ESCOIQUIZ MORATA, Juan



Canónigo y miembro de la Camarilla

No, Escoiquiz no era navarro, era ocañense. No le hubiésemos incluido entre las biografías de este periodo histórico, si no fuese por la continua labor que desarrolló en cuanto a influir y perfeccionar la malévola condición natural de Fernando VII.

Nació en Ocaña[1] (Toledo) el 17 de marzo de 1762, hijo del bermeano de la parroquia de la Asunción de Nuestra Señora, Juan Martín Escoiquiz, teniente general del Ejército y ex gobernador de las plazas africanas de Orán y Mers el-Kebir (Mazalquivir) durante los años 1752 a 1758, y de la también vizcaína Teresa Morata, natural de Guernica. Matrimonio residente en aquel momento de cuartel en aquella localidad toledana. En atención a los méritos de su padre, su hijo Juan fue admitido como paje en la Corte de Carlos III, donde recibió por tanto la misma educación que allí se procuraba a los hijos de las casas grandes y nobles del Reino adscritos a la Real Casa. Juan se inclinó más hacia la Iglesia, por lo que mientras muchos de sus compañeros pasaban en su momento a la Milicia o al funcionariado, él decidió ser sacerdote, eso sí, buscando afanosamente la concesión de alguna prebenda que le distinguiese, obteniendo finalmente una canonjía en Zaragoza, turnando en la Capilla Real como sumiller de Cortina del Rey[2].

Corría fama de que era un hombre culto, pues además del español, latín y griego, dominaba el francés e inglés, por lo que desde muy joven fue ocupándose en la traducción de diversas obras de las que ya tenemos pruebas ya a partir de 1789, con la correspondiente a las “Obras selectas de Eduardo Young, expurgadas de todo error y traducidas del inglés al castellano”, obra amplia que saldría lentamente y terminaría con la publicación del último tomo en 1797, aunque se sabe que entre 1789 y 1794 interrumpió la traducción de aquella, dedicando en ese periodo a temas pedagógicos, traduciendo la obra del abate Sabater: “El Amigo de los Niños”, que en su versión tantas reediciones tuvo a lo largo de los años. También este año tradujo a Cotte, en sus “Lecciones elementales de Historia Natural: por preguntas y respuestas para el uso de los niños, escritas por Cotte, Sacerdote del Oratorio...”, apareciendo también en este mismo año la que parece fue su primera obra original: “Tratado de las obligaciones del hombre”.

En 1795 trató de publicar una obra titulada “Elementos de Geografía”, que sin embargo no prosperó, aunque no por ello cejó en sus empeños editoriales, que sin embargo hubo de abandonar temporalmente, pues por circunstancias que le venían más propicias a su codicia, se mantuvo en expectativa hasta que la buena suerte le vino a buscar, ya que coincidió que durante esa espera, en abril de 1796 falleció el padre Felipe Scio, preceptor hasta entonces del príncipe de Asturias, personaje que luego fue conocido como Fernando VII, por lo que el príncipe de la Paz nombró a Escoiquiz para sustituirlo como preceptor del Príncipe, ya que para este importante cargo buscaba alguien que fuese manejable, y considerando la aparente humildad del eclesiástico, esperaba disponer con él de un especial auxiliar que le sirviese para manipular al intrigante y malévolo Príncipe, a quien Godoy ya desde bastante tiempo antes veía como un  importante oponente y cercenador de sus ansias de futuro y mayor esplendor personal. Craso error fue el del favorito, pues aquel aparentemente débil, humilde y grave clérigo, escondía realmente una ambición sin límite, que sutilmente ocultada le había situado en tan preeminente puesto, precisamente por mano de otro gran ambicioso.

Durante estos años vino trabajando en su elaborada obra titulada, “México conquistada. Poema heroyco”. Dilatado trabajo en tres volúmenes, con una extensión de 1.105 páginas y un grabado, que vio la luz en la Imprenta Real en el año 1798.

Escoiquiz como el tiempo y el conocimiento sobre él evidenció, era un hombre carente de escrúpulos, permanentemente dedicado a la intriga bajo su aspecto de servil y sin carácter, a quien se atribuye el haber aprovechado las innatas condiciones del Príncipe, precipitándole con facilidad, primero contra el de la Paz y más tarde contra su padre el rey Carlos IV.

