BREVE DESCRIPCIÓN DE LAS SOLEMNES HONRAS FÚNEBRES QUE SE HICIERON EN LA CORUÑA AL GENERAL DON JUAN DIAZ PORLIER

AL CONDE

DE TORENO,

DIPUTADO QUE FUE DE LAS

CORTES GENERALES Y EXTRAORDINARIAS,

ELECTO PARA LAS CORTES ORDINARIAS

DEL AÑO DE 1820.

D. O. y C.

El Ciudadano

DON ANTONIO PACHECO Y BERMÚDEZ

CORUÑA.

Imprenta de Iguereta.

1815






BREVE DESCRIPCIÓN

DE LAS SOLEMNES HONRAS FÚNEBRES

QUE SE HICIERON EN LA CORUÑA

AL GENERAL

DON JUAN DIAZ PORLIER

Si hay un espectáculo digno de la admiración de los mortales, lo es ciertamente ver al hombre de bien luchando impávido con la adversidad; pero mucho mas sublime sin duda es la contemplación de la fortaleza con que los varones heroicos lidian y perecen por la Patria que les vio nacer, sin otra ambición mas que la de hacerla feliz. Alzase Porlier, y proclama la Constitución que había destruido el fatal decreto de 4 de mayo de 1814. A los cinco días desfallece la fuerza, sin cuyo auxilio intentó tan bella empresa, y sus mismas tropas le venden, haciéndole, con sus dignos Oficiales, presa de los que deseaban su ruina. ¡Hora desgraciada! Tú has prolongado las inauditas calamidades de la Nación española... Preso, escarnecido, insultado por las inmundas heces de la sociedad, sube al patíbulo con la serenidad de un Sócrates; y sus despojos mortales son llevados al sepulcro sin el acompañamiento, que ni aun falta á los mas facinerosos. La compasión, tan natural en el pecho humano, tiene que ocultarse por no aparecer criminal á los ojos del suspicaz despotismo, pues en las disensiones civiles y religiosas, juzga siempre delito el apiadarse de los desgraciados. ¡Qué horror! Cinco años son pasados entre angustias y dolores; lanzan los valientes el grito de la libertad, corre por todo el ámbito de la Península, en diez y siete días se consuma la revolución, y se promulga nuevamente aquel mismo respetable código de nuestras leyes fundamentales que había conducido á Porlier a la horca. Todo cambia, y este mismo Pueblo que, por Octubre de 1815, oprimido, maniatado, sin brazos y sin lengua, no pudo seguirle, no acertó a libertarle, ni aun tuvo valor para regar con algunas lágrimas la solitaria tumba del Héroe; saca en 1820 las cenizas de este generoso mártir de la libertad, y las saca en triunfo, honrándolas del modo mas grandioso.

A consecuencia de orden de la Junta Superior de esta provincia, pasaron al anochecer del día 8 de Abril a la exhumación de los restos del General Porlier, el Teniente coronel de Artillería y Comandante de la Milicia Nacional de la Coruña, D. León Gil de Palacio, uno de los bravos del 21 de Febrero, y sujeto que dirigió toda la función fúnebre con aquel bello gusto que le es característico; el Sargento Mayor de aquella D. Tomás González, el R. P. Guardián de S. Francisco, y otro religioso del mismo convento. Asistió el sepulturero que había enterrado al malogrado General, para que señalase el paraje del cementerio donde yacía; y a poco trabajo se descubrió el cadáver. Varios patriotas que habían concu-rrido allí, ayudaron a esta tierna operación, y en especial una viuda llamada Doña Josefa López Oliveros, quien, luego que vio al Héroe limpio ya de la tierra, le abrazó por diferentes veces, dedicándole sus lágrimas, y colmándole de bendiciones.

Conducido el cadáver a una de las oficinas del parque de Artillería de S. Amaro, lo colocaron a breves días en una preciosa urna octogonal, con bajos-relieves dorados, sobre fondo de mármoles del gusto más primoroso; obra de Pedro Mallo, que siendo un artesano, en cuya labor se cifra su subsistencia, la desempeñó gratuitamente.

La Junta de Gobierno dispuso que el día 4 de Mayo del corriente año de 1820 fuera el destinado para las exequias; y con este objeto al anochecer del 3 se reunieron en San Amaro los Jefes, Oficiales e individuos de la Milicia Nacional, con un crecido número de patriotas, mujeres y oficiales de la guarnición, que se disputaban el honor de trasladar el cadáver en hombros, y con un aparato tan respetuoso, como tierno. Llevose a la capilla de S. Roque, acompañando la cruz de la parroquia de S. Nicolás, con su vice-Cura y el capellán de S. Roque, D. José Varela, como también el Mayordomo. Estos señores se esmeraron en el lucimiento de este acto, pareciéndoles poco todo lo que se hacia; y allí quedó nuestro Héroe depositado, con enternecimiento de los concurrentes.

Al amanecer pasó a dicha Capilla la guardia correspondiente a Capitanía general (honores que declaró la Junta) compuesta de la compañía de cazadores de la Milicia Nacional con su bandera; y en este momento se dio principio a los honores militares por la artillería de la plaza, conforma a Ordenanza.

A las 9 ya estaba la tropa sobre las armas y acordonada. Presentose entonces el Comandante general D. Carlos Espinosa, con el estado y plana mayor del ejército, y rompió la marcha de esta forma. Precedían cuatro piezas de campaña, soberbiamente dispuestas; seguían cuatro caballos enlutados, con plumajes negros, jaeces engalonados de oro, borlones y cifras del difunto: iban conducidos del diestro por cuatro Patriotas, elegantemente vestidos á la usanza goda, de negro y galón de oro. Las Cofradías, las Comunidades religiosas, el Cabildo eclesiástico, &c., y detrás el Ayuntamiento Constitucional. Seguía un Patriota a caballo (El Tirolés) ricamente vestido a la antigua española, con escudo y lanza, en cuya punta se veía una banderola azul y verde con esta inscripción:

