Batalla de SOMOSIERRA. 30 de noviembre de 1808
Recopilatorio por Lynsi Oflodor


Plano de la batalla de Somosierra
Plano de la batalla. Pinche para ampliarlo

Las tropas napoleónicas, salvo la sorpresa de Bailén y poco más, apenas habían encontrado resistencia por parte de las tan irregularmente formada durante los precedentes y las iniciales operaciones militares, tanto por sus cuadros como por la tropa de aquellos ejércitos regulares españoles, que como Armada invencible fueron a estrellarse en las acciones del día 10 de noviembre de 1808 en dos frentes distintos, aunque cercanos: Espinosa de los Monteros y Gamonal, o también ésta última conocida como batalla de Burgos, ambas en tierras burgalesas, donde las mayormente bisoñas tropas españolas se vieron superadas por el ímpetu y la disciplina de las acrisoladas águilas galas, y de cuya doble rota se originó la dispersión de los ejércitos españoles de Extremadura y de la Izquierda, que en parte culminará en las operaciones del siguiente día 23, con una nueva derrota, esta vez en Tudela, a pesar de que sus generales eran expertos y acreditados soldados, Castaños y Palafox. Estas derrotas no obstante posibilitaron que de aquella atomización de hombres huyendo o replegándose a las tierras que conocían o intuían podrían ser un buen refugio, surgieron no pocos patriotas que a la vista de lo sucedido optaron por proseguir luchando, pero, a su manera. Espinosa, Gamonal y Tudela fueron los crisoles donde se fundieron las inimaginables y gigantescas figuras de aquellos Porlier, Amor Pisa y tantos otros guerrilleros que plantaron cara a quienes pretendían apoderarse de España con el beneplácito de sus Reyes y responsables políticos. La única salida que encontraron los patriotas para liberar a la península Ibérica fue la lucha individual, la guerrilla que ennobleció el carácter español, tan desacreditado por sus monarcas y subsiguiente camarilla de ganapanes políticos.

Con esos éxitos iniciales, Napoleón tenía prácticamente expedito el camino hacia Madrid, puesto que el Ejército regular español no contaba con los cuadros precisos, tal y como se había patentizado ya, y aunque el desconocimiento de la realidad española, del carácter español, no le permitió atisbar a Bonaparte que aquellos cuerpos deshechos, mal alimentados y peor vestidos, aunque derrotados una vez, contaban con una tierra y unos riscos abonados con la sangre de quienes ya habían sabido sacrificarse, y de donde germinaban de inmediato en multiplicada semilla los miles de hombres, mujeres y niños ávidos de defender su terruño. Prácticamente los ejércitos regulares españoles se habían desvaído dispersos por los más recónditos lugares, agrupándose sus componentes y dando paso al mayor y más valiente Ejército que se formó en la Europa de entonces: los guerrilleros. Creadores los ibéricos de un modo de lucha heredado de sus ancestros, y como algo que prueba su ausencia, su desconocimiento en otras naciones, fue que los beligerantes extranjeros: franceses, británicos, para denominar aquel espécimen español, que harapiento, desarmado y en muy escasas ocasiones jinete de esquelética cabalgadura, se enfrentaba al enemigo sin pensárselo dos veces, concluyeron todos en que la única palabra que podía describir aquello de lo que eran testigos, era la misma palabra española que ellos empleaban: Guerrillero y guerrilla.

Una multitud de españoles de toda condición se reunían para formar las más belicosas tropas a las que se enfrentaría Napoleón, pues por ningún otro lugar de los que había sometido por Europa, surgió respuesta como la popular española. Gentes de toda condición, competían por organizarse en pequeños o grandes grupos con los que acosar al extranjero, culminando en famosos capitanes como fueron: el agricultor Espoz y Mina, el cura Merino, el médico Palarea, el marino Porlier, y tantos y tantos otros, a los que la historia recuerda y otros muchos, la mayoría, miles de hombres y mujeres de toda edad, que dentro de sus posibilidades hicieron lo posible por que el tránsito por España fuese lo más fugaz posible, como así sería, pues aunque con una duración de seis años, nunca en ese tiempo los franceses se sentirían seguros en nuestra península Ibérica.

