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Nació en Foix, en el valle del Ariège (Francia) el 15 de agosto de 1775, era hijo de Henri Bernard d’Espagne, 2º marqués d’Espagne y mariscal de Campo, vetustos señores del castillo de Ramefort [1], y de las castellanías de Cassagnebere, Peyronzet, Chichac y Gelas, conseñor del valle de Biros, primer Barón nato de los Estados de Nebouzan, senescal de Foix, Cominges, Couserans y Nebouzan; y de Clair Charlotte de Cabalby d’Esplás, hija de los barones de Esplas, sería esta otra de las familias obligadas a huir al extranjero escapando de las sangrientas persecuciones de la Revolución francesa, puesto que el 25 de abril de 1791 las turbas asaltaron su residencia. Descendían los D’Espagne del s. XVIII, de los D’Espagne-Montespan, que a su vez lo habían hecho del solar que desde muy antiguo se asentaba en la Baronía de Ramefort, en el condado y obispado de Cominges, en el valle de Arán y antigua provincia de Gascuña, divida por los Pirineos, y ahora por la geografía territorial de ambos países fronterizos. Era Carlos el menor de cinco hermanos varones y así como los otros se incorporaron en diversos ejércitos europeos, con la misma intención marchó inicialmente con su padre Henri Bernard, a Alemania, sirviendo en un regimiento de Coraceros a caballo, pasando ambos en 1793 a Holanda y de allí a Inglaterra desde donde se decidió por acudir a España con ánimo de enrolarse en su Ejército junto a sus hijos Andrés Valentín y Carlos, para combatir a los revolucionarios que tanto daño habían ocasionado a su familia y posesiones. Tras su incorporación a las tropas españolas le fue agregado al Regimiento de infantería del Rosellón, haciendo las campañas de 1794 y 1795 en Cataluña. A consecuencia de haber perdido la vista por los avatares de sus campañas, se retiró de cuartel a Palma de Mallorca, hasta que falleció en 1811.
Durante el reinado de Luis XVI, su padre mandaba la denominada Brigade des Nobles Mousquetaires, por lo que Carlos sentó plaza y recibió su bautismo de fuego en aquella compañía. Disuelto este Cuerpo de caballería por falta de recursos, decidió el joven trasladarse a Gran Bretaña, donde esperaba ser admitido en alguno de los Cuerpos que se formaban para combatir a los franceses. Cuando en 1792 había estallado la Revolución, su familia fue una de las perseguidas, por lo que el joven quedó verdaderamente marcado por el asesinato de varios de sus familiares durante la insurrección de la Vendée. Emigrado a Inglaterra, permaneció allí hasta que iniciado el conflicto fronterizo en los Pirineos, se decidió a solicitar su incorporación a las tropas que salían hacia el Rosellón, pues su único deso juvenil era vengarse de los revolucionarios franceses. Accedió Carlos IV a su ajuste como soldado español , y así fue como este monarca le permitió incorporarse en 1792 como Segundo teniente graduado de capitán en el regimiento de la Reina, con el que participó en las acciones que condujo el general Ricardos y que supusieron inicialmente la invasión y algunas victorias en su país de origen.
El rey Carlos IV admitió la solicitud que el 23 de mayo de 1798 le dirigió Henri d’Espagne, en el que pedía para sus hijos Andrés y Carlos, los títulos de Conde y Vizconde de España, que gozaban ya en Francia [2], y que documentaba adjuntando certificados, entre otros uno del duque de Croy-Havré, aunque nunca siguió adelante.
El 20 de enero de 1804 contrajo matrimonio en Palma de Mallorca con Dionisia Rossiñol de Defla y Comellas, de una de las familias de la aristocracia isleña mediterránea.
A pesar de todo lo favorable que estaba siendo para los D’Espagne la acogida dispensada en España, sus deseos en cuanto a reconocimiento de nobleza no se plasmarían hasta el 15 de diciembre de 1819, cuando Fernando VII en premio a lo peculiar de los servicios militares que Carlos había prestado durante la guerra de la Independencia, los favoreció no con lo que su padre había solicitado, sino “... con la conversión de su título francés de Marqués, por el de conde de España.” [3]
Llegado el momento en que los españoles han de oponerse al asentamiento de las tropas francesas en el territorio peninsular, Carlos d’Espagne pasa con el grado de capitán al regimiento de los Suizos de Reding, pasando más tarde a incorporarse en Salamanca a la guerrilla que manda don Julián Sánchez, a) El charro. Las lecciones que aprendió de aquel guerrillero le valdrían de mejor escuela que la táctica y teoría que hasta entonces había conocido. Wellington que le conocía, le encomendó el ordenamiento de las partidas que andaban sueltas e incontroladas, y en las cuales no todo era limpio, pues había dentro de ellas muchos eran desertores, bandoleros y expresidiarios. Con los conocimientos que obtuvo en la guerrilla, su férreo carácter, el valor y energía que desplegaba le sirvieron para imponerse a muchos de los capitanes guerrilleros, haciéndolos entrar en la disciplina, viéndose obligado en algún caso de tener que fusilar a los más indisciplinados, condenando irremisiblemente a los ladrones o incendiarios a la pena de horca. Su conducta fue inicialmente incomprendida, pero a la larga aquellos valientes hombres de la guerrilla comprendieron la imprescindible necesidad de comportarse como soldados y no como forajidos. Su ejemplar conducta hizo que en adelante muchos de aquellos adalides de la guerrilla le guardasen la ejemplar lealtad que le tenían Abuin, a) El manco, el cura Merino, El Empecinado, Julián Sánchez, a) El charro, y otros más que sería prolijo citar.
En el combate de Barba del Puerco al mando de su Batallón de Tiradores de Castilla acrisoló su capacidad para el combate, por lo que el brigadier británico Wilson lo agregó a él y a su batallón a sus hombres.
