Cinco años que Napoleón llevaba de guerra en España sin resultado satisfactorio, llegaron a hacerle ver con claridad que la empresa de su conquista por las tropas de José, ofrecía serias dificultades. La declaración de guerra a Rusia en 1812, que obligó al Emperador a sacar tropas de la Península, primero; la derrota de Arapiles, que forzó al intruso a abandonar Madrid después; las noticias que llegaban del Norte de Europa, hicieron pensar al Mando francés en limitar o demorar por el momento, ene espera de coyuntura más favorable, la difícil empresa.
Dice alguna crónica que, como consecuencia de las causas mencionadas, hubo hasta negociaciones secretas, cuyo objeto era conseguir un tratado por el que el Emperador cedía Portugal a Inglaterra y ponía en libertad al Rey Fernando, entregándole su reino, a excepción hecha de las provincias de la margen izquierda del Ebro, cuya renuncia, además de hacérsele a Napoleón demasiado dura, le privaba de tener en lo futuro una excelente base de operaciones para volver a las andadas en el momento oportuno.
Si es cierto que existieron esas negociaciones, no sirvieron, por otra parte, nada más que ahora poner de manifiesto la debilidad de los imperiales, cuyos reveses en los dos extremos de Europa señalaban el ocaso del genio de la guerra.
En la misma medida que los acontecimientos hacían bajar la moral de los franceses, subía la de los españoles, portugueses y británicos, interesados los primeros por su afán de independencia en arrojar de la Península al invasor; los segundos, en alejar un peligro cierto, y buscando los últimos abatir el poder de la potencial continental más fuerte.
Wellington, ya acreditado por sus éxitos anteriores y nombrado generalísimo del Ejército aliado, era quien iba a dirigir las operaciones. Con mucha calma llevó a cabo sus preparativos este Jefe: al mismo tiempo que atento a las eventualidades del Gran Ejército, tenía noticias de la gravedad de la situación de Napoleón y observaba los movimientos de las tropas de José en España, que, abandonando Andalucía y el Centro, se trasladaban a Castilla la Vieja.
Los guerrilleros españoles, cada vez mejor organizados, como no compartían los motivos de calma del General en Jefe, no cejaban en sus ataques de desgaste y obligaban al enemigo a distraer en escoltas, vigilancia de comunicaciones, etc., gran cantidad de fuerzas, cuyo alejamiento del núcleo principal del Ejército de José no cabe dudad que influyó grandemente en el resultado de la batalla de cuyo estudio es objeto este modesto trabajo.
El 21 de mayo de 1813 se puso Wellington en marcha; ocupó Salamanca, pasó el Duero y, disponiendo sus fuerzas en forma de una amplia herradura que amenazaba siempre la derecha francesa, fue obligando al Ejército imperial a retirarse a todo lo largo del camino general de Francia. Abandonaron primero Valladolid y luego Burgos, en donde volaron el castillo, ante la imposibilidad de retirar las bombas que en él estaba depositadas.
Tuvo José un momento de duda al establecerse en los Obarenes, a caballo sobre el Ebro: pero la falta de Clausel, que era por entonces el mejor de sus generales, y que se hallaba con 20.000 hombres persiguiendo a Mina, no cabe duda que influyó mucho en su ánimo, y no queriendo aventurarse a dar la batalla, a pesar de lo ventajoso de sus posiciones, continuó su repliegue hacia Vitoria.
Los aliados cruzaron asimismo el Ebro; siguieron avanzando y amagando siempre el flanco derecho contrario; chocaron con él en el valle del Baya, ya en la provincia de Álava, en donde fueron contenidos por fuerzas del Ejército francés de Portugal hasta que el resto del Ejército se hubo establecido en la línea en donde había de darse la última batalla propiamente dicha de la guerra de la Independencia.
Tuvo ésta lugar en la llamada "Llanada de Vitoria", meseta rodeada por las sierras de Badaya, Arrate, Gorbea, Elguea, Andía y montes de Vitoria. Entre estos últimos y la sierra de Badaya, al sudoeste de la llanada, se abre la garganta de las Conchas del Arlanzón, que da paso a la carretera general de Francia y al río Zadorra, que después de bañar la meseta alavesa desemboca en el Ebro aguas debajo de Miranda. Vitoria está sobre una colina, rodeada de más de un centenar de pueblecitos entrelazados entre sí por numerosos caminos. Diversos puertos dan paso a las carreteras que unen Vitoria con Bilbao, Irún, Navarra y Logroño.