Había iniciado su callada labor convenciendo al príncipe Fernando para que exigiese al Rey su padre, que le permitiese asistir a los Reales Consejos, cosa tan burdamente alegada, que a pesar de la simpleza Real enseguida Carlos IV atribuyó a la malévola influencia de Escoiquiz, y por ello el monarca actuó con prontitud y le envió inmediatamente desterrado a Toledo, aunque como siempre hacen los políticos, promocionándolo como canónigo arcediano de Alcaraz. Esta decisión produjo sin embargo una exasperante reacción en el príncipe de Asturias, que con aquella forzada ausencia se sentía desvalido, lo que contribuyó a acrecentar el odio que iba acumulando hacia sus padres y al valido Godoy, merced también, y hay que decirlo, a la continua influencia epistolar del artero canónigo, que por personas de confianza diariamente le enviaba misivas.

Restituido Escoiquiz a Madrid en marzo de 1807, inmediatamente reinició sus conversaciones secretas con el marqués de Beauharnais, embajador francés en España, culminadas con la reunión del mes de julio en el palacete del Retiro madrileño, negociando allí el posible matrimonio del príncipe Fernando con una princesa de la Casa de Bonaparte, lo que inmediatamente fue aceptado por el calculador Napoleón. Conocida la respuesta, Escoiquiz convenció a su pupilo para que escribiese una misiva secreta a Napoleón, que salió hacia París con fecha 11 de octubre, conteniendo términos tan vergonzosos, tan degradantes, que a cualquiera avergonzarían, menos a su autor, pero mucho más inconcebibles en alguien que estaba llamado a ser Rey de España. Nos imaginamos el desprecio que sentiría Bonaparte por aquel personaje que a él se dirigía, aunque dadas las circunstancias le convendría aprovechar la situación.

Incansable en su función cerca del príncipe Fernando, con ocasión de la conspiración de El Escorial, el 27 de octubre de 1807, Escoiquiz fue detenido inicialmente junto a otros conspiradores, denunciados por el mismo príncipe Fernando de Borbón, con lo que aquel incipiente felón intentaba que su padre le perdonase. Sus cómplices fueron procesados, siendo enviado Escoiquiz en tal calidad al convento sevillano del Tardón, saliendo libre al poco tiempo, pues dada la personalidad e influencia de los encausados, el Consejo de Castilla les declaró inocentes, lo que le permitió volver a las andadas, esta vez aunque con muy poco tiempo, influyendo lo suficiente para producir el levantamiento del 17 de marzo de 1808 en Aranjuez, que daría lugar a los hechos que marcarían aquel tiempo.

Tras la abdicación de Carlos IV, el 19 de marzo de 1808, el nuevo rey Fernando VII le ofreció el cargo de Inquisidor general, o el de ministro de Gracia y Justicia, los cuales ambos rechazó dado su “desinterés por lo mundano”, aceptando “solamente” el nombramiento de Consejero de Estado y la Gran Cruz de Carlos III.

Ocupada España por los franceses a loas pocas fechas y después de la desgraciada jornada del 2 de mayo, Escoiquiz admirador “desinteresado” de todo lo napoleónico, inclinaría a Fernando VII para que tomase la decisión de ir a Bayona, que fue este viaje con toda seguridad obra subliminal del canónigo Escoiquiz, acabando confinados todos en Valençay.

Para tratar de justificar lo realizado en aquellos días, no halló mejor cosa que la publicación de una “Representación escrita por D. Juan Escoiquiz, Maestro del Señor D. Fernando VII siendo príncipe de Asturias, principal fundamento de la causa de Escorial” [3], en la que trata de acercar al lector a “la verdad” de Fernando VII y de él mismo, que fue publicada en Cádiz, en 1809 por Ximénez Carreño.

Con la marcha a Bayona, ante lo peligroso que podía ser que Escoiquiz estuviese próximo a Fernando VII, Napoleón aceptó enviarlo a París, aunque tampoco aquel fue un recurso adecuado, debido a que enseguida comenzó a buscar coaliciones que permitiesen derrotar al Emperador, y siendo descubierto en sus propósitos, fue confinado en la localidad de Bourges, donde aprovecha el tiempo en aquella localidad, logrando ver publicada en 1812 por el editor local Gilles, su traducción en tres volúmenes de la obra “El paraíso perdido”, de John Milton. En 1813 Napoleón le autoriza a abandonar su destierro y le reclama en Valençay, con objeto de que participe en las negociaciones del retorno de Fernando VII.