El largo sendero que seguían las tropas españolas que huían desde Aranda en busca del amparo que suponían iban a encontrar en el seno del Ejército del Centro, les llevó por el Camino Real que conducía a las montañas que protegían inicialmente a la Corte madrileña, refugiada tras aquella cadena montañosa del Sistema Central, donde entre la parte comprendida por la Sierra Cebollera y la peña del Barrancal se encontraba el paso de Somosierra, no por ello fácil de rebasar, máxime en una época en la que las fuertes rachas de viento, la lluvia y la nieve, dificultaba la marcha, muchas veces inclusive bajo espesas nieblas, pues el paso se hallaba a unos 1.400 mts de altitud, bajo la vigilancia de sus permanentes guardianes, la enhiesta Peña Cebollera con sus 2.129 metros de altura y El Barrancal con sus 2.160 metros. Hacia allí precisamente, hacia las estribaciones del macizo de Somosierra estaba llegando también la vanguardia española, que mandaba el general Benito San Juan, que con una fuerza de unos 12.000 hombres había recibido de la Junta el encargo de frenar a los franceses. Sus tropas estaban compuestas y distribuidas del siguiente modo:

1er Regimiento de Infantería Voluntarios de Madrid...............................1.500 plazas
2º Regimiento de Infantería Voluntarios de Madrid................................1.500 Id.
Regimiento de Infantería Jaén (2 batallones).......................................1.300 Id.
Regimiento Corona (1º y 3er batallones).............................................1.039 Id.
Regimiento Córdoba.......................................................................1.300 Id.
Regimiento Badajoz (2 batallones).....................................................566 Id.
Regimiento Irlanda (Batallones 1º y 3º)..............................................1.186 Id.
Regimiento Reina (2 batallones)........................................................927 Id.
Regimiento Guardias Walonas (4 compañías).......................................500 Id.
Regimiento Provincial de Toledo.......................................................500 Id.
Regimiento Provincial de Alcázar de San Juan.....................................500 Id.
Batallón 3º de Voluntarios de Sevilla.................................................400 Id.
En total la Infantería contaba con:11.218 plazas
 
2 batallones del Regimiento de Caballería del Príncipe...........................200 plazas
Regimiento de Caballería Alcántara...................................................100 plazas
Regimiento de Caballería Montesa....................................................100 plazas
2 escuadrones del Regto de Caballería Voluntarios de Madrid.................200 plazas
Total la caballería:600 plazas
 
Regimiento de Artillería (22 piezas de diversos calibres), dotada de.........200 plazas

Mientras en Madrid, los días pasaban sin que nadie pareciese apresurarse a organizar, completar y distribuir las tropas que habrían de formarse para luchar contra los franceses, salvo en las cuestiones domésticas de “opereta”, entre otras aquella inoperante y nunca llevada a la práctica, formación militar a la que pomposamente acababan de bautizar con el significativo nombre de “Ejército de Reserva entre Madrid y los Puertos”, que definía claramente cual habría de ser su ámbito de actuación, puesto bajo el mando del general Francisco de Erguía, y con el que se esperaba no tan solo frenar el impulsivo avance napoleónico, sino vencer a aquella hasta entonces máquina infernal, que después de desarrollarse por los campos de batalla de Italia, Alemania, Dinamarca, etc., buscaba hacer lo mismo con los de la península Ibérica. Las tropas francesas tan avezadas en el combate, consideraban el “asunto español” como uno más entre los cientos de acciones llevadas a cabo por toda Europa y África.