A finales de 1809 era ya Coronel y reunido con las partidas de don Julián y la de Martín de la Carrera, toma parte en la batalla de Tamames, y en las acciones del Fresno, Puerto del Pico y Cáceres. Asciende a Brigadier a mediados del año 1810 y goza de extraordinario prestigio tanto entre los mandos militares, como entre los jefes guerrilleros, algo nada habitual, pero que el confirma como excepción. Como Brigadier pasa a mandar una brigada de la división que mandaba el general Carlos O’Donell, incluida en el Ejército británico de Wellington que participa en las acciones de Torres Vedras. En esta operación D’Espagne, marchó desde Salamanca y entró con sus hombres en Portugal, de un modo muy estratégico y arriesgado: distribuida la fuerza en pequeños contingentes desplazados en espacio y tiempo hizo creer a los franceses que lo que estaba penetrando era un verdadero Cuerpo de Ejército, situándose a retaguardia de las tropas del mariscal Massena. Atacado el francés por el frente y retaguardia al mismo tiempo, temeroso de que le cortaran las comunicaciones, renunció a forzar las líneas de Torres Vedras y se retiró de Portugal, no sin que la Brigada España dejarse de inquietarle por los flancos y retaguardia durante la marcha y sus paradas para vivaquear.
Durante la batalla de Albuera, volvió a hacer ostentación involuntaria de su valentía y pericia en el movimiento de tropas, aunque resultó herido gravemente de un lanzazo, por lo que fue retirado y trasladado a Burgos, donde después de repuesto vuelve ansiosamente al combate con motivo del fusilamiento en la villa de Ledesma, de varios vocales de la Junta de Burgos, realizado por orden del General Mouton. Sin arredrarse D’Espagne publica un bando, en el que declara que por cada español fusilado, fusilará él diez franceses. Solamente lo pudo hacer una vez, pues los mariscales franceses, asombrados y al tiempo aterrados, ordenaron parar los fusilamientos, inclusive de guerrilleros, que también se apuran en dar a la publicidad para evitar las represalias españolas.
En la batalla de los Arapiles, vuelve a tener una actuación destacada y a continuación sigue hacia el sitio de Badajoz, siendo ya Mariscal de Campo, al manda de su división española, incorporada al Ejército británico. Luego pasa al sitio de Ciudad Rodrigo, donde el general Hill tiene palabras de encomio referidas a la disciplina de que hacen ostentación los hombres de la división D’Espagne.
Durante la batalla de Fuenteguinaldo es la última en que participa directamente, puesto que el general Wellington lo reclama con objeto de que le acompañe en la entrada a Madrid, después de que el Rey José I lo hubiese abandonado. El mariscal Marmont el 25 de septiembre de 1811, envió hacia Salamanca un ejército formado por unos 35 escuadrones de caballería, otros 40 batallones (14.000 infantes), apoyados por 12 cañones. El Mariscal puesto a la cabeza de la caballería avanzó por el camino de El Bodón, en dirección a Fuenteguinaldo, localidad salmantina en la que había asentado su cuartel general Wellington, a poco de inspeccionado el terreno Marmont se dio cuenta de la poco ventajosa posición de las tropas hispano-británicas, por lo que no se paró a esperar el apoyo de los 40 escuadrones de infantes que le seguían. La artillería portuguesa mantuvo a raya a los franceses, aunque estos a pesar de las bajas persisten en sus ataques y logran superar un barranco, llegando por allí hasta la meseta en la que estaba el grueso de las tropas británicas, donde fueron recibido con descargas cerradas de los infantes, unido a las que le hacía la artillería emplazada. El gran apoyo y obtención de ventaja vino de parte de la caballería española que mandaba el mariscal D’Espagne, que según Napier, “... cargó contra los franceses no menos de veinte veces, obligándoles finalmente a retroceder...”, aprovechando ese momento los británicos para retroceder y unirse a los cuadros de sus compañeros de la División. Marmont acabó retirándose hacia Ciudad Rodrigo, cuando todo parece indicar que de no haber abandonado precipitadamente la acción, posiblemente hubiese descalabrado a Wellington. Como le había venido tan bien aquel asentamiento, Wellington mantuvo su cuartel general en la vetusta Fuenteguinaldo, hasta el 12 de junio de 1812 que se marchó con sus hombres en dirección a Salamanca, dividido su Ejército en tres columnas, en una de las cuales iba la brigada de Carlos D’Espagne, junto a los hombres de su buen amigo don Julián
El general D’Espagne después de Fuenteguinaldo es nombrado por Wellington, Gobernador militar de un Madrid que pasa por unas circunstancias muy difíciles: el hambre hace estragos, la población es diezmada por las epidemias, y los afrancesados que han quedado en la ciudad procuran poner obstáculos a lo que desde el gobierno se trata de hacer. Wellington ha demostrado que sabe elegir a su hombre, pues D’Espagne no se arredra, y comienza a dar ordenes que pueden parecer muy duras, pero que en aquellas circunstancias eran imprescindibles: la desobediencia a sus órdenes relativas al racionamiento se castiga con la pena de muerte, así como el alza de precios, consecuencia de la escasez. El general-gobernador no descansa: acude a supervisar los hospitales, recorre los mercados, visita inesperadamente las tiendas de víveres, persiguiendo cualquier intento de lucrarse indebidamente. Aquellos que pensaban en aprovecharse de sus convecinos, estaban aterrados con los expeditivos y creemos que justificadísimo procedimientos empleados por el Conde-gobernador. Sin embargo el pueblo madrileño va comprobando que todo ha sido hecho en su provecho: Madrid está cada día más limpio, las epidemias desaparecen. El orden se restablece y los afrancesados han desaparecido con sus procedimientos.
Llega ahora el momento de promulgar la Constitución en Madrid, D’Espagne considera que es buena siempre que se cumpla con sus preceptos. Durante el acto en que ha de intervenir, el General-gobernador pronuncia un discurso, diciendo que los regímenes liberales son los que necesitan más severa disciplina y más orden, “... por que sin estas dos condiciones se convierten en merienda de negros.” Por eso a veces decimos que de este periodo histórico aun han llegado los lodos que nos salpican.
Expuesta la Constitución al pueblo, desde ese día comenzará a prestar mucha más atención a cuanto sucede en la vida cotidiana y aplicará lo que en cada caso procede a quienes tratan de eludir su código.