Las tropas francesas que había en España a las órdenes de José, tenían como Jefe de E. M. Al Mariscal Jourdan; estaban compuestas por los Ejércitos de Portugal, que mandaba Reille; del Centro, a las órdenes de Drouet; del Sur, que tenía por Jefe a Gazán y del Norte, que obedecía a Clausel. Suchet, que con carácter independiente estaba en Valencia siguiendo el movimiento general, seguía replegándose hacia Cataluña.
Clausel, como ya hemos dicho, estaba en la provincia de Logroño al mando de dos Divisiones: una de su Ejército y otra del de Portugal, encargado de perseguir al guerrillero Mina, que desde su centro de operaciones de Navarra amenazaba constantemente las comunicaciones francesas.
Foy, con una División de 10.000 franceses y otra de italianos, estaba en la región de Bilbao guarneciendo puntos de la costa.
El dispositivo de defensa que adoptó Bonaparte con las fuerzas de que disponía, unos 60.000 hombres, fue apoyar su izquierda, a cargo de Gazan, en el desfiladero de las Conchas de Arganzón, guardando este paso y la parte del río dominada por las alturas que ocupaba a lo largo de la garganta. La altura de Jundiz le sirvió de base a Drouet para organizar el Centro, pues desde ella, muy artillada, cerraba la salida del desfiladero y defendía el paso de los puentes de Villodas, Tres Puentes y Mendoza. La derecha, a cargo del Ejército de Portugal, estableció en el monte de Araca una cabeza de puente, con su vanguardia en Aranguiz; defendía el puente de Avechucho y se prolongaba por la derecha, cubriendo el camino de Bilbao.
Al establecerse los franceses en línea, Wellington paso el Bayas, se estableció en la sierra Badaya y dio órdenes para que se encaminasen hacia el futuro campo de operaciones al español Girón [1], 1ue en vigilancia sobre las tropas de Foy estaba entre Valmaseda y Orduña, y a Graham, que ya estaba situado en Murguía.
En la madrugada del 21 de julio supo Wellington por un parte del alcalde de San Vicente de la Sonsierra (Logroño) que Clausel se dirigía a Vitoria llamado por José y se disponía a pasar en aquel pueblo la jornada para partir al día siguiente; razón por la cual ya no dudó en dar aquel mismo día la batalla.
Por la parte francesa, mientras tanto, Foy se situaba en Mondragón, acercándose a José, e imprudentemente la División de Maucune salía aquella misma fecha a las tres de la madrugada escoltando un convoy a Francia.
Eran los hombres de Ejército aliado que entraron en la liza unos 80.000, distribuidos entre los Cuerpos de Hill, Cole y Graham. La División de Packenham había quedado retrasada en Medina de Pomar, al cuidado de la impedimenta.
Fue Hill quien por la derecha inició la batalla, correspondiendo el honor de ir a vanguardia y tomar las primeras alturas a la División del español Pablo Morillo, que previamente había pasado el Zadorra. Con gran decisión, los españoles de Pablo Morillo se apoderaron de los altos del boquete de Lapuebla y, convenientemente apoyados por los portugueses del Conde de Amarante, se corrieron por las alturas de Zaldiarán, facilitando el paso del río al resto del Cuerpo de Hill, a la altura del desfiladero. Siguió maniobrando Morillo por su derecha, obligando a Gazan a empeñar sus reservas, siendo la consecuencia de estos ataques y maniobras la ocupación por Hill de Subijana de Álava.
Morillo, que fue herido en uno de los combates, no quiso abandonar el campo.
Una vez dueño Hill de las alturas de Subijana, pensó Wellington en atacar con las fuerzas del Centro, que estaban a sus inmediatas órdenes, los puentes de Nanclares y Villodas. El ofrecimiento de un aldeano para guiar las tropas por terreno cubierto hasta el puente de Tres Puentes, que él sabía estaba desguarnecido por los franceses, fue aceptado por Wellington, que destacó para ello a la Brigada ligera de Kent y al 15º de Húsares. Estos consiguieron su objetivo de pasar el puente por sorpresa, sembrando el desconcierto en la línea francesa, no sin haber pagado antes el aldeano con su vida, por la reacción de un Pelotón de Caballería francés, tan meritorio servicio.