D. JUAN DIAZ PORLIER: en el reverso decía: ¡HOMBRES SENSIBLES! RESPETAD LAS CENIZAS DE UN PATRIOTA DESGRACIADO.[1]

Este Patriota que figuraba un Rey de armas, fue la admiración del público por lo elegante del traje, buen gusto en el arnés, y cuanto podía contribuir a la ilusión: obra de D. Gregorio Vigas, que gratuitamente quiso prestarse por su parte al mejor brillo de la función. En seguida del Rey de armas iban seis Patriotas a caballo, con trajes godos de luto, y espada en mano. Llevaban, el uno un ejemplar de la sabia y venerable Constitución; los otros los atributos de las cuatro virtudes: a saber: Pruden-cia, Fortaleza, Justicia y Templanza; y el inmediato al Carro funeral el caduceo de Mercurio. Este carro, muy parecido en su construcción a los mejores que de la antigua Roma se conservan en estampas, cubierto de terciopelo negro, con galones, borlas, cordones y otra multitud de adornos de oro; llevaba en su delantera un león, símbolo de nuestra España; dos hemisferios para significar los dos mundos; y un braserillo de plata con exquisitos aromas. En el centro se elevaba un cuerpo de tres varas de alto, bellamente adornado, en el cual descansaba la urna; en el testero iban dos niñas de ocho años, vestidas de blanco; con mantos, corona de ciprés, una escalera de horca y el dogal, abrazando la urna; en la parte superior del carro iba otra niña, suntuosamente vestida, representando la Patria, con su escudo guar-necido de rosas, en el que se había pintado el atributo de la Fraternidad; coronando el todo del Carro una rama de ciprés, y guirnaldas de laurel: sobre la urna iban el som-brero, espada, faja y bastón del general.

Del carro tiraban Patriotas; y la escolta varios de estos, y los cazadores de la Milicia Nacional.

Presidió el acompañamiento fúnebre el Sr. Comandante general Espinosa, a quien seguían todos los Jefes, Oficiales, empleados y muchas señoras, Pueblo, &c., &c., pues no solo había gente de esta ciudad, sino de Betanzos, Ferrol y otras partes que concurrieron de propósito.

Al llegar el carro frente a la horca, que por disposición superior se había fijado en el paraje de costumbre, y delante de la cual estaba dispuesta una grande hoguera, y al pie de ella los dos ejecutores públicos; hizo alto el acompañamiento. La Patriasibió al punto más elevado del carro, y declamó con energía singular la siguiente octava,

 

Del hierro al golpe caiga derribado
El detestable y bárbaro instrumento,
En que inocentes tantos ha inmolado
El despotismo con furor sangriento:
Por la libertad santa en el ha dado
El heroico Porlier su último aliento;
Le produjo el suplicio mayor gloria,
Y nombre eterno en la española historia

 

Todo el inmenso concurso se llenó de ternura y muchos de la mas justa indignación. El infame patíbulo, que si había servido en poder de jueces rectos para castigo del facineroso, también fue muchas veces tormento de la honradez patriótica, vino al suelo entre las repetidas voces de caiga, caiga... y al punto se vieron salir volando del carro seis blancas palomitas con tres cintas nacionales, y esta inscripción:

 

VIVA EL TRIUNFO DE LA LIBERTAD

Ardió La horca prontamente, y así quedaron desagraviados los ilustres manes de Porlier y de otros muchos que en otras partes fueron víctimas del terrible despotismo. No, no es posible pintar con colores bastantes fuertes la sensación que causó este espectáculo en los corazones de los infinitos circunstantes de todas clases. ¡Ah! No tornes a comparecer entre nosotros, bárbaro e inhumano instrumento de los siglos tenebrosos!

Siguió el acompañamiento con gran pausa, solemnidad y pompa por las calles señaladas en la orden de la Plaza [2] hasta llegar a la magnífica iglesia de los PP. Agustinos. En muchas casas se colgaron de negro los balcones; de otras se arrojaron impresos en verso y prosa [3] y en fin, todos dieron muestras nada equívocas del aprecio que les merecía el desventurado General. Es notable la proclama que al salir el cadáver de San Roque, pronunció el Comandante de la Milicia Nacional a este distinguido batallón de ciudadanos, por su valentía y por las ideas que abraza [4] .

Tomaron posición las tropas luego que se llegó a la iglesia. En ella se veía un grandioso túmulo u catafalco, de figura octagonal, y cuatro cuerpos en los lados opuestos, que hacían la vista más hermosa. Sobre ellos estaban cuatro vasos flamígeros; y sobre el cuerpo principal otro de cinco varas de elevación, en donde se colocó la urna, depositaria de las reliquias del Héroe. Circuía el catafalco una muy bella galería con cuatro pirámides cuadrangulares, truncadas, en cuya parte superior estaban otros cuatro vasos como los anteriores. Leíanse cuatro inscripciones en grandes tarjetones, con varios jeroglíficos de banderas, armas, &c., notándose en los que contenían las referentes a Sinforiano y Porlier, la pintura del patíbulo en que dieron la vida por haber sido animosos patriotas.

 

Primera inscripción a Porlier.

No amancillan al justo los cadalsos:
Y acata el tiempo al que infamó con saña.

Segunda al mismo.

La Patria en luto y lágrimas bañada,
Concede a tus cenizas el tributo
Que la piedad y la justicia manda.

Tercera al General Lacy

¿Y del ínclito Lacy nuestro escudo,
Se olvidará el valor y la constancia?

Cuarta a Sinforiano.

A Sinforiano, víctima primera,
La gratitud retorna hoy alabanzas.

El catafalco estaba además adornado con ramos de ciprés, vasos etruscos, multitud de luces, &c.

Asistieron rodas las Autoridades, la Junta Superior, la Audiencia, territorial, el Ayuntamiento constitucional, Oficiales militares, empleados civiles, y un concurso numeroso; distribuidas las Corporaciones por el cuerpo del templo con el mejor arreglo. Celebrose con decoro y dignidad; y por último D. José Antonio Escario dijo la oración fúnebre con voz sonora y expresiva, enterneciéndose y haciendo enternecer al auditorio con varios pasajes, dignos de la pluma de los mejores oradores cristianos. Aunque su oración se ha mandado imprimir por orden de la Junta Suprema, no podemos menos de presentar los trozos que nos han parecido más notables. El orador trabajó sobre los modelos más acreditados y ha dado a su asunto más vehementes, de las expresiones más vivas y escogidas, de la erudición más exquisita sagrada y profana; y así no es milagro que hubiese conmovido a cuantos tuvimos la dicha de oírle.

