LA RECONQUISTA DE VIGO
Linsy Oflodor

Guarnecía entonces la plaza de Vigo el batallón de la Milicia Provincial de Orense, mandado por el brigadier marqués de Valladares, a cuya fuerza se sumó la de otros dos batallones del regimiento de León y, además había una compañía fija de artillería de plaza con cinco oficiales y ciento trece artilleros.

En las murallas y castillos se hallaban seis cañones de bronce de calibre regular, una pieza pequeña para campaña, treinta y siete cañones de hierro y tres morteros de bronce.

En los almacenes del Parque existían 6 cureñas de batalla, 61 de plaza, 3 de Marina, 3 afustes para morteros, 12 armones, 4 carros de municiones, 3.948 balas de artillería regular, 2.316 balas de artillería irregular, 323 botes de metralla, 26.620 balas de fusil, 300 bombas, 603 granadas, 95 camisas embreadas, 224 cohetes incendiarios, 1088 quintales de pólvora munición, 393 de pólvora para fusil, 971 cartuchos cargados para artillería, 387.494 cartuchos para infantería, 20 sables, 465 fusiles y 12 tiendas de campaña.

A fines del mes de junio, las fuerzas de Vigo marchan por orden superior a La Bañeza a incorporarse al Ejército de Galicia que mandaba el capitán general Filangieri, dejando la plaza indefensa. En tal situación, las autoridades convocaron a los vecinos para formar la Milicia Honrada, reuniéndose 200 para atender a los servicios más necesarios.

Pocos días después entra en bahía el navío de guerra francés Atlas que tres años antes había estado en este puerto formando parte de la escuadra combinada franco-española. A poco de fondear saluda a la Plaza creyéndola en poder de Bonaparte. Al terminar la salva, rodean el barco varias lanchas armadas tripuladas por vigueses que, entrando a bordo sin hallar resistencia en la tripulación, se apoderaron del barco y de la bandera de éste en la que campeaba el águila de Napoleón, regalo del Emperador cuando se botó al agua.

Abandonada la Villa a sus propios recursos, y noticiosos los vigueses de la derrota sufrida por Moore, en La Coruña, corrió por la población el rumor de que una fuerte columna francesa se dirigía a Vigo. Los vecinos que intramurallas se preparaban a resistir al invasor, y a éste fin artillaron los fuertes y baluartes, aprovechando los cañones que les dejaron los británicos al embarcar para su país y otros que tenían a bordo algunos barcos corsarios anclados en el puerto.

El día 23 de enero de 1809, se amotinó el vecindario contra la persona del Comandante General de Armas de la provincia de Tuy, D. Francisco de la Roque, creyéndole simpatizante con los que se dirigían a ocupar la plaza de Vigo: asaltaron su casa, causando en ella grandes destrozos, maltrataron a su esposa y a él lo llevaron al castillo del Castro, donde quedó detenido.

Al mismo tiempo acordaron la destitución del Alcalde y de la mayor parte de los concejales, arrestándoles, lo mismo que a otros vecinos a quienes consideraban sospechosos y nombraron Gobernador de la Plaza al capitán de Navío retirado, D. Juan Villavicencio y Puga, que era el militar de mayor graduación existente en el pueblo.

El nuevo Gobernador sacó del castillo del Castro a La Roque y lo llevó a la casa del marqués de Valladares, pretendiendo calmar los ánimos del vecindario con pruebas de la inocencia del General, pero como su intento no fue coronado por el éxito, el prisionero volvió de nuevo al castillo.

Restablecido el orden y apaciguados los ánimos, nombrose nuevo Ayuntamiento el día 25, figurando como Presidente de la Corporación don Francisco Javier Vázquez Varela, abogado, hijo de Vigo, quien requerido por el Gobernador militar para suministrar los socorros necesarios para la defensa de la plaza, emprendió activamente la obra en la cual tomaron parte todos los vecinos sin distinción de sexos, clases, ni ideales.

Todo inútil. El día 31 de enero aparecen en el barrio del Arenal las avanzadas de Caballería, que eran dos escuadrones de Húsares de la División Franceschi, al mando del Mayor General Nicòlas.

Ocurre esto a las ocho de la mañana, y a las diez, su jefe intima la rendición de la Plaza.

El pueblo enardecido impidió que se abriesen las puertas de la Villa, pidiendo a gritos la defensa, llegando en su exaltación a tal extremo, que uno de los vecinos pretendió aplicar la mecha a un cañón emplazado sobre la puerta de Gamboa, lo que no efectuó por la llegada del señor Villavicencio que, con prudentes palabras calmó a los más exaltados.