Este primer éxito en el centro, la presión de Hill sobre la izquierda enemiga y el comienzo de la intervención en la batalla de las fuerzas de Graham, movieron a Wellington a intentar pasar el resto de los puentes. La 4ª División inglesa pasó por Nanclares y después la 7ª y una Brigada de la 3ª al mando de Dalhousie cruzaban los de Mendoza y Gobeo, respectivamente. El paso por los puentes del centro fue duro y difícil, pues las 50 piezas de Artillería que había colocado Tirlet en el alto de Jundiz, batiendo las avenidas, causaron muchas bajas al Cuepo de Cole. La amenaza constante de envolvimiento por la izquierda, obligaron a José A reducir su línea, ordenando un repliegue que no resultó muy ordenado, por la constante presión aliada; no obstante, consiguieron establecerse fuertemente en Jundiz, Ariñez y Gomecha, a favor de las piezas de Tirlet.
El vadeo del río aguas arriba del puente de Mendoza por la otra Brigada de la 3ª División, y la ocupación no sin lucha, de las aldeas de Margarita, Lermanda y Crispijana, dejó ya en mala situación a Jundiz, verdadera llave de la defensa, que fue asaltado, continuando después la lucha para apoderarse de Ariñez, que también fue defendido encarnizadamente. Todavía pretende defenderse los franceses en Zuazo; pero ya muchas tropas abandonan el campo desordenadamente, los aliados avanzan por todas partes y no hay solución posible. La batalla estaba perdida
Veamos ahora en la derecha a Graham y a Reille frente a frente disputarse en la cabeza de puente del monte de Araca la línea de retirada del Ejército francés en general, y en particular la carretera de Francia, el camino más directo.
Graham, a quien ya dejamos situado en Murguía, púsose en marcha al amanecer, lo mismo que el español Girón, que desde Orduña emprendía también la marcha para unirse a él [2].
Empezó Graham el ataque al mediodía, apoderándose la División española de Longa, y la Brigada portuguesa de Pack, de Aranguiz. Avanzando después por el monte de Araca, y tras brillantes combates, consiguió ocupar Gamarra Menor, continuando otras fuerzas el avance y haciéndose dueñas de Durana y su puente, sobre la carretera general de Francia.
Por su parte, la 9ª División inglesa del General Oswal atacaba el puente de Gamarra Mayor. Bien se defendieron los franceses en este punto: dos o tres veces lo perdieron y otras tantas lo volvieron a recuperar los soldados de Lamartinière, apoyados por el fuego de 12 piezas.
Mientras tanto, la Legión alemana del Coronel Helkett entraba en Avechuko, y la 1ª División inglesa atacaba y se apoderaba del puente inmediato.
En retirada ya los Ejércitos del Centro y Derecha, y recibida por Reille la orden de hacer lo mismo, la fuerte resistencia que había hecho le permitió romper con orden el combate: lanzó después a la carga a sus excelentes húsares y dragones, que consiguieron mantener a raya a los ingleses que salían en su persecución, permitiendo la acción de su caballería, la retirada de su Ejército y la de los demás por la carretera de Pamplona. La enérgica actitud e Reille evitó que el desastre francés fuese aun mayor.
Todavía queremos apuntar un hecho, que si bien no influyó en el desarrollo de la batalla, merece destacarse, y es la entrada en Vitoria del General Álava, hijo de la misma, al frente de un Regimiento de Húsares que le cedió Wellington, a cuyas inmediatas órdenes iba, con objeto de evitar lo sucedido en Ciudad Rodrigo y Badajoz; confirmando lo acertado de su previsión lo que pasó en Salvatierra al día siguiente y en San Sebastián un mes más tarde.
"Guardad –les decía a sus paisanos- cuanto tengáis de valor, porque estos que vienen conmigo son peores que los que se han ido".
Arrojó a los últimos franceses de Vitoria, puso guardias en los almacenes, montó vigilancias y libró a su pueblo del pillaje de aquella soldadesca extranjera desenfrenada.