A raíz del retorno de la familia Real española del exilio, Escoiquiz también llega con ellos a España, y aprovecha bien el tiempo pues da a la luz en 1814 la obra que por sus aportaciones y justificaciones más se valora de las que produjo: “Idea sencilla de las razones que motivaron el viage del Rey D. Fernando VII a Bayona en el mes de abril de 1808 / dada al público de España y de Europa por el Excmo. Sr. D. Juan Escoiquiz para su justificación; acompañada de una noticia breve de los asuntos y negociaciones de Valençay, hasta la vuelta de S.M. a España”. En Bourges, su editor pone a la venta ese mismo año, esta obra traducida al francés, bajo el título de Exposé fidèle des raisons qui déterminèrent le roi Ferdinand VII a se rendre a Bayonne dans le mois d'avril 1808 / présenté a l'Espagne et a l'Europe par ... Jean d'Escoiquiz ... ; suivi d'un récit succint des événemens et des négociations qui ont eu leui à Valençay jusqu'au retour de S.M. en Espagne ; traduit par le docteur Raysal ...”

Esperaba Escoiquiz que escribir de aquel modo deparase de nuevo el aprecio de Fernando VII, por lo que parece ser que escribió un nuevo opúsculo titulado “Apología de la Inquisición”, que sin embargo nadie parece haber visto, aunque es muy probable se encuentre entre los Papeles reservados de Fernando VII, en el archivo de Palacio, guardado por el propio Rey, en momento en que ya Escoiquiz no significaba mucho para él.

Como todo lo que mal empieza, mal acaba, Escoiquiz también acabó cayendo en desgracia con su “amado” monarca, que tras retornar a España y tras haberle permitido durante un corto tiempo alguna responsabilidad, como fue el nombramiento de Ministro de Gracia y Justicia, del que le separó drásticamente, marchando primero a Zaragoza, y allí lo detuvo internándolo en el castillo de Galeras en Murcia durante otro periodo y tras darle alguna licencia nombrándole Ministro de nuevo volvió a separarlo de la Corte, y acabó desterrándole a Ronda, donde compuso otro opúsculo titulado “Las quarenta verdades sobre el planteamiento de la Constitución”, y que fue impreso en Ronda en 1820, pocos meses antes de que su autor falleciese. Durante su permanencia en Ronda, Escoiquiz dejó de escribir a Fernando VII muy pocos días, enviándole crónicas de lo que lograba sonsacar a los rondeños, especialmente una vez que comenzaron los movimientos militares del general Riego, con cuya correspondencia[4] trataba de congraciarse con “El Deseado”. En aquellos días de 1820, entre carta y carta al Rey, elaboraba una obra que dejaría inconclusa, su traducción de las “Mémoires pour servir à l’histoires de France sous Napoléon: écrits à Sainte-Hélène sous la distée de l’empereur par les généraux qui ont partagé sa captivité et publiés sur les manuscrits entièrement corrigés de sa main.”

Falleció en Ronda (Málaga), a los cincuenta y ocho años de edad, el 20 de noviembre de 1820, y fue enterrado en el cementerio de la parroquia del Espíritu Santo de Pujerra.



[1] Según la inscripción que figura en el Libro de Difuntos de Stª María de la Encarnación (parroquia llamada en Ronda, de Santa María la Mayor), que dice: “En la ciudad de Ronda, en veintiun días del mes de Noviembre de 1820, se enterró en el osario del Espiritu Santo de esta ciudad, con entierro de todo Cabildo, capellanes y pompa, comunidades y cuanto pudo hacerse en esta ciudad, el Excmo. Sr. D. Juan de Escoiquiz, arcediano de Talavera, dignidad de la Santa Iglesia primada de Toledo, Consejero de Estado de S. M. y su Bibliotecario Mayor, caballero gran Cruz de la Real y distinguida Orden de Carlos III, condecorado con la Cruz de la lealtad de Valencia, natural de Ocaña, e hijo del Excmo. Sr. D. Juan Martín Escoiquiz, theniente general de los Reales Egercitos y Comandante Gral. de las plazas de Oran y Mazalquivir, y de la Excma. Sra. Dª Teresa Morata, natural de Gernica, como aquel de Bermeo. Otorgó testamento en Madrid a 13 de Febrero de 1815...”

[2] Cargo palatino en que el eclesiástico tenía la función de asistir a los reyes en su capilla y descorrer la cortina que los celaba a los cortesanos.

[3] Solamente podremos hallar un ejemplar entre los Papeles reservados del Rey Fernando VII. (Madrid. Arch. Palacio).

[4] (M. Archº de Palacio). Correspondencia de Escoiquiz con S. M. Fernando VII.