BELLIDO VALLEJOS, María


El día 19 de julio de 1808, la verdad es que ¡Caían los pájaros! con el calor que desde muy temprana hora hacía en Bailén. Los soldados españoles y franceses habían comenzado a "paquearse" en las primeras horas de la madrugada, pero conforme subía el Sol, la terrible sed hacía que muchos combatientes se arriesgasen por llegar al agua, a la noria, al pozo. Algún autor, consultando los libros del Observatorio de la Armada en San Fernando, concluye en que pudieron darse temperaturas entre 40 y 45 º. Unido el calor a los esfuerzos por subsisitir durante la batalla, se transformo todo ello en un suplicio insoportable. Uno de los participantes, Bonifacio de Ulrich, entonces subteniente, siendo coronel, recordaba aquel día, diciendo:

"... Nuestra tropa, con el sol abrasador, sin abrigo alguno a la sobra, con el fuego y humo del trigo que ardía y sin tener agua para apagar la sed, padeció mucho..."

Pues en este espantoso día, quedó reflejado en el espejo de la historia lo que una mujer de Bailén hizo, al unísono con sus bailenenses convecinos, a favor de los bravos soldados españoles que entre sus olivares combatían al enemigo francés.

María, había nacido en Porcuna, el 18 de junio de 1743, era hija de Francisco Elías y de Catalina, siendo la cuarta de los nueve hijos de aquel matrimonio. Fue bautizada seis después por el franciscano fray Diego Muñoz Velidioso, en la parroquial de Nuestra Señora de la Asunción. Por sus circunstancias fisiológicas era conocida como María la Culiancha. Contrajo matrimonio con Luis Domingo Cobo de la Muela, natural y vecino de Bailén, por lo que el matrimonio pasó a residir en la antigua calle de las Eras, actualmente denominada de Sebastián Elcano. No tuvieron descendencia, quizás por haber sido su matrimonio con el viudo Luis algo tardío. Todo transcurría con la normalidad de la época, teniendo ya 65 años vivía con su marido tranquilamente en aquella población, cuando el 18 de julio de 1808, el pueblo de Bailén se vio sacudido por la dureza de la guerra que a sus inmediaciones traían los franceses. A pesar de su edad y achaques propios de la misma, María, lo mismo que otras muchas mujeres de su pueblo, jóvenes y ancianas antepusieron su humanidad y por eso acostumbradas a los rigores del verano en su zona, se apresuraron a preparar las cosas para que al día siguiente, cuando saliese aquel sol que con su extraordinario poder sofocante ellas sabían que iba a causar grandes estragos entre los combatientes, pretendieron que al menos los españoles tuviesen en su proximidad el alivio de unas gotas de agua fresca, con las que saciar la sed y aplacar un poco el calor corporal, mojando sus ropas, con el agua que se escurriese. Cupo la casualidad que el punto en que María se encontraba con un cántaro de fresca agua de su pozo, fuese precisamente una propiedad que tenía en el chaparral de las Eras Altas, y casualmente el lugar que Reding había elegido como puesto director del incipiente combate que allí se iba a dar a partir de las siete de la mañana, punto donde además había situado una batería de artillería de cuatro piezas de a 12, que contribuiría a quebrantar y malograr los intentos franceses a todo lo largo de la jornada.

Molino y pozo de Bailén, sobre el río Rumblar. Foto de Martínez
Molino y pozo de Bailén, sobre el río Rumblar. Foto de Martínez.

En este momento, cuando el tórrido clima hacía más penosa la respiración, es cuando comienza la leyenda, o nace el hecho histórico. María Bellido se dirige al General y le ofrece el cántaro para que sacie su sed. En ese momento, en que se transfiere la vasija y cuatro manos la soportan, un proyectil procedente de la fusilería francesa rompió el cántaro, aunque afortunadamente no causó daños a nadie. Repuestos ambos del lógico sobresalto, Reding admirado de que aquel hecho no ofuscase a la anciana, o al menos la llevase a esconderse, le entregó a María como recuerdo, el proyectil que había quebrado la vasija, mientras que ella, con el resto del cántaro que aún sostenía y contenía algo de agua, volvió a ofrecérselo al general Teodoro de Reding, quien asombrado del valor de aquella mujer, bebió al tiempo que suponemos pensaría como corresponder a tan serena y heroica dama, que inmersa en el fragor del la lucha no vio alterada su compostura, y sí los deseos de continuar ayudando a los soldados españoles, significando aquel hecho que protagonizaban las mujeres, para que sirviese como bandera el que el pueblo mantendría como fuese ante la nación francesa.