José pudo escapar de mala manera montado a caballo y escoltado por 50 dragones, después de tener que abandonar el coche, sobre el que llegó a disparar un pistoletazo el capitán Wyndan. El Mariscal Jourdan perdió hasta su bastón de mando, que recogió como trofeo Wellington, y, en fin, en la retirada dejaron abandonados la totalidad de su artillería (151 cañones), bagajes y demás impedimenta del Ejército, a más del rico convoy, en el que iban empaquetados cuadros de inestimable valor de Rafael, Murillo, Velásquez, Tiziano y Zurbarán; obras artísticas, alhajas, ropas, etc., procedentes del saqueo de que fueron objeto nuestros templos, palacios y museos. El tesoro del mismo Ejército, que se calculó en unos cinco millones y medio de duros, también quedó abandonado, pudiendo ser esto, en parte, causa de que no se persiguiera con la profundidad que debiera haberse hecho al Ejército derrotado.
La bajas francesas fueron unos 7.000 hombres, y las de los aliados, 4.914, según el parte de Wellington.
No estuvo muy oportuno José en el planteamiento de esta batalla, que no tenía más remedio que dar si quería sostenerse en España, y decimos que no estuvo oportuno, ya que, habiéndola demorado tanto con su continuo repliegue, bien hubiera podido entretener a los aliados un día más para dar lugar a que llegase Chausel y a que se le hubiese acercado Foy. El primero hubiera reforzado sus líneas, y el segundo, impedido que Graham se lanzase completamente descuidado contra la parte esencial para él: la carretera general de Francia.
En cuanto a la batalla en sí, estuvo descuidad al dejarse arrebatar las alturas de su izquierda, ya que la situación táctica que creó Morillo al enseñorearse en Zaldiarán tenía muy difícil solución. Con ello, además de amenazar el flanco izquierdo francés, permitió el paso del río al resto del Cuerpo de Hill, y a su vez, la ocupación por este de Subijana de Álava, facilitó el paso por el puente de Nanclares de las fuerzas de Cole.
Otra de las faltas de José, y ésta comprensible, es el no haber volado los puentes, por lo menos los del centro, ya que, por dar paso a caminos de carácter local, en ningún caso le hubieran podido hacer falta.
Reille, con su Ejército de Portugal, fue por el lado francés el único que en todo momento estuvo a la altura de las circunstancias.
Por el contrario de lo que decimos de José, hay que elogiar a Wellington su decisión de no retrasar la batalla un momento más y su acierto en disponer la conversión sobre la derecha enemiga de Graham, desde Murguía.
Una persecución más intensa de su caballería hubiera puesto a Reille en grave aprieto.
Al enjuiciar la actuación de Wellington, no es posible olvidar las asistencias que por parte del pueblo español tuvo en todo momento. Hemos visto como los guerrilleros españoles entretenían gran cantidad de fuerzas que no pudieron intervenir en la batalla; cómo el parte del alcalde de San Vicente de Sonsierra le facilitó una información, sobre la cual fundamentó su decisión de dar la batalla aquel día; cómo la otra información del aldeano alavés le ayudó a resolver el problema táctico del paso de los puentes, y, en fin, hemos visto también cómo la actuación de los españoles Morillo y Longa en sus respectivos frentes, dio lugar a las situaciones previas necesarias para el buen éxito de la empresa. Distinguiéronse estas tropas entre las selectas que componían el Ejército aliado, al batir, como antes lo hicieron solas con Castaños en Bailén, a los veteranos granaderos de Bonaparte.
Gran júbilo causó en el país esta victoria, pues comprendía que con ella terminaba la odiosa ocupación francesa, al mismo tiempo que las cargas y sacrificios a que el sostenimiento de la guerra obligaba.
En efecto: después de la pérdida de San Sebastián y de la batalla de San Marcial, José pasaba la frontera, no tardando tampoco en hacerlo Clausel, que tuvo que abandonar su artillería perseguido por todas partes, después de haber contemplado el día 22, desde los montes inmediatos a Vitoria, sobre la carretera de Logroño, el campo de batalla en que los cañones, carruajes y arreos abandonados, daban fe del mayor desastre que sufrieron los franceses en la guerra de la Independencia.
