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Nació el 30 de septiembre de 1769, en la localidad burgalesa de Villoviado. Era el segundo hijo una larga familia de clásicos labradores burgaleses. Su padre Nicolás Merino, en ocasiones ejercía también como arriero, mientras su madre Antonia Cob, nacida en Castrillo, era de origen inglés, de la circunscripción de Berkshire se ocupaba de la casa, las tareas del campo, y los siete hijos que tuvo Nicolás en su primer matrimonio; aunque finalmente serían once los hijos de Nicolás en sus dos matrimonios, el último con Josefa Encinas, de la localidad burgalesa de Castrillo de Duero. Asistió algún tiempo a la escuela que daba don Basilio el párroco de su pueblo, alternando los estudios con el pastoreo del cabras y ovejas del rebaño familiar. Quizás por el tiempo que se dedicó a esta ocupación, aquel niño fue adquiriendo un rostro cetrino, poco hablador y de no fácil sonrisa. Era un muchacho listo, con talento y excelente memoria; así es que mientras servía al cura, estudiaba, haciendo de maestro su amo. Tras el fallecimiento de su hermano, los padres requiriendo su presencia en la casa, donde se encontraba cuando llegaron las patrullas de la leva, que se llevaron a los jóvenes que aquel año 1790 irían a servir al Rey, destinándole a él a ocupar una plaza en el regimiento Provincial de Burgos, número 4. Cuando a mediados de 1805 regreso licenciado, se empleó con un pariente que era capellán del convento de monjas Carmelitas en Covarrubias, con el que tanto trabajó, que al año y medio pudo ordenarse tras haber revalidado estudios de Teología en la Universidad de Valladolid, y logrando que le diesen el mísero curato de su pueblo natal, pues poco tiempo antes había fallecido don Basilio, el párroco que lo había bautizado a él y siete de sus hermanos, ya que a los dos más pequeños, Julián y Bernarda los bautizó don Jerónimo. Ya era talludito aquel cura, pues tenía por esta época unos treinta y ocho años, y según escribió quien se ocupó de dejarnos una reseña de él, era un hombre alto, seco, moreno, robusto, sobrio, gran cazador, de mirada viva, penetrante y expresiva, genio agrio y temperamento colérico. Vivía pobremente en una mezquina casa, como tantos otros en aquel tiempo, teniendo por ama a una pariente suya, ya vieja, a quien llamaban la Seña Isidora. Su traje ordinario se componía de un sombrero tricornio muy alto, levita, chupa, calzón y medias negras, con unos zapatos de igual color, con hebillas de hierro
En su ocupación se hallaba cuando El día 16 de enero de 1808 llegaron por Villoviado los franceses, cometiendo algunos abusos con los vecinos, entre ellos don Jerónimo que fue obligado a transportar sobre sus hombros el bombo de la banda militar de música francesa, hasta el pueblo vecino de Pinilla Trasmonte. Eso molestó mucho al cura Merino, que desde ese momento comenzó a rumiar la solución de aquellos males que padecían los pueblos y sus vecinos, a manos de los franceses.
Comenzó a organizar a quien desease luchar contra los franceses, agrupándolos en una guerrilla que en diciembre de 1809 contaba con unos doscientos guerrilleros, teniendo su principal y primera operación militar de importancia el 3 de este mes, en el pueblo de Arlanzón, donde desbarató totalmente al grupo francés, haciéndoles diecisiete muertos, cuarenta y ocho heridos y veintidós prisioneros que envío a la Junta de Burgos. Ante la incorporación de nuevos voluntarios, Merino decidió dividir su fuerza en dos; el que sería regimiento de infantería de Arlanza, y otro de caballería, denominado Húsares de Voluntarios de Burgos, llegando por entonces a unas fuerzas permanentes de unos 1300 hombres, que sería conocida como «División del Duero», que habitualmente se ocupaba de los franceses que entrasen en los confines de las provincias de Burgos, Segovia, Soria y Logroño.
El 22 de enero de 1810 sorprendió a una división francesa que iba hacia Valladolid, en las inmediaciones de la villa de Dueñas, donde se había emboscado a la espera de aquellos 2.000 franceses, cayendo en la emboscada sobre 1.500 hombres que quedaron muertos o heridos sobre el campo, logrando evadirse de aquella encerrona, solamente unos 200 franceses.
Un mes después, el 19 de febrero otra columna francesa se puso a tiro de los guerrilleros en las inmediaciones de Torralba, fueron esperados con muchas ganas, pues no en vano se trataba en su mayoría de los soldados conocidos como juramentados, españoles que se prestaban a servir bajo las banderas francesas, que se incorporaban a la plaza de Soria. Al cabo de unos minutos, 600 de ellos quedaron prisioneros, y sobre 80 muertos en el campo y caminos aledaños. Dos días después, el 21, en Villaciervos, ataca en aquel mismo camino a una columna que había salido de Soria en busca de los juramentados, a la que hizo sobre 100 muertos, huyendo los demás al amparo de la ciudad de Soría.
Antes de que finalizase el mes, el día 29 nuevo enfrentamiento contra el enemigo en las cercanías de Estépar, donde se apodera de la escolta formada por que custodia la correspondencia.