Napoleón llegaba a España después de haberse entrevistado en la localidad alemana de Erfurt con el zar Alejandro I de Rusia, en una operación estratégica con la que esperaba asegurarse la tranquilidad den Europa, mientras se dedicaba de pleno a la península Ibérica, habiendo asegurado el día 19 de octubre ante el Cuerpo legislativo, que “Partiré dentro de pocos días para ponerme personalmente a la cabeza de mi Ejército y, con la ayuda de Dios, coronar en Madrid al Rey de España, y plantaré mis águilas sobre los fuertes de Lisboa.” El 29 de octubre salía nuevamente de París y por eso ahora, un mes después, finalizando noviembre, bajaba Napoleón hacia la meseta con los hombres de su 1er Cuerpo de Ejército, la Guardia Imperial y la Reserva de Caballería, parándose el día 28 de noviembre en Aranda, dejando que la vanguardia le informase acerca de lo expedito que se hallaba el camino, y así sin mayor contratiempo se reunirían con el mariscal Víctor, encargado de la avanzada que quizás antes de tiempo alcanzaba el que sería primer hito del paso de aquella cordillera, tras la que se amparaban las esperanzas españolas, esperando que en Somosierra se frenarían las intenciones del Emperador, y por momentos así sucedió ya que este hubo de modificar sus planes en la imparable marcha, reorganizando la disposición de su vanguardia, situando en ella dos regimientos de Fusileros de la Guardia Imperial, que apoyados por doce piezas de artillería al mando del general Savary, irían abriendo el paso al resto del restante Cuerpo de Ejército francés. Entretanto, al anochecer de ese día, el general Víctor establecía temporalmente el cuartel general de su Cuerpo, en Cerezo de Abajo. Concentrados por tanto la caballería ligera polaca y las seis compañías de infantería, la división Milhaud, seguida de la división del mariscal Lefebvre marcharía oblicuamente hacia Segovia, sin perder nunca la vista de la cadena montañosa del Guadarrama. Lasalle con el 10º de cazadores a caballo vigilaba desde el día 19 todos los movimientos de aquellas inmediaciones, controlando en todo momento la situación de los soldados del general San Juan, que se hallaban asentados en el caserío de Sepúlveda y el desfiladero que llevaba al paso de Somosierra.

Entre las tropas que habían llegado a España con Napoleón se encontraban unos jinetes de aspecto muy diferente a los franceses, tanto por sus atuendo, como por su aspecto físico y especialmente por su comportamiento, pues eran hombres que hablando en lengua muy desconocida, se sentaban a discutir con facilidad entre ellos, mientras apuraban grandes jarras de bebida, mientras articulaban con sus brazos más que los españoles, a mayor volumen de voz y con tonos más desafiantes, incluso entre ellos. Uniformados muy vistosamente, estaban provistos de grandes y afilados sables, y en sus movimientos de instrucción evolucionaban violentamente sobre sus caballos con enorme destreza y aquel bonito uniforme. Eran los polacos de aquel Cuerpo que en nombre de Napoleón había creado el mariscal Berthier, según Decreto del 7 de abril de 1807 en el naciente Gran Ducado de Polonia. El Regimiento de caballería ligera de la Guardia, con cuatro escuadrones, y formado a base de jinetes de determinada condición social, lo que les hacía llevar una vida de dispendios, que por su origen denotaban que más eran aventureros que hombres necesitados de una soldada, puesto que inclusive tenían que comprarse los uniformes, armas y montura, sin que se admitiese como en España podía suponerse, que aquellos soldados presentasen una extraña y variopinta estampa. No, la uniformidad era perfecta y respondía a la exigida por los reglamentos franceses para aquel Cuerpo. Con al rapidez se formó el Regimiento, que el 16 de junio ya salían desde Varsovia en dirección a Chantilly, en los alrededores de París, lugar donde iban a disponer de su acuartelamiento.