[1] Esta orden se le dio en la carta cuya traducción transcribimos, que fue encontrada no hace muchos años, en el Archivo del Ministerio del Ejército. Dice así:
«Duplicada.
Subijana de Morillas.
20 de junio de 1813, a las tres de la tarde.
Mi querido General:
Debo rogaros, departe del General Jefe, que pongáis vuestras tropas en movimiento al amanecer de mañana, marchando por el camino mas directo sobre Vitoriano y Murguia.
Aquellas de vuestras tropas que están en Orduña deben marchar, yo creo, por Unza y Belunza, y las que permanezcan todavía en Amurrio o en sus alrededores, pueden marchar por Lezama y las ventas de Altube.
Es en la hipótesis de que una parte de vuestras tropas no hayan podido permanecer hoy en Orduña por lo que os indico esta segunda ruta. Si marcháis así sobre dos columnas, la de la izquierda puede continuar su marcha directamente sobre Murguia, y la de la derecha, sobre Vitoriano.
Tal arreglo hará la marcha más ligera, y las columnas, sin embargo, hacia el fin de estas rutas, estarán próximas una a otra.
Os ruego hagais saber al General Graham esta tarde, que habeis recibido esta carta, comunicándole las ordenes que hayais dado en consecuencia. Y como las ordenes ulteriores que el General en Jefe puede estar en el caso de enviaros para las operaciones de mañana, serán comunicadas al General Graham, os ruego establezcais una comunicación directa con este Oficial General. El General Graham debe encontrarse hoy en Murguia.
A su excelencia el General Giron. Orduña.
Soy, mi querido General, vuestro mas fiel servidor.
Gn. Murray (rubricado).»
[2] Encontrada la siguiente carta con la anterior, de ella se desprende la fe en el triunfo de los aliados y la importancia que daban a la batalla prevista. Veamos:
«Murguia, 21 de junio de 1813.
A las ocho de la mañana.
Mi querido General:
Por mis confidencias, el enemigo permanece siempre cerca de Vitoria. Nosotros nos disponemos a marchar por la Calzada hacia Letona, en donde, probablemente, recibiremos ordenes ulteriores. Creo que seria conveniente que vuestra columna de la izquierda se dirigiera a Amézaga, recto sobre Zarate, Manurga, Murua, Echaguen hacia Villa Real, Ochandiano o Aramayona, según las circunstancuias. Usted dirigira su Columna a continuación de la nuestra por la Calzada hasta la altura a media hora de aquí.Entonces sabremos mejor donde podreis emplear (vuestras tropas) con la mayor ventaja. Yo creo que una parte debe servir de reserva, y la otra, operar sobre nuestra izquierda. Si bien nosotros nos cubriremos y concertaremos juntos lo mejor. Adios, mi querido General; he aquí un Buendía, y yo espero sera uno de triunfo para la causa de la independencia de España y quiza de Europa, porque una gran victoria en Vitoria creo repercutira en el Norte (de Europa)
Ths. Graham (rubricado)
Convendría dejar aquí nuestra impedimenta, a nuestra izquierda, sin embararzar la carretera.
Aunque el rey José, en su retirada desde Madrid por Valladolid, Palencia y Burgos, amenazado constantemente en su flanco, pensó defender la línea del Ebro, estableciendo para ello su cuartel general en Miranda, desconcertado al saber que el ejército aliado, dirigido por lord Wellington, había pasado dicho río en los días 14 y 15 de junio por Polientes, San Martín de Lines y Puente de Arenas, abandonó a Miranda a toda prisa, replegándose a Vitoria resuelto a oponerse a aquél en la línea de Zadorra, si persistía en su movimiento agresivo. El caudillo inglés fue avanzando efectivamente, situando el 20 su Cuartel general y el centro de su ejército en Subijana de Morillas, no lejos de su derecha; la izquierda se encontraba en Valmaseda el 18. José había dispuesto se le reuniesen con premura las fuerzas que mandaba el general Clausel en Navarra, donde estaba persiguiendo a Mina sin descanso, como igualmente la división Foy, en operaciones por la costa, permaneciendo entretanto a la defensiva, distribuidas sus tropas del modo siguiente: el ejército llamado del Mediodía, mandado por el general Gazan, a la izquierda, apoyándose en las alturas de la Puebla de Arganzón y extendiéndose por el Zadorra hasta el pueblo de Villodas; ocupaba el centro, en la orilla opuesta, dando frente al río, el ejército del mismo nombre, a las órdenes del general Drouet, conde d'Erlon, bajo la protección de un cerro bien artillado que domina todo el valle del Zadorra; la derecha, formada por el ejército llamado de Portugal que mandaba el conde de Reille, ocupaba los pueblos de Gamarra Mayor y Menor y Abechuco y alturas inmediatas. Reunía José unos 54.000 hombres, que se extendían en una línea de tres leguas, cubriendo los caminos de Bilbao, Bayona, Logroño y Madrid. Ejercía el cargo de mayor general el mariscal Jourdan.
