Era Valdepeñas en 1808 una más de las tranquilas ciudades españolas que por aquel entonces no sobrepasaba los 3.000 vecinos, los cuales se venían dedicando al laboreo de sus ricas tierras en las que se asentaban los viñedos y otros cultivos menores, aunque por su privilegiada situación, tendría en adelante una peligrosa ubicación, pues se hallaba en la mitad del camino Real que conducía de Madrid a Córdoba y Jaén, y por ello pronto comenzaría a ser muy transitada por los correos, avanzadillas y columnas de tropas francesas, en su preparación de la entrada y ocupación de Andalucía.
Murat había ordenado al general Dupont que dispusiese lo necesario para reprimir levantamientos en Andalucía y tomar Cádiz, con objeto de evitar que los británicos utilizasen aquella bahía como Apostadero, en el que libremente podrían desembarcar sus tropas, a espaldas de los ejércitos franceses. Por esa premura en llegar a la “tacita de plata”, Dupont salió de Toledo el 23 de mayo, y evitó que las tropas a su paso por las localidades del camino, entre ellas Valdepeñas, cometiesen algún acto vandálico que pudiese indisponer al vecindario contra los ejércitos franceses, de este modo la columna de Dupont pasando por Valdepeñas el día 31, y siguió hacia la cercana Santa Cruz de Mudela, donde estableció un parque de intendencia. Desde allí, más aligerado marchó hacia el más difícil paso a través de las angosturas del desfiladero de Despeñaperros, camino de Andújar a donde llegaron el 2 de junio. En aquel difícil paso fueron hostigados por los guerrilleros, que les infringieron sensibles bajas, sin que apenas pudiesen ver quienes eran o donde estaban quienes les ofendían.
Este nuevo ajetreo que se traían los franceses por las tierras valdepeñeras molestaba cada día más, como no, a los sencillos vecinos de aquellos lugares, que quizás con mayor perspicacia que sus gobernantes, intuían que aquellos visitantes no traerían nada bueno para sus sencillas vidas.
Hacía ya más de un mes que por Valdepeñas había pasado el día 3 de mayo un correo español que avisaba a los pueblos de los incidentes protagonizados el día antes por el pueblo madrileño contra los invasores franceses, y que daría lugar a que el pueblo declarase la guerra a Bonaparte. Los valdepeñeros enseguida comenzaron a prepararse para lo que todos ellos intuían que les haría ser protagonistas involuntarios de los hechos que comenzaban a desangrar al pueblo español. Previsoramente, ante tales noticias, los valdepeñeros se habían reunido y conformado una Junta local de Defensa, compuesta por diez vecinos, entre los que se encontraban, el alcalde por el estado noble, el abogado lucense Francisco María Osorio Becerra [1], el cual por sus circunstancias fue elegido Presidente de la misma, y sus convecinos, el alcalde por el estado llano Juan Rojo Baylón; el clérigo Juan Antonio León-Vezares Recuero, que acabaría siendo conocido por el alias de “El cura Calao”; Manuel Madero Candelas; Miguel de Gregorio, alias “El mercader”; Juan Flores; José Casero; José Pareja; Alfonso Molero Salmerón y Francisco Domingo Valiente Rodríguez.
Ante la amenazadora presencia francesa, el párroco de Valdepeñas, don Victoriano Fontecha, había comentado con su coadjutor don Juan Francisco León-Vezares Recuero, sus tenientes de cura don Diego Antonio Caro, don Juan Cristóbal Jiménez, y el fraile agustino recoleto don Manuel Gómez de la Iglesia, que lo mejor para los valdepeñeros sería retirar la imagen su tan venerada Virgen de la Consolación, que estaba en su altar en la capilla de Aberturas [2], en pleno y peligroso campo abierto, a casi quince kilómetros al Norte de la Villa, trasladándola al más seguro resguardo que ofrecía la iglesia parroquial de Ntra. Sra. de la Asunción. Puesto al habla con las autoridades locales, todos estuvieron de acuerdo en el traslado de la Virgen, y este se efectuó el día 31 de mayo, siendo entronizada en solemne ceremonia a la que asistió todo el vecindario.
Hasta el momento los franceses solamente transitaban por el Camino Real, sin apenas parar en el pueblo, salvo para proveerse de agua o alguna otra vitualla. Sin embargo los vecinos no las tenían todas consigo, debido a que además de ese frecuente transitar, el general Dupont había ordenado el establecimiento de un parque intermedio en la cercana localidad de Santa Cruz de Mudela, en el que guardaban gran cantidad de galleta, por lo que tenía asentada allí una guarnición cercana a los 470 hombres.
En las obras que tratan de los hechos militares de la incipiente confrontación hispano francesa, apenas aparece reseñado lo que en Valdepeñas y su término sucedería en los primero días del mes de junio, quizás por no haber intervenido en él, ningún miembro del Ejército regular español, pues se dio la triste circunstancia de que si bien por aquellos días se encontraba en Valdepeñas un grupo de soldados, con la misión de efectuar levas y reclutar hombres para completar las nuevas necesidades del Ejército, a cuyo frente estaba el capitán de caballería, Pedro de Alesón Ibarreta, que llevaba consigo un heterogéneo grupo de soldados de los regimientos de caballería de Borbón y de Pavía, y dos escuadras de infantes de los regimientos de Ordenes Militares y Provinciales de Murcia. A la vista de la cada día más amenazadora presencia francesa, los miembros de la Junta de Defensa le pidieron al capitán Alesón, que como jefe militar que era y por tanto el más caracterizado para ello, se encargase de adiestrar a los vecinos, y al tiempo disponer las defensas de aquella Villa ante un hipotético pero presumible ataque francés. El Capitán adujo que lo mejor era que sus soldados saliesen de momento a vivaquear en los campos inmediatos, pues así en el caso de amenaza, él podría maniobrar más libremente y atacarles por retaguardia, sin estar encerrado en la población, pues eso haría que la defensa fuese imposible. Efectivamente, el Capitán Alesón no se hizo esperar y al frente de sus soldados, abandonó la Villa, y dirigiéndose presurosamente a la localidad de Alhambra, unos 32 kilómetros al Noreste de Valdepeñas, donde como puede comprenderse, poca iba a ser la ayuda que podrían prestar aquellos soldados a los sencillos y hasta entonces pacíficos agricultores que quedaban sin apoyo militar alguno en la amenazada villa valdepeñera.
