 de enero de 1814, a sus propiedades de Mortefontaine, al Norte de París, localidad situada a unos 7 u 8 kilómetros al Oeste de Ermenonville, por el camino que viene de Plailly y desde donde al mirar al Sureste vemos el vecino castillo de Mortefontaine, que José Bonaparte había adquirido en 1798, y en la que por su ofrecimiento, se firmó el tratado de paz con los Estados Unidos, el 3 de octubre de 1800. Julie no era dada al boato, y por ello se mantenía residiendo en aquel lugar, con sus dos hijas: Zenaide y Charlotte, mientras José estuvo en España.


Castillo de Mortefontaine

Desde Mortefontaine, escribía a su hermano diciéndole:

“Acordaos, Sire, el restablecimiento de los Borbones en España traerá las consecuencias más funestas para esta pobre nación, y también para Francia

La abdicación al trono de España la realizó también en Mortefontaine, donde reunió por última vez a sus ministros (que le habían seguido, junto a más de dos mil partidarios españoles), tras finalizar el acto, les relevó de su juramento, para que así puedan acatar al “Deseado”, si ello les conviniese.

¡Que poco sospechaba el meticuloso y digno José I, de lo que sería capaz de hacer, aquel felón rey Fernando VII! ¡Cuantas vejaciones haría al pueblo que tanto ansiaba su retorno! ¡Cuántas encerronas aguardaban a los buenos españoles, de la mano de aquel monarca!

Tras las formalidades que hemos indicado, José, sintiéndose liberado de sus obligaciones hacia los españoles, “... como francés...” se ofreció a su hermano, puesto que ya no se sentía moralmente obligado con España. ¡Así era de escrupuloso aquel buen Rey!

Napoleón no dudó un instante y le nombró su lugarteniente General en la defensa de París, mientras él estaba ausente de París. Sin embargo Joseph, no pudiendo hacer ya nada por mantener la inútil sangría, renuncia a seguir con la defensa, por lo que el 30 de marzo de 1814, salió hacia a la vecina Suiza, donde compró una finca en Prangins, a orillas del lago Leman.


Vista actual del Palacio de Prangins

De allí solamente salió para retornar a París para ocuparse de la Presidencia del Consejo de Ministros, intentando dar una nueva y liberal Constitución a Francia. Nada se pudo evitar, y los Cien días se transformarían en fatídica data que les obligaría a claudicar ante los británicos, tras la batalla de Waterloo. José como siempre, dispuesto al sacrificio, quiso, aprovechando el parecido con Napoleón, entregarse a los británicos en lugar de su hermano. Napoleón rechazó la propuesta y ante ello, José embarcaría hacia el exilio, el 25 de julio de 1815, en la fragata “Commerce”, bajo el nombre supuesto de “Mr. Bouchard”, alcanzando Nueva York, el 25 de agosto, donde adopta el nombre de Conde de Survilliers.

En los primeros días de enero de 1816, Joseph adquirió una propiedad llamada “Point Breeze”, con una extensión de unos 1000 acres (sobre 4.000.000 de metros cuadrados), cerca de Bordentown, en New Jersey, a 25 millas al Noroeste de Filadelfia, y que es conocida como “Bonaparte’s Park”, construyó una casa sobre la colina que dominaba el río Delaware. A poco de estar allí residiendo, le visitó el general español Javier Mina, alias Mina “El Mozo”, dicen que para ofrecerle el trono de México. En 1820 ardió parcialmente esta casa (se sospechaba de cierta dama de origen ruso, que despechada de algún modo, realizó o indujo a realizar aquella destrucción). Inmediatamente se puso a reconstruir la vivienda, sustituyéndola por una que seguía los planos de la que había dejado en Prangins


Apunte de la propiedad de Point Breeze

Refiriéndose a él, un día el banquero americano Nicholas Biddle, que era "el extranjero más interesante que había conocido, gracioso, abierto y dialogante, conocedor de todos los acontecimientos, que con una gran libertad dejaba ver el carácter sano y su extrema honradez.” En lo político, -le dijo a Biddle- que se había formado durante la Revolución y que por tanto era republicano, aunque las circunstancias...”

Desde su prisión en la isla de Santa Elena, Napoleón, refiriéndose a su hermano mayor, reconocería que:

”José apenas me ayudó pero es un muy buen hombre; su mujer la reina Julie, es la mejor criatura que haya existido. José y yo siempre nos hemos querido y apreciado mucho. No dudo que no hiciera todo lo del mundo por mi; pero todas sus cualidades son únicamente las del hombre privado honesto. Es eminentemente suave y bueno. Tiene gran espíritu e instrucción; es agradable. En las altas funciones que le había confiado, hizo todo lo que pudo, sus intenciones eran buenas siempre. Por eso las principales faltas no fueron suyas, sino más bien mías, que lo lancé fuera de su esfera. Y en grandes circunstancias se comportó muy bien, la tarea con que se encontró , era desproporcionada a sus fuerzas...”



Tumba de José Bonaparte en Los Inválidos, París

Fallecido Napoleón, recibe la noticia en Saratoga, el 10 de agosto de 1821. En 1832 se traslada a Liverpool y Londres, y en 1840 sufre un ataque de parálisis que le deja prácticamente inválido, por lo que el Gobierno francés le permite volver al Continente, pasando a residir en la ciudad de Florencia, donde fallece el 28 de julio de 1844. Fue enterrado inicialmente en la iglesia de Santa Croce, de Florencia, lugar donde permaneció hasta que en 1862, Napoleón III, ordenó trasladar sus restos a los Inválidos, de París, donde desde entonces descansan sus restos a la derecha de donde lo hacen los de su hermano el Emperador.

En España, los gobernantes no difundieron la noticia, por lo que apenas se conoció, salvo por los esfuerzos del historiador Antonio Ferrer del Río, que en su recuerdo escribió una necrológica que publicaría el periódico “El Laberinto”, y que nos presentó en su día el especialista histórico de José Bonaparte, Juan Balansó, y que decía:

“España no hubiera atravesado por tantos desastres como señalan sus últimos años, de haber sido regida por un monarca de tan insignes prendas como las que poseía José Bonaparte; no hubiéramos sido víctimas de la violencia revolucionaria, ni del encono reaccionario absolutista, y se hubieran planteado pacíficamente útiles e importantes mejoras. El rey José usurpó una potestad con malas artes, y los españoles al pelear por su independencia y por la libertad de su legítimo monarca, dieron cima a la más noble de las hazañas. Cuando transcurran más años y aprecie la Historia los sacrificios de España en nombre de Fernando VII, la admirará por su heroísmo; cuando vea, por documentos auténticos, que el corazón del monarca deseado palpitó de ingratitud, la compadecerá por su infortunio”.

Autores a los que nos sentimos agradecidos:

  • Balansó, Juan
  • Espadas Burgos, Manuel
  • Esparza, Juan Carlos
  • Holmberg, Tom
  • Mercader, Jaime
  • http://flatrock.org.nz