Nada se volvió a saber o decir de aquel suceso, hasta que nos llegan nuevas referencias de María, a través de su testamento, por lo que sabemos que se hallaba gravemente enferma el 3 de marzo del año siguiente, falleciendo en la madrugada del día 8. Luis su marido, posiblemente aquejado de igual mal le seguirá a la tumba el 10 de abril de ese mismo año de 1809, muy posiblemente ambos, como tantos otros en aquel tiempo, tratándose de una localidad de paso, fuesen víctimas de los contagios tan frecuentes de aquella convulsiva época.

Creemos que debió de ser enterrada en la nave central de la parroquia de la Encarnación, en Bailén, pues ese era uno de sus deseos testamentarios, aunque hoy en día, como en tantos otros lugares, se desconoce que ha sido de aquellos restos.

El general Castaños escribía el 3 de septiembre de 1814 al Ayuntamiento de Bailén, en respuesta a la felicitación que la Institución le había enviado por su nombramiento como Consejero de Estado, y que dice así:

«… Nada puede ser mas lisonjero para mi que la expresión honorífica que merezco a las vecinos de la heroica Villa de Bailén y se patentiza en la apreciable carta que Se han servido dirigirme en 12 de agosto próximo pasado, manifestándome el interés que tomaron en mis satisfacciones por el distinguido decreto con que el Rey Se ha dignado elevarme a La dignidad de Consejero de Estado y como el objeto principal que S. M. ha tenido presente es el recuerdo de la Victoria de 19 de julio de 1808, tampoco podré olvidar la parte que tuvieron para proporcionarla tan completa esos heroicos vecinos, cuya lealtad y patriotismo debe servir de ejemplo y será bien señalada en la historia de nuestra gloriosa guerra, por los auxilios de víveres y agua que, arriesgando su vida, proporcionaron durante la batalla, sin que las mujeres y niños en nada cediesen a los más esforzados varones, y también el esmero con que cediendo sus camas y ropas auxiliaron a los heridos.

Pero en lo que pocos pueblos de la Monarquía podrán presentar un blasón de la más acendrada lealtad es el ejemplar tal vez único en los anales de que habiendo ocupado dos divisiones del ejército de mi mando a las órdenes de los generales Réding y Coupigní esa Villa el día 18 de julio por la mañana y teniendo a su frente en Andújar que sólo dista cuatro leguas el ejército enemigo de Dupont y a su retaguardia, a menor distancia, la gruesa división que mandaba Vedel, no se encontraron una persona sóla débil en Bailén, interesada o perversa que diese aviso de la posición de nuestras tropas, con cuya sola noticia se hubieran frustrado todos nuestros planes o tal vez esos memorables campos hubieran sido el sepulcro de nuestra libertad e independencia.»

Pasaron los años y siendo reina Isabel II, el 6 de octubre de 1862 llegó a Bailén con objeto de visitar el campo de batalla de Bailén, donde 54 años antes las aguerrridas y bien armadas tropas de Napoleón I mordieron la derrota. Por este motivo el Ayuntamiento de Bailén, por haberlo cedido María Josefa Malpesa Sánchez, sobrina y heredera de María Bellido, entregó el trozo de metralla que María recibiera del general Reding, durante la batalla de Bailén. El obsequio institucional de aquel proyectil famoso, alojado entre dos coronas de laurel y dentro de un pequeño receptáculo de oro que había bajo la tapa de un pequeño cántaro de plata dorada al fuego, depositado en una bandeja de plata con filigrana, pasó a engrosar los depósitos museísticos de la Real Armería de Madrid, cuya ficha en 1898, según Conde Viudo, decía:

"Jarra pequeña con bandeja, ambas piezas de plata sobredorada la primera y afiligranada la segunda. Contiene la bala de metralla que rompió el cántaro en el acto de beber agua el general Reding en la Batalla de Bailén; tenía además la jarra un platillo interior, que no existe ya y que servía de recipiente de la bala, con esta inscripción: MARÍA BELLIDO EN 19 DE JULIO DE 1808. Fue todo presentado en un estuche a S. M. La Reina Isabel II, por el Ayuntamiento de Bailén a su paso por aquella villa. 1862."

Parece ser que al día de hoy en los citados fondos de la Real Armería, solo queda de aquello, la bandejita afiligranada.