Santa Cruz distaba solamente quince kilómetros de Valdepeñas, por tanto las dos localidades en el camino a Bailén y Andujar. El día 5 de junio, apenas un mes más tarde de los sangrientos sucesos madrileños, los santacruceños valientemente decidieron atacar al destacamento francés, a los que infringieron muchas bajas, entre ellas estaban 3 oficiales y 115 soldados muertos, numerosos heridos, y el resto fue puesto en fuga, hallando como más fácil camino el del Norte, dirigiéndose a Valdepeñas. Allí ya los vecinos habían oído el griterío y estruendo de los combates callejeros de Mudela, y estaban alerta, apostados en los lugares que consideraron podían ser cruciales en aquella desigual batalla que creían les esperaba.
Los valdepeñeros escasamente armados con algunas escopetas de caza, y la mayoría con sus hoces, azadas y otros aperos de labranza, prepararon con sus carros una especie de cañadas, por las que los franceses habrían de transitar dificultosamente, mientras ellos intentarían segar sus vidas.
Los primeros que llegaron a aquella especie de empalizadas sucumbieron, y el resto amilanados, con el terror en sus rostros, eludieron el combate, y tras sobrepasar el poblado por la derecha, acabaron acampando a unos dos kilómetros de la población, en las alturas conocidas como Cerro de “Las Aguzaderas”, desde donde dominan el paisaje hasta algo más allá de Valdepeñas y su considerable planicie. Allí llegaron también los hombres que constituían un convoy de soldados convalecientes, dirigido por el general Roize, que procedentes de Toledo, pretendían pasar por Valdepeñas, camino de Andalucía, y al ser informado de lo sucedido en Mudela y en Valdepeñas, Roize llamó en su ayuda al general Liger-Belair [3] que con 500 dragones disponía de guarniciones en Madridejos y en Manzanares, dedicados al cuidado de las comunicaciones con la Corte madrileña.
Mientras, esperan la llegada del general Liger-Belair, que para reunirse con la brigada Dupré, marchaba desde la no muy distante Manzanares, al frente de unos 300 jinetes, que llegaron en las últimas horas del día 6. Reunidos todos en aquel cerro, el general Liger otea la indefensa villa que tiene ante su camino, observando que es una población fácil, debido a que carece hasta de tapiales, por donde será sencillo que evolucione su caballería, abriendo el paso a aquellos infantes que vienen de alcanzar gloriosas victorias en los campos de Europa. Tiene reunidas ante Valdepeñas, unas fuerzas compuestas por 500 cazadores; 250 dragones y 60 infantes al mando del capitán Bouzat; los 300 que han sobrevivido al alzamiento de Santa Cruz de Mudela, y la numerosa pero ineficaz presencia de los convalecientes que arrastra el general Roize. Él, como representante de las restantes victoriosas águilas que le siguen, en las primeras horas del día 6 de junio, lunes de Pascua de Pentecostés, escudriña el terreno que se abre ante ellos, para establecer el plan de ataque, y luego lanzar a sus hombres por el punto más adecuado, como había venido sucediendo en muchas villas y ciudades, desde que Napoleón había decidido apoderarse de toda Europa.
De repente algo se interpone entre él y el villorrio que se le ofrece a la vista. Dos jinetes de desigual hechura, uno es un clérigo provisto de sus ropas talares y sobre su cabeza la consabida teja [4], y el otro es de más fuerte constitución y sobre la montura se mueve con mucha mayor desenvoltura. Desde el asentamiento militar francés, todos se muestran intrigados por aquellos dos jinetes, que sin mayor recelo llegan hasta las guardias y se hacen conducir ante el General que les manda. Llevados ante Liger, resultan ser dos vecinos y emisarios de aquella Villa que tiene ante si, don Juan Antonio, coadjutor de Nuestra Señora de la Asunción, y el otro un joven de tan solo veinte años de edad, llamado Manuel Madero Candelas, que a pesar de su poca edad, debido a su ocupación como contrabandista, era ya un hombre avezado en los conflictos y situaciones difíciles, que además conocía aquellos términos como nadie, pues muchas eran ya las obligadas cabalgadas que por aquella tierras había tenido que darse. Preguntados por el motivo de la visita, los emisarios, a través de un intérprete francés, piden que aquel Ejército francés evite entrar en el pueblo, y lo rebase por las afueras, siguiendo su camino a donde vayan. Liger les responde que él garantiza que sus tropas no tratarán de apoderarse ni ejecutar ofensa alguna a los vecinos de aquella Villa, pues la única detención que efectuarán será para proveerse de víveres y agua, ya que precisamente con ello contaban al hallarse en pleno Camino Real, por lo que su marcha imprescindible hacerla por el medio del caserío, debido a que por allí va precisamente el camino, que los vecinos conocen como Calle Ancha, por ser efectivamente la más amplia de la localidad.
Terminada la encomienda, ambos jinetes retornaron a la Villa, y tras entrevistarse con el resto de miembros de la Junta, el presidente y alcalde accidental Juan Rojo, no acepta las condiciones del General francés, pues considera que solamente podrán pasar por la Ancha, salvo que lo hagan desarmados, mientras las armas y los caballos vayan por fuera del caserío y conducidos por vecinos de la Villa, que en saliendo de aquellas inmediaciones ya los militares podrían continuar su camino hacia Despeñaperros.
Por segunda vez observa Liger como los dos emisarios vuelven a su campamento, y nuevamente ante él, el más joven y decidido de ellos, le dice lo que se ha acordado por la Villa. Liger, atónito no acierta a responder, quizás por que no concibe, no comprende la respuesta que acaba de oír de aquellos parlamentarios, y mientras gana tiempo para improvisar una respuesta, tan solo es capaz de ofrecer su catalejo al clérigo, diciéndole al tiempo:
¡Locos, no comprendéis que ese pueblo está indefenso! Puedo apoderarme de él y destruirlo en cuestión de minutos. ¿Quién lo va a evitar?¿Nuestra caballería viene de ganar las más grandes batallas en Wagram, Jena e Italia? ¿Cómo vais a evitar que os arrollemos?
El bueno de don Juan Antonio, con su habitual sencillez, pero con una cierta altanería le responde, que protegiendo la Villa, en las eras de San Marcos, disponen de filas de paisanos provistos de escopetas y trabucos, a los que han de unirse los que se arman con hoces y otros instrumentos ofensivos. Liger ante tan ingenua respuesta no duda en reírse, mientras les dice:
¿No tenéis niños, mujeres y ancianos? ¿Quién les va a defender entretanto nos atacáis? ¡Someteré la población sangre y fuego! ¡Allá vosotros!
Mientras montan en sus caballos y vuelven grupas para retornar a la Villa, nuevamente don Juan Antonio se dirige al general Liger, diciéndole sin mostrar mayor quebranto:
¡Nuestros pechos suplirán la carencia de armas!
