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Nació el 26 de septiembre de 1785, en Borredá, un caserío en plena montaña barcelonesa, a medio camino entre Ripoll y Berga. Sus padres eran Pedro Manso y Antonia Solá, que parece ser se dedicaban a la producción de bayetas, para lo cual disponían de unos telares es de suponer por la época, que de tipo rústico o popular. Cuando tenía cerca de doce años fue llevado a la no lejana localidad de Santa Creu dels Jutglars, en pleno comarca agrícola del Lluçanès, donde un tío suyo poseía un acreditado molino harinero. Durante dos años permaneció trabajando allí, y en ocasión de que un primo suyo, hijo segundo del dueño del molino, con el cual parece se llevaba muy bien y que había sido contratado por varios años para suministrar harinas a los frailes del famoso monasterio de Ripoll, marchó con él a trabajar en esta localidad en el molino de Sant Quintí. No pasaría mucho tiempo, cuando su primo le transfiere el molino y allí permanece trabajando y fortaleciéndose físicamente a base de lo duro que era aquel trabajo, que por otra parte le reportaba muy buenos ingresos en su faldriquera. Acreditado molinero, en 1804 le ofrecen hacerse cargo del molino de Sant Pere, o “de la Sal” en Barcelona. Hacia allá se marcha el animoso joven, que un tiempo después se ocupa del molino que la familia Serrallonga tenía en las inmediaciones de Barcelona, y que era conocido como el molino del Clot, así transcurren los años sin que nada augure el traumático cambio que va a sufrir su vida, de resultas de un desgraciado encuentro que tiene un día con un soldado francés, de aquella guarnición que ha entrado como amiga en la ciudad y que hallándose en el molino, propinó una bofetada a Manso, respondiendo el molinero a la ofensa, sin quizás haber valorado mucho sus circunstancias físicas, puesto que el resultado fue que el francés falleció a consecuencia del golpe que le propinó Manso, por lo que tuvo que salir precipitadamente de Barcelona, uniéndose a los payeses que ya se comenzaban a reunir en guerrillas con objeto de evitar la invasión de Cataluña. Las noticias de lo sucedido en el Bruch el 6 de mayo, y la amenaza que hubo sobre la juventud barcelonesa en especial, diciendo que los franceses internarían en Francia a todos los mozos que lograsen detener, hizo que Manso se dirigiese con prontitud a su pueblo, donde al llegar parece que se hallaban los de la Junta, reclutando hombres con los que dotar una compañía de Migueletes. Quedo formada la compañía que mandaba su amigo el capitán Ramón Manuel Lladó i Villalta, de los Lladó de Puigreig el 4 de julio de 1808, y Manso fue nombrado teniente de la misma. Reunidas en Villafranca con otras compañías, quedaron encuadrados en el Tercio que mandaba el general-marqués del Palacio. El bautismo de sangre lo recibieron los entusiastas soldados de Borradá, durante la defensa de la plaza de Rosas, donde morirían varios de sus subordinados. Esta operación militar supuso que algunos convecinos, padres o deudos de los fallecidos, atribuían la desgracia a las determinaciones adoptadas por Manso durante la lucha, que llegaron a abrirle una causa, que sin embargo fue abortada por el general Blake, que no permitió que aquella locura siguiese. En las inmediaciones de Hospitalet de Llobregat sorprendió a un destacamento de avituallamiento francés, al cual lograron tomarle 34 prisioneros, quedando otros varios muertos sobre el campo, apoderándose al tiempo de 36 caballos, así como el furgón del general Duhesne. Esta acción le supuso el ascenso a capitán. Poco hacia que habían comenzado las hostilidades, cuando el general Villarreal le encargó ocuparse de unos 800 hombres que habían sido separados de sus hogares para incorporarlos a la milicia, y en su descontento no reconocían mando alguno. Manso se dirigió a ellos, solo y sin arma alguna, hablándoles y razonando con ellos la terrible situación por la que pasaba España y obtuvo finalmente la sumisión y que le acatasen como su jefe natural, aclamándole como tal a los gritos de ¡Viva España! ¡Viva Cataluña! Aquellos hombres ganados por la energía de Manso, quedaron bajo su mando conformando la más brava compañía que luchaba en aquellas latitudes contra los franceses.
Al frente de ella se hizo el dueño de las llanuras que rodeaban Barcelona y especialmente de las inmediaciones del río Llobregat. El 7 de octubre de 1811, tuvo un encuentro con los franceses, a la salida de Jorba, y en uno de los carruajes viajaba su novia, Antonia Bosch, con la mala fortuna de que fue uno de los puntos más batidos por el enemigo y de resultas de la lucha falleció esta, llevándola a enterrar en Igualada. El 8 de agosto de 1812, en las inmediaciones de San Feliú de Llobregat hizo prisionera después de cruenta lucha a la guarnición francesa del puente de Molíns de Rey, lo que le supuso el ascenso a comandante. Otro día sorprende a la división que manda el general Decaen, causándole muchas bajas y apoderándose de armas, vestuario e intendencia.
A la llegada del nuevo general en jefe del Ejército del Principado, Luis Lacy le puso al frente del Batallón de Cazadores de Cataluña, al frente de cuya fuerza resultará vencedor en julio de 1809 en la acción de San Baudilio de Llobregat, Cervera, Igualada y Puigcerdá. Ante ello, Lacy le asciende al grado de coronel, lo cual le permitirá poner en práctica una vez más sus dotes de estratega, venciendo nuevamente en Puigcerdá y en La Bisbal del Penedés. En enero de 1810 el general marqués de Monteverde le encomendó el mando de la vanguardia de su división.