Hallándose Merino en abril de 1812 en Arauzo de Miel, llegó a su conocimiento que una columna de los franceses de guarnición en Aranda, habían sorprendido el 21 de ese mes a los miembros de la Junta Superior clandestina de Burgos y Segovia, y a la escolta militar que llevaban, compuesta de veinte soldados, en Grado del Pico (al pie de la segoviana sierra de Ayllón). Lo peor de la noticia era que el 2 de abril, habían ahorcado a los junteros en Soria, dejándolos colgados para escarmiento de la población. También le llegó en aquellos días, exactamente el día 15, el aviso de que el batallón 1º del Vístula (soldados polacos al servicio de Francia), salía de Aranda para efectuar requisición de carnes en el partido de Peñaranda de Duero y caseríos de las inmediaciones, lo que le agradaba pues veía la posibilidad de escarmentar él a los franceses. Saliendo Merino con sus hombres hasta el Monte de la Pinosa, donde vivaqueó en espera de ver las intenciones de los franceses. A las tres de la madrugada del 16, Merino se puso en marcha, sorprendiendo la localidad de Hontoria de Valdearados, y prosiguiendo a Arandilla, donde esperaba encontrar al enemigo. Los franceses alertados retrocedieron a Peñaranda, pero antes de lograrlo les salieron al paso los hombres del regimiento de Arlanza, los cuales lograron descomponer la columna francesa y ponerlos en franca huída, por lo que mandó en su pos y por las alas “… a los Húsares Voluntarios de Burgos. Copados los franceses, tras recibir la primera carga de los españoles, solamente pudieron escapar del cerco, cinco jinetes, que se supo habían logrado alcanzar Aranda a eso de las doce de la noche. Mientras, sobre el campo de lucha, quedaron 63 muertos, noventa y seis heridos. Los prisioneros fueron 509, entre ellos un teniente coronel y once oficiales, cuarenta y ocho caballos, todas las mochilas, equipajes y armas, ocho tambores, ocho clarines. De los hombres de Merino solamente hubo cinco heridos, uno de gravedad, y un caballo levemente herido… Para cuya satisfacción y recompensa me he tomado la libertad y espero que sea del agrado de V. E.) de pasar por las armas 110 prisioneros, detallados de esta forma: veinte por cada vocal de la Superior Junta; diez, por cada dependiente y soldado que me asesinaron en Aranda, e igual número por el cura de Hontoria de Valdearados, que habiéndolo preso en su casa, le mataron en la refriega. Esta proporción pienso seguir en lo sucesivo, si como, hasta ahora, no dan cuartel constante a los individuos de mi División; a lo menos si no tengo ordenes contrarias de V. E., a cuya disposición va caminando el resto de los prisioneros, menos los doce oficiales, que reservo en mi poder, para que sufran la última pena, si el gobernador Rey (general francés de este apellido) no accede a la proposición que se le ha hecho de entregar en su rescate al renegado Moreno, cuya negra y horrorosa conducta tiene llenos de miserias y lágrimas a los fieles, pero infelices habitantes de Castilla. Este hombre perverso ha sido el único agente y director de la infernal columna enemiga que apresó a los desgraciados vocales, dignos sin duda de mejor suerte…” [1]
Hallándose sus hombres ocupados en el traslado de los prisioneros, el día 28 de abril, Merino vuelve a reunirse con ellos en Villafranca de Montes de Oca, cuando a eso de las diez de la noche, habiendo llegado la avanzadilla a la localidad de Prádanos, comunicaron que estaba llegando allí una columna enemiga, que rompió el fuego, por lo que Merino ordenó desviarse a la columna de prisioneros en dirección a Villafranca, mientras él dividía a su gente, poniendo a su segundo, Antonio López sobre unas alturas que había a la izquierda del camino, mientras Merino con la caballería de situaba en la vega de Alcocero, cerca del Camino Real, dispuesta para atacar por el flanco derecho. Los franceses cayeron en la trampa, enviando a perseguir la avanzada de caballería española que se replegaban, sin darse cuenta del peligro que había en los flancos. Comenzaron los disparos españoles, destrozando a los franceses, retrocediendo unos a Monasterio de Rodilla, y otros hacia Briviesca. Merino mandó la caballería tras estos, logrando cogerles y “… acuchillándoles de tal modo, que solo tres gravemente heridos entraron en Briviesca, debiendo esta felicidad a su cobardía que, zambulléndose en el río de esta villa, abandonando sus caballos, consiguieron no ser vistos por los húsares. Treinta y seis muertos tendidos en el campo de batalla; muchas armas; 28 caballos útiles, una berlina en la que conducían la correspondencia con otros efectos, han sido el resultado de esta acción, sin haber tenido yo más que dos heridos y un caballo muerto…” [2]
El 4 de mayo la Junta Superior de Burgos y Segovia se dirigía al mariscal de campo Carlos de España, informándole de los hechos de armas protagonizados por Merino, y que aquel tramitó a la Regencia que se hallaba en Cádiz, y que coincidió con el informe que allí también enviara el General Mendizábal, proponiéndole para el ascenso a Brigadier de los Reales Ejércitos.