Los parlamentarios se aproximan a sus convecinos que ansiosamente esperan las noticias que aquellos traen, volviendo todos a sus puestos en la que ya sospechaban, sería difícil pero valerosa defensa, que ya habían comenzado a preparar mucho antes de que el francés hubiese dado su última palabra, por lo que los valdepeñeros, al menos no serían sorprendidos tan indefensos.
Serían sobre las ocho y media de la mañana cuando Liger ordenó el inicio de la marcha, la cual se efectúa con paso rítmico pero lento, deteniéndose a cosa un kilómetro de caserío, desplegándose por su ala izquierda, hacia el río Javalón, y desde allí envía por delante dos columnas de dragones, que inicialmente rodean la población, y desde allí lanza una descubierta de caballería, con el objeto principal de alardear y evolucionar en su recorrido, para que los vecinos decayesen en su postura defensiva. Entraron a galope tendido en la Ancha, y son cincuenta jinetes los que al toque de degüello deberían de infundir el esperado pánico entre los defensores. En ese preciso instante alguien desde el campanario de la iglesia, dio la señal de alarma, iniciándose al tiempo el repique de campanas tocando a rebato, oyéndose apenas los primeros gritos de los patriotas, que se animaban, diciendo:
¡Viva la Virgen de la Consolación! ¡Mueran los franceses!
Los soldados franceses han caído en la trampa de los “inexpertos” españoles. Mientras cientos de objetos les llegan violentamente de todos los lados, otros vecinos comienzan a tensar las maromas que han tendido bajo tierra en la Ancha, haciendo que los caballos espantados, caracoleen y acaben derribando a sus jinetes, los cuales al caer lo hacen sobre rastrillos, azadas, puntas de la reja de los arados y todo cuanto objeto con aristas o filos puede ser adecuado para herir a los franceses o a sus monturas, invalidándoles al menos durante unos instantes, en los cuales son acuchillados por los vecinos que a tal fin se hallaban apostados tras las puertas y ventanas del caserío. Otros valdepeñeros intentan acertar con sus armas de fuego a aquellos desorientados soldados, que nunca hasta ahora se habían encontrado con tan belicosas gentes. Las mujeres que no han querido refugiarse, lanzan también a los soldados cuanto objeto contundente previamente han preparado en los zaguanes de sus casas. Alguna de ellas, como María la madre de “Chaleco”, vecina de la calle Ancha, siendo una de las más arriesgadas, fallecerá durante esa valiente acción.
Los sencillos vecinos de Valdepeñas han dado un gran escarmiento a los soldados franceses, pues la Ancha ha quedado estrecha debido a la multitud de cadáveres de hombres y caballos, que en el suelo se mezclan con los heridos, permitiendo única y generosamente que un niño, un educando de la banda de cornetas y pífanos franceses, vuelva en busca de su General, para que le relate lo que en aquel pueblo les aguarda. Sobre la Ancha han quedado 49 cadáveres de jinetes franceses. Cada ciudadano útil se ha convertido en un héroe, sus nombres sería muy difícil relacionarlos, debido a su generalización en la lucha, en la que muchos de ellos acabaron sucumbiendo.
Uno de los que participa en aquella titánica lucha sería un joven de tan solo veinte años, que en los años sucesivos se evidenciara en su lucha contra los franceses, al mando de una guerrilla. Se trata de Francisco Abad Moreno, alias “Chaleco” [5], que como ya hemos dicho, aquel día durante la fiera lucha perderá a su madre y a su hermano José, motivo por el que ya no dejará la lucha contra el invasor, primero incorporado a la guerrilla de Villalobos, y más tarde, en 1810, organizando una guerrilla compuesta por más de 400 hombres, muchos de ellos valdepeñeros, al frente de la cual nunca cejó en su esfuerzo por echar del territorio español a las tropas napoleónicas, tal como podemos ver en su biografía.
Liger en lugar se considerar lo sucedido, herido en lo más profundo de su orgullo, ordena que una nueva columna de dragones, avanzando escalonadamente, intente por segunda vez acallar los bríos de aquellos orgullosos valdepeñeros. El resultado del ataque es casi el mismo, con la salvedad de que entre los defensores, situada ante la puerta de su casa, se encuentra una joven de tan solo veintiún años de edad, Juana Galán [6], que en cuanto veía caer un francés lo remataba con una improvisada maza; a continuación volvía a entrar en su casa, esperando que otra oportunidad le permitiese acabar con otro enemigo. Este segundo combate por tomar la ciudad, tiene parecido final al anterior. Sobre aquel trozo del Camino Real, hay más de cien hombres y caballerías muertas, por lo ante la imposibilidad de que sus dragones tomen aquella Villa abierta, para más inri y escarnio de sus aguerridos dragones, Liger decide el ataque general, que se efectuará con todas sus tropas de infantería y caballería, rodeando inicialmente el caserío, y a distancia desde la que no podía ser ofendido, disparando cohetes igníferos contra los tejados, alpendres, pacas de heno, etc. Hasta el momento la desproporción de las bajas es terriblemente desfavorable para las aguerridas águilas francesas. Efectivamente, los cientos de cadáveres impiden el paso o cualquier nuevo intento por la calle Ancha. La nueva táctica de Liger consiste en que una vez iniciado el incendio de las viviendas, el resto de las tropas se vayan aproximando provistas de teas encendidas en trapos, camisas y otros tejidos embreados, para que así tras lanzarlas hacia las edificaciones el incendio se generalizase, obligando a los defensores a exponerse al fuego cruzado de las armas de los infantes franceses. Así, sometido al fuego lo que restase a aquella indómita población, las tropas podrían realizar el fusilamiento de cuanto vecino intentase escapar de aquel tormento.
Hacia las siete de la tarde, la Villa ardía por los cuatro costados, y ya las calles se habían hecho imposibles de transitar, debido a los cientos de cadáveres que se iban acumulando, no ya tan solo en la Ancha, sino también en las restantes, especialmente en la del Pangino, y sobre todos los lugares, donde más bajas tuvieron los franceses, fue en San José. También desde allí los franceses infringieron muchas bajas a los patriotas que salían huyendo al campo en su intento de buscar refugio, momento que los franceses aprovecharon para acribillarlos con sus armas.
Ante el incremento que iba teniendo el voraz incendio de Valdepeñas, uno de los vecinos que se hallaba en el campanario de Nuestra Señora de la Asunción, parece ser que don Luís Valdelmar, tomó una pieza de tela blanca del altar, y poniéndola sobre una vara de las del palio, la colocó a modo de bandera blanca en el lado Norte del campanario, donde fue vista por los franceses, que deseaban más el cese de las hostilidades que los propios vecinos de la Villa.
