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Como muchos otros antes o después, Arriaza fue marino antes que poeta, aunque fue por vate que ahora lo recordemos, a pesar de que difiriese de nosotros en todo aquello que él le suponía al rey Fernando VII, de quien siempre fue fiel vasallo, quizás de los primeros en atender cualquiera de sus frecuentes caprichos, o al menos así lo entendemos nosotros, ciento noventa y cinco años después de que se iniciase aquella relación. ¡Quizás habría que haber estado allí, con él, y en aquellas circunstancias!
Nació Arriaza en Madrid, el 27 de febrero de 1770, y era el tercer hijo del matrimonio formado por el Teniente coronel de Infantería, Primer Teniente de Reales Guardias Españolas, Antonio de Arriaza y Orejón y de Teresa Superviela y Leytieri, de clara ascendencia italo-francesa, quien había sido Azafata de Cámara de la Princesa de Asturias. Por temores, fue bautizado el mismo día de su nacimiento en la parroquia de San Sebastián, con los nombres de Juan Francisco de Paula Baldomero.
Familia la suya de estirpe militar, el joven Juan Bautista, después de cursar sus primeros estudios en la Pía Escuela de San Fernando, a los once años seguiría los pasos de su hermano primogénito Francisco ingresando en el Real Seminario de Nobles, donde aun estaba muy presente la impronta de su fundador el célebre almirante Jorge Juan, donde permanece hasta marzo de 1782, pues ha decidido trasladarse al segoviano Colegio de Artillería, donde ingresa el 23 de febrero de 1782. Las conversaciones de los Cadetes, en las lánguidas noches del Alcázar no dejarían de referirse a las noticias relativas a las travesías que algunos artilleros habrían dado a bordo de la aun floreciente Armada Real, o quizás alguno de sus conocidos, siguiendo los resultados del asalto a la plaza de Argel, o las peripecias de la fragata “Nuestra Señora de la Asunción”, que al mando de un conocido de su familia, el científico Malaspina, había surcado los más lejanos parajes. La ensoñadora mente de alguno de aquellos jóvenes comenzaría a trazar en sueños los idílicos itinerarios que describían aquellas airosas fragatas que surcaban todos los mares. Como ya hemos visto, el carácter de Juan Bautista debía de ser muy inquieto, además que como artista en ciernes, un verdadero soñador, puesto que veremos como su hermano Francisco proseguiría en el Colegio de Nobles aun cuando ya Juan Bautista también abandonaba Segovia, aventurándose en su nueva experiencia, esta vez en Cartagena.
Decidido a dar un nuevo giro a su vida, solicitó se le admitiese en la Compañía de Guardiamarinas del Departamento de Cartagena, obteniendo la Real Sanción en 21 de julio de 1787, de la cual se le formó asiento en dicha Compañía, el 2 de enero de 1788, tal y como figura en el f.º 354 del Libro de Asientos de la misma. En aquel centro científico-militar se encontró con la sorpresa de que alguno de sus maestros, como él, se hallaban muy cómodos en ese campo solamente reservado a los más sensibles, la poesía. No nos extrañaría que la posible admiración que pudo haber levantado en sus profesores no le sirviese para haber trocado versos por calificaciones. En mayo de 1789 embarca en la fragata “Florentina”, siguiendo más tarde en la “Mahonesa”, en la que se halló en el abandono de la plaza de Orán, y terremoto de 1790. Acude más tarde al auxilio de la plaza de Ceuta en el navío “San Fulgencio” y entre marzo de 1793 y agosto de 1795, realiza otros transbordos dentro de la escuadra que mandaba el almirante Lángara, lo que hace que se encuentre en plena guerra con la nación francesa, fondeado en la bahía de Rosas, esperando la llegada de la escuadra que manda Gravina y que venía en apoyo para acudir juntas en ayuda del almirante británico Hood, por lo que formaría parte de las tropas que tomaron la plaza de Tolón, cerco en el que los marinos, siguiendo el ejemplo del almirante Gravina, lucharon espada en mano, en tierra, tan bravamente como lo hubieran hecho a bordo de sus buques. En Tolón había coincidido con Fernández de Navarrete, embarcado en el navío Concepción, como Ayudante de Mayoría General, y con Vargas de Ponce, que casulmente los tres acabarían también coincidiendo en otro lugar, en la Real Academia Española, tras su abandono de la carrera de las armas. Una de sus últimas singladuras fue quizás la que precipitó su salida de la Armada, fue con ocasión de un viaje para él muy didáctico, a la lejana Constantinopla.