Indeciso todavía Wellington, a pesar de disponer de 66.000 infantes y 10.000 caballos (35.000 ingleses, 25.000 portugueses y 16.000 españoles), fuerzas superiores a las del enemigo, resolvióse a atacar sin pérdida de tiempo a los franceses, por haber sabido que el general Clausel, el primero que debía incorporárseles, no podría hacerlo en todo el 21. En su consecuencia, dadas las disposiciones necesarias, se movieron los aliados al amanecer de dicho día desde sus estancias del río Baya, iniciando el combate a las ocho de la mañana la división española de D. Pablo Morillo, que con la portuguesa del conde de Amarante y la segunda británica constituían el ala derecha, regida por el general Hill. Atacó aquél con la mayor gallardía las colinas de la Puebla de Arganzón, siendo herido en la refriega; y aunque el enemigo extremó la resistencia, consiguieron los españoles, ayudados de las tropas inglesas, arrojar de dichas alturas a los franceses, que tuvieron que replegarse al otro lado del río. Entonces pasó Hill el Zadorra por la Puebla y acometió el pueblo de Subijana de Alava, que cubría la izquierda enemiga, y después de porfiada pelea, logró posesionarse de él, siendo inútiles todas las tentativas de los contrarios para recuperarlo, a pesar de haber acudido José, que expuso mucho su persona, situándose en los puntos donde era mayor el peligro.
Apenas observó el caudillo inglés que Hill se había apoderado de Subijana, dispuso pasasen también el río las cuatro divisiones que bajo las órdenes de Cole componían el centro: la 4ª por el puente de Nanclares de la Oca, la ligera por Trespuentes y la 3ª y la 7ª desde Mendoza, más arriba, logrando todas trasladarse a la margen opuesta sin contratiempo alguno, por no haber cuidado el enemigo de inutilizar los puentes expresados. Acto seguido emprendieron dichas fuerzas el ataque de las posiciones contrarias, y después de rudo combate, empujada la izquierda francesa por Hill sobre el centro, y batido de una manera formidable el cerro fortificado por dos brigadas de artillería, tuvieron que replegarse izquierda y centro enemigos vía de la ciudad, efectuándolo en buen orden, por escalones, y escarmentando a sus perseguidores en cuanto cometían cualquier descuido.