Wellington una vez que abandona Madrid, pone al mariscal conde D’Espagne al mando del 4º Ejército, con el que participa el 21 de junio de 1813 en la decisiva batalla de Vitoria. La guarnición francesa de la plaza fuerte de Pamplona, dos divisiones, son bloqueadas por las tropas del general Picton y sin efectuar bombardeo alguno, simplemente el asedio pretendía Wellington vencer la resistencia. Fue un fracaso, por lo que le sustituyó el general español conde de la Bisbal, que tampoco logró avance alguno, por lo que el General en jefe designó al conde D’Espagne. La táctica del Conde fue magistral: situó repartidas por el terreno grupos de tropas, de tal modo que ante un ataque francés con objeto de eludir el cerco, los españoles basculaban en protección de sus compañeros, venciendo siempre y causando graves y desastrosos quebrantos a los franceses, hasta que llegó un momento en que el General-Barón de Cassau decidió rendirse incondicionalmente. Durante una de las acciones de aquel cerco y siendo costumbre del conde D’Espagne participar con sus hombres en las de mayor peligro, resultó gravemente herido en una pierna. No quiso pasar a un hospital, ni entregar el mando, por lo que siguió las acciones tendido en un carruaje, dirigiéndolas hasta el día de la rendición francesa.
El extraordinario éxito y repercusión que tuvo aquel asedio, sirvió para que todos volviesen a felicitarle, comenzando por el general Wellington, Castaños, Freire, etc. etc. Wellington le designó para que le acompañase en la invasión de Francia, a lo que se opuso el general Castaños, que lo quería con él. D’Espagne a pesar del peligro de una gangrena en su pierna, tomó parte en el sitio de Bayona, hasta que proclamado rey Luis XVIII, le ofreció integrarse en el nuevo Ejército Real, reconociéndole todos los méritos y condecoraciones obtenidos en España, al tiempo que le restituía las propiedades embargadas por la Revolución. El mariscal D’Espagne respondió como lo habría hecho el mejor de los españoles:
“Señor: toda la sangre francesa que tenía en las venas la vertí por las heridas que los franceses me causaron; sólo me queda la sangre de mis antepasados españoles; soy, pues, español y me quedo en España.”
El 26 de agosto de 1815 ascendió al grado de Teniente general, y el 29 de noviembre de 1817 le fue concedida la Gran Cruz de San Fernando.
Fervoroso súbdito de Fernando VII, españolizó su apellido en 1817 cambiando el D’Espagne por el De España. En 1818 fue nombrado Segundo Cabo de la Capitanía militar de Cataluña, y en 1819 recibió del monarca el título de Conde, en atención a los servicios prestados, añadiéndole la condición de Grande de España, así como le encomendó la organización y la jefatura de la Guardia Real.
El conde de España, tal y como decía el General Bermúdez de Castro, “...Mientras se ciñe a sus deberes militares en la guerra de la Independencia y algún tiempo después, no tiene enemigos, sus superiores, sus compañeros y sus subordinados aplauden las brillantes cualidades que le adornan. Pero desde que por sus cargos importantes ejerce acción sobre el elemento civil comienza el desconcepto y nace el aborrecimiento y la difamación.”
“El conde de España no olvidó nunca los horrores de la Revolución francesa: el aguillotinamiento de su abuelo, el castillo sitiado por la plebe, la fuga, la emigración, la miseria. Aquellos recuerdos no le abandonaron nunca; ellos fueron más tarde el origen de su adhesión a don Carlos, decisión que para él, que ya tenía más de sesenta años y era respetado y querido por todos los españoles, tuvo consecuencias terribles.” [4]
Era tal su grado de efectividad, que durante muchos años, cuando una cosa no tenía arreglo posible, cuando no se encontraba solución, se decía: ¡Esto no lo arregla ni el Conde de España”.
La Grandeza de España de primera clase, “... unida al título de Conde de España que ya posee...”, no la alcanzaría hasta el 30 de junio de 1827 [5], en compensación de los impagables esfuerzos del general Carlos de España, por seguir la senda que le trazaba el más pérfido y refinado Fernando VII.
El conde de España pasa por haber sido después de su maestro Fernando de Borbón Parma, uno de los más siniestros personajes de la historia de España, aunque como iremos viendo a lo largo de esta biografía, quizás no fue tanto como propalaron sus opositores o quienes menos le conocieron.
Decían por ejemplo que tenía este general tanta doblez, tanta mala fe como su monarca, pretendiendo ser siempre más fernandista que el propio Fernando VII. Su fanatismo ultra beato y exacerbado le conducía a ser maquiavélico; siempre dispuesto a secundar a su grande Maestre Fernando de Borbón, por lo que ambos se dedicaron al exterminio de los “negros” [6] que intentaban llevar a España a la Democracia, por lo que con su comportamiento se convirtieron en adelantados de los sucesos de la España del último cuarto del siglo XX. Quizás todo ello se debiera a su extremado sentido ordenancista, pues por otra parte era persona muy asequible y humorista impenitente. Solía gustarle mucho cantar en la sala de banderas de su regimiento, la canción de “Las habas verdes”, opuesta en su sentido al “Trágala” que cantaban los constitucionalistas o liberales. Es conocido que al son de esta canción burgalesa, entro en la villa de Vic en 1827, después de reprimir el alzamiento de los agraviados. Burlandose de este modo deObispo y de los vecinos de la ciudad, que resueltamente habían apoyado a los rebelados. Fanático y siniestro, durante veinticinco años sumió en el acoso más feroz a los idealistas patriotas españoles. Carlos de España es uno de los más desconocidos personajes de la historia de España, por lo que creemos que debe de ser difundida aunque sea esta escueta biografía, para que conozcamos hasta donde puede llegar la maldad si uno está protegido por las instituciones, y como los acuerdos entre los beligerantes acaban siempre dañando al sencillo pueblo español.
España por fin estaba dividida en dos partidos, y que a su vez se dividían en bandos, y estos aun en fracciones menores, herencia que hoy sigue vigente y que fue el desgraciado objeto de los años finales de aquel perjudicial monarca, que no contento con lo que hizo a sus coetáneos, nos dejó todo tan dispuesto que aun seguimos padeciendo los rescoldos del incendio que hizo en la España de su tiempo. Liberales y absolutistas, cristinos y carlistas, izquierdas y derechas.
