MERINO GÓMEZ, Manuel Martín. Alias "El regicida"


Retrato en Historia y VIda, nº 197, pp. 80


Fraile, guerrillero y clérigo secularizado


Fue este guerrillero, un hombre que destacó más por sus acciones fuera de la guerrilla, que por las que individualmente protagonizó en ella. Lo traemos a esta sección más que nada, por que en muchas ocasiones se le confunde con otro clérigo de igual apellido, similar profesión y también guerrillero durante la francesada, pero sin relación alguna entre ellos, salvo la que pudo ser ocasión proximidad geográfica por la que ambos se hallaron, y que no era otro que el famoso Don Jerónimo Merino, conocido por el alias de “El cura Merino”.

Nació en Arnedo (Logroño) en 1789, era hijo de Manuel Merino y de María Gómez. Tenía fama de ser un tanto descompuesto ya desde su más tierna infancia, a pesar de ello entró a formar parte de la comunidad franciscana, en su convento de Santo Domingo de la Calzada, en el que se mantuvo hasta la llegada de los franceses a España. Ese año 1808, abandonó el hábito pardo y caminando por los caminos más apartados, evitando en lo posible el encuentro con otras personas, especialmente con los franceses llegó a Sevilla, donde parece ser que se alistó voluntario en una partida guerrillera que por allí se había formado, y que se conocía por el nombre de “Los Cruzados”.

Tomó parte en las acciones de la guerrilla en que se hallaba, y finalizando la guerra, en 1813 se ordenó sacerdote en Cádiz, reintegrandose a su convento franciscano en Santo Domingo de la Calzada. Sus ideales estaban en consonancia con el liberalismo imperante, por lo que no olvidándose nunca de ello, aprovechaba los momentos en que desde el púlpito se dirigía a sus feligreses, para imbuirles sus ideas, y por lo que ante la persecución que ejercían sobre los liberales, Martín Merino optó por exiliarse en Francia en 1819.

Con la llegada del Trienio liberal, retornó a España en 1820. Obtenida la secularización al año siguiente, durante la contrarrevolución del 7 de julio de 1822 participó en los sucesos madrileños contra el absolutismo que representaba Fernando VII; operación de la que resultaría apresado y encerrado en la cárcel, de la que sin embargo logró fugarse, al confiarse sus guardianes al creerle un sacerdote que acudía en auxilio de los encarcelados. Una vez fuera de la cárcel no lo dudo y marcho nuevamente a Francia.

 

El día 19 de julio de 1822, viernes, a eso de las seis de la tarde, pasaba la comitiva en la que iba Fernando VII, cuando nuestro Martín Merino se abalanzó sobre la portezuela del carruaje donde iban los reyes, gritando: ¡Mueran los perjuros como Mon [1] y otros oficiales de Guardias!. Entre varios de los que allí estaban, retuvieron a Merino, entregándoselo al Oficial de guardia en el Principal, donde le fue tomado el nombre, y por consejo de este oficial y del alcalde de Barrio, se le indicó que esperase a que anocheciese, pues en la calle había mucha gente en actitud violenta, y que si lo reconocían, acabarían matándole.

Acompañado por sus documentos acreditativos, en 1830 residió un tiempo en Angers, y finalmente obtuvo un curato en la villa de Saint-Mèdard-en-Jalles, trece kilómetros al N. O. de Burdeos, en el que se encontró muy cómodo, ya que permaneció en él hasta el año 1841, en que se decidió a regresar a España. Llegado a Madrid fue nombrado capellán de la iglesia de San Sebastián. En la Loteria de 1843 le tocaron 5.000 duros (25.000 pesetas), a pesar de ello, y de dedicarse a prestamista, vivía muy humildemente, atendido por una criada de nombre Dominga Castellano, en el callejón del Infierno [2], número 2, segundo cuarto, un lugar que por su nombre parecía premonitorio de lo que de allí un día podría salir. Parte del premio lo empleó en subvencionar el periódico La Tarántula, Periódico satírico, de política, costumbres”, lo que le originaría nuevos perjuicios, ya que algunos feligreses que no estaban de acuerdo con los artículos que en él aparecían, especialmente la sección denominada: “Picaduras”, acudieron quejándose al ecónomo y al Teniente de cura de la parroquia de San Sebastián, que para evitar mayores problemas a Merino, le trasladan a la parroquia de San Millán. En este periódico también colaboraba Inocencio María Riesco Le-Grand. Que desde octubre de aquel mismo año comenzó a sufrir el constante acoso de la Policía, que arrancaba sus carteles por las calles y acabaría entrando en la redacción, ahora por parte de los militares, forzando a la desaparición de aquel periódico y tomando filiación de sus redactores y director, pues pronto ante la pasividad del Gobierno, se vieron inclusivamente asaltados por incontrolados.

El 2 de febrero de 1852, Isabel II regresaba de oír misa en la basílica de Atocha, donde acudiera para dar gracias por el nacimiento de la Infanta Isabel y presentarla a la Virgen según era tradicional en la familia Real, y que se conocía con el nombre de “misa de parida [3]”. Poco hacía que en la capilla de Palacio había finalizado la misa de las Candelas [4], por lo que dentro se hallaban aun algunos feligreses. Merino lo había dispuesto todo para este día, por lo que vestido con las ropas talares esperaba el momento oportuno en la galería que daba a la sala de las Columnas. Cuando la Reina bajaba de la carroza, Merino al verla se arrodilló, y ella al verlo, por cortesía con un clérigo, se inclinó saludándole, momento que Merino aprovechó para sacar un cuchillo y clavárselo en el costado derecho, mientras decía: ¡Ya eres muerta!, sin que los acompañantes y escolta hubiesen podido evitarlo. La Reina solamente dijo: ¡Ay, que me han herido!, y se desmayó, cayéndose hacia su costado izquierdo, mientras los alabarderos retuvieron al regicida, que ni tan siquiera intentó escapar, al tiempo que les decía: ¡Que no era necesario que le sujetarán, que no tenía intención de escapar!. Finalmente, detenido Merino en el cuerpo de guardia de los Reales Alabarderos, se mostraba sereno, y cuando le preguntaron el motivo de su ataque, dijo: «Que era por su deseo de lavar el oprobio de la humanidad, vengando en cuanto esté de su parte, la necia ignorancia de los que creen que es fidelidad  aguantar la infidelidad y perjurio de los reyes.»