Después de haber proferido un texto del libro 2º de los Macabeos, muy análogo al asunto, y después de un patético exordio; viendo el Orador que en el Cenotafio estaba escrito en letras grandes el epitafio que Porlier dictó la víspera de su gloriosa muerte en la misma Capilla de la cárcel, enderezándose a él dijo con el acento más pausado y doloroso.

“Aquí yacen las cenizas de D. Juan Díaz Porlier, General que fue de los exercitos españoles: fue siempre feliz en cuanto emprendió contra los enemigos externos de su patria y murió víctima de las disensiones civiles. ¡Hombres sensibles a la gloria! Respetad las cenizas de un patriota desgraciado.

¿Qué mayor elogio! y ¿dónde hallare expresio-nes bastante enérgicas para pintar tan trágico suceso; y para ser en esta gran solemnidad el eco digno del dolor público? ¡Tiempos, tiempos, quien pudiese borraros de la cronología de los siglos, para que no supiese la posteridad nuestros perjurios y nuestros crímenes! ¡De cuanto oprobio nos cubrieron, de cuanta sangre empa-paron el suelo patrio, a cuantos horrores provocaron la lealtad española, si nuestro buen Dios, inspirando a nuestro amado Monarca no hubiese disipado las tem-pestades políticas, &c.!

Dirige luego una bella apóstrofe a los héroes de su patria, diciendo así.

¡”Oh! Vosotros, modelos ilustres del verdadero honor: magnánimos Curcios, generosos Scevolas de la edad presente! ¡Oh! Vosotros esclarecidos campeones, que tan heroicamente blandisteis los aceros en defensa del pro comunal! Vosotros, Coruñeses insignes, admiración y ejemplo de patriotismo y cordura, hablad por mi, que no me contemplo digno de alzar mi voz delante de un auditorio tan sabio y virtuoso. ¿Quién sabrá mejor que vosotros expresar los esfuerzos de heroísmo, sus utilidades y peligros? No es dado a las almas vulgares estimarlos, ni aun conocerlos; y hasta es una especie de profanación el que otra mano que la vuestra se acerque a quemar incienso sobre los sepulcros de los fuertes. Yo no soy capaz de pulsar el arpa para recitar un asunto tan grandioso; era menester toda la sublimidad del Cisne de Sion para entonar esta patética elegía.”

¡Que fuego, que unción, que delicadeza! Recorre después los ejemplos más distinguidos que nos ofrecen los libros santos de verdaderos patriotas, como lo fueron Matatías, Judas Macabeo, Jonatás y otro; y tomando por tema principal las palabras ya citadas del epitafio de Porlier, se propone desenvolverlas, como lo hizo, pasando en revista las acciones de su héroe desde la infancia gasta el patíbulo. Pero el Sr. Escario aunque de familia ilustre, harto despreocupado, hace poquísimo caudal del nacimiento: y solo atiende a la virtud, que es la verdadera nobleza. Tuvo sin duda presente lo que ha muchos siglos cantó el satírico romano.

¿Stemmata quid faciunt?...

... Nobìlitas sola est atque unica virtus. Sat. 8. [5]

“Antiguos pergaminos y equívocos blasones, dice, más fáciles de adquirir que de merecer, no pueden echarse de menos en la vida de un héroe tan rico de méritos propios... ¡Que mal se aviene con la despreo-cupación, de que nos jactamos, esta triste necesidad, para mi tan repugnante, de suponer incompleto el cuadro de un héroe sino adorna la heráldica su retrato!”

Desvaneció el orador los rumores que se habían esparcido antes de ahora de que Porlier era hijo natural, &c., asegurando que sus padres eran una familia muy decente de Buenos-Ayres, enlazado en la Península con sujetos esclarecidos; que nuestro joven recibió una educación esmerada bajo los auspicios de un eclesiás-tico en Sevilla y que obtuvo la gracia de Guardia-Marina.

Trasladóse luego el orador a los años fecundos y glorioso de nuestra resistencia al injusto invasor Napoleón; y aquí sigue al héroe por todas partes, haciéndonos una curiosa relación de sus inmortales acciones de guerra. Y todo está compendiado en estas breves palabras: “Reclutó soldados, creo las guerrillas, se multiplicaron los partidarios, tuvo imitadores, venció a los enemigos, burló su pericia, infundióles espanto, y resonó por toda la Península el nombre de Porlier con mil alabanzas.”

Al comenzar la segunda parte del discurso, cuando parecía que hubiese de ir desmayando, es cuando el Sr. Escario levanta más su estilo. ¿”por qué, dice, no he de arrojar aquí el pincel, dejando sin acabar un cuadro, cuyas sombras han de ser horrores y los matices ingratitud y alevosía”? Hace un vivísimo retrato de lo acaecido desde Mayo de mil ochocientos catorce hasta los últimos singulares acontecimientos y sigue la historia del alzamiento de Porlier en esta Ciudad hasta su malogrado fin. Difícil es analizar las bellezas orato-rias de esta parte segunda. Solo copiaremos algún trozo. En la capilla de la cárcel nos lo pinta resignado, lleno de fortaleza, consolando a su digna esposa por medio de una carta la más tierna y sublime [6] , dictando el grave epitafio que desea se ponga sobre su lápida; y luego dice:

“Pero ¿qué ruido de cajas escucho, a que se forman esas tropas, que aparato tremendo es el que divisan mis ojos? Ha llegado ya la hora fatal; son los crueles satélites que se acercan para sacrificar la inocente víctima. Ya se abren las pesadas puertas de la cárcel, un gentío inmenso cubre las calles... ¡cómo brillan las bayonetas! ¡cómo discurren vigilantes los jefes de la Plaza! ¡cuan asombrada le sigue la hez del populacho!::: ¿Quién no dijera, al observar su rostro sereno, su acento varonil, sus miradas apacibles, su porte majestuoso, que no salía en triunfo y que le estaba aguardando la corona cívica? Pero ¡ay de mi! Que no son cantares alegres, himnos patrióticos, los que se entonan, sino los doloridos salmos de los moribundos! ¡Ay de mi! Que ya sube con firmeza y veloz planta esa penosa cuesta y lo llevan y llega a su Calvario.”