Seguidamente se dirigieron a la plaza del Ayuntamiento, donde el alcalde Vázquez Varela, asomado a uno de los balcones de la Casa de la Villa, dirigió la palabra al pueblo haciéndole saber que, tanto él como la Corporación municipal que presidía, estaban dispuestos a sacrificarse en defensa de la religión, de la Patria y del Rey.

El Gobernador militar, que se hallaba en la Plaza, contestó que se unía a los sentimientos de la Corporación municipal y que preferiría morir antes que rendirse; pero fundándose en que no contaba con hombres, ni con armas, ni con víveres para la defensa y en que para la ocupación completa de Galicia por los franceses, sólo faltaba este pueblo, opinaba que se entregasen, porque si el enemigo encontraba resistencia, caería sobre él y le causaría males irremediables.

Estas palabras de la autoridad militar no convencieron a los amotinados, que insistieron en que se hiciese la defensa, pero el Gobernador, a pesar de tener a sus órdenes algunos cientos de soldados que le había enviado el marqués de La Romana, se impuso al Ayuntamiento, y éste ante la amenaza, tuvo que ceder y autorizarle para negociar la capitulación. (José de Santiago, en “Historia de Vigo”, pág. 498) “Se consumó la gran vergüenza, y antes de abrir las puertas de la plaza, se facilitó por la de la Falperra la salida de los soldados españoles que constituían la guarnición, proporcionándoles el Ayuntamiento, caballos para alejarse a escape.”

José de Santiago, en una nota, hace constar que el general Gómez de Arteche censura duramente la debilidad de carácter del Gobernador militar de Vigo, haciendo resaltar el valor de la Junta civil o Ayuntamiento que se proponía defender la Villa.

En la misma nota registra que el escritor M. De la Noble, intendente del Ejército de Soult en Galicia, que estuvo en Vigo a los pocos días de entragada la Plaza, dice en sus Memorias que sólo se recuerdan dos entregas de plazas fuertes a emisarios de generales franceses: la de Stettin, en Alemania, y la de Vigo, en España.

Por su parte, el historiador P. Juan R. de Legísima[1], emplea también frases duras para la actuación del señor Villavicencio.

El día que, rendida la Plaza, entraron los españoles, el señor Villavicencio fue encerrado en un calabozo y su casa saqueada por los que habían tomado parte en el bloqueo. Privado de libertad durante 40 meses, en 1812 fue juzgado por un Consejo de Guerra constituido por generales; el Tribunal resolvió unánimemente que don Juan Villavicencio y Puga, tanto en la época de la primera conmoción popular en que fue nombrado Gobernador o Comandante de Armas, como en la de la rendición de la Plaza, su capitulación y mando consiguiente ha obrado con el posible acierto y prudencia, según lo permitían las fatales y críticas circunstancias del caso. Inmediatamente el acusado fue puesto en libertad.

Firmada la capitulación y abandonada la plaza por las fuerzas que la ocupaban, el mismo día 31, a las cuatro de la tarde, entraron por la puerta de la Gamboa, los dos escuadrones de Húsares, al mando del Mayor Nicòlas, dirigiéndose al convento de San Francisco, que ocuparon. Presentándose dos regidores municipales acompañados de 124 soldados de caballería, ordenando a los frailes que les diesen aposento en aquel convento, en el cual solo quedaban dos frailes, uno enfermo y el otros que estaba sano, era el P. Roldán. Este valiente soldado de Cristo, al oír a sus interlocutores, quedeseaban convertir la iglesia en cuadra para sus caballos, les contestó que sólo podrían conseguirlo cortándole antes a él la cabeza. Respetaron entonces los visitantes aquella enérgica actitud hija de la fe en defensa de la casa de Dios, y se contentaron con albergarse en el claustro, donde pasadas algunas horas, decidieron abandonarlo por carecer de condiciones, y se fueron.

Dos días después volvieron los franceses a ocupar el convento, pero esta vez eran infantes, en número de 700.

Al día siguiente (1 de febrero), hicieron lo mismo por la puerta del Sol, 1.200 hombres de Infantería, y tres días después 450 Dragones.

Ocupado ya el pueblo por las huestes de Napoleón, los individuos del Concejo municipal pidieron al jefe de los invasores les relevase de sus cargos, recibiendo por contestación una amenaza de castigo si no continuaban desempeñándolos con fidelidad.

Ante tal negativa, se sometieron, pero proyectando ya la insurrección.

Días después, el mariscal Soult, pretendiendo invadir Portugal, estableció en Vigo su Cuartel general.

Soult puso en práctica su intento, saliendo de aquí (de Vigo), el 15 de Febrero, dirigiéndose a La Guardia, creyendo contar allí con barcas suficientes para cruzar el Miño, pero como ya los portugueses habían recogido las suyas, y al ser utilizadas las de la orilla española se halló con el invencible obstáculo de la crecida del río, que originó impetuosa corriente, no pudo así conseguir otra cosa que llevar al lado opuesto 80 soldados.

Ante este fracaso, determinó variar de rumbo, y fue con los suyos costeando la vía fluvial, hasta internarse en la provincia de Orense, por donde le fue más fácil realizar su proyecto.

Desde la ciudad de Tuy ordenó que la división Hendelet que quedara en Vigo, saliese de esta plaza, dejando aquí dos mil hombres.

El mismo día en que se cumplimentó esta orden, salió Soult de Tuy, dejando allí tres mil hombres y muchos enfermos, al mando del general Lamartinier, con todo el material de artillería.

Mientras Soult se encaminaba a Portugal, entraba Ney en Galicia, confiado en su valeroso ejército, que consideraba más que suficiente para acabar con la insurrección de los paisanos, porque éstos carecían de armas y de instrucción militar; pero pronto se dio cuenta de su error, vergonzosamente derrotado por los gallegos.

Dice Thiers (“Historia del Empire”, libro XVIII, pág. 2630): “Parece mentira que un cuerpo ejército tan numeroso y aguerrido como el que mandaba Ney, a pesar de la habilidad y energía de tan famoso General, no pudiera hacer frente a los indisciplinados gallegos.”

La ausencia de Soult fue aprovechada por los vigueses para poner en práctica erel deseo de echar de aquí al enemigo.

En cuanto al levantamiento de los vecinos de la comarca y a los que se erigieron en caudillos del sitio de Vigo, coinciden con ligerísimas variantes todos los historiadores. Por lo tanto, como no vamos a quitar ni poner, parécenos lo más indicado copiar aquí lo que respecto al particular escribió el tantas veces citado José de Santiago. En el capítulo V de su obra “Historia de Vigo y su comarca”, dice: “La salida de las tropas de la división de Heudelet, fue el momento que eligieron los entusiastas vecinos para iniciar el movimiento de protesta y levantamiento contra los franceses. Las autoridades civiles, sin contar ya para nada con el Capitán de Navío don Juan Villavicencio, acordaron reunirse con los Jueces de Bouzas y Fragoso, para determinar los medios más seguros de promover el levantamiento general de la comarca... Asociáronse a los iniciadores de la idea de la Reconquista de la plaza de Vigo: el abad de Valladares don Juan Rosendo Arias Enríquez; el alcalde de Fragoso don Cayetano de Limia, y un caballero particular llamado don Joaquín Tenreiro Montenegro, que era uno de los vocales de la Junta de Lobera. El abad de Couto don Mauricio Troncoso, el alcalde de Tuy don Cosme Seoane, y don Manuel Cordido, labrador y Juez de Cotovad, también determinaban bloquear la ciudad de Tuy para impedir que fuese socorrida la plaza de Vigo.”

De todas partes de Galicia concurrían voluntarios en considerable número, poniendo de manifiesto su patriotismo, alentando el espíritu público del paisanaje de los alrededores de Vigo, atacando sin descanso las partidas que salían a forrajear, y de que tenían anticipado aviso, distinguiéndose en estas sorpresas los patriotas del valle Fragoso, que había levantado su alcalde don Cayetano de Limia.

Una de las figuras que más resaltan por su entusiasmo en esta heroica lucha, es la de fray Andrés de Villagelín, religioso franciscano, del convento de Vigo. Cuando los franceses se habían apoderado de La Coruña y El Ferrol, en 23 de Enero, ya trató fray Andrés, con otros entusiastas vecinos de Vigo y sus inmediaciones de defender la plaza hasta perder la vida, cuyo compromiso sellaron en solemne juramento.

Con asombro de sus convecinos se le vio que se había despojado de los hábitos y cogido armas, antes de que Vigo hubiese caído en poder de los franceses.

Cuando ocurrió el popular tumulto contra las autoridades, procuró calmar la excitación de los patriotas, como lo verificó felizmente, con riesgo de su vida.

Pero al ver que de nada había servido su patriótico entusiasmo para defender la Plaza, y que el Gobernador militar la entregaba a los franceses, sin intentar la menor resistencia, como pedían el pueblo y el Ayuntamiento, concibió entonces la idea de sumarse al ejército del marqués de La Romana, que se hallaba en el valle de Valdeorras; pero como el camino de Rivadavia no estaba expedito a causa de operar en él las fuerzas de Soult, optó por cruzar el Miño, dirigiéndose a La Guardia, punto por donde creía poder realizar su intento. Al llegar a esta Villa topó con otro inconveniente: ni en la orilla española del río, ni en la portuguesa, había barcas que pudieran servirle para pasar a Portugal.