En Mollet, en Santa Perpetua de Moguda y en San Feliú de Gixols, nuevamente sus hombres y él se cubrirán de gloria, llevándole a ser uno de los mandos más valorados y reconocidos por sus propios enemigos. La acción de San Feliú llevó a que inclusive se escribiese un himno en su honor, que en seguida se popularizo por toda la comarca catalana.
En marzo de 1811, estuvo en la rota de Barcelona, logrando preservar a sus tropas de los desastres que siguieron a la indecisión del general Monteverde. En mayo siguiente, formando parte Manso de la división que mandaba Eroles, fue designado Comandante general de las tropas ligeras que deberían de inquietar a las francesas que asediaban la plaza de Tarragona. Tras la caída de la plaza, Manso supo conducir sin mayores pérdidas al ejército que se replegaba. Participa en la conquista de Cervera y luego de salvar la división de Eroles, se atrinchera en las inmediaciones de la Garriga, rechazando los ataques franceses y ocasionándoles graves pérdidas.
El Capitán General Lacy le dio a continuación el mando de una de las recién creadas divisiones catalanas, y Manso agradecido le dijo que en cuanto pudiese le “... traería un ciento de prisioneros por cada sardineta de sus nuevos atributos de mando...” Efectivamente, al día siguiente presentó ante Lacy, cerca de 300 prisioneros, pertenecientes a un destacamento francés que se dirigía a relevar la guarnición de Molíns de Rey, con una nota que decía: “ Perdone V. S. si faltan unos pocos para los 300, ello es debido a que han perecido en la lucha...”
Seguirá entre otras de menos importancia, la toma de Mataró con toda la guarnición que había sucumbido a la lucha. En las inmediaciones Pallejá, tomó 160 prisioneros, de ellos 100 de caballería, que ofreció al general británico W. Benticinck. En la acción de Ordal, se mantuvo firme en sus posiciones con tan solo una brigada, conteniendo a más de 10.000 franceses del general Decaen. El 23 de septiembre de 1813, habiéndole llegado informes confidenciales se dirigió apresuradamente con sus hombres a Santa Eulalia, atacando la fuerza que asolaba y saqueaba la población, haciéndolo de tal modo que dejó tendidos más de 300 franceses en las casas y calles de aquel lugar.
Finalizada la guerra, y durante la reintegración de Fernando VII, a su paso por San Andrés de Palomar, el 30 de marzo de 1814, el general Copóns presenta a Manso al Rey, quien dice conocer las excepcionales cualidades del coronel, por vía del general Suchet.
Incorporados Manso y sus hombres a la comitiva real, le acompañan hasta Sarriá, donde pernota el Rey y ofrece una cena al ilustre coronel, dispensándole de especial trato al servirle “de su mano” algunos platos y frutas.
Cerrado definitivamente el periodo bélico, fue nombrado gobernador de la Ciudadela de Barcelona y le concedió la Gran Cruz laureada de San Fernando. El 26 de diciembre de 1815 contrajo matrimonio en Barcelona, con Felipa de Juliol y de Quevedo, hija de los señores en cuya casa trabajara de doncella su fallecida novia Antonia Bosch.
En 9 de octubre de 1822 fue nombrado comandante general y jefe político de Tarragona. Unos meses después, el 17 de febrero de 1823 fue ascendido al grado de mariscal de campo. El 21 de abril de 1812 fue destinado a Málaga como Gobernador de la provincia, incorporándose a su puesto el 28 de junio, desde donde pasó el 10 de febrero de 1832 a las provincias vascongadas como comandante general, aunque no llegó a posesionarse del cargo debido a que durante su viaje, hallándose en Madrid es nombrado por el monarca para incorporarse a Cádiz, donde su gobernador había sido muerto por las tropas del general Torrijos. El 9 de abril tomó posesión de su despacho y parece que se condujo con mucha humanidad, además procurando fomentar el urbanismo.
Incorporado al mando militar de Castilla la Vieja, le correspondió la represión del alzamiento encabezado por Jerónimo Merino y Basilio Gómez, en octubre de 1836, logrando llevarlo a cabo sin mayor derramamiento de sangre. Tomada esta fama de buen negociador su traslado es ahora a Asturias y Galicia, donde en 1843 someterá a las facciones carlistas que por allí pululaban.
Un Real Decreto de 20 de noviembre de 1843, le concedía la Gran Cruz de la Real Orden de Carlos III. El nombramiento de Senador del Reino le llegó poco después también por un Real Decreto de 26 de diciembre del mismo año.
Fallecido Fernando VII, y llegada al trono Isabel II, el 17 de mayo de 1844, le expide Real Carta, nombrándole conde del Llobregat con el vizcondado previo de Montserrat.
En 1847, a la edad de 62 se retiró a una masía que adquirió muy cerca de la ermita de Bellvitge, un lugar por el que había desarrollado muchas de sus apasionantes correrías durante la guerra. Esta masía hasta su desaparición fue conocida desde su adquisición, como «Can Manso».
El general Manso falleció el 22 de marzo de 1863, en Madrid, calle Leganitos, números 18-20, tenía 78 años.