Cometió Arriaza al menos en aquellos primeros tiempos, la torpeza de no haber trasladado al papel aquellos versos que mantenía vivos en su mente, quedando solamente para la posteridad aquellas que por algún motivo copiaba alguno de sus compañeros, cuando se las oía recitar.
Gracias a lo recogido por sus compañeros, en 1797 edita su primera obra titulada “Primicias”, en París, a donde había acudido acompañando al duque de Mahón. Unos meses después, el 1 de enero de 1798, Arriaza escribe un memorial en el que basándose en su enfermedad de la vista, solicita se le conceda licencia de Retirado y sueldo de Capitán. Realizadas las comprobaciones ante lo alegado, el Rey accede a lo solicitado y Arriaza pasa a la situación de Retirado del Real Servicio con grado de Teniente de Fragata, y con la recomendación de que se le de empleo en la Administración Real. En 1799, publica un canto fúnebre titulado “La Comparsa” al fallecimiento del Duque de Alba, al que seguiría “Emilia”, poema a las Bellas Artes.
En virtud de la Real disposición lo hallamos en Londres, en el año 1803, con cargo de Agregado a la Legación del Reino de España. Poco permaneció en ese destino, ya que debido a las hostilidades, el 8 de octubre de 1804 se rompió la buena armonía, con la voladura de la fragata “Mercedes” en las inmediaciones de la bahía de Cádiz. Arriaza fue el encargado de aquellos últimos trámites y editó en Madrid, en 1805, un opúsculo titulado “Breve apelación al honor y conciencia de la nación inglesa sobre la inmediata restitución de las embarcaciones españolas con caudales”. Algo después, en noviembre de 1805, elabora “La tempestad y la guerra”, en honor y recuerdo del combate del 21 de octubre en Trafalgar.
Radicado Juan Bautista en París, regresa poco antes de que España salte en llamas con el levantamiento popular de 1808. Sus cantos son tomados por la población como himnos bajo cuyos sones acuden en tropel en defensa de la Patria mancillada. Van surgiendo “Profecía del Pirineo”, que se nos antoja un canto patriótico emulador del francés “La Marsellesa”, que parece inspiró a Goya su “Coloso” con el que éste pretendía augurar que aquella colosal España se alzaría y engulliría finalmente las tropas napoleónicas.
Reanudadas las buenas relaciones con nuestros aliados los británicos, Arriaza vuelve en 1810 a la embajada londinense, desde cuya capital se transforma en un muy eficiente divulgador de la epopeya española, al tiempo que actúa como eficaz neutralizador de aquellos escritos que se oponían a la ayuda británica. Nada más llegar a Londres, a requerimiento de muchos de los españoles allí afincados, reimprime sus “Poesías Patrióticas”.
En 1811, también en Londres, publica en inglés y español, un opúsculo titulado “Observaciones sobre el sistema de guerra de los aliados en la Península Española”, con el que España obtuvo muchas voluntades británicas en todos los campos. Mientras, en Palma de Mallorca , edita sus “Ensayos poéticos”.
En 1812, es promocionado al grado de Oficial 6º de la Secretaría de Estado. Dos años después, finalizada la guerra de la Independencia, vienen los reconocimientos a su probada y laudatoria labor como instigador del patriotismo para los españoles, y de la admiración del pueblo británico (que dudamos hubiese logrado él), tal como sucedió el 24 de noviembre de 1814, en que se le admitió como Académico supernumerario. El 17 de enero de 1815 se le dio posesión como Supernumerario y un año después como Honorario.
Aquellos problemas de visión que le habían separado de la Armada, volvían ahora, separándole de sus quehaceres como Oficial 2 de la Secretaría de Estado, razón por la que Fernando VII le nombró Mayordomo de Semana. En febrero de 1821, tras la muerte de su compañero Vargas Ponce fue elegido Académico de número, ocupando el asiento “K” en el año 1829.
Nuevos honores le llegarán en 1824, cuando es elegido Académico de honor en la Real de San Fernando. Su discurso fue admirable, debido a que lo realizo todo él en verso.
Arriaza falleció en Madrid, el 22 de enero de 1837, tenía pues, sesenta y siete años de edad, de ellos al menos cincuenta y tres de absolutista empedernido.
En la sección de POESÍA, podemos ver algunas composiciones de Arriaza
En la elaboración de esta biografía hicimos uso de: