ARGÜELLES ÁLVAREZ, Agustín



alias "El Divino" [1]

Nació el 28 de agosto de 1776, en Ribadesella, hijo de José de Argüelles Uría y de su segunda esposa Teresa Álvarez González. Realizó sus primeros estudios clásicos al amparo de un clérigo francés que había arribado a aquella localidad, huyendo de la Revolución, de ahí sus amplios conocimientos y dominio de las lenguas clásicas y la lengua francesa, pasando posteriormente a realizar estudios de Derecho en la Universidad de Oviedo, donde acabará graduándose en Cánones y Leyes. Desde muy joven fue guiado para que dedicase sus esfuerzos a alcanzar un puesto en la Real Audiencia ovetense. Sin embargo su primer trabajo fue al lado del gijonés Pedro Díaz de Valdés [2], nombrado obispo e inquisidor de Barcelona, entre 1799 y 1807, al cual acompañó como Secretario hasta el año 1800 en que abandonó el cargo, por haber obtenido un puesto en Madrid en la Secretaría de Interpretación de Lenguas, dirigida a la sazón por Moratín. En 1805 vuelve a cambiar de puesto y pasa a la recién creada Oficina de Consolidación de Vales Reales. En este puesto comenzó muy pronto a llamar la atención por su capacidad, discreción y metas logradas, por lo que alguien informó a Godoy acerca de sus condiciones personales. El Príncipe de la Paz buscaba en aquellos momentos a alguien que fuese capaz de desarrollar en el mayor de los secretos, los planes de alianza entre Gran Bretaña y España, para lo que tendría que dar plenos poderes a la persona elegida, que cupo la suerte fuese precisamente Argüelles. En septiembre de 1806 embarca aquel joven desconocido de treinta años de edad, e inicia las negociaciones que forzosamente eran muy lentas, principalmente por la discreción con que habían de realizarse aquellos enrevesados acuerdos, pues eran totalmente extraoficiales. En ello se encontraba cuando cayó Godoy, y a pesar de que le ordenaron finalizar su misión, no lo hizo y a poco tiempo llegaron a Londres los ecos de lo que sucedía en España con los hasta entonces soldados amigos. Argüelles fue uno de los primeros en oír a aquellos patriotas asturianos que habían llegado comisionados por la Junta de Defensa del Principado de Asturias, en aquella embajada que solicitaba ayuda para la guerra que se auguraba, llegaron viejos conocidos de Argüelles: José María Queipo de Llano, Andrés Ángel de la Vega Infanzón [3] y el trubieco Fernando Álvarez Miranda, a los que resultó indispensable dado su conocimiento de la lengua y las relaciones con que contaba. De inmediato sintió hervir su sangre y por ello se ofreció al incipiente movimiento que los españoles hacían contra los franceses invasores.

Las buenas relaciones que había logrado establecer en la Corte británica, entre ellos Lord Holland, favorecieron las gestiones de los comisionados asturianos. Una vez obtenida la ayuda británica, Argüelles regresa con sus amigos a Asturias, donde movido por su patriotismo se alista en Oviedo como simple soldado, aunque por motivos de salud y edad se licencia, quedando libre para desplazarse a otros puntos donde su participación puede ser de una efectiva importancia. Llega en virtud de ello a Sevilla, donde es nombrado de inmediato Secretario de la Junta que presidía Jovellanos, y que organizaba las reuniones que darían paso a las Cortes Constituyentes. En 1810 fue elegido diputado por Asturias en las Cortes de Cádiz, y muy pronto comenzó a descollar por su fácil verbo, sus amplios conocimientos constitucionales, forjados en la lectura y análisis que hizo de la cámara británica, y especialmente de las ideas liberales de que hacía gala. Fue redactor y lector ante sus compañeros del Discurso preliminar del proyecto de Constitución, donde Argüelles defendía su desarrollo y los principios políticos que la inspiraban. Con Muñoz Torrero se ocupó del voluminoso e innovador proyecto de la Constitución gaditana. La brillantez de sus exposiciones y alegatos, indudablemente contribuyeron al feliz desarrollo de aquellas jornadas que culminaron con la aprobación de la Constitución española. La profundidad de sus exposiciones y al tiempo la sencillez de las mismas propiciaron las brillantes defensas que hizo sobre la libertad de imprenta, la supresión del Santo Oficio, la abolición del tormento, de los señoríos y la que presentó en 1811 sobre la abolición de la esclavitud, aunque esta última no llegaría a prosperar por intereses de los diputados americanos.

Los guerrilleros y los militares españoles, unidos a los ejércitos británico y portugués, acabaron dando cuenta de los invasores franceses, propiciando con el sacrificio de muchos sus hombres que Fernando VII recuperara el trono de España, posibilitando su regreso desde aquella cárcel que él mismo se había procurado en Francia, al lado de su amigo Bonaparte.

Fernando VII, el peor individuo que pudo ocuparse (en aquellos años) de representar a España, tras haberse firmado el Tratado de Valençay, el 11 de diciembre de 1813, en el que Napoleón le reconocía por Rey de España. Fernando VII cruzaría la frontera el 24 de marzo de 1814. El 12 de abril, encontrándose en Valencia, recibe a un grupo de sesenta y nueve diputados, que le entregan el que será conocido como el Manifiesto de los persas, en el que aquellos pedían al Rey la vuelta al sistema político del Antiguo Régimen. Fernando VII vio el cielo abierto, aquellos pobres hombres le facilitaban que diese paso a su tremenda voracidad, por lo que el 4 de mayo de 1814 publicó un decreto por el que anulaba todos los actos de las cortes realizados en su ausencia, declarándolos ilícitos, por lo que España volvía a un régimen absolutista, de verdadero terror. Fernando VII llegó finalmente a Madrid el 13 de mayo de ese mismo año. Entretenido en ir recibiendo las causas a que iba sometiendo a los principales guerrilleros y militares que le habían devuelto el trono, y viendo como se iban ajusticiando uno tras otro, aquellos que osaban elevar voces contra aquella despótica manera de gobernar: Lacy, Empecinado, Sinforiano López, Porlier, etc.