El pronunciamiento que protagonizó el general Riego en 1820 y la subsecuente reposición de la Constitución de Cádiz, hicieron temblar entre otros a Carlos de España, que destinado en la Capitanía catalana, temía que “volviese” a caer España en manos de la incipiente Democracia que había llegado de la isla gaditana, con la consiguiente pérdida de las ventajas que disfrutaban los que se acogían a la voluble voluntad del monarca de turno, o sea a los que de haber existido, saldrían en las fotografías de entonces. A su cabeza afluyeron las experiencias pasadas en Francia, sin tener en cuenta que el liberalismo entraba en España de un modo nada sangriento, emanado de la voluntad de aquellos intelectuales, militares y eclesiásticos que habían diseñado aquel Código igualitario, por primera vez aplicado en España, y quizás nunca superado. T ras el triunfo del 1 de enero en Cabezas de San Juan, renacieron las Sociedades Patrióticas, de las que muchas de ellas eran de índole republicana. De estas agrupaciones emanaron y se difundieron las ideas y surgieron conspiraciones, por lo que de esta amenaza que suponía para los absolutistas cabría esperar levantamientos como el protagonizado el 15 de agosto de 1815 por el aventurero francés Jorge Bessières, el cual indudablemente instigado por los “cerebros” de la trama, se alzó aunque con poco éxito, tan poco que hasta los suyos le eliminarían.
El organizador de la Milicia Nacional Voluntaria en Barcelona, coronel efectivo del 1er Regimiento de la Milicia Nacional y regidor de Barcelona; antiguo compañero de prisión del general Lacy, Joseph Costa, que en abril de 1821 había elaborado la lista de indeseables y entregado al jefe político de la ciudad, hallándose en una velada el 23 de febrero de 1822 en el Café del Rincón, profirió altisonantemente unas frases que a algún escucha le disonaron: ¡Viva la República! ¡Abajo Fernando VII¡, y corrió a comunicarlo. A pesar de la época en que tuvo lugar -se suponía que había Democracia y libertad por tanto de opinión- el coronel Costa fue detenido en la noche del 24, siendo procesado también como hoy sucede y se cerró la sede utilizada por la tertulia patriótica donde se había llevado a cabo la velada.
Por lo que hemos ido sabiendo, ya advertimos que Fernando VII no padecía la clásica memez de la Corte implantada en Madrid, aunque tampoco era su comportamiento el clásico en una persona bondadosa, sino todo lo contrario. El “Deseado” enseguida se dio cuenta del peligro que podía suponer para el trono la implantación de la Constitución, por lo que a los mínimos signos inquietantes, ante la sorpresa de todos, de los no profundamente iniciados en la maldad, relevó a Carlos de España del mando en Cataluña y lo hizo pasar detenido a Mahón, aunque en Palma de Mallorca celebró varias reuniones y recibió las órdenes secretas de Fernando VII, en las que le mandaba viajar a París y Viena, con la finalidad de concretar la ayuda que otras naciones dispensarían y con las que podría disponer el monarca español en un futuro inmediato. A continuación “se fuga de su prisión” y viaja, participando en el Congreso de Verona [7], bajo el nombre de vizconde de Couserans, dejando plasmado allí el peligro que podía suponer una nueva revolución en España. De aquel congreso resultaría la favorable ayuda a la Corona española, cual fue la expedición que mandaría Francia, al mando del duque de Angulema, conduciendo a sus Cien Mil Hijos de San Luis, con los que en 1823 invadió España, poniendo fin al Trienio liberal e inaugurando la década ominosa, lo que posibilitó que el Rey prosiguiese en su persecución a los buenos españoles y a su Constitución.
Obtenido el triunfo franco-fernandino sobre los españoles, ajusticiados sus principales jefes, Fernando VII, que venía vigilando las exigencias de los grupos ultrabsolutistas con los que de otro modo se hallaba en connivencia, buscó sin embargo para sus primeros ministros y más próximos colaboradores de esta época a personajes, cara a la galería, sobre todo personajes que no tuviesen relación con nada que pudiese relacionarlos con el tan generalmente odiado Tribunal de la Santa Inquisición. [8], no tan solo en España, sino en los reinos de aquella Europa del momento. Bessières tomó la ciudad de Guadalajara, lo que supuso que algunos vecinos fueran perseguidos por liberales y asesinados por dicha causa. Comenzó el año atacando El Empecinado a los realistas derrotando a Ulman el 23 de enero de 1823 en Caspueña, recuperando Guadalajara y derrotando a Bessières en el puente de Horche, persiguiéndolo y venciéndolo nuevamente el 29 en el puente de Sacedón, acosándolo hasta la villa de Priego, consiguiendo de ese modo que las partidas absolutistas desapareciesen de la Alcarria. No obstante, y de modo artero, como siempre, Fernando VII otorgó poderes, opinamos que -carta blanca- a su siempre fiel Carlos de España, asignándole el 21 de abril de 1823 el virreinato y la capitanía general de Navarra, con lo que los liberales de aquella región se vieron nueva y más cercanamente perseguidos por el sanguinario General. Una vez que consideró lograda la pacificación navarra, el monarca lo destinó en mayo de 1824 a la capitanía general de Aragón, con objeto de que prosiguiese en su eficaz eliminación de los negros [9] o liberales del ámbito aragonés. Nuevamente obtenido el éxito extirpador en la zona, pasó a finales de 1824 a hacerse cargo de la Capitanía general de Cataluña.
Por el éxito del general De España, en el resto de las regiones, quizás por eso de que ¡Cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar!, comenzaban a moverse cada día con más insolencia grupos de ultrafernandistas que en algarada gritaban ¡Rey absoluto e Inquisición! Alternados con los de ¡Mueran los negros! , que los mismo aliados del rey Fernando VII, veían asombrados, pues no dejaban de recordar que a la inversa había sido como comenzara en Francia la Revolución francesa.
Con la volubilidad clásica de nuestra españolidad, enseguida la nobleza que arropaba al despiadado monarca, inició los movimientos indispensables para que desde los lugares más insospechados se propalase el “deseo popular” de que se volviese a implantar el Santo Oficio. Cosa que sospechamos fue arteramente trazada por el Rey, para dar visos de que el sencillo y patriótico pueblo español que durante seis años vio como su sangre regaba los campos de España, principalmente en un intento de traer al traidor monarca y regalarle el Trono que había a su vez regalado cobardemente a Napoleón, era el que `pedía la vuelta de las sesiones de investigación de la cruenta Inquisición española. Nada más lejos de la realidad, el pueblo sencillo lo que quería era disponer de más oportunidades y contar con aquel Código igualitario que había nacido en Cádiz. A pesar de que con este Gobierno “tan escogido en sus miembros para no molestar a nadie”, se podría pensar que la Inquisición no regresaría a España, sin embargo fue todo lo contrario.¡Fue lo primero en incorporarse a la vida cotidiana española!