Ante Ligier había sido llevado entre otros prisioneros, Miguel de Gregorio, a) “el Mercader”, el cual, acompañado de varios oficiales y dragones franceses, así como varios de los más caracterizados vecinos de Valdepeñas, se internaron precavidamente por las calles de la población, como parlamentarios ante sus aguerridos convecinos, al objeto de que cesasen las hostilidades, por una y otra parte, para a partir de ese momento, tratar las condiciones de la capitulación, dando por finalizada la sangrienta confrontación.
Aceptado el inicio de conversaciones, buscaron los vecinos al Alcalde y no le hallaron, pues como después se conoció, se había escondido desde que comenzó el ataque, en un cañaveral del huerto que por entonces había en las afueras de la Villa, a inmediaciones de la actual calle de Triana, número 6, por lo que acudió en su lugar el Alcalde segundo, Juan Rojo, acompañado de don Juan Flores, don José Casero, Alfonso Molero, don José Pareja y don Francisco Domingo Valiente, los cuales marcharon a entrevistarse con Liger-Belair, que se hallaba instalado en el Camino Real, a la altura del camino que llevaba al Atochar.
Los franceses acordaron respetar lo que quedaba de población, mientras que los valdepeñeros harían lo mismo con los cadáveres de los franceses, sus armas y demás objetos que con ellos llevasen, y que empezarían a enterrar al siguiente día 7. Se advertía a la población, que se aplicaría la pena de muerte a quien vulnerase el acuerdo establecido. Por su parte el general Liger, tendría que llevar a sus tropas una legua lejos de la población, y por su heroico comportamiento, expidió un oficio-carta por el se aseguraba la población ante las autoridades francesas. Los valdepeñeros, a condición de que no volviesen a entrar en el pueblo, se comprometían a llevarles al campamento las raciones que necesitaban para proseguir su marcha. Y ya esa misma anochecida les llevaron las raciones, para que al siguiente día solamente les restase recoger y enterrar a los muertos y recuperar las armas que por allí estuviesen caídas.
Tras haber invertido toda la mañana en retirar los muertos, recoger a los que aun subsistían heridos y recuperar el armamento, a cosa de las dos de la tarde, dieron por finalizadas las tareas, prosiguieron su interrumpido camino pero esta vez en sentido inverso, retornando a Manzanares, pues la lección recibida en Valdepeñas produjo en él y sus tropas un efecto devastador en cuanto a la moral, pues aquella dura refriega había sido una escaramuza ante unos pobres campesinos, y que sin saberlo ninguno de los contendientes, era sin embargo el prolegómeno de lo que se avecinaba ante las irreductibles formaciones españolas con que se encontrarían días después en Bailén y sus inmediaciones. Temeroso Liger de que más abajo, en Despeñaperros le estuviesen esperando los guerrilleros, decidió no solamente volverse a Manzanares, sino que aun siguió 60 kilómetros más arriba, llegándose a Madrileños desde donde buscaría nuevos itinerarios que le condujesen hasta donde les esperaba el general Dupont. Para muchos de aquellos soldados se convertiría en viaje al desastre, pues a poco, el 19 de julio sucedería la batalla de Bailén y sus prolegómenos en Andujar, Mengíbar y otros puntos de aquellas inmediaciones, donde muchos de ellos perecieron, o cayeron prisioneros.
Pero ¿Qué había sucedido en aquella aparentemente indefensa población, mientras el general francés recibía a los emisarios? Pues simplemente que sabiéndose indefensos, sin que viesen la posibilidad de que algún Cuerpo español se aprestase a defenderlos, ellos mismos se habían apresurado a desplegar su ingenio y llenaron la calle principal, por la que discurría el Camino Real, y también por las adyacentes, todas aquella piezas de hierro que pudieron preparar para echarlas por todas ellas y luego cubrirlas con tierra que disimulase su presencia, de tal modo que si alguien se aventuraba por allí, las cuerdas que habían colocado desde las casas, y enterrado también con aquella capa de tierra, al tirar fuertemente de ellas, asustarían a las caballerías y si algún jinete o caballo acertaba a caer sobre ellas, irremisiblemente se heriría con aquellos afilados aguijones, mientras otros vecinos tirarían sobre ellos aceite y agua hirviendo que a tal efecto habían puesto a calentar en cada uno de los hogares de aquellas calles. Todos habían aportado su contribución, allegando hierros, cubetas de tierra y todo cuanto contribuyese a echar por tierra los planes de aquel general francés.
Finalizada aquella jornada, entretanto, mientas los franceses evacuaban sus asentamientos en las inmediaciones de Valdepeñas, los vecinos supervivientes de la epopeya protagonizada por ellos, seguían recuperando los cuerpos de sus convecinos muertos, al tiempo que también tenían que llevar a las piras funerarias los cuerpos de las caballerías que por todos los lados habían quedado. En esta tarea tuvieron que seguir ocupándose al siguiente día 8 de junio, pues era mucha la mortandad causada.
Los vecinos muertos en aquella triste jornada, fueron:
Al levantar los montones de vigas, tabiques y otros restos de una vivienda, en el corral de las casas de Diego Epifanio Muñoz, que correspondían a la segunda casa según se entraba en la calle Ancha, aparecieron dos cuerpos correspondientes a dragones franceses.
Las bajas entre los vecinos fueron en torno a los 28 muertos, mientras que por parte francesa fueron 305 muertos y 47 heridos de diversa consideración. De los heridos por parte de los valdepeñeros no quedo constancia exacta del número de ellos, diciéndose en algún documento que estaban en torno a seis o siete los que habían sufrido alguna herida o contusión. Comparativamente, ¿qué vamos a decir? El talento natural del ciudadano español, unido a su tesón y valentía se contrapuso a las bien disciplinadas y veteranas tropas francesas, dando la primera lección de lo que esperaba a las tropas napoleónicas en España, a manos de los patriotas españoles, que agrupados más tarde en las meritorias y valerosas guerrillas que tan grandemente contribuyeron al éxito final, muy a pesar de la opinión que tenía de ellos y quizás del resto de los españoles aquel general británico, que inmerecidamente creemos, llevó para sí los méritos que verdaderamente correspondían exclusivamente a los siempre mal uniformados y aparentemente indisciplinados guerrilleros españoles, pero sin embargo los más valerosos combatientes durante aquellos seis sangrientos años, que para mayor desgracia contribuyeron a que aquel desagradecido monarca regresase al Trono, y que desde entonces no dudaría en engullir diariamente a cuantos héroes habían luchado por lograr su retorno, entre ellos el valdepeñero Francisco Abad Moreno “Chaleco”, al que tras cuatro años de encarcelamiento, acabó ajusticiando el 21 de septiembre de 1827, en el cadalso colocado en la plaza granadina del Triunfo, dejando abandonadas a su suerte a su viuda, Sacramento Muñoz y sus pequeñas cinco hijas.