Describe con ternura el despojo que sufrió su héroe de las insignias militares, adquiridas con tanta gloria en los campamentos, su serenidad cristiana en aquellos momentos tan terribles, su agonía y su muerte. Hace una breve pausa el Orador, y luego exclama:

“Triunfo la iniquidad: el martirio está consuma-do: la víctima ilustre ya no existe. ¡Oh, tres de Octubre! ¡Oh, día más sombrío mil veces que la noche! Día de execrable memoria, ¡quien pudiera borrarte del número de nuestros días! En vano la tiranía anotará en sus fastos este triunfo; porque la historia contará a las genera-ciones futuras, que la memoria de Porlier es sagrada y venerable; que nada puede en contra su inocencia y el amor a la Patria, las horcas ni los patíbulos; y que el último término de sus infortunios es el título más irrecusable de su mérito y de sus virtudes.”

Mas en donde, a nuestro juicio, se ha excedido a si mismo el Orador, fue en la peroración, tan digna de alabanza como ponderada de Cicerón en su Miloniana.

“Pero ¿qué secreto horror turba mi fantasía? Siento agitarse esas frías cenizas, animarse ese yerto cadáver, abrirse la urna y aparecerse aquí la sombra de Porlier coronada la frente de laurel y encina, teniendo en una mano los cordeles y en la otra un ramo de oliva.” “Enjugad las lágrimas Coruñeses; no gimáis vanamente, vuestros sufragios reclamo, no vuestros remordimien-tos. Desde la región de la paz vengo a inculcarla en vuestros corazones. Acábense los odios y los resenti-mientos; muy nocivos y amargos son sus frutos: ¡cuán dulces, empero, los de la unión y la concordia! La ambición, la hipocresía y el furor de los partidos causaron mi desgracia: sofocadlos de una vez, y será la última. Ya tenéis la Constitución deseada; y pues una es la ley, sea una la voluntad y tan rectas como ella vuestras intenciones. Ajenas son de almas tan sublimes las pasiones ruines y las intrigas mezquinas. Si habéis derrocado el ídolo del despotismo, ¿a que la odiosidad y las venganzas que pueden levantarlo? Si mi vida fue una lección de heroísmo séalo mejor mi resignada muerte. A todos he perdonado entonces: ¿Os apartaréis de mis consejos? Esta es la postrera gracia que vengo a pediros; es digna de corazones liberales, que deben ser tan valientes como generosos...” “Serás complacido, virtuoso Porlier; serán cumplidos tus votos, oraciones y no más ofreceremos a tus ilustres manes, y postrados delante de esos altares, después de haber ofrecido por tu alma el sacrificio propiciatorio, rogaremos al Señor nos conceda a ti y a la España, olvido de nuestras faltas y perenne misericordia. Vuelve, vuelve consolado a la morada de los justos y de los pacíficos, donde piado-samente te creemos: gózate con ellos, pero sin olvidar-nos, y alcánzanos del Padre de las luces aquella sobria sabiduría que necesitamos para que libres sin licencia, entusiasmados sin destemplanza, religiosos sin fanatis-mo, despreocupados sin impiedad, celosos de nuestros derechos sin demasías, aumentemos cada día en virtu-des, mejoremos nuestras costumbres, rectifiquemos nuestra razón, y estimando a nuestro buen Rey, modelo de Reyes, cesando la divergencia de opiniones y hasta los nombres que las perpetúan, y abrazándonos todos cordialmente como hijos de una madre común y observando fielmente las saludables máximas del Evangelio; podamos un día, reunidos contigo, darte el ósculo de amor y de paz en la casa de la justicia y del descanso eterno.”

Así finalizó este modelo de Oraciones fúnebres, y no es extraño que hubiese merecido los aplausos que le dieron los inteligentes. Un Magistrado del Tribunal superior de esta Provincia, amigo del Sr. Escario, y el mismo que compuso el romance del Apéndice, numero cuarto, hizo insertar en el Diario Patriótico de la Coruña, número 68, del 6 de Mayo, la siguiente octava.



Tu brillante elocuencia me ha inflamado;
Y el verte recorrer gratas memorias
Del bizarro Porlier y en sublimado
Acento referirnos sus victorias,
Dar esplendor a fin tan desastrado
Y nuevo lustre a sus pasados glorias,
Te hacen, Escario, digno del asiento
Que a Flechier y Bossuet dio su talento.
V. V.

Si; todo esto y mas merece aquel digno Párroco gallego, que tan bellamente supo pintar las proezas de Porlier, su heroísmo, su desgraciado fin y el pomposo aparato de sus honras funerales. Pero no es menos hermoso, que los ya copiados, el trozo de su discurso en que, hablando de los intentos que le inspiró su grande alma para salvar la nave del estado que naufragaba, dijo: “Se le ofrecen algunos de los que me escuchan, algunos de los que están sentados en esos mismos bancos, y encuentra muchos en esta Coruña, apoyo siempre de las nobles empresas. De Ferrol, Vigo y Santiago recibe avisos; todo está combinado; pero ¡au de mi! Cuando se acercaba el venturoso momento, el infeliz Sinforiano, sobrado impaciente, deseando coger los primeros laureles, es sacrificado alevosamente; y expirando en un infame patíbulo, llena a todos de terror, de espanto y desconsuelo.”

“¿ Y no hemos de dar un suspiro siquiera a la memoria de un Patriota tan ilustre? ¿Hemos de consentir yazcan en el oprobio y la indigencia sus inocentes hijos que en su orfandad tienden las manos solicitando consuelo y patrocinio? Vosotros los que fuisteis testigos de la grandeza de alma con que arrostró el suplicio; los que presenciasteis la dignidad con que arrojó sus divisas [7] y los que habéis escuchado sus enérgicas y memorables palabras; respondedme ahora si fue un corazón grande, si merece elogios. Fue el primer mártir de la Patria, y este título solo basta para que la misma Patria colme de honores a su desventurada familia; y para que nosotros reguemos con lágrimas su olvidado sepulcro. Si vierais entonces a Porlier, desencajados los ojos, pálido el rostro, balbuciente la lengua, correr acá y allá, palpitándole el pecho y exclamar con vehemencia: ¡Ay infeliz Sinforiano! Tú serás vengado: seguiré tus huellas: la muerte, o la victoria... yo te prometo.