Su valor fue demostrado hasta la saciedad en pocas intervenciones en España, pues enseguida fue llevado a luchar en el resto de Europa. Aquí solamente participaron en una escaramuza en Medina de Rioseco, el 14 de julio, en el primer sitio de Zaragoza, la batalla de Somosierra

Para el día 27 los hombres de Lasalle, desde la pequeña localidad de Boceguillas seguían los movimientos que hacían los españoles, mientras miraban y pensaban en aquella difícil subida que serpenteaba hacia el paso de Somosierra, aventurándose las conjeturas relativas a lo difícil que sería su ataque, en posición desfavorable, subiendo fatigados, posiblemente con las persistentes nieblas que por otra parte pueden favorecerles en sus movimientos. Todo era una duda, pensando especialmente en que los españoles habrían preparado su defensa. Todo en realidad hipotético, pues tal como aun hoy podemos imaginarnos a poco que seamos capaces de dibujar en el espacio, el acceso a aquellos lugares por los que hace doscientos años se movían los hombres de las dos naciones beligerantes, iba a ser muy difícil a poco que se lo propusiesen los españoles.

Paso del puente de Somosierra
Paso del Puente de Somosierra

Era Somosierra el mejor paso que había en el Camino Real para alcanzar desde Burgos la ansiada Corte madrileña, a pesar de que hubiese que hacerlo después de haber alcanzado casi una altitud de 1.420 metros en el serpenteante tránsito de aquel estrecho paso de montaña, que tenían a sus lados como imponentes torreones vigilantes, el macizo de La Cebollera con sus 2.123 metros y el Cerro Barrancal con 2.160 metros. Por este estrecho paso tendrían que pasar los franceses, después de tener que subir por empinadas laderas por las que zigzagueaba el camino y donde era previsible que los españoles se reforzasen ante la inminencia del ataque que iban a presentar los soldados napoleónicos.

La división de caballería de Lasalle estaba formada por el 9º regimiento de Dragones y la Caballería Ligera polaca, que habían marchado el día 15 de noviembre desde Gamonal en dirección a la localidad de Aranda. Un destacamento de Dragones francés de esta unidad se encuentra el día 17 en el desfiladero de Honrubia, a los que enfrente se le oponen unos 60 hombres a caballo de los desperdigados lº y 2º de Húsares de Extremadura, que por allí vivaquean después de haber logrado sobrevivir a la batalla de Gamonal. La escaramuza es breve y de ella salen los franceses con algunas pérdidas, no cuantificadas. Algo más atrás, el resto de las fuerzas españolas ocupan emplazamientos en términos de Somosierra y Aranda, aparentando por su disposición y la confianza que muestran en sus movimientos, ser la vanguardia de un considerable contingente militar, por lo que Napoleón al ser informado de ello, sospecha que efectivamente se va a enfrentar a fuerzas considerables. La realidad es que enfrente sólo están los hombres del general San Juan, frescos en cuanto a que al no haber llegado a tiempo para participar en Gamonal, debido a su retraso en la marcha y que, aunque parezca mentira, aparentaban no haberse enterado de que se les aproximaba el propio Napoleón Bonaparte, al frente de la Guardia Imperial, del Ier Cuerpo de Ejército, mandado por el mariscal Víctor y las divisiones de dragones de La Houssaye, Latour-Mabourg y Milhaud, así como la siempre impresionante y lucida caballería de Lasalle. El movimiento que hace Napoleón abre un extenso abanico con el que protege su ala izquierda, al tiempo que por su derecha va vigilando las avenidas por las que pueden intentar infiltrarse sus hombres en busca del ansiado paso.

Situado el general Trías en Sepúlveda con una fracción de la 3ª división del casi desaparecido Ejército de Extremadura, su presencia en aquel lugar influiría en que los franceses no se aventurasen por las estribaciones de aquel lado del macizo de Somosierra, puesto que un intento por el Oeste dificultaría el acceso a las vías de Pradeña o de Pradeñilla, especialmente sabiendo que hacerlo por el Este no cabría, debido a las insuperables formaciones geológicas que iban desde la Sierra de Cebollera hasta La Pinilla. San Juan con sus hombres, llega el día 18 y va situándose en las inmediaciones de Somosierra, reconociendo el terreno, pero no decidiéndose a realizar fortificaciones, quizás por haber confiado excesivamente en las ventajas del terreno, al tiempo que va sufriendo la sangría de destacar guarniciones a otros lugares de los que es previsible que los franceses intenten apoderarse.