Los absolutistas que actuaban en segunda fila se caracterizaron por ser furibundos partidarios del pretendiente Carlos Isidro de Borbón, que viendo la que preparaba Fernando VII, comenzaron a moverse en su impaciencia, plasmándose en mayo de 1824 con el intento del brigadier Capapé, alias “El Royo”, que quizás adoleció de inoportunidad y escasa táctica procedimental, aunque se solventaría condenando a una serie de cabezas de turco. El 23 de enero de 1823 fue derrotado en Caspueña, recuperandose Guadalajara, y derrotando a Bessieres en el puente de Horche, y luego es perseguido y derrotado de nuevo el 29 en el puente de Sacedón, acosándolo hasta la villa de Priego, con lo que prácticamente desapareció la amenaza de las partidas realistas por tierras de la Alcarria.
En todos estos juegos anduvo metido el general De España, con Calomarde [10] y otros tan buenos “camarilleros” como ellos, que “tiraban la piedra, pero escondían la mano”. Mezclado en aquella maraña andaba un aventurero que después de haber desertado de las tropas revolucionarias francesas, parece ser que trabajaba en Barcelona como oficial de tintorería y al que debió de “tratar” el conde de España, “lanzándolo” desde Madrid, en el verano de 1823, a los campos de Castilla como si de un redentor se tratase, y dejándole en parte la iniciativa. Se llamaba George Bessières y fue puesto a la cabeza de una partida de exaltados absolutistas, con una misión específica que le había dado lo que hoy denominaríamos “la asesoría de la Casa Real”, sin que “por supuesto lo supiese” Fernando VII. ¡El Trono siempre está ajeno a los actos que impulsa!, quedando de otro modo como el ídolo que soporta los principios constitucionales, y a quien se deberá la vuelta al orden.
El caso es que el 15 de agosto de 1825, todo aparentó que el vetusto tintorero transformado ahora en el “general” Bessières, se puso en marcha por voluntad propia con sus hombres, entrando en la ciudad de Cuenca, donde sometió a una rápida, exagerada y exhaustiva inspección de la Catedral y todo el cuerpo eclesiástico de ella dependiente, por indicaciones expresas que llevaba, encausando a varios de sus canónigos, “... por auxilio a los liberales.” [11]Esta revuelta fue duramente reprimida por las tropas reales al mando del conde de España, tendiéndole una encerrona en Molina de Aragón en la que acabó siendo tomado prisionero el infeliz Bessières.
Bessières tenía ya mucha historia detrás, y ya había estado condenado a muerte en 1820, por su volubilidad de bandos, salvándose al haber logrado fugarse del castillo de Figueras, creyéndose que era espía del gobierno francés. [12] Si seguimos lo escrito por Pío Baroja en su obra titulada “Con la pluma y con el sable”, novela histórica si, pero en presencia o conocimiento de los hechos, que al igual que Pérez Galdós, conocieron a personajes, documentos de aquella época que trataban en sus trabajos. Decía pues Baroja:
"La sublevación no tuvo éxito. Fernando VII, al saber su fracaso, envió como a un perro de presa al conde de España contra Bessières. Un francés contra otro francés. …Bessières, preso, se creía seguro; tenía una carta de Fernando VII en la cual se le ordenaba el alzamiento. El conde de España trató a Bessières como a un compañero y a un paisano; le convidó a cenar con él…A los postres, el conde preguntó a su comensal con gran amabilidad que por qué se había sublevado, y Bessières mostró la carta del rey. El conde de España, tranquilamente, cogió la carta y la quemó en la llama de una bujía. - ¿Qué feu, general? - gritó Bessières en catalán, abalanzándose al conde de España-. Qu’en perdeu. - Oui, peut-être, mais je sauve le roy - dijo el conde de España en francés, con una contestación a modo de Duguesclín. … Bessières, al verse sin la carta del rey, comprendió que era hombre muerto."
Cataluña en 1827 fue el lugar donde los realistas más ultras, los absolutistas que se consideraban más perjudicados por creerse mal recompensados, los que creían que Fernando VII estaba más por las libertades que por ellos, los que habían luchado durante el Trienio contra los liberales: burgueses, clérigos, terratenientes y militares provenientes del antiguo Ejército preindependencia, se levantaron con extraordinaria virulencia y logrados los primeros avances en su amenaza, Fernando VII envió contra ellos al eficaz conde de España.
Es curioso, pero Fernando VII también quería lo mismo que ellos, aunque vista la doblez del Rey, fueron derivando en sus favores hacia el que consideraban tenía algún futuro en España, el infante Carlos María Isidro de Borbón. El conde de España, ideológicamente estaba con los insurgentes, es más, en su fuero interno era uno de ellos, aunque no dudó en aprovechar esta circunstancia de aproximación ideológica para reprimirlos como mejor sabía, a sangre y fuego. Como no hemos de olvidar, el general De España llevaba instrucciones muy reservadas, muy especiales. Instrucciones de esas que daba Fernando VII a sus secuaces más efectivos, por lo que una vez reprimidos los rebeldes por De España, sistemáticamente ejecutaba sumariamente a los cabecillas, terminando en pocos meses con el levantamiento, la misma táctica que había venido empleando desde 1823 en otras partes del territorio español.
En marzo de 1827 había estallado la sublevación de los agraviados de Cataluña (els malcontents), que llegó a tales extremos que el propio Rey hubo de viajar al Principado, con objeto de calmar al pueblo y estar más cercano a la represión. En junio De España fue designado Consejero nato del Supremo Tribunal de la Guerra, y el 12 de septiembre fue nombrado temporalmente Capitán General de Cataluña, con el simple objeto de que se “emplease a fondo” –como el solamente sabía hacerlo-. El caso es que su buen hacer, su inhumanidad llevó la temporalidad hasta el año 1832. En diciembre aun quedaban fuerzas ocupantes “aliadas” en Cataluña, de aquellas que habían sojuzgado España entera por la traición Real a los principios constitucionales de 1812.
El general De España tomó posesión de la Capitanía en presencia de Fernando VII, relevando con sus tropas con este acto castrense, a las que restaban del duque de Angulema.