Basta ya de citas de una oración que toda es bellezas, y volvamos a nuestro asunto, suplicando a los lectores tengan la bondad de perdonar esta digresión en gracia de tan excelente Orador; y háganse cargo de que para las exequias que describimos, ha sido aquella una de las mayores honras que se tributaron en obsequio de Porlier el animoso y el Patriota.

Anuncióse que el Diario se sirviese asistir al entierro los Patriotas que gustasen, y con efecto se presentaron todos los Oficiales e individuos de la Milicia Nacional con antorchas, inclusa la mayor parte de los Sargentos y Cabos de la guarnición y un sin numero de menestrales y jornaleros, llevando las hachas de su cuenta. Rasgo admirable de patriotismo, pues algunos no tienen mas facultades que su jornal. También concurrieron las músicas de los Cuerpos, facilitadas por los respectivos Comandantes. A las siete de la tarde del 5 salió el cadáver de la iglesia de S. Agustín, con un grande acompañamiento el más lucido y vistoso: los Sres. Curas ecónomos de S. Nicolás con doce Sacerdotes y el Capellán de S. Roque, asistieron de toda ceremonia con Cruz y los Acólitos. Los Estudiantes de S. Agustín hicieron una diputación al Comandante de la Milicia Nacional, diciendo querían tener la honra de llevar el féretro supuesto la habían tenido en verle en su Convento. Presentóse esta corporación literaria con sus manteos y venían con ellos cuatro Oficiales que habían cooperado a la malograda empresa de Porlier.

Fue conducido éste en unas magníficas andas adornadas con profusión y con ramos de ciprés y coronas cívicas. Próximas al aparato fúnebre iban las tres niñas que el día anterior estaban colocadas en el carro: llevando la espada, bastón, sombrero y faja del difunto General. No debemos pasar en silencio que la niña que representaba la Patria y que admiró a todos con la octava que recitó frente al patíbulo es de edad de doce años y se llama Doña Mariquita Grossard y Genella. Delante iban dos doncellas de mayor edad, vestidas con toda elegancia, de blanco, desgreñado el cabello, con velos negros, figurando dos genios que lloraban la sensible pérdida de nuestro héroe. Alrededor del carro se advertía una comparsa vestida a la antigua española; otra a la romana, y enseguida los patriotas a la goda. Uno de estos iba en el centro con un braserillo, en ademán de ofrecer incienso. Tres jefes y el orador Escario llevaban las cintas del ataúd. Es de advertir que la mañana del día 4, el carro fue tirado por patriotas; y las bolas o cordones los llevaron el comandante del Depósito de artillería, el del cuerpo de Ingenieros, el Teniente de Rey de la plaza, y el Comandante de Artillería,

Siguió este solemne y lúgubre acompañamiento por diferentes calles. No se ha visto jamás tan crecido número de luces [8] , ni tanto pueblo reunido, pues hasta los niños iban también con sus hachas o velas de cera, según la edad. No se notó el menor desorden; reinaba un profundo silencio, interrumpido solamente por las músicas patéticas, y por los cantos doloridos de la Iglesia.

Llegó a las diez de la noche el cadáver a la capilla de S. Roque, y se colocó junto al altar mayor. Allí los aficionados del Salón, o Sociedad filarmónica, que durante toda la carrera ocuparon el centro, y habían entonado varios responsos, repitieron el postrero. El Sr. Escario dirigió de improviso a su Héroe esta breve y enérgica oración.

“Adiós caras cenizas: adiós ilustres restos...! Ya están obedecidos tus mandatos, cumplida está tu postri-mera voluntad que nos encomendaste en tu epitafio. Si la tiranía sacrificó tu vida alevosamente, el patriotismo de una Ciudad heroica, te ofrece estos obsequios y estos sufragios. No se diga que triunfaste solo de los ene-migos externos; triunfado has también de los internos; y ¡cuántos, cuántos, arrepentidos sinceramente, han llorado sobre tu sepulcro! Mayor ha sido tu gloria, pues lograste vencer después de muerto, arrancando suspiros que confirman tu inocencia y virtudes. ¿Quién no siente hoy palpitar su pecho al mirar atentamente esta urna? Todos se inflaman al contemplar tus venerables huesos, y pueden tanto en las almas libres, que si alguno intentase encender otra vez la tea de la discordia; te sacrificaríamos por estas calles en hombros de patriotas, para que al ver tu sepulcro, quedasen aterrados los malvados a las voces de: ¡Viva Porlier! ¡Viva la Patria! ¡Viva la Religión! ¡La Religión santa que por boca de sus ministros va a pedir al Cielo te conceda un reposo feliz y sempiterno!”

Llenas del más ardiente amor a las glorias del difunto, varias damas y otras mujeres de todas clases, que se hallaban en la capilla, solicitaron ansiosos la gracia de que se las repartiesen los ramos de ciprés, mirándolos cual una prenda sagrada.

Mientras duró la marcha del entierro, se distribuyeron los sonetos, cuyo ejemplar copiamos en el Apéndice, núm. 7º, producción de otro Magistrado de la Audiencia territorial, quien compuso también el señalado con el número 2º.

Los ilustrados religiosos de S. Agustín, habién-doseles presentado una diputación de la Milicia Nacional a tributarles las debidas gracias, se mostraron muy satisfechos, con el honor que habían tenido en haber coayudado a la función fúnebre; y no quisieron absolutamente admitir los derechos que les pertenecían. En fin, todos han concurrido gustosos y llenos de una respetable oficiosidad a honrar a Porlier: se abrió después una suscripción para erigir un panteón provi-sional en la referida Capilla de S. Roque.

Tales han sido, aunque comprendidas las solem-nes exequias del heroico imitador de los Padillas y los Bravos. Reposa en eterna paz, bizarro Patriota: desagra-viada está ya tu memoria con el decreto del Rey Fernando, y sobre todo con la opinión general: ya no tiene tu digna esposa que lamentar tu infamia, y sólo llorará tu separación: la ilustre casa de los Torenos puede añadir este a sus antiguos blasones; y la generosa Coruña queda también lavada de la mancha que había caído sobre sus habitantes por no haber estorbado tu muerte, mas por imposibilidad, que por falta de buenos deseos. El recuerdo de Porlier grabado está en sus corazones, y hasta en una de sus calles.

