EGUÍA Y SÁEZ DE BURUAGA, Nazario



Teniente General
Ingeniero militar

Nació en Durango el 28 de julio de 1777. Desde muy joven se sintió atraído por el ejercicio de las armas, popr lo que se incorporó a los dieciocho años a las columnas vizcaínas, incluído en la columna que mandaba su tío el general Francisco Ramón que luchaban contra los franceses de la Convención, luchando en las campañas de 1794 y 1795, y tomando parte en las acciones de Lascum, Orrio y Olave. En 1797 ingresó en la Escuela de Ingenieros Militares, ubicada en Zamora, en la que superados los cursos obtuvo el grado de Subteniente en el año1799.

Llegada la invasión territorial francesa, Eguía participa en diversas acciones, hasta que es designado por la Junta Suprema, en 1810 pasa destinado a la Isla de León, con la misión de dirigir las obras de fortificación de la Isla y de la ciudad de Cádiz. Siendo además como su tío un furibundo absolutista, Fernando VII le nombró Mariscal de Campo en cuanto regresó a España, nombrándole Capitán General de Galicia el 29 de diciembre de 1824.

Durante el ejercicio como Capitán General se comportó de un modo despótico, excesivamente duro y su exaltado carácter hizo que muchos tuvieran que emigrar de Galicia, perseguidos por su extremado fanatismo absolutista. Apenas llegado a La Coruña, Eguía dio las órdenes oportunas para que la Capitanía y todas las administraciones de ella dependientes, como la Real Audiencia y la Real Junta Superior Gubernativa de Medicina y Cirugía, que como Capitán General le correspondía presidir, se trasladasen a la vecina ciudad de Santiago de Compostela, debido a que esta ciudad conservaba el ambiente y calidad de vida que tanto ansiaba Eguía.

Ubicose la Capitanía general en el añejo edificio de los marqueses de Santa Cruz de Rivadulla, sito en los actuales números 7-11 de una de las calles más antiguas de la ciudad, la vetusta Vicus Novus, en aquel momento ya denominada como Rúa Nueva (actualmente Rúa Nova). En aquel hermoso edificio transcurrían sus sesiones de trabajo e impartir “justicia”, que personalmente ejercía no delegando función alguna, ni las que podían corresponder a un secretario, ujier o similar, salvo las de la persecución que la delegaba físicamente en su fiel y tan fanático absolutista como él, Pedro Regalado Magdalena, jefe de la policía de Eguía..

Hallándose durante las primeras horas del 29 de octubre de 1829, ocupado en la correspondencia que había llegado, estaba abriendo una carta, cuando esta hizo explosión, amputándole la mano derecha por la muñeca, y llevándole el pulgar y las dos primeras falanges del dedo anular de la mano izquierda y por la deflagación unos pasajeros daños en sus ojos.

Este es considerado, al menos por conocido hasta el momento, como el primer atentado político mediante carta-bomba. Suponemos que a partir de este sangriento atentado, el agrio carácter de Eguía se habría acentuado aun más. La huella de este atentado, un florón de sangre que se conservó durante muchos años en el techo de la sala que Eguía utilizaba como despacho, hasta que unas obras efectuadas por los actuales propietarios del edificio, controladas por el servicio de Patrimonio del Gobierno autonómico y el de rehabilitación municipal, donde solamente se respetaron las paredes exteriores del edificio, hiciesen desaparecer este vestigio de nuestra pasada historia. Esta conducta de Eguía fue la que debió de posibilitar que alguien, del que realmente nunca se tuvo certeza, aunque si hubo un perseguido por esta causa de quien se sospechaba había sido el que elaboró la carta-bomba, el farmacéutico afincado en Vigo, José Manuel Cao Rodríguez, que logró salvar su cabeza ante la falta de pruebas. El movimiento revolucionario se había manifestado principalmente en la provincia de Orense, aunque estaba toda Galicia sometida a ese intento de oponerse al cruel trato que recibían de Eguía.

Enterado Fernando VII de aquel atentado, el 8 de noviembre de ese mismo año 1829, promulgó una Real orden, mediante la cual se autorizaba a Eguía para que a partir del atentado firmase mediante una estampilla de tinta.

Tras el fallecimiento del monarca, adherido como de él cabía esperar al bando absolutista más contumaz, el pretendiente Carlos le confió el mando de unos 25.000 hombres que lo habían estado anteriormente del general Moreno. Al frente de este ejército, Eguía se enfrentó al general Córdoba en la acción de Guevara (1835) y en la siguiente de Arlabán (1836). Sitió y tomó las villas de Valmaseda y Mercadillo, trasladándose a continuación a la villa de su nacimiento, Durango, donde se dedicó a fortalecer y completar sus columnas. El 8 de octubre de 1835 fue nombrado Virrey de Navarra, lo que motivó airadas protestas de la Junta Carlista de Navarra, descontentas por tal nombramiento, viéndose obligado el pretendiente a desdecirse y revocar dicho nombramiento, partiendo Eguía al mando de sus hombres a tomar parte en el tercer cerco de la villa de Bilbao. En mayo de 1836, el pretendiente le confirió la Gran Cruz de Carlos III. En 10 de junio de ese año, motivado por las murmuraciones que despertaba su comportamiento, inclusive entre sus propios correligionarios y compañeros, emitió un bando en el que explicaba sus razones y por tanto su conducta. El resultado fue el incremento que tuvieron las tropas carlistas, con soldados procedentes del bando liberal, engrosando sus fuerzas en más de 10.000 hombres a pesar de lo cual siguió solicitando su cese como jefe de aquella fuerza.

El pretendiente Carlos le otorgó el título de conde de Casa Eguía, y posteriormente tras el convenio y abrazo de Vergara, por el gobierno vencedor le fueron ratificados en 1849 estos honores y el grado de Teniente general. En 1853 fue designado Senador vitalicio por Álava, aunque disfrutó su retiro militar en Tolosa, localidad en la que falleció en 1865.