Como cabía esperar de aquel desagradecido Rey, el 15 de diciembre de 1814 ordenó la prisión de Argüelles, inculpado de ser liberal, condenándole a pasar ocho años en el presidio de Ceuta, junto a otros condenados políticos. En 1815 fue confinado en el castillo de la localidad de Alcudia [4], al NE de la isla de Mallorca, donde permaneció hasta los primeros días del año 1820, en que fue liberado y trasladado a Madrid, debido a que España había cambiado de manos que la gobernaran. El 1 de enero de aquel año, el general Rafael Riego se pronunció en la localidad sevillana de Las Cabezas de San Juan, proclamando la Constitución de 1812, que falsamente habría de volver a acatar el 10 de marzo, el cada vez más impresentable monarca Fernando VII. Riego llamará a su lado a algunos de aquellos prohombres que anteriormente se habían evidenciado como liberales aperturistas a las innovaciones gubernamentales que tanto precisaba España, y entre ellos nombra el día 3 de abril a Argüelles, Ministro de la Gobernación, que conllevaba el cargo de Presidente del Gobierno. El “agradecido” monarca cada vez que se refería a estos miembros del Gobierno, lo hacía despreciativamente por el apelativo de “los presidiarios”, por haberlos encarcelado él, ya que seis de los siete ministros lo habían sido.

Argüelles disgustado por las quejas referidas al Gobierno, que añadió Fernando VII tras haber leído el Discurso de la Corona la apertura de las Cortes el día 1 de marzo de 1821, y habida cuenta que entonces no era como hoy, Argüelles al día siguiente dimitió, cayendo con el su Gobierno. El astuto Fernando VII ya volvía a tener España entre sus ensangrentadas manos.

En las elecciones del 3 de diciembre de 1821, Argüelles resulta elegido diputado por Oviedo, formando en la línea del partido progresista. Fernando VII continuaba con sus ansias de entregar el país a quien fuese capaza de mantenerlo en el trono, haciendo lo que le venía en gana, por ello, no encontrando mayores apoyos en España, no dudó un instante en llamar en su ayuda a su pariente el Rey de Francia, el cual le envía un formidable Ejército compuesto de 100.000 hombres al mando del duque de Angouleme, que enseguida los españoles bautizaremos como los Cien mil hijos de San Luis, que volverán a hollar las tierras y hogares de España, hasta que con mil argucias acabarán derribando el sistema constitucional implantado por el general Riego.

Cuando llegan los franceses, Argüelles pasa a Sevilla y de allí a la ciudad constitucional por derecho propio, Cádiz. Durante la problemática sesión de las Cortes el día 11 de junio, Argüelles fue uno de los votantes para la destitución del monarca, lo que le supondría a la vuelta de Fernando VII al trono, la condena a la pena de muerte, con la consiguiente confiscación de sus bienes.

Argüelles ha de huir, por lo que lo hará a Gibraltar, para desde allí marchar a Londres, donde permanecería por diez años haciendo la clásica vida del emigrado político, aunque siempre contó con el apoyo de otros refugiados como Alcalá Galiano, Cayetano Valdés, Blanco White, Trueba y tantos otros.

Tras el fallecimiento de Fernando VII, la Reina gobernadora publicó una amplia amnistía a favor de los Diputados a Cortes, lo que les permitió la vuelta a España. Tras su regreso prácticamente en la indigencia, no pudo ni tan siquiera intervenir de nuevo en la vida política española. Finalmente fue elegido diputado por Asturias el 15 de octubre de 1834, y desde entonces hasta el año 1843 figuro siempre como tal unas veces por Asturias, otras por Madrid y hasta por Barcelona. Durante esos años en alguna ocasión rechazó su nombramiento como ministro, y participó en la redacción de la Constitución española de 1837.

El 10 de julio de 1841 fue elegido por las Cortes, Tutor de la Reina Isabel II, compatibilizado con el de Presidente del Congreso.

Falleció en Madrid en la madrugada del día 26 al 27 de marzo de 1844, tan escaso de caudales como casi siempre había vivido, pero pletórico de patriotismo y honestidad. “Era un hombre completamente identificado con lo que salía de sus labios, un alma que toda su pureza se mostraba. Convencía, por que era el primero convencido; arrastrado por su propia persuasión comunicaba fácilmente el impulso a su auditorio…” [5]



[1] OVILO Y OTERO, Manuel: HISTORIA DE LAS Cortes de España y biografías de todos los diputados y Senadores más notables contemporáneos. M. Imp. D. B. González, 1849. Tomo I, págs. 222, dice de él Evaristo San Miguel: “Fue el nombre de Argüelles de los primeros que sobresalieron en aquellas Cortes célebres. Desde un principio se escuchó su voz con todo aplauso, y se sintió su imperio irresistible. Se le vio campeón valiente de cuantas novedades se introducían entonces, y que tan populares eran en aquellas circunstancias. Se le dio el nombre de divino con que quiso rendir un homenaje al mágico poder de su elocuencia.”

[2] Era desde su infancia, muy buen amigo de Jovellanos.

[3] Había sido profesor de Instituciones Civiles de Argüelles, en su paso por la Universidad de Oviedo.

[4] Obra citada. Pág. 225.

[5] Obra citada. Pág. 239.