En el campo francés, después de haber informado Lasalle al Emperador, este ordenó al general Savary, que al amanecer del 28 atacase la guarnición de Sepúlveda, sin saber a ciencia cierta el número de hombres y Cuerpos que allí se habían concentrado, y que eran de lo más variopinto: Del regimiento de Irlanda, dos batallones; del de Jaén, dos batallones; Guardias Valonas, un batallón; Montesa un escuadrón; Alcántara dos escuadrones, además de seis piezas de artillería hostigándoles en lo posible, pero sin mayores consecuencias. Fue sin embargo este ataque, el que indudablemente constituiría la primera parte de la batalla de Somosierra, puesto que no fue como intentarían hacernos creer los historiadores franceses de la época, una simple descubierta. Fue un ataque en toda regla con importante despliegue militar en torno a una plaza que se pretendía asediar y tomar.

A eso de las seis de la mañana los franceses en número de unos 4.000 de infantería, 1.500 de la caballería de Lasalle, atacaron la guarnición, formada por unos 3.300 infantes, 300 jinetes y un centenar de artilleros, con emplazamiento de cuatro piezas de artillería de sitio, aunque alertados los españoles del general Jean Marie Joseph Sardeñ, coronel efectivo del regimiento de Montesa, francés de origen, pero al servicio de España, lograron sostener la plaza, y tras cuatro horas combatiendo encarnizadamente, los españoles rechazaron el ataque, aunque algunos Cuerpos con graves pérdidas, tal como sucedió al de Alcántara que al final de la lucha había perdido cuatro oficiales, dos Cadetes y 60 hombres de otras clases, algunos de los cuales quedaron prisioneros de los atacantes. Otro Cuerpo que se distinguió grandemente durante la defensa fueron los dos batallones del regimiento de Jaén. Desde allí, pasado el ataque, y aprovechándola noche y previendo un posible nuevo ataque, el general Sardeñ se encamina con su división a Segovia, pues sabe que con su escasa fuerza no podrá resistir otro ataque y aquel es el único camino en que los franceses no han desplegado fuerzas, uniéndose al general Frías que allí seguía. El general Heredia con unos 2.000 hombres, restos del Ejército de la Izquierda, iría dejando puestos avanzados sobre los montes de Santa Cruz, cubriendo de un modo poco efectivo la sierra de Guadarrama hasta la de Navacerrada, lo que constituía una táctica en arco defensivo tan descabellada, que quizá fue interpretada por los franceses de un modo que los generales españoles nunca barajaron: posiblemente los franceses creyeron en fuerzas muy considerables, y por esta razón evitaron avanzar ya a Somosierra.

Había llegado Napoleón al mediodía siguiente a Boceguillas, y tras haber observado el terreno que tiene entre él y las cumbres de Somosierra, mira hacia atrás y ve a los 40.000 soldados que mandaban los mariscales Bessieres y Víctor, imaginándose que para esta operación pocos le harán falta.