 

FIN

 

 

 

 

APÉNDICE

 

NÚMERO 1º

 

Orden del 3 al 4 de Mayo de 1820.

Para proporcionar al cadáver del héroe benemérito de la Patria D. Juan Díaz Porlier (que en paz descansa) los honores fúnebres de Capitán general de Egército, ha dispuesto el Sr. Comandante general de la Provincia.

Que en el momento en que mañana se deposite en la capilla de S. Roque el cadáver del Mariscal de campo de los Egércitos Nacionales D. Juan Díaz Porlier, la batería de la Puerta de la torre de abajo, tire tres cañonazos, y continúe tirando uno en cada media hora, hasta que se le dé sepultura, sin mas intermisión que la precisa para tirar otros tres cañonazos en el momento en que salga el cadáver de la expresada capilla: otra cuando entre en la iglesia de S. Agustín, concluyendo con otra de quince cuando se le dé sepultura.

La Compañía de cazadores de la Guardia Nacional completa, se hallará al amanecer del día de mañana en la referida capilla para hacer la guardia al cadáver, a cuyo fin llevará la bandera del batallón con corbata negra y las cajas enlutadas, y en todo lo demás hará los honores y servicio correspondiente al mismo cadáver según previene la ordenanza.

Los cuerpos de la guarnición estarán formados en dos alas a las nueve de la mañana con toda la tropa franca de servicio en el orden siguiente. La Guardia Nacional menos la compañía de Granaderos y Cazadores, apoyando su cabeza en la capilla de S. Roque. Seguirá el regimiento de Castilla, á este el Provincial de Betanzos, y a su izquierda Voluntarios de Aragón, extendiéndose por las calles de Panaderas, Cordonería y S. Andrés.

Cuatro piezas de campaña con su correspondiente destacamento de artillería, se hallarán mañana a las nueve inmediatas a la expresada capilla, las que romperán la marcha del funeral; a su retaguardia los caballos enlutados del General difunto; y detrás de ellos el Sargento mayor de la plaza a caballo; seguirán a este el Coronel D. Juan de Dios Alguer; y el Teniente coronel D. José Joaquín de Ayestarán, también montados, y los tres con espada en la mano. Marchará a continuación la columna de Granaderos, detrás la compañía de granaderos de Castilla, y enseguida la de la Guardia Nacional, a esta seguirán las Comunidades religiosas, Parroquias y demás Corporaciones por su orden, y detrás de ellas el cadáver, llevando las borlas del féretro los Coroneles D. Agustín Marqueli, D. Gaspar Valledor, D. Antonio Ausel y D. José Díez de Tejada. Seguirán al féretro el Sr. Comandante general del Egército con todo su E. M. y el de la Plaza: detrás de estos la guardia del difunto según ordenanza, y a su retaguardia los Caballeros convidados y Oficiales no empleados, en el mejor orden posible.

Los señores oficiales que se hallen formados en las calles, saludarán al cadáver cuando pase por su frente.

De orden del Sr. Comandante general.”

 

 

NÚMERO 2º

Al Sepulcro de Don Juan Díaz Porlier

SONETO

Ya está vuestra filial piedad contenta
Pueblo virtuoso hasta hoy avergonzado,
Dando a estos Manes el honor sagrado
Que les negaba una facción sangrienta.
En esta forma triste y macilenta
Tiene la Patria su mejor dechado,
Que a morir con honor nos ha enseñado
No pudiendo vivir sino en la afrenta.
Del despotismo el ídolo tremendo
Cayó con nuestros dulces regocijos.
Trazó la augusta senda de los Reyes,
Y aunque espirando en un cadalso horrendo...
Gallegos, transmitid a vuestros hijos
Que ha muerto por salvar sus santas leyes.
M. L. C.

 

 

 

 

 

NÚMERO 3º

A la memoria de D. Juan Díaz Porlier, General que fue de los

Egércitos de España.

Llora la España, y con agudo acento
De polo a polo retumbando suena
El nombre del que nuestra vil cadena
Quiso romper con denodado aliento.
A la muerte contento
Corrió, y dejo trazada,
Esta senda sagrada
Que impávida su Patria siguió un día;
Y hoy que a PORLIER venera en su reposo
La Nación, le confiesa que él brioso
Le enseñó a derribar la tiranía.

 

 

NÚMERO 4º

Al Ínclito General Porlier.


A Sócrates en Atenas
Con cicuta muerte dieron;
Y al gran Cicerón Italia
Vio cortado el noble cuello.
Los campos de Villalar
Ven rotos los comuneros
Y al valeroso Padilla
Sufrir la muerte sereno.
Aragón ve de Lanuza
El inhumano degüello,
Quedando tinta la plaza
Con la sangre del mancebo a)
Todos por su patria mueren,
Y a los dignos Oficiales
Que impávidos y serenos,
Por borra la esclavitud
De toda España, cayeron.
En lóbregos calabozos
Sepultaron su denuedo,
Sin perdonar los insultos,
La miseria y el desprecio.
EL HÉROE se consuela
En tan doloroso extremo
Y puesto ya en la capilla
Ordena su testamento,
El epitafio compone,
De querer salvarla en premio;
Que el despotismo feroz
Jamás perdonó a los buenos.
Galicia vio de Porlier
Los patrióticos anhelos;
El sacudir intentaba
De nuestra cerviz los yerros:
En tal empresa le auxilian
Romay, Peón,... y el acero
Blandiendo su diestra mano,
Van alegres y contentos.
¡Viva la Constitución!
Claman con bizarero aliento
Y a Santiago se dirigen
Los animosos guerreros.
Mas ¡oh dolor! sus soldados
Al caudillo sorprendieron
Y a los dignos Oficiales
Que impávidos y serenos,
Por borra la esclavitud
De toda España, cayeron.
En lóbregos calabozos
Sepultaron su denuedo,
Sin perdonar los insultos,
La miseria y el desprecio.
EL HÉROE se consuela
En tan doloroso extremo
Y puesto ya en la capilla
Ordena su testamento,
El epitafio compone,
Sencillo, pero ¡qué bello!
Propio de las grandes almas
En los instantes postreros.
Mas advirtiendo prudente
La orfandad, el desconsuelo
De su tiernísima Esposa,
De los Condes de Toreno
Digna hija, allí le escribe,
De la noche en el silenciob)
Aquella carta que todos
Con mil lágrimas leyeron:
¡Qué elocuencia! ¡Qué expresiones!
¡Qué noble ardor! ¡Qué consejos!
Impertérrito en campaña
Le viera el Francés un tiempo;
Y en vísperas de morir
Impertérrito le vemos.
Degradado y sin honores
Recibió el golpe tremendo,
Con escándalo del mundo,
Compadecido del Cielo.
Ilustre Porlier, tu muerte,
Aunque en patíbulo horrendo,
Nada tuvo de afrentosa,
Salvóse tu honor ileso.
¿qué digo? Más acendrado,
Más limpio, más claro y terso
Comparece a los Patriotas
En tus últimos momentos.
Lauros, guirnaldas traedme,
¡Su túmulo coronemos!...
y su agradable memoria
no salga de nuestros pechos.
Vive inmortal a la par
De los Lacys y Acevedos:
Somos libres... tu rompiste
Nuestros grillos el primero.
La Coruña, agradecida,
Tus cenizas con respeto
Conservará, no lo dudes,
En panteón duradero,
Para afrenta de los malos,
Para ejemplo de los buenos,
Para gloria de tu Esposa,
Para honor de tus esfuerzos.
V. V.