Los ancianos, las mujeres y los niños con anterioridad a los combates, en su mayoría se habían refugiado en las numerosas bodegas subterráneas, y habían procurado disimular sus entradas a base de arrimarles zarzas, y tierra quedando tapadas de la vista. También a este mismo fin se utilizaron las criptas de la iglesia parroquial, con la gran buena suerte, que los franceses no llegaron a hollar el interior del templo, por lo que nadie de los que se habían ocultado allí o en las bodegas del pueblo, sufriría daño alguno, aunque en algún caso los temores a que los franceses oyesen los gemidos o llantos de los niños, les llevó casi a forzar a los pequeños, tapándoles la boca.
Finalmente, Liger, unido a Vedel y Roize, constituyeron una columna formada por más de 1.800 jinetes, 6.000 infantes y doce cañones de diversos calibres, y se atrevieron a volver a bajar a través de Valdepeñas, por la que pasaron el 24 de junio, aproximándose sin saberlo a lo que sería nuevo desastre militar francés, esta vez en Bailén. Los franceses a su paso por la Villa solicitaron auxilios de viaje, que el Ayuntamiento les concedió, aunque tardó en reunirlos. Después por razones desconocidas Vedel perdería el tiempo, e incomprensiblemente no llegaría a participar en el combate de Bailén, cosa que el general Castaños agradecería, atribuyéndolo al valeroso hacer de los vecinos de Valdepeñas, diciendo:
“Valdepeñas, a más de influir en Bailén hizo el servicio más grande que pudiera imaginarse, en obsequio de la Independencia de la Nación.”
Castaños se refería a que dos días antes de la batalla de Bailén, el Alcalde de Valdepeñas había mandado conducir dos ayudantes del general Murat, prisioneros hechos en aquel término, los cuales conducían pliegos muy importantes para el general Dupont, que serían trascendentales en el desarrollo de las acciones militares de los siguientes días en Bailen.
Uno de los oficiales franceses, el teniente Maurice de Tascher, que aquel día había contendido en Valdepeñas, escribía tiempo después, que:
“… me encontraba solo sobre el atrio de la iglesia: Todos los balcones, todas las entradas de las calles, la iglesia y el campanario están cubiertos de hombres, de mujeres, de niños; sobre mi se dirigen trescientos fusiles [... ], yo con los brazos cruzados, intentando darme mayor seguridad, notaba que solamente con sangre fría podría salvar mi vida, esperando de mi suerte esa salvación. Resulte suavemente herido en un costado, por balas que poco más que taladraron mis ropas [... ] una bola extraída de una herida sobre los riñones, atravesó la silleta de mi montura pasando sobre mis muslos. El general Liger-Belair a Murat precisó en sus informes, que, «El teniente Tascher se distinguió expresamente en esta operación.» ¡Al día siguiente, vi. con horror las casas en cenizas, las mujeres, los niños, y los animales degollados bajo sus ruinas, campesinos, soldados y caballos muertos esparcidos aquí y allí por las calles!
Prosigue el teniente Maurice, diciendo: “… que el hospital francés fue atacado por vecinos furiosos de los pueblos inmediatos, que tomando prisionero al oficial que mandaba el hospital, lo cortaron en cuatro trozos y luego echado a una caldera hirviendo. Mi pluma se niega a describir otros horrores que hemos padecido. ¡El hospital nada en sangre!. Con todo ello, este Oficial intenta comprender la dureza en la reacción de los españoles, y dice: ¡Mucho deben detestarnos! ¡Gran Dios! ¡Cuántas maldiciones deben caer sobre nuestras cabezas! “
El 26 de junio, la división del general Liger-Belair, del que Maurice es ayudante de campo, se enfrenta al paso por el desfiladero de Despeñaperros. Nos dice Maurice, respecto de sus propias observaciones, que: ¡Antes de llegar a esta posición, con un catalejo distinguimos sobre una roca a un sacerdote en ropas sacerdotales exhortando a los combatientes [... ] es el amor a la religión y a la patria el que lucha con todos sus esfuerzos contra la ambición, ciertamente, reservándoles el más bello, para el que no estamos nosotros! El 29, la división Liger-Belair llega a Bailén, donde espera ser atacado por un cuerpo español e británico procedente de Granada. En cuanto al general Dupont llegó el día 29 con su división a Córdoba, y permitió que fuese sometida al pillaje de sus tropas, diciendo el humano Maurice: ¡La catedral y los vasos sagrados ni tan siquiera se respetaron, lo que nos hace ser vistos con horror por los españoles, y gritan que prefieren que se viole a sus mujeres y no sus iglesias! ¡Al final, desgraciadamente se hizo uno y lo otro!
Finalmente hemos de decir que el Ayuntamiento de Valdepeñas y el vecindario acordaron en 1908, la formación de una denominada Junta del Centenario, tal y como correspondía a quienes eran y se sentían descendientes de aquellos populares héroes locales de 1808, no dejarían en el olvido la conmemoración del que sería Primer Centenario de la pretendida entrada de los franceses, aquel sangrienta, pero gloriosa jornada del 6 de junio de 1808.
Según el cartel-programa de los festejos convocados en 1908, aquellos consistieron en lo que transcribimos para general conocimiento y difusión:
“Entrada de los franceses
EN VALDEPEÑAS
EL
Seis de Junio de 1808
Fiestas del Centenario
PROGRAMA
Día 6 de Junio
A LAS SEIS DE LA MAÑANA
Diana por la Banda de Música y repique general de campanas, en las parroquias y ermita.
A LAS NUEVE
Solemnes Honras Fúnebres por los que sucumbieron combatiendo a los franceses. La oración religiosa está a cargo de D. Tomás Bautista.
A LAS ONCE
Procesión cívica que formará en la Plaza de la Constitución, e irá por las calles de las Escuelas y Ancha, a descubrir las lápidas de Chaleco, La Galana, y la dedicada en San Marcos a los héroes del Seis de Junio, regresando por las mismas calles, descubriendo las lápidas de la Plaza de la Independencia y calle del Seis de Junio, hoy Ancha.
Orden de la procesión: Municipales a caballo, niños de las escuelas, niñas de las mismas. Banda de Música, corporaciones, elemento oficial, Junta del Centenario, Presidencia y guardia municipal. (1)
A LAS SEIS DE LA TARDE
Velada literaria, en el Teatro Heras, con la reseña histórica del Seis de Junio de 1808, por don Eusebio Vasco, y lectura, por varios señores, de trabajos alusivos al hecho glorioso que se conmemora. (2)
A LAS NUEVE DE LA NOCHE
Proyecciones cinematográficas en la calle Ancha, amenizadas por la Banda de música.