No se acobardó con este nuevo tropiezo el P. Villageliú, y emprendió el camino a través de los montes, rodeando muchas leguas, hacia el Rivero, para lograr por aquella parte el fin que deseaba. “Al llegar a Rivadavia -dice Martínez Salazar, en sus “Sucesos militares”, pág. 172-, presenció algunos combates de valientes campesinos, que disputaban palmo a palmo el terreno al ejército de Soult, y doliéndose aquellos de su carencia de municiones, creyéndose perdidos los de la jurisdicción de Avión por esta falta, les dijo que él se las proporcionaría, juzgando con esto no hacer menor servicio a la Patria que uniéndose a dicho ejército del marqués de La Romana.”

“Regresó a Vigo –dice Legísima-, el intrépido guerrillero, ansioso de cumplir la palabra empeñada a los de Avión, y entrando disfrazado en la plaza, a pesar de la vigilancia de las patrullas francesas, consigue sacar veinte arrobas de pólvora que tenía escondidas un amigo suyo; cárgalas en tres caballerías en las inmediaciones de la ciudad, y remítelas a los de Avión para sostener el alzamiento del Rivero.”

Villagelín juzga prudente quedarse en los alrededores de Vigo, para dar valor a los paisanos, diciéndoles que la causa era de Dios y que Dios les ayudaría, si ellos ponían los medios, y “fueron tan eficaces estas razones, que a pocos días se alarmó, como por inspiración divina, toda esta provincia –de Tuy- levantados en masa, nombrando los jefes que les mandasen, para lo que los del valle del Fragoso eligieron para su Comandante general el abad de Valladares, y por segundo al predicador Villageliú”.

El mismo historiador escribe a continuación: “Que el P. Villageliú fue Segundo Comandante de la ALARMA DE FRAGOSO, lo dice la Relación[2] que citamos, verdadera hoja de servicios de este guerrillero, y está creemos que es la única acertada solución que se puede dar al lío y confusión que se forman casi todos los autores que sobre el particular han escrito; porque, mientras unos le hacen Comandante, a secas, de dicho valle del Fragoso, otros dicen fue Segundo Comandante un Oficial, hijo de don Cayetano Limia, Alcalde del Valle.”Nosotros, repetimos, conformándonos con la citada “hoja de servicios”, creemos que el P. Villageliú fue, siquiera sea poco tiempo, Segundo Comandante de la Alarma del Fragoso, sin que por eso no pudiera serlo más tarde, como lo fue indudablemente, el hijo del célebre don Cayetano Limia, y aún de una manera más efectiva que éste, el P. Fr. Ambrosio Domínguez, franciscano, que peleó siempre con los del Fragoso y fue su Comandante también.“[3]

Seguiremos copiando a Legísima:

“Al mismo tiempo que los del valle del Fragoso se disponían a comenzar el formal bloqueo de la Plaza, el paisanaje de los otros valles vecinos de preparaba a la misma gloriosa empresa. El abad del Couto, don Mauricio Troncoso, juntamente con don Cosme Seoane y don Manuel Cordido, Juez de Cotovad, marcharon a Tuy, para bloquear al general Martiniere e impedirle pudiese acudir en socorro de Vigo, donde ya los paisanos de Bayona, La Guardia, Louriña y Santo Antonio, mandados por el franciscano P. Giráldez, tenían la Plaza en verdadero estado de sitio.

Dieron principio a este cordón los de La Guardia el 8 de Marzo, el Valle de Santo Antonio el 11, y el de Fragoso el mismo día; de modo que el día 15 ya no había pueblo que no estuviese levantado.”[4]

A esto añade José de Santiago[5], las siguientes palabras: “A este contingente numeroso de paisanos, dispuestos a no dejar salir un francés vivo de la Plaza, se unían continuamente los mozos y vecinos de la Villa, que, burlando las vigilancia del enemigo huésped, salían al campo con víveres y municiones, dispuestos a engrosar las filas de los sitiadores, quienes ya en los primeros días del bloqueo tomaron tales bríos, que las partidas francesas que salían al forrajeo, se vieron obligadas a no alejarse más de un tiro de cañón sin ser continuamente molestadas por el paisanaje, que siempre las obligaba a retirarse con pérdida y solía perseguirlas encarnizadamente entrándose por los arrabales, a pesar del incesante fuego de artillería y fusilería que el enemigo hacía desde las murallas.



[1] “Héroes y martires gallegos. Los franciscanos de Galicia en la guerra de la Independencia”, pág. 452.

[2] Documento de la época, existente en el Archº del convento franciscano de Santiago, que escribió el P. Guardián del de igual orden de Vigo, Fray Tomás Martínez)

[3] Op. citada, página 476.

[4] Op. citada, página 477.

[5] Pág. 505.

Linsy Oflodor