El 25 de enero de 1833, De Espagne se fue de incógnito a Francia, creyéndose que lo había hecho para reordenar su herencia, por lo que la muerte de Fernando VII el 29 de septiembre de 1833, le sorprende lejos de la Corte e inmediatamente es continuamente requerido por el pretendiente, por lo que se somete y reconoce al pretendiente al trono, Carlos María Isidro, que inmediatamente le nombra General en jefe de las fuerzas carlistas de Cataluña, aunque De España estaba en Ceret (Francia), no se presentaría a tomar posesión, ni a entrar en España hasta el 1 de julio de 1838. Su acrisolada fama como hombre de muy difícil trato, su exageración en cuanto a disciplina, predispusieron a quienes con él estaban, a llegar a destituirlo, lo que se hizo el 18 de octubre de 1839. Por ello cuando se dirigía a tomar el mando, un destacamento del 17º Regimiento de línea francés, sorprendió el día 17 en Coutognes la columna formada por 120 soldados, 14 de ellos oficiales, al frente de los que iba el Conde, que llevaba a sus hombres a Saint-Laurent de Cerdáns, creyéndose que la denuncia de su itinerario provenía del propio guía que los llevaba a la frontera. El conde de España fue conducido a Perpignan, y encerrado en la Ciudadela de Lila (Francia), siendo repartidos por diversos lugares el resto de los que le acompañaban. Al verse perdido, se fingió loco en su celda, por lo que le llevaron a un manicomio, donde estuvo dos años, hasta que logró escapar y acabó siendo retenido en una de las casas del pueblo de Sisquer.
Después de haber sido obligado a vestirse de paisano, el conde de España fue sacado de la rectoral de Sisquer al anochecer del 27 de octubre y después de caminar toda la noche, llegaron al amanecer a Can Llauden, donde a eso de las diez de la mañana se les unió un cabo con quince voluntarios, para refuerzo de la escolta del Conde. El día 29, a la una de la tarde salió la comitiva en dirección a Cambrils, para descansar en Casa Pujol, en el Coll de Nargó. Por otro camino había ido el clérigo Narciso Ferrer con otros voluntarios, a entrevistarse con el brigadier Porredón en su casa de Orgañá, con objeto de informarle de la conducción que estaban haciendo del destituido General, por orden de la Junta de conducirlo a la frontera. El 30 de octubre, a última hora de la tarde fue llevado a la casa Casellas, en el término de Orgañá, donde quedó custodiado, acercándose el clérigo Ferrer a hablar con el Conde. Luego se fue y con quien habló el clérigo siempre le dijo que De España, era un traidor, que fuera destituido por la Junta debido a que estaba a punto de entregar el Principado a los cristinos o liberales.
El día 2 de noviembre el clérigo Ferrer volvió a Casa Casellas y se reunió posteriormente con el capitán Pedro Baltá, subtenientes Antonio Morera y Manuel Solana, todos ellos de la “Compañía de Honor” [13], acordando que a las ocho de la noche irían a esperar al Conde en los Tres Ponts, sobre el río Segre, donde después de desvestirlo, le atarían por el cuello y pies, arrojándolo al río.
Llegada la hora convenida, a eso de las ocho y cuarto de la noche, Ferrer, con el estudiante Massiá, el brigadero Domingo Sala y alumbrándoles en el tránsito el mozo de Escuadra sacaron al Conde de la habitación en que se hallaba, hasta que en el zaguán de la casa lo montaron en una caballería a la usanza payesa, que por la brida aguantaba Torrabadella (vocal de la Junta Corregimental). Iniciaron la marcha, y el conde de España iba fumando un cigarro, y parece que a poco dirigiéndose a Sala, que llevaba el ronzal de la caballería, dijo el Conde: ¡Que noche tan oscura!. El subteniente Solana era el guía y además quien tenía orden de llevar al De España hasta Andorra. Cumpliendo con ello, Solana iba caminando el primero, algo más atrás lo hacía el brigadero Sala, que llevaba el ronzal de la caballería sobre la que iba el conde de España. Cerrando la exigua comitiva que marchaba entre las viñas del pueblo, iban el doctor Joseph Ferrer y el estudiante Massiá. Sala tenía ordenes de que cuando el guía, Solana, le hiciese alguna seña, se parase y le entregara las riendas, pues desde aquel punto solamente marcharían hasta Andorra el guía y el conde de España, que marchaba confiado pues para su protección se había dicho habría destacamentos a lo largo del tránsito que iban a realizar.
En su caminar llegaron al cruce con el camino Real que iba a los Tres Ponts, muy cerca de la bajada a la ermita de Roser, donde les esperaba el guía, que tomó las riendas y prosiguió en su caminar, sin apenas despedirse de Sala que se quedó parado esperando a que se le acercasen Ferrer y Masía. Como Ferrer dijo que se oían voces, ellos debían de retroceder por el camino de Orgaña, y dando un rodeo fueron directamente a Casa Pujol, donde estaba esperándoles Ramón Cirenus, el ayudante del clérigo Ferrer, y allí se quedaron, creyendo que ya se iban a descansar.
En el punto señalado del camino estaban esperando la llegada del guía y el Conde, el capitán Baltá y el subteniente Morera, por lo que al oír estos que llegaba alguien por el camino, salió Baltá dándoles la voz de alto, al tiempo que con un garrote daba un fuerte golpe en la cabeza del Conde, derribándolo de su cabalgadura. El sorprendido Conde preguntó quienes eran, respondiendo Baltá: ¡Soy Silvestre de la Seu! [14]
El Conde le suplicó entonces que no le maltratase, que solamente era un comerciante francés, y que le condujesen a la Seo, pues conocía al Gobernador de la plaza. Entonces Baltá y Morera le ataron los brazos con cuerdas, sin utilizar la soga que les había dado el clérigo Ferrer, volviendo a subirlo en la caballería y prosiguiendo el camino ya todos juntos, con lo que el conde de España quedó algo más confiado en que todo siguiese más o menos bien. Cuando alcanzaron el puente de los Espías (Pont d’Espía), bajo el que pasaba el Segre con sus raudos y ocasionales “raiers”, desmontaron a De España y nuevamente Baltá se dirigió a él, diciéndole: ¡Quiero atarle mejor, porque no le conozco y no quiero fiarme de nadie; Si usted es hombre de bien, el Gobernador lo verá! Anduvo Balta unos pasos y le hizo un lazo en el cuello con las puntas de las cuerdas que sujetaban los brazos del Conde, luego le propinó un fuerte puntapié en la espalda e hizo caer al General al suelo; entonces, poniéndole un pie sobre la mejilla y sién, tiró fuertemente de la cuerda, extragulándole. A continuación lo desnudaron, cortando Solana las cuerdas, y con las que inmovilizaban los brazos, le ataron los pies, poniéndole además una gran piedra atada, lo arrojaron al río, junto al tricornio y ropa del Conde. Solana se quedó con su capa, y Baltá con los tirantes [15] y una bolsa de seda roja, que el De España llevaba al cuello, en la que había dos medallas de plata, una era la Virgen del Pilar, dos o tres cruces y una lámina de pasta de agnus [16].