 

 

NÚMERO 5º

Habitantes de la Coruña

Estos restos, que veis en este carro fúnebre, sobre los cuales hace poco no era permitido echar una mirada de compasión; estos restos, que han estado cinco años debajo de tierra, y casi entregados al olvido; estos restos, que cuando estuvieron animados del soplo de la Divinidad, fueron tan útiles a la Patria; estos restos, que nos recuerdan hasta donde puede llegar el furor y la insolencia de los perversos; estos restos, que nos hacen ver tan elocuentemente en lo que vienen a parar los bienes y los males de este mundo; estos restos en fin son los que en algún día componían el cuerpo del general D. JUAN DÍAZ PORLIER. La perversidad, ni el tiempo podrán destruir la memoria de un hombre que pereció por salvar a su patria esclavizada, por intentar lo tan felizmente han logrado los que levantaron este año el grito de la libertad en la Isla de San Fernando y en Galicia.

Hombres sensibles, imitad en todas ocasiones su ardiente patriotismo, sin que os acobarde el lamentable fin de su vida.

 

 

 

NÚMERO 6º

Ciudadanos de la Guardia Nacional

Luego que Porlier vio que Fernando mal aconsejado había destruido la libertad de la Patria, conoció que la Nación entregada al poder arbitrario iba a perder la consideración a que sus esfuerzos en la pasada lucha le habían dado tan sobrados derechos, y que por desgracia esto sucedió así; esta alma grande antes que la Nación y el Monarca consumasen su descrédito y ruina, emprendió restablecer la Constitución que formaron las Cortes en Cádiz, y que los Reyes de Europa habían reconocido, cuando tuvieron necesidad de la España para derrocar a Bonaparte. Vosotros lo visteis a la cabeza de unos pocos valientes aprisionar a los Visires que gobernaban este Pueblo con un cetro de hierro. Lo visteis proclamar la Constitución en 16 de Septiembre de 1815, y con este Código en una mano, y con la espada en la otra marchar a Santiago a combatir los enemigos de la libertad.

Cuando pensabais, que coronado de laureles, tornaría a esta ciudad a establecer un gobierno civil, que había de restaurar la libertad Nacional, quedasteis asombrados, viéndole en las garras de los enemigos del bien público: la traición más inaudita de unos pocos de los suyos detuvo la carrera brillante de este héroe, segundo Padilla de su Nación. Un afrentoso cadalso fue el premio de su heroica virtud. ¡Qué de males, o ilustre varón, ha sufrido la Patria por tu muerte! ¡Ah! Si te hubiéramos seguido todos, no veríamos los graves males que nos rodean.

Grande en tus virtudes, hijo primogénito de la libertad, y mas grande aun en tus infortunios, te tributamos con las lágrimas en los ojos los honores que te son debidos. Llevaremos tus restos mortales al panteón de los héroes de la libertad. Tus cenizas estarán siempre presentes a nuestra memoria, y en ella veremos la suerte que nos espera si por desgracia pudiéramos ser vencidos por la facción enemiga, que te ha conducido al cadalso. ¿De qué no es capaz esa turba impía que se alimenta de hiel y de serpientes? Manes de Lacy y de Vidal: Ilustres compañeros de los mártires de la Patria que aun vivís, publicad los tormentos inauditos que habéis sufrido para que vuestros contemporáneos vean la suerte que les prepara el despotismo, si por nuestro descuido vuelve a restablecer su imperio sobre las ruinas de la Patria y de la libertad.

Ciudadanos: Viva la Nación; viva nuestro Rey constitucional, los valientes Militares y el Pueblo de la Coruña.= León Gil de Palacio.





NÚMERO 7º

A la traslación de las cenizas del Sr. D. Juan Díaz Porlier.

SONETO

Llegó por fin el plácido momento
Del desagravio de tu sepultura,
Escena que recuerda a mi ternura
La historia de tu heroico sufrimiento.
Tu muerte aunque afrentosa fue el portento
De la conformidad y la dulzura,
Dando en tu mismo cáliz de amargura
De tu inocencia un digno documento.
¡ACEVEDO y PORLIER! ... ¡Ínclitos nombres
que escucharán los siglos admirados!
Detente pasajero, y no te asombres
Con estos restos todavía animados.
La tierra fue más justa que los hombres,
Pues conservó despojos tan sagrados.
M. L C.





NÚMERO 8º

Carta del general Porlier a su esposa.