7 de Junio
A LAS SEIS DE LA MAÑANA
Diana por la Banda de Música y repique general de campanas en las parroquias y ermita.
A LAS ONCE
Reparto por el Ayuntamiento, de dos mil panes a los pobres.
A LAS CUATRO DE LA TARDE
Gran corrida de seis novillos-toros, de la acreditada ganadería de la Viuda de D. Celso Peyón, de Villacarrillo.
A LAS NUEVE DE LA NOCHE
Función de pólvora, en el camino del Peral, amenizada por la Banda de Música y función en el Teatro.
Valdepeñas, 1º de Junio de 1908.
La Junta del Centenario
(1) Se ruega engalanen con colgaduras los balcones de la carrera.
(2) Se suplica a las señoras acudan al Teatro con mantilla blanca o negra, en vez de sombrero, por el carácter eminentemente español de esta fiesta.
Imprenta de Mendoza. Jijon(sic) 12.”
Indudablemente ahora, cuando estamos a punto de que se inicien las conmemoraciones correspondientes al Segundo Centenario de aquella gloriosa epopeya protagonizada por los más sencillos, pero valientes españoles, es preciso que recordemos como los vecinos de Valdepeñas supieron enfrentarse a tan amenazadora invasión. Por otra parte la gran lección que nos dieron todos los que empuñaron las armas contra el enemigo común, olvidando las viejas rencillas o apasionamientos locales, uniéndose todos para llevar a cabo la tarea nacional, la tarea común que les conduciría a dejarnos expedito el camino a las generaciones que tras ellos llegaríamos, y que por ello estamos obligados a no dejar en el olvido.
En el camino de la historia, a aquellos valientes, después de aquella admirable epopeya solo se les produciría un atranco, y fue que aquel felón monarca al que habían facilitado el retorno y acceso al trono, Fernando VII, se mostraría tal cual era, ajusticiando a cuantos durante seis años se habían esforzado en defender la que era patria común. En las tremebundas garras de aquel morboso caerían, “Chaleco”, Porlier, Lacy, y una muy larga lista de patriotas, la mayor parte originariamente sencillos campesinos que un buen día abandonaron sus quehaceres para dedicarse a la defensa nacional, la de todos los españoles que deberían de proseguir en sus tareas para recuperar la siempre depauperada economía de los más sencillos, de los más humildes.
Antes de cerrar este trabajo, queremos dejar constancia de lo que sobre el incendio de Valdepeñas, dejó escrito don Benito Pérez Galdós, prolífico escritor que entre sus obras elaboró la tan meritoria y ejemplar titulada: Episodios Nacionales, creemos que claramente escrita en presencia permanente del documento, a pesar de lo que algún afamado historiador le negó siempre, debido a que hemos observado personalmente la gran coincidencia que hay en ocasiones entre lo que dice Galdós y lo que nosotros hemos hallado en documentos principalmente del archivo conocido como, “del duque de Bailén”[7]. Galdós disfrutó al mismo tiempo de la posibilidad que le proporcionaron aquellos escasos ya, pero que eran archivo vivo de aquel tiempo, y que él fue capaz de trasmitirnos con su sencillo lenguaje decimonónico, tal y como antes lo había hecho el Conde de Toreno, introducirnos amenamente en el conocimiento de esta magna epopeya protagonizada por el sencillo pueblo español, a través del encadenado relato de los más importantes momentos de aquella lucha. Un ejemplo lo veremos en su parte dedicada a: «Bailén», en el que el escritor canario, en el capítulo VIII, dice:
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"El sol no tardó en salir aclarando el país y haciendo ver que no estábamos en Moravia, como vamos de Brunn a Olmtz, sino en la Mancha, célebre tierra de España.
El pueblo donde paramos a eso de las ocho de la mañana era Villarta, y dejando allí nuestros machos, tomamos unas galeras que en nueve horas nos hicieron recorrer las cinco leguas que hay desde este pueblo a Manzanares; ¡tal era la rapidez de los vehículos en aquellos felices tiempos! Cuando entrábamos en esta villa al caer de la tarde, distinguimos a lo lejos una gran polvareda, levantada al parecer por la marcha de un ejército, y dejando los perezosos carros, entramos a pie en el pueblo para llegar más pronto, y saber que tropas eran aquellas y a donde iban.
Allí supimos que eran las del general Ligier-Belair que iba a auxiliar el destacamento de Santa Cruz de Mudela, sorprendido y derrotado el día anterior por los habitantes de esta villa. En la de Manzanares reinaba gran desasosiego, y una vez que los franceses desaparecieron, ocupábanse todos en armarse para acudir a auxiliar a los de Valdepeñas, punto donde se creía próximo un reñido combate. Dormimos en Manzanares, y al siguiente día, no encontrando ni cabalgaduras ni carro alguno, partimos a pie para la venta de la Consolación, donde nos detuvimos a oír las estupendas nuevas que allí se referían.
Transitaban constantemente por el camino paisanos armados con escopetas y garrotes, todos muy decididos, y según la muchedumbre de gente que acudía hacia Valdepeñas, en Manzanares y en los pueblos vecinos de Membrilla y la Solana no debían de quedar más que las mujeres y los niños, porque hasta algunos inútiles viejos acudían a la guerra. Por último, resolvimos asistir nosotros también al espectáculo que se preparaba en la vecina villa, y poniéndonos en marcha, pronto recorrimos las dos leguas de camino llano. Mucho antes de llegar divisamos una gran columna de negro humo que el viento difundía en el cielo. La villa de Valdepeñas ardía por los cuatro costados.
Apretando el paso, oímos ya cerca del pueblo prolongado rumor de voces, algunos tiros de fusil, pero no descargas de artillería. Bien pronto nos fue imposible seguir por el arrecife, porque la retaguardia francesa nos lo impedía, y siguiendo el ejemplo de los demás paisanos, nos apartamos del camino, corriendo por entre las viñas y sembrados, sin poder acercarnos a la villa. En esto vimos que la caballería francesa se retiraba del pueblo, ocupando el llano que hay a la izquierda, y al mismo tiempo el incendio tomaba tales proporciones, que Valdepeñas parecía un inmenso horno. Los gritos, los quejidos, las imprecaciones que salían de aquel infierno llenaban de espanto el ánimo más esforzado.