Entretanto peleaba con igual valor la izquierda de los aliados. Desde Valmaseda, donde se encontraban la mayor parte de los cuerpos que la componían, avanzó camino de Vitoria por Amurrio, llegando el 20 a Orduña, y continuando al día siguiente por Murguía, llegó a las diez de la mañana al puesto que tenía designado, todavía a tiempo de tomar parte activa en la batalla. Mandábala el general Graham, quien encargado de atacar la derecha francesa, dispuso acometiesen las alturas en que se apoyaba aquella la brigada portuguesa del general Pack, la división de don Francisco Longa, que formaba parte del IV ejército español regido interinamente por don Pedro Agustín Girón, y la 5ª división inglesa. Dichas fuerzas llevaron a cabo su cometido atacando las posiciones enemigas por el frente y flanco, y desalojados que fueron los contrarios de las alturas que ocupaban, cayeron Longa sobre Gamarra Menor y la 5ª división británica sobre Gamarra Mayor, al propio tiempo que Graham en persona procedía contra Abechuco con la 1ª división inglesa, consiguiendo todos apoderarse de dichos puntos. Entones, viendo el enemigo que quedaban cortadas sus comunicaciones con Bayona, destacó por su derecha una fuerte columna con el intento de recobrar dichos pueblos; mas rechazada tres veces, se dieron los imperiales por vencidos y abandonaron apresuradamente toda la línea entre cinco y seis de la tarde, retirándose por el camino de Pamplona en la mayor confusión y desorden. El rey José no se detuvo tan siquiera a tomar su coche, que cayó en poder de los vencedores con toda la impedimenta y parte del rico convoy que se dirigía a Francia, en el que iban las cajas militares de todos los cuerpos derrotados, llenas de dinero, los equipajes de los generales y otras personas del séquito del intruso, gran cantidad de alhajas y objetos de valor o mérito artístico, víveres en abundancia y multitud de ropas, vestidos y efectos de todas clases. Los imperiales abandonaron también toda su artillería, 151 cañones (no conservando más que un cañón y un obús), 445 carros de municiones, material sanitario, armas, bagajes, etc., elevándose las pérdidas a 8.000 muertos y heridos y 1.000 prisioneros. Las de los aliados no pasaron de 5.000: 3.000 ingleses, 1.000 portugueses y 600 españoles (Murieron gloriosamente: del regimiento de la Unión, el capitán D. Estanislao Gutiérrez; de Vitoria (Voluntarios de Estado), el teniente D. Manuel Páez y el subteniente D. Matías Rodríguez, y de León, el teniente D. Carlos Baleato.)
José llegó a Salvatierra a las diez y media de la noche, y el 23 al anochecer a Pamplona, y aunque celebrado consejo de generales opinaron muchos por volar las fortificaciones y abandonar la plaza, dispuso aquél la conservación para proteger la retirada de sus tropas. Dejó, pues, en ella una guarnición de 4.000 hombres y salió a media noche del 25 con el ejército del Centro; durmió el 26 en Elizondo, de donde partió a las seis de la mañana del 27, y se metió en Francia por Lesaca y Vera, triste y abatido, estableciendo el 28 su cuartel general en San Juan de Luz. El ejército de Portugal pasó la frontera desde el Baztan por Maya y Urdax, y fue a situarse en Irún para cubrir el Bidasoa; y el del Mediodía la transpuso por Roncesvalles y Valcarlos, yendo a parar a San Juan de Pied de Port para cubrir la frontera por esta parte. Clausel, cuya oportuna llegada quizás habría evitado la derrota de Vitoria, llegó a la vista de esta ciudad al día siguiente de la batalla, ignorante de lo ocurrido, sin haber recibido ninguno de los apremiantes avisos que le había mandado José, y enterándose entonces de la desgracia, retrocedió con los 15.000 hombres que mandaba a Logroño, de donde había partido el mismo día 21, abandonó después el 24 dicha capital, retirando la guarnición, y por Calahorra y Tudela se metió en Zaragoza el 1º de julio, picada vivamente su retaguardia por las tropas de Mina, y seguido ya de tres divisiones inglesas destacadas por lord Wellington, metiéndose también al poco tiempo en Francia por Jaca y Canfranc, para situarse en Olorón, desde donde se dio la mano con las demás tropas de José. Foy, que había sido llamado del mismo modo por aquél, se colocó el 22 en Plasencia y Mondragón, para reunir las guarniciones de todos los puntos fortificados, y en cuanto se le incorporaron las tropas que el 20 habían evacuado a Bilbao, con lo que dispuso ya de unos 16.000 hombres, siguió desde Vergara por Villarreal y Villafranca, a Tolosa, perseguido de cerca por las fuerzas españolas de D. Pedro Agustín Girón y las inglesas del general Graham; defendióse algún tiempo en dicha villa, bien fortificada, y la abandonó en la noche del 25, replegándose por Andoaín, cuyo puente cortó, a Hernani, de donde pasó el 27 a San Sebastián; dejó en dicha plaza una guarnición de 2.600 hombres, y se incorporó por fin al ejército de Portugal, después de haber demostrado en aquellas difíciles circunstancias mucha serenidad, previsión y firmeza, y gran pericia militar. Tal fue el brillante resultado de la última campaña emprendida en la Península por lord Wellington.