Por efecto de es estos informes, la Regencia que preside el general Duque del Infantado, Merino recibió su nombramiento de Brigadier, expedido en Cádiz el 6 de agosto de 1812.
Otra acción importante fue la que tuvo lugar el 27 de junio de 1813 durante la batalla de Vitoria.
Finalizada la guerra de la Independencia, la Junta Suprema le nombró Gobernador militar de Burgos y Comandante General de la provincia, aunque Fernando VII tuvo por más acorde el presentarle beneficiario de una canongía en la Santa Iglesia Catedral Metropolitana de Valencia, aunque sin necesidad de salir de Villoviado, y donde se hallaba cuando la llegada del Trienio liberal.
Aquel hecho de armas que le valiera el ascenso a Brigadier, fue además reconocido como realizado en “grado heróico”, por lo que el 16 de septiembre de 1816, le fue concedida la Cruz de 1ª clase de la Real y Militar Orden de San Fernando.
Llegada la revolución liberal de 1820, en marzo de 1821 no dudó en organizar una nueva partida durante la conocida como Merindada, esta vez luchando contra sus más próximos compañeros, en su mayoría liberales, y acabaría reuniéndose en 1823 con los franceses que constituían la autorizada invasión de los Cien mil hijos de San Luis, poniéndose al mando de una división realista, que se disolvería una vez restablecido el gobierno absolutista de Fernando VII. A pesar de su “especial predilección” por el gobierno del voraz monarca, este no se dignó confirmarlo en el empleo de Mariscal de Campo, que por sus servicios a la Corona la Regencia de Urgel le había concedido el 29 de noviembre de 1822.
Se daba la circunstancia que el perseguidor de liberales, Fernando VII, muy acorde con la línea que esta estirpe comenzaba a llevar a cabo, al objeto de proteger y asegurar la llegada al trono de la Infanta Isabel, no dudó en dar un giro de 180º e iniciar el compadreo con los liberales.
Fallecido su admirado monarca, se adscribió inmediatamente a la Junta carlista de Burgos, poniéndose al frente del regimiento de Voluntarios de Castilla la Vieja. Según parece llegó a reunir 12.000 hombres, que no dudó en acercar a Madrid en 1834, logrando llegar a las cercanías de El Escorial, desde donde retornó hacia la línea del Ebro, temiendo que sus hombres un tanto indisciplinados, produjesen una estampida al enfrentarse a las tropas que para oponérsele habían salido de Madrid.
En 1835 resultó herido en el combate de Palazuelos, quedándose oculto hasta su recuperación, y enviando a sus hombres a las provincias vascongadas.
En 1836 se incorporó a las tropas del pretendiente Don Carlos, marchando hacia Madrid. En otros momentos estuvo incorporado a las columnas de Negri y a la de Cabrera. Durante el tiempo que permaneció al lado del pretendiente, Merino alcanzó los grados de Mariscal de Campo y posteriormente de Teniente General.
Derrotado Carlos VII, se opuso al Convenio de Vergara, habiendo finalizado temporalmente en 1839 la primera guerra carlista en el Norte, don Jerónimo siguiendo al pretendiente, se vio obligado a emigrar, lo que él efectuó a la localidad francesa de Alençon, departamento del Orne (Basse-Normandie), donde residía junto a algunos familiares en el número 10 de la Grande Rue, de la que todos los días salía para atender como capellán las misas en un convento de monjas.
Su vida era muy metódica, estando alejado de todo lo que fuese la sociedad, la política, o cualquier cosa que le recordase sus actividades militares. Enfermo de tuberculosis, sus padecimientos se agravaron durante la noche del 5 al 6 de noviembre de 1844, falleció a primera hora de la tarde del siguiente día 12, siendo enterrado el 13 en el cementerio [3] de la cercana parroquia de Notre Dame de Alençon, hasta que el 22 de junio de 1962, por iniciativa de un descendiente sus restos fueron exhumados. Al hacerlo se limpió la lápida que resultó tener la siguiente leyenda:
Paratus fuit mori / magis quam / patrias dei leges
Prævaricare / ivia I.[4]
MERINO. Hispanæ exercitu / imperator / obiit in exilio [5]
Alençon / Le 12 novembre année de / 1.844.
Al día siguiente inician el retorno a España, a donde llegan al anochecer de ese mismo día. Los restos son depositados en la parroquial de San Juan, hasta el 2 de mayo de 1968, en que sus restos fueron colocados en un mausoleo levantado en la plaza de los Arcos, de Lerma, en los jardines inmediatos al convento de las monjas Clarisas.
[1] Del parte oficial que Merino envió el 17 de abril de 1812, al General en jefe del VII Ejército, don Gabriel de Mendizábal.
[2] Del parte que Merino envió desde Poza de la Sal, al General Mendizábal, el día 30 de abril de 1812.
[3] En la actual rue Fuie des Vignes
[4] Estuvo dispuesto a morir, antes que quebrantar las leyes de Dios y de la Patria
[5] MERINO. General del Ejército de España, murió en el exilio; en Alençon, en 12 de noviembre de del año 1844.