¡Amada mía! El Todopoderoso que dispone de los hombres según su voluntad, se ha dignado llamarme a sí, para darme en la vida eterna la tranquilidad y descanso que no he gozado en este mundo. Todos estamos sujetos a esta condición tan precisa de la naturaleza; y por tanto es inútil el afligirse, cuando se presenta este último tiempo. En este supuesto, te suplico muy encarecidamente que recibas este último golpe de las desgracias que nos han perseguido, con la misma tranquilidad y serenidad de ánimo que yo conservo al escribirte esta.= Nada te aflija (ni el género de muerte que me den) porque ella no deshonra sinó a los malos; a los buenos los cubre de honor y gloria.= Vuelvo a repetirte, que si algún consuelo llevo al mundo de la verdad, es el de persuadirme, a que obedeciéndome en este momento, como lo has hecho hasta aquí, te consolarás y resignarás con la voluntad de Dios (que es la Suprema ley de todos los mortales); y más adelante te entregarán mi última disposición, la que procurarás cumplir en cuanto sea posible.= El Padre Sánchez, religiosos de N. P. S. Agustín, te enterará verbalmente de otras cosas  que le encargo bajo confesión.= Vuelvo a encargarte la conformidad; pues de lo contrario, sobre perjudicar tu salud, no te será provechoso para el bien de tu alma.= Adiós, recibe el corazón de tu esposo Juan.= Capilla de la cárcel de la Coruña 2 de Octubre de 1815 (a la una de la noche)

 

 

 

Testamento y última disposición del Mariscal de campo

D. Juan Díaz Porlier.

En el nombre de Dios, Todopoderoso, amén. Sea público y notorio a todos los que la presente carta demanda, testamento, última y postrera voluntad vieren, como yo D. Juan Díaz Porlier, General de los Ejércitos españoles, digo: Que todo cuanto pueda pertenecerme con cualquiera derecho o motivo, sin excepción de nada, lo trasmito en absoluta posesión sin restricción alguna, a mi esposa Doña Josefa Queipo de Llano, hija de los Señores Condes de Toreno, la que precederá en el orden de sucesión (a cuya falta) según las instrucciones que en esta carta cerrada por mi confesor le será entregada después de mi muerte; dejando asimismo a su arbitrio, y fiado del acendrado amor que siempre me ha acreditado, el que haga por mi alma los sufragios y plegarias, que tuviere por conveniente.= Asimismo le encargo que, cuando las circunstancias lo permitan, extraiga mis cenizas del paraje donde se encuentren, al que fuere más de su agrado, y que depositadas en un panteón sencillo, haga grabar la siguiente inscripción:

“Aquí yacen las cenizas de D. Juan Díaz Porlier, General que fue de los Ejércitos españoles. Fue siempre feliz en cuanto emprendió contra los enemigos externos de su patria; y murió víctima de las disensiones civiles... ¡Hombres sensibles a la gloria, respetad las cenizas de un patriota desgraciado!= En seguida el día y año de la muerte.”

Para que tenga efecto esta mi última y única disposición, dejo encargado a D. José Miranda, Teniente coronel y Comandante del regimiento de infantería de Navarra, el que cumpla cuanto contiene la presente carta, y que ejecutada la justicia, disponga que mi cuerpo sea colocado en una caja cerrada con llave, cubierta de negro, y que después de cerrada, y dado tierra a mi cadáver, la entregue a mi mujer Doña Josefa Queipo de Llano; y si sus ocupaciones militares se lo impidieren, lo remita todo por persona de su confianza, el que le presentará recibo.= Con lo que doy por concluido mi testamento, que dicté por mi mismo, y que firmo y otorgo por ante el presente escribano recetor.

 

 

 

CARTA

 

De Juan de Padilla a su mujer Doña María Pacheco(*)

Señora: si vuestra pena no me lastimara mas que mi muerte, yo me tuviera por enteramente bienaventurado, que siendo a todos tan cierta, señalado bien hace Dios al que le da tal, aunque sea de muchos llorada, si ella recibe en algún servicio. Quisiera tener más espacio del que tengo para escribiros algunas cosas de vuestro consuelo; pero ni a mi me la dan, ni yo querría más dilación en recibir la corona que espero. Vos Señora, como cuerda, llorad vuestra desdicha y no mi muerte, que siendo ella tan justa, de nadie debe ser llorada. Mi ánima, pues ya otra cosa no tengo, dejo en vuestras manos. Vos, Señora, hacedlo con ella como con la cosa que más os quiso. A Pedro López, mi Señor, no escribo, porque no me atrevo, que aunque fui su hijo en osar perder la vida, no fui su heredero en la ventura. No me quiero dilatar más; por no dar pena al verdugo que me espera, y por no dar sospecha a que por alargar la vida alargo la carta. Mi criado Sosa, como testigo de vista y de lo secreto de mi voluntad, os dirá lo demás que aquí falta y así quedo dejando esta pena, esperando el cuchillo de vuestro dolor y de mi descanso.

 

 

 

NOTA

El Autor da licencia para reimprimir este escrito fuera de esta Provincia.

Sería de desear que los autores de papeles y de memorias de poco volumen, diesen igual facultad, La ilustración pública ganaría infinito; pues en el día se ven privados de leer muchas producciones ingeniosas la mayor parte de los pueblos, que apenas tiene comunicación con la Corte y con las capitales de las Provincias.



[1] Palabras tomadas del epitafio hecho por el Héroe antes de morir.

[2] Véase el apéndice núm. 1º

[3]   Apéndice núm. 2º.,3º.,4º. y 5º.

[4]   Id. Núm. 6º.

[5] ¿El árbol genealógico que sirve?...

... No hay más nobleza, ni puede haber que la virtud.

Traduc. de Folgueras.

[6]   Véase el número 8º del Apéndice.

[7]  Al despojarse Sinforiano de sus insignias militares, al pie de la horca, dijo: “la Patria me las dio; el Rey me las quita”; las arrojó al suelo, y mirándolas exclamó: ¡vanos trofeos!

[8] Era de 600 a 700, al parecer.

a) Tenía 27 años escasos.

b) A la una de ella.

(*)  La insertamos para que se vea con cuanta razón D. León Gil de Palacio llamó a Porlier segundo Padilla de su Nación; fue la misma la carrera política de los dos héroes de los siglos 16 y 20 (sic), y hasta su desgraciada muerte; pero no lo serán sus resultados. La ilustración de nuestra edad, hace imposible la retrogradación al despotismo político, y religioso que sufrieron los hombres desde el establecimiento de la Inquisición, sean cuales fuesen las vicisitudes que pueda tener la lucha actual.