Después de realizado el alevoso asesinato, Baltá [17], Morera y Solana, tomaron la caballería y volvieron a Ormañá, a donde llegaron sobre las once de la noche, hallándose las puertas de la villa cerradas. El día 3 regresaron también a Ormaña, a Casa Pujol, el doctor Ferrer, el asistente de su hermano Ramón Cirenus, el estudiante Massiá y el brigadero Sala. Al siguiente día llegaron a Casa Casella los mozos de escuadra que habían estado destacados en la localidad de Tahús, a las ordenes de Josep Canet. También llegó el clérigo Narciso Ferrer, que mandó una carta matasellada en Orgañá anunciando que ya había regresado de Andorra, donde “... había dejado al Conde.” Llegando en su desfachatez a presentar una cuenta de los gastos [18] que había supuesto aquel encargo.
El día 5 de noviembre el Alcalde de Coll de Nargó, comunicaba al Alcalde mayor de Puigcerdá, residente en Orgañá, que se había visto un cadáver en la playa de Espluvins, frente a la Casa de Soleró, que aparentemente era de una mujer. Recogido el cadáver a las nueve de la noche del día 6 por el Alcalde de Coll, reconocido el mismo, se comprobó que “... era un hombre desconocido, desnudo, puesto boca arriba, al parecer de unos sesenta años, pelo canoso, barba cerrada, rostro trigueño, estatura mediana, algo gordo...”. Se ató el cadáver por debajo de los brazos “... y tirando desde la orilla opuesta fue llevado a la derecha del río, donde el cirujano don Miguel Posta, practicó el reconocimiento del cadáver.” El médico hizo el siguiente informe pericial: “Reconocí su cuerpo y no hallé en él vestigio de herida alguna, sí solo lo siguiente: primeramente un círculo bastante profundo alrededor de todo el cuello; la cabeza bastante hinchada, con un gran derramamiento de sangre en los tegumentos del cráneo y cara. En ambos codos y rodillas un grande equimosis (vulgo morat). En ambas piernas, sobre los tobillos, otro círculo bastante profundo. Sin ninguna señal de ahogamiento: todos estos círculos se manifiesta ser hechos por un cordel; y por lo tanto, juzgo, que la causa verdadera de la muerte de dicho cadáver ha sido por estrangulación o ahorcado y después metido en el agua.” [19]
Después de hecho el reconocimiento, el cadáver fue envuelto en una sábana blanca de cáñamo y fue sepultado sin mayor prisa a las cinco menos cuarto de la tarde en el cementerio de Coll de Nargó, el 7 de noviembre.
Su reconocido asesino llegó a decir como justificación al daño hecho, que el Conde era realmente un masón que sólo perseguía el desprestigiar al pretendiente Carlos V y a sus seguidores, para así entregárselo luego rendido a los liberales, como ya había hecho en Vergara.
Por 1840, el médico de Igualada, José Roset era uno de los más acreditados frenólogos de su tiempo, y habiendo ido a la feria de Orgañá, acompañado por el farmacéutico de Guissona, Caba, y sus dos criados, “... al pasar por Coll de Nargó se acercó al cementerio, abrió la tumba del conde y se llevó la cabeza... En junio de 1859 la familia del conde, convenientemente autorizada, procedióa al traslado de los restos del asesinado al panteón familiar de Defla, en Sineu; fue entonces cuando se comprobó que el cráneo había desaparecido.” [20]
El craneo sufrió una serie de vicisitudes, como fuel de haber quedado durante más de ocho días tirado entre la maleza del camino, al haber sido asaltado el doctor Roset. Luego viajó a Filipinas y vuelto a Igualada, pasó a Cervera, donde la hermana del “...Roset lo regaló al director de la Congregación de la Buena Muerte, de la iglesia de San Agustín. Hasta 1885, año en que lo recobró el nieto del fallecido Conde de España, el cráneo sirvió en la iglesia cerverina para colocarlo sobre el ataud en los funerales. «Sic transit...» [21]
Estaba en posesión de la Gran Cruz de Isabel la Católica, a la que renunció. En marzo de 1826 le fue concedida la Gran Cruz de San Hermenegildo.
Exponemos ahora una serie de testimonios de personas que le conocieron, y que posiblemente servirán en la distancia, para poder llegar a que nosotros intuyamos a que obedecía su contradictoria personalidad. Veamos:
El príncipe de Lichnowski, que sirvió con él en la Guardia Real y luego en el bando carlista, dice: “Yo he visto al Conde de España siempre inexorable, si se trataba de castigar el vandalismo, la insubordinación, la deserción y las villanías; pero nunca le he encontrado injusto y arbitrario; aferrado a sus convicciones, ninguna consideración, ningún ruego influían en él cuando se trataba de lo que creía su deber; por eso castigaba más severamente a los Oficiales que a los soldados, y su rigor aumentaba según la categoría del culpable. Daba a sus justicias la mayor publicidad para impresionar e imponer a las masas por el ejemplo. Tardaba en sus resoluciones; pero después de pronunciarlas con voz firme, ya no había apelación y se ejecutaban.”
El que fue Intendente general carlista Gaspar Díaz Labandero, que también había formado parte de la Guardia Real con el General De España, lo describía del modo siguiente: “Hombre de gran talento, de vastos conocimientos y de un carácter dominante como pocos, no compartía el mando con nadie ni sufría oposiciones o resistencias de ninguna clase; su voluntad había de ser sobre todas, y si en raras ocasiones oía a alguno, era para hacer luego lo que le parecía mejor; cuando se proponía hacer una cosa, había de llevarla adelante, hubiera de valerse de cualesquiera medios; enérgico y sostenido en el mando, era duro en los castigos y organizador como pocos; llevaba hasta el extremo la subordinación y el orden, y conocía la parte cómica militar como nadie de su época; de una complexión robusta, hacía alarde de desafiar el rigor de las estaciones. Una vez que en la guerra de la Independencia tuvo su División que vadear un río con el agua al pecho, estuvo él sumergido hasta que pasó el último soldado de la retaguardia. Lo mismo dormía en el suelo que sobre un banco o una cama con colchones de pluma. Le gustaba comer bien; pero no era glotón, sino obsequioso y galante. En operaciones se contentaba con un pedazo de pan de munición [22] y una sardina arenque o cualquier friolera por el estilo.”