Al punto comprendimos que el interior del pueblo se defendía heroicamente, y que el plan de los franceses consistía en apoderarse de los extremos, incendiando todas las casas que no pudieron ocupar. De vez en cuando un estruendo espantoso indicaba que alguno de los endebles edificios de adobes había venido al suelo, y el polvo se confundía en los aires con el humo. Los escombros sofocaban momentáneamente el fuego; pero este surgía con más fuerza, cundiendo a las casas inmediatas. Al fin pareció que todo iba a cesar, y, según dijeron los que estaban cerca, habían salido de la villa algunos hombres a conferenciar con el general francés. Mucho tiempo debieron de durar las conferencias, porque no vimos que estos se retiraran ni que concluyese el ruido y algazara en el interior; pero al cabo de largo rato un movimiento general de la multitud nos indicó que algo importante ocurría. En efecto, los franceses, replegando sus caballos en la calzada, retrocedían hacia Manzanares.
Cuando entramos en Valdepeñas, el espectáculo de la población era horroroso. Parece increíble que los hombres tengan en sus manos instrumentos capaces de destruir en pocas horas las obras de la paciencia, de la laboriosidad, del interés, acumuladas por el brazo trabajador de los años y los siglos. La calle Real, que es la más grande de aquella villa, y, como si dijéramos, la columna vertebral que sirve a las otras de engaste y punto de partida, estaba materialmente cubierta de jinetes franceses y de caballos. Aunque la mayor parte eran cadáveres, había muchos gravemente heridos, que pugnaban por levantarse; pero clavándose de nuevo en las agudas puntas del suelo, volvían a caer. Sabido es que bajo las arenas que artificiosamente cubrían el pavimento de la vía, el suelo estaba erizado de clavos y picos de hierro, de tal modo que la caballería iba tropezando y cayendo conforme entraba, para no levantarse más.
A la calle se habían arrojado cuantos objetos mortíferos se creyeron convenientes para hostilizar a los dragones, y aun después del combate surcaban la arena pequeños arroyos de agua hirviendo, que, mezclada con la sangre, producía sofocante y horrible vapor. En algunas ventanas vimos cadáveres que pendían medio cuerpo fuera y apretando aun en sus crispados dedos el trabuco o la podadera. En el interior de las casas que no eran presa de las llamas, el espectáculo era más lastimoso, porque no solo los hombres, sino las mujeres y los niños, aparecían cosidos a bayonetazos en las cuevas, y a veces cuando se trataba de entrar en alguna casa a dar auxilio a os heridos que lo habían menester, era preciso salir a toda prisa, abandonándoles a su desgraciada suerte, porque el fuego, no saciado con devorar la habitación cercana, penetraba en aquella con furia irresistible.
En resumen, franceses y españoles e habían destrozado unos a otros con implacable saña; pero al fin aquellos creyeron prudente retirarse, como lo hicieron, no parando hasta Madridejos. Cuando Santorcaz, Marijuan y yo seguimos nuestra marcha, para hacer noche en Santa Cruz de Mudela, el espíritu de los valerosos paisanos de Valdepeñas no había decaído, y tratando de reparar los estragos de aquella sangrienta jornada, parecían capaces de repetirla al siguiente día.
De lejos y al caer la tarde distinguíamos la columna de humo, cubriendo el cielo de vagabundas y sombrías ráfagas, y el aragonés y yo no pudimos menos de maldecir en voz alta y expresivamente al tirano invasor de España. Contra lo que esperábamos, Santorcaz no nos contestó una palabra, y seguía el camino profundamente pensativo.”
Galdós siguiendo su estilo novelístico nos introduce en la acción, a través de la narración que hace como si fuese él uno de los participantes en ella. La profundidad del conocimiento de los hechos, de las costumbres, de la geografía de los lugares que describe, hacen de sus Episodios Nacionales, una de las obras más importante para el conocimiento no tan solo de la historia española del siglo XIX, sino también de la vida cotidiana de aquel tiempo. En la trascripción que acabamos de hacer, igualmente como sucede a lo largo de los cuarenta y seis títulos de la obra, de los que dieciocho tratan del periodo correspondiente cronológicamente a la guerra de la Independencia, Galdós hubo de disponer de mucha información, tanto de lo sucedido, como de los lugares, o las demás circunstancias de la vida cotidiana en aquella España, especialmente de los lugares donde se llevaron a cabo los hechos.
Ante la escasez de datos relativos al episodio de Valdepeñas, quizás debido a que no fue un combate, batalla o escaramuza en el que interviniesen fuerzas regulares españolas, la descripción que Galdós hace de la sangrienta lucha protagonizada por los valdepeñeros, bien merece el reconocimiento de la ciudad, dedicándole una calle a tan insigne escritor español, que supo recoger con detalle los sucedido durante el ataque francés a Valdepeñas, a través de cuyo relato hoy aun podemos conocer nuestra historia de un modo ameno y en un relato muy próximo a lo que verdaderamente ocurrió, eso si de modo novelado, donde la creatividad del autor se hilvana con la realidad.
Modesto Lafuente, dice:
“… Lo sacrílego, lo repugnante, lo que apenas se concibe en soldados de una nación culta, fue la manera de profanar las iglesias llevando a ellas para brutales fines las hijas y esposas de aquellos desgraciados moradores[8]. El país insurrecto sacrificaba cuantos franceses podía, como si todo le fuera lícito en desagravio de los estragos de Córdoba. Ensañábase el paisanaje con los que cogía prisioneros, y acabábalos con refinada crueldad, como lo hizo con el general de brigada René. Los vecinos de Santa Cruz de Mudela, don de Dupont había dejado sus almacenes, acometieron a los cuatrocientos soldados que los guardaban, y acuchillaron muchos de ellos.
Distinguiéronse los de Valdepeñas por el diabólico artificio que emplearon para destruir a seiscientos jinetes que llevaba el general Ligier-Belair y había de pasar por aquella villa y su larguísima calle, continuación de la calzada de Castilla a Andalucía. Cubriéronla toda de barro y arena, colocando debajo agudos clavos y puntas de hierro, y de reja a reja de las casas ataron disimuladamente maromas, cerrando las entradas de las callejuelas. Al llegar la columna francesa a la población, penetró aceleradamente una descubierta por la calle así preparada. Los caballos comenzaron luego a clavarse y caer unos sobre otros arrojando a los jinetes, y sobre estos llovían desde las casas piedras, balas, ladrillo y vasijas de agua hirviendo. Cupo igual suerte a los que en socorro de los primeros sucesivamente acudían, hasta que apercibido Ligier-Belair determinó penetrar en la villa por los costados, quemando casas, de que destruyó el fuego más de ochenta, y degollando cuantos moradores encontraba. A vista de tanta calamidad los vecinos principales, llevando al alcalde a su cabeza, presentáronse al general francés, pidiendo tregua y capitulación. Unos y otros lo necesitaban, y así de común acuerdo, presentándose con enseñas blancas, pusieron término a aquel estrago. No atreviéndose ya Belair seguir adelante por temor a encontrar obstáculos parecidos, retrocedió a Madridejos. Ya los franceses comprendieron que no podían andar en pequeñas partidas, y procuraban no moverse sino en gruesas columnas.”