Tras rápido proceso, el día 3 a las cinco de la tarde se dictó sentencia, siendo condenado «a la pena de muerte en garrote con arreglo a lo dispuesto en los artículos 160 y 189 del Código Penal, que la ejecución se verifique en las afueras de la Puerta de Santa Bárbara de esta capital; que el reo sea conducido al patíbulo con hopa amarilla y un birrete del mismo color, una y otro con manchas encarnadas, conforme a lo prevenido en el artículo 91… con el oportuno oficio, al eminentísimo y Excmo. Sr Metropolitano para que se proceda a la degradación correspondiente del reo en observación de lo establecido por el artículo 5º del Real decreto del 17 de octubre de 1835… y a ser quemado el cadáver y aventadas sus cenizas.» Nombrado defensor de oficio, sus gestiones no fructifican, pues tampoco el inculpado hace muestra de desear que pueda ofrecérsele algún tipo de beneficio, y reconoce su culpa, y el castigo que le espera. El día 5, a las diez de la mañana se confirma la sentencia, y durante la tarde de ese día fue puesto en capilla. Entonces recibió la visita del cardenal-arzobispo de Toledo, que le dirigió palabras de aliento en tan tristes circunstancia, recomendándole que escribiese una exposición a la Reina pidiéndole perdón, a lo que se negó rotundamente.

Confesó con el teniente de cura de San Millán, don Manuel Tirado, recibiendo el Viático al amanecer del día 6. El día 7, el último de su vida, lo dedicó a hablar con los inmediatos: los Hermanos de la Paz y Caridad, los alguaciles y el Oficial de guardia. Como era preceptivo por aquel R. D. de 17 de octubre de 1835, llegó el arzobispo-cardenal de Toledo, Bonell y Orbe, ordenó el ceremonial correspondiente que se llevó a cabo en la celda de la cárcel del Saladero. Los auxiliares le despojaron de las ropas talares, y cualquier identificativo de su carácter sacerdotal, y sobre las doce de la mañana estaba ya solamente en camisa y pantalón, trocándole sus ropas por la hopa y el birrete amarillo, salpicado de manchas rojas, con el que se vestía a los reos que eran ajusticiados por delitos como el suyo; e inclusive le raparon el pelo para disimular la tonsura, y que no quedase vestigio de su ordenación sacerdotal.

Tras haber almorzado, al aproximarse la hora, se subió él mismo a un asno, dirigiéndose escoltado al lugar donde iban a ajusticiarlo, que era el conocido como Campo de Guardias [5], aquél tránsito lo realizó dando muestras de una gran serenidad, que al decir de alguno «… era rayana en el cinismo.»

Por haber sucedido el atentado sobre la una y cuarto de la tarde, el reo debería de ser ejecutado a esa misma hora, por lo que habiéndose hecho el traslado con rapidez, hubo de esperar un poco en el patíbulo, hasta que se confirmó la hora, momento en el que él mismo se sentó en el banco, esperando serenamente que el verdugo girase el tornillo sinfín que apretaba la argolla sobre su garganta. Una vez ajusticiado, su cuerpo fue incinerado y sus cenizas echadas en una fosa común en el cementerio general.

Parece ser que una Real orden ordenó la destrucción del puñal, acto que realizó el herrero ante miembros del Tribunal que había juzgado a Merino, siendo testigos de la total destrucción del arma. Sus libros, sus papeles fueron todos quemados y por orden del Fiscal (a indicación de la Reina) se prohibió a la prensa del momento que hiciese alusión alguna a la entereza que aquel hombre mostró en el momento álgido de su vida.

Todo se quiso borra de la faz de la Tierra, pero no habían contado con un paparazzi de aquel tiempo, el joven Félix Badillo y Rodrigo [6], que valiéndose de alguna artimaña, logró presenciar los últimos momentos del regicida, posibilitando que nos dejase un retrato de aquellos instantes del reo, que luego reproducirían en la clásica litografía que inicia esta biografía.



[1] MON Y MENÉNDEZ, Alejandro (Oviedo 26-01-1801 – Oviedo 01-11-1882): Abogado, hacendista, diputado, vicepresidente de las Cortes, Presidente del Gobierno, Ministro de Hacienda en cuatro ocasiones, Embajador en Roma y París.

[2] Hoy este callejón se denomina Arco del Triunfo. Va de la Plaza Mayor a la calle Mayor, casi enfrente a la de Bordadores.

[3] Diccionario de la Lengua Castellana. RAE. Imp. Real, 1832.- La que se dice a la mujer que va por primera vez a la iglesia después del parto.

[4] Misa celebrada en honor de Nuestra Señora de la Candelaria.

[5] Actualmente corresponde este espacio al lugar donde se ubicó posteriormente el Depósito de Aguas del Canal de Isabel II, del distrito de Chamberí. (entre las calles Doctor Federico Rubio y Galí, y la Avenida de Filipinas.

[6] Pintor y consumado retratista español, nacido en Guadalajara.

Linsy Oflodor