El General Fernando Fernández de Córdoba [23], opinaba lo siguiente: “El General Conde de España era una persona por quien hubiera dado yo la vida: así es, que cuando, después de muchos años y defendiendo distinta causa que yo, supe la manera desastrosa como había sido asesinado por los mismos realistas, tuve verdadera pena, y siempre guardé un respetuoso culto a su memoria. No he conocido un General que supiera presentarse a las tropas con mejor y más aire militar y con maneras tan imponentes. Todos los Oficiales de la Guardia fuímosle deudores de nuestra educación militar; ningún Jefe fue más temido y más respetado; pero ninguno tampoco tuvo consideraciones iguales con sus subalternos, que le pagaron con el indeleble recuerdo de un afectuoso reconocimiento. Añadiré que jamás impuso castigo severo a nadie por faltas leves, contentándose con ligeros arrestos, que no imprimían nota desventajosa ni depresiva. Tenía por la Guardia el cariño de un padre, y cuando en la guerra algún Oficial, que seguía distinta bandera, caía prisionero de su tropa, tratábalo decorosamente, acabando por ponerle en libertad. Guardaba a lo que seguían la causa carlista las mayores consideraciones y aprecio, y solía decir que con aquellos ocho batallones de la Guardia que mandó como Comandante general, establecería su cuartel general en Sarriá. Hízose odioso a los liberales por las muchas ejecuciones que se llevaron a efecto bajo su mando, y quizá también por el aparato terrible de que se revestían; pero es de advertir que aquellas crueldades estaban en el espíritu de la época, en las costumbres del gobierno, y que el Conde de España debía someterse a órdenes superiores.”
Desparecido el Conde, nadie de quienes habían sido compañeros o amigos, nadie hizo el menor amago para intentar descubrir a los culpables, y aun sigue sin que nadie se ocupe de tan importante personaje de nuestra historia pasada.
[1] C. Ge. Haute-Garonne. Archº Depto Yvelines. Legº 1J1194, carps 1, 2 y 3 (1770)
[2] AHN. Legº 9841, doc. núm. 5
[3] AHN. Legº 8990, doc. núm. 1359. Real despacho de conversión del título de Francia de Conde de España, que posee, sea y se entienda como título de España, al tiempo que se cancela el de vizconde de Conserans.
[4] Revista “Ejército”, núm. 77. Junio 1946. Cosas de antaño. Tipos y costumbres: “El Teniente General Conde de España”.
[5] AHN. Legº 8980, doc. núm. 395.
[6] Denominación con que los absolutistas, realistas, “persas” o carlistas, se referían a los liberales españoles.
[7] Se celebró el 22 de noviembre de 1822 en la ciudad italiana de Verona, y en ella formaban como aliados: Austria, Francia, Prusia y Rusia, que temiendo llegase también a ellos la ola de liberación popular que había protagonizado el general Riego, dando comienzo al denominado Trienio Liberal, sin dilación ni duda alguna, con la presencia del representante español, conde de España, que ni una vez pudo opinar, decidieron que en España se reinstaurase el absolutismo, debido a que los deliberantes, “... plenamente convencidos de que el sistema de gobierno representativo es tan incompatible con el vetusto principio monárquico, como la máxima de la soberanía del pueblo es opuesta al principio del derecho Divino, se obliga del modo más solemne a emplear todos sus medios y unir todos sus esfuerzos para destruir el sistema de gobierno representativo de cualquier Estado de Europa donde exista y para evitar que se introduzca en los Estados donde aun no se conoce.” Tal era el temor al liberalismo español, que el 7 de abril de 1823 se producía la consentida invasión francesa, protagonizada por los que conocemos como los Cien Mil Hijos de San Luis, y de cuya mano llego la Década Ominosa, y con ella toda la pérdida de derechos de la población, el retroceso en el avance cultural, y la emancipación del hombre.
[8] Había sido suprimido el Santo Tribunal de la Inquisición, el 9 de marzo de 1820, por el levantamiento militar protagonizado por el general Riego.
[9] El pueblo, inducido por los ultramonárquicos se dividió en blancos (absolutistas, monárquicos o conservadores en su evolución natural) y negros (liberales, doceañistas o constitucionalistas).
[10] Fue el alma mater de la Policía de investigación española, aunque desarrollaría otras disposiciones, como fue la eliminación del castigo físico.
[11] ADC. Secc. Curia Diocesana. Audiencia. Legº 1627, exp. 13.
[12] Mirapeix: Crónica de la villa y monasterio de Ripoll, pag. 91.
[13] Estaba formada esta Compañía especial, por Oficiales que servían en plaza de soldado, y de guarnición en Orgañá. Estos Oficiales habían sido separados del servicio activo y de sus Cuerpos, precisamente por el conde de España.
[14] Nombre del cabecilla de una partida de francos, célebre por su crueldad y actividad contra los carlistas.
[15] Estos tirantes fueron reconocidos tiempo después por el sastre de Berga, José Pelfort, que los había forrado de seda roja.
[16] Consistía en una lámina de cera con la imagen del Cordero místico, el Agnus Dei protector, bendecida y consagrada por el Papa.
[17] Se conocieron los detalles del asesinato, gracias al testimonio del capitán Baltá, que reconoció su intervención en él.
[18] La cuenta ascendía a 2.000 reales.
[19] Serradilla, Antonio Jesús de: “El último día del Conde de España y de la causa de Carlos V en Cataluña”. Palma de Mallorca-Vich, 1949. 209 pp.+ 1 h., 2 láminas.
[20] Vallés, Edmond: “Vida y muerte del conde de España”. B., Revista “Historia y vida”, nº 7, octubre 1968, pág. 73.
[21] Ibdem. Obra anterior.
[22] Dicc. De la R. A. E.: Ración de pan que se daba diariamente a los soldados, penados, presos, etc., fabricado por lo común en grandes cantidades. En la milicia se le conocía como “chusco”, acepción esta que también recoge la R. A. E.
[23] En “Mis Memorias Íntimas”. 3 tomos. M., Suc. De Rivadeneyra, 1886-1889, págs. 120-122.