Menos mal que al menos el gobierno español del momento, reconoció el mérito de la acción participada exclusivamente por el vecindario valdepeñero, con la adición de una leyenda en su blasón, que decía: «MUY HEROICA CIUDAD», y que hoy se mantiene como gloria al honor de aquellos vecinos de la ciudad.
Napier no cita en absoluto este hecho histórico.
Bibliografía utilizada:
· AGUADO, Lola: La guerra contra Napoleón. VALDEPEÑAS, 1808. B. Hª y Vª, 1975. Nº 92, págs. 138-142.
· GÓMEZ DE ARTECHE, José: Guerra de la Independencia. Historia militar de España de 1808 a 1814. M., Imp. Litog. Depósito de Guerra, 1875. Tomo II, pág. 217..
· LAFUENTE, Modesto: Historia General de España, desde los tiempos primitivos hasta la muerte de Fernando VII. B. Montaner y Simón, 1889. Tomo XVI, págs. 339-340.
· MERLO DELGADO, Antonio: El 6 de junio de 1808, en Valdepeñas. Zaragoza. Institución “Fernando el Católico”. Guerra de la Independencia. Estudios, tomo I. Págs. 39-53.
· RODRÍGUEZ-SOLÍS, E.: Los guerrilleros de 1808. Historia popular de la guerra de la Independencia. M., Edit. Estampa, 1930. Tomo I.
· CLAUDE CORET, Jean: Un officier orléanais à la Grande Armée : Maurice de Tascher (1786-1813). P. 18 pp..
· PÉREZ GALDÓS, Benito: Episodios Nacionales. Tomo II El 19 de marzo y el 2 de mayo. Bailén. M. La Guirnalda y Episodios Nacionales, 1882. Págs. 264-267.
· PRIEGO LÓPEZ, Juan: Guerra de la Independencia 1808-1814. M. Servº Hº Militar- San Martín, 1972. Tomo 2º. Primera Campaña de 1808, págs. 78-79.
· VASCO, Eusebio: Ocupación e incendio de Valdepeñas por las tropas francesas en 1808. Valdepeñas. Impª de Mendoza, 1908. 54 pp.
[1] Abogado de los Reales Consejos, nacido en 1776, en la aldea de Albaredo, parroquia de San Cipriano (en el actual municipio de Castroverde (Lugo), que llevaba como Alcalde desde el año 1805.
[2] Cuenta la tradición, que tras la llegada de los franceses, la que había sido santera de aquella ermita, conocida por el apodo de “La fraila”, sabiendo que dentro de la pequeña edificación había soldados enemigos, les llevo una buena cantidad de vino, y cuando consideró que estaban bien dormidos la mayoría de ellos, arrimó mirtos y otras materias combustibles a la única puerta del recinto, que previamente había atrancado, prendiendo fuego al edificio con todos los que dentro se hallaban, incluso ella que se dice falleció heroicamente al explotar unos barriles de pólvora que allí habían almacenado los franceses. Su filiación se desconoce, aunque se le atribuye un hijo de nombre Juan Ramón, por el podría a lo mejor, indagarse en los libros parroquiales de Valdepeñas, la posible identidad de esta heroína local.
[3] Louis Liger-Belair (1762-1835). General de brigada desde el año 1806, caería prisionero el 21 de julio de 1808, después de la rota de Bailén.
[4]Diccionario RAE: Sombrero de teja. Sombrero de canal, 1. m. sombrero usado por los eclesiásticos, que tiene levantadas y abarquilladas las dos mitades laterales de su ala en forma de teja.
[5] Nació en Valdepeñas, el 24 de abril de 1788. Acabaría organizando su propia partida en la inmediata Cañada de los Frailes, con la que realizó más de 75 acciones contra los franceses. Castaños le nombró Coronel, y siempre fue un luchador por la independencia y libertad, lo que acabaría llevándole al cadalso el 21 de septiembre de 1827.
[6] Archº parroq. Libro 21 de Bautismos, fº 44vº. Juana María Gabina Galán y Heredia, nació en Valdepeñas, el 25 de octubre de 1787. Por su comportamiento durante la defensa de Valdepeñas, sus vecinos la dieron el apodo cariñoso de “La Galana”. Falleció el 24 de septiembre de 1812. Libro de Difuntos que principia en 18 de Agosto de 1805, fº 282.
[7] Emplazado en el anteriormente denominado Servicio Histórico Militar.
[8] Por si alguno creyera que exageramos los excesos cometidos por los franceses, vea lo que dice un historiador de su misma nación, Thiers, que por punto general procura contar muy de pasada todo lo que puede desfavorecerle. «El combate, dice, tardo muy poco en convertirse en perpetración de los más horribles excesos, y aquella infortunada ciudad, una de las más antiguas y más importantes de España, fue entregada al pillaje. Los soldados franceses, después de conquistar a precio de su sangre cierto número de casas, y dar muerte a los que las defendían, no tuvieron escrúpulo en ocuparlas y en usar de todos los derechos de la guerra, saqueándolas y cebándose más principalmente en artículos de consumo que en objetos de valor para llenar sus mochilas...»- En esto último falta a la exactitud el historiador francés, puesto que registradas más adelante en Cádiz las mochilas de aquellos soldados cuando estaban prisioneros, se hallaron en ellas multitud de alhajas cogidas en las casas, así como de vasos sagrados arrebatados de los templos.
«Bajaron (continúa) a las bodegas abundantemente provistas de los mejores vinos de España, destaparon a culatazos las cubas e hicieron tal destrozo, que algunos de ellos se ahogaron en el vino vertido de los toneles. Otros se embriagaban en tales términos que mancillaron el brillo del ejército francés, arrojándose sobre las mujeres, y haciéndolas sufrir todo género de ultrajes… Lo que allí ocurrió fue verdaderamente un espectáculo doloroso, el cual produjo las más tristes consecuencias por el eco que hizo en España y en toda Europa… Si una columna de tropas enemigas hubiera retrocedido en aquel instante a la ciudad, hubiera cogido a toda nuestra infantería dispersa, sumida en la embriaguez, y entregada al sueño o a los excesos más desenfrenados, etc.»