
Quién iba a dudar que a la capital del territorio alavés en que habían finalizado las batallas contra los franceses, le fuese arrebatado el honor de elevar un monumento que recordase la desgraciada lucha en la que durante seis largos años se vieron envueltos los más diversos pueblos de España. Sin embargo así parecía suceder, desde que el diputado por la Junta Superior de La Rioja y Álava, que ya formó parte de los firmantes del Acta de Instalación de las Cortes Generales y Extraordinarias, el 24 de septiembre de 1810, en la isla de León, y que posteriormente sería también uno de los firmantes de la Constitución gaditana de 1812, Manuel Aróstegui Saénz de Otamendi (Elguea, 1758), fuera el primero en reclamar el 2 de julio de 1813, que se elevase un hito por el cual las generaciones siguiesen conservando vivo el sentimiento, el recuerdo y hasta en el caso preciso, el mismo ardor patriótico que sus predecesores habían sentido, y por el cual muchos de ellos habían sucumbido en la mayor prueba de solidaridad de los diversos pueblos peninsulares; sólo habían transcurrido unos días desde la batalla y ya el delegado alavés consiguió un acuerdo favorable. Desgraciadamente Aróstegui fue una de las víctimas que sucumbieron en la “tacita de plata”, a causa de la fiebre amarilla que allí se desató, y a su consecuencia falleció el 7 de noviembre de 1813. A pesar de que su propuesta había sido aprobada, Aróstegui no llegó a verlo plasmado en documento, debido a su inesperado óbito.
Como tantas veces sucede, aquella idea quedó postergada, y no sería hasta el año 1898, cuando alguien se preocupó de volver a airear aquella necesidad, pero también los sucesos que preocupaban a los gobernantes en aquel desastroso año, con las pérdidas de las colonias, volvería a enmohecer los goznes de las puertas donde se guardaban aquellas inquietudes, no abriéndose una nueva esperanza hasta el 23 de junio de 1911, en que el diputado Federico Baraibar, y Eulogio Serdán, alcalde de Vitoria, solicitaron al Gobierno un crédito para sufragar todos los gastos que conllevase el esculpido del monumento y su instalación en una céntrica plaza vitoriana. La aportación del Gobierno, apenas alcanzó el 25% del presupuesto, promoviendo el Ayuntamiento un concurso que fue adjudicado a D. Gabriel Borrás (quien recibió un premio de 5.000 pesetas) terminando la obra en 1917. Como buenos vitorianos no se arredraron y como pudieron continuaron adelante con el hermoso proyecto, que hoy, noventa y un años después nos hace admirarnos tanto de los hechos protagonizados por aquellos que nos precedieron y de los que no debemos olvidar que descendemos, como del monumento resultante, de colosales dimensiones (17,00 mts. de alto x 7,80 mts. de lado), esculpido por el valenciano Gabriel Borrás Abellá (1875-1943), y que tiene dos partes claramente diferenciadas, una en bronces y la otra en granito de Fontecha (Álava). Las inscripciones que figuran en el monumento son, en la parte superior "A la Batalla de Vitoria" y en la parte inferior "A la Independencia de España".
Por fin, después de 104 años de haber sido solicitado, fue posible su inauguración el día 4 de agosto de 1917, en la plaza de la Virgen Blanca, ante la vetusta iglesia de San Miguel, en el centro de la ciudad, lugar en que se celebra la bajada del Celedón el día 4 de agosto, día que dan comienzo las Fiestas de Vitoria. A pesar de los diversos intentos de desplazarla o hasta quizás arrumbarla en cualquier apartada campa, continúa enhiesta recordando una parte de la historia protagonizada por todos los pueblos de España unidos en el esfuerzo común de expulsar a quienes habían intentado adueñarse de nuestras tierras y vidas.
Ofrecemos dos imágenes de este colosal monumento: la primera de hace dos años, y que agradecemos a don Manuel De Querol Cumbera, y la otra de su estado actual tras la remodelación realizada en el entorno y en el propio monumento, que nos fue enviada por don José Gómez de Segura, donde podemos observar como la plataforma de base inicial del conjunto, ha sido muy inteligentemente ocultada bajo un banco ochavado en madera de elondo, que al tiempo que ayuda a salvar la altura que antes tenía el ajardinado alrededor del monumento, posibilita el descanso del paseante, contribuyendo a involucrarlo en la vida ciudadana.
Nuestro agradecimiento a la colaboración de los señores De Querol y Gómez de Segura, que en fechas recientes y de forma independiente, coincidieron en el envío de sus fotografías y además en su gran interés en que este monumento fuese incluido en la sección correspondiente. Abril, 2008.