Conforme al plan establecido, a partir de las once de la noche del día 29, los españoles se habían ido replegando hacia el macizo de Somosierra, por el camino que iba por la derecha en paralelo al río Duratón, pasando a la otra margen del río por un pequeño puente de piedra y luego prosiguiendo en la subida al puerto, donde situó una batería de artillería de diez piezas. A lo largo de los 3 kilómetros y medio que hay entre el puente y el paso, se habían instalado el resto de baterías, hasta quedar en cuatro líneas progresivas, y así, durante la penosa subida con muchos recodos que en el zigzagueo ayudaba a superar la dura pendiente, tras cada recodo fueron colocando baterías, más o menos a 600 ó 700 metros unas de las otras, aunque siempre desenfiladas. A un tercio del paso se encontraba una pequeña capilla (hoy dedicada a la Nuestra Señora de la Soledad, en la que se ha puesto una placa conmemorativa del heroico hecho protagonizado por nuestros oponentes los jinetes polacos), hacían por otra parte muy defendible aquella posición, siempre y cuando se contase con las plazas suficientes para vigilar todos los puntos por los que podrían forzar los franceses aquellos puestos. Lo triste del caso y por ello para nosotros muy comparable a lo que haría Sir John Moore en su recorrido por los vericuetos de Piedrafita del Cebrero, el general San Juan no aprovecho el terreno todo lo bien que debería hacerlo, afianzándose como podía por medios y tiempo, puesto que su espalda estaba protegida por la infranqueable cadena montañosa, y ni aprovechó los días de que dispuso desde su llegada hasta que tuvo lugar la batalla, para intensificar, realmente con poca obra, t así fortificar posiciones, abrir zanjas y en definitiva aprovechar lo favorable de su posición inicial, en contra de quienes tenían todo muy difícil, pues tendrían que avanzar monte arriba, por caminos muy difíciles al tiempo que a su esfuerzo sobrehumano tenían que unir una suerte excepcionalmente favorable. Para llegar allí desde Boceguillas, las tropas habrían de recorrer unos 16 kilómetros para llegar al primer caserío, llamado Cerezo de Abajo, comienza allí verdaderamente la ascensión y sobrepasada una planicie intermedia, donde estaba la Venta o Mesón de “Juanilla” y hacia el Oriente la cercana aldea de Santo Tomé, llegándose hasta el arroyo de la Peña, donde comienza la penetración por el desfiladero que ya alcanzaba fuerte inclinación, viniendo a continuación un puente a través del cual se pasaba a la margen izquierda del río, por terreno muy rocosos y donde a poco se alcanza la vieja ermita y el caserío de Somosierra, punto en el que se reparten las aguas provenientes de la montaña en los arroyos de Pilozano y el Lozoya, de donde llegarán a los ríos Duero y Tajo.

Grabado de Somosierra

Lo exiguo del número de soldados con que finalmente contaba el general San Juan no le permitían ya muchas alegrías, pues después de repartir sus hombres, se quedó con menos de 8.000 hombres, que no bastaban para cubrir los puntos de aproximación de un modo propicio, máxime cuando por la incapacidad preventiva del mando, los soldados tendrían que enfrentarse casi a pecho descubierto, cuando el lugar podía haber sido convertido en inexpugnable bastión a poco que se hubiesen realizado pequeñas obras. Dejó San Juan dos batallones apostados tras el puentecillo de piedra que permitía traspasar las orillas del río Duratón, apoyados por una batería de dos piezas de artillería. Unos metros por delante del puente, cerca del viejo molino de la Saceda, San Juan ordenó abrir una zanja con pretensión de ser un foso, que resultase un freno para el paso de la caballería y la artillería francesa; con la tierra que extrajeron del foso, los españoles construyeron una no muy elevada barricada de tierra, tras la que se refugiaban tanto los infantes como los artilleros españoles que defendían el puente.

Desde aquel primer puesto, el camino iba por la cuesta del Molino, ascendiendo por el Prado Nuevo, en busca de la Ermita de la Soledad. Subieron los españoles la artillería, repartiéndola como ya dijimos a lo largo del camino, emplazando la última batería, de diez piezas, en el punto más alto de aquellas escabrosidades, a la entrada del angosto paso de Somosierra, no muy distante de la ermita y junto al único parapeto que se preparó a base de piedras, en un intento de batir y controlar desde allí todo el terreno que tenían ante si los españoles.

Napoleón, mucho más avezado que San Juan a aquellas lides, solo necesitó una ligera ojeada al terreno para darse cuenta de cuales eran los puntos débiles de aquella defensa que el General español intentaba organizar.

Bonaparte había ordenado que el coronel Lejeune avanzase reconociendo el terreno, y éste a poco de haberlo iniciado, envía un mensaje informando de que sin mayor dificultad ha logrado alcanzar el puente, sin mayor impedimento por parte de las tropas españolas, y que aunque la entrada esta inservible, tratará de que los zapadores lo restauren para el paso de la caballería. Ordena a sus edecanes que comiencen a mover a sus hombres y de este modo, a las siete de la mañana, el mariscal Víctor, desde Cerezo de Arriba inicia el silencioso avance bajo una impresionante niebla que inicialmente les protege y apoya, siendo sus componentes los regimientos de la división Ruffin, 9º de Infantería Ligera por la derecha, y el 24º de Línea por su ala izquierda, los que van logrando avanzar, ganando las alturas aunque por los flancos de la vía principal, por la que iba el 96º regimiento, atento a servir de apoyo en el momento preciso a aquellos otros dos que le precedían, en su retaguardia los cuatro escuadrones de caballería ligera polaca del general Le Brun. Ellos, los del 96º contaban con el apoyo de seis piezas artilleras del Regimiento de la Guardia que le seguían, y que pronto tendrían que adelantarse, debido a que los del 96º llegaban al puente de piedra, y nada más sobrepasarlo en número suficiente, fueron barridos por la artillería española, que causó heridas a su coronel Cales, a los capitanes Duclós y Vadermaezen y muchos soldados, por lo que durante un tiempo son retenidos en la marcha por la densidad de fuego desplegada, retrasándose por ello la continuidad de la marcha. Apresuradamente los franceses adelantan dos de sus piezas, emplazándose por orden del general Senarmont, tras la protección del pretil del puente, tratando de batir a los servidores españoles que trataban de impedirles la marcha.

Lo mismo que en Piedrafita, todo fue muy sencillo para los franceses, que alcanzaron las cumbres sin mayor oposición, sufriendo muy escasas bajas, que ni llegaron a desmoralizar a quienes precavidos y temerosamente hubieran iniciado el ataque de aquella imponente montaña. Aquel logro podía suponer la victoria final, puesto que en cuanto aquellos dos regimientos se repusiesen de la fatiga y desasosiego de la marcha, podrían iniciar un ataque desde la cumbre cogiendo a los desprevenidos españoles entre dos fuegos. Tan bien le iban saliendo las cosas a Napoleón, que ni tan siquiera quiso esperar a que esto sucediese, conocedor de que una sorpresa puede dar al traste con el mayor poderío defensivo, y él contaba con el secreto de aquellos desordenados y elegantes jinetes polacos.

Sorprendidos en parte los españoles por sus flancos, a pesar de ello se defendieron formidablemente, impidiendo el avance de las líneas napoleónicas, que a pesar de las bajas no progresaban un ápice en su avance.


1er Regimiento de Lanceros Polacos
1er Regimiento de Lanceros Polacos. Funcken en "L'uniforme et les Armes des soldats du 1er Empire", nº 2.

Napoleón no podía consentir aquel retraso, especialmente por hallarse él presente en aquel ataque, por lo que mirando de soslayo a los Cuerpos que tenía detrás, conociendo la gran arma psicológica que era la caballería, especialmente “sus polacos”, les gritó a aquellos maestros en el manejo del sable a caballo:

¡Polonais, prenez moi cez canons! (¡Polacos, capturadme esos cañones!)

¿Qué más iban a esperar los jinetes polacos, si aquello era lo que ansiaban? Eran unos soldados que vivían para morir, conscientes de que su sacrificio podía protagonizar la victoria final.

El Comandante del 3er Escuadrón, el coronel Krasinski por hallarse enfermo no se hallaba presente, por lo que le sustituía en el mando el que lo era del 2º Escuadrón, el coronel Jan Leon Hipolit Kozietulski, secundado por el oficial agregado francés al 3er Escuadrón, Pierre Dautancourt, el cual se quedó en segunda línea de avance a cargo de los tres restantes escuadrones polacos (1º, 2º y 4º). El escuadrón elegido lo fue simplemente por estar ese día de servicio, el ataque inicial que ordenaba Napoleón lo realizaron las 3ª y 7ª Compañías al completo, con sus dos pelotones cada una. Aquella (suponemos) impresionante formación de 216 jinetes a galope tendido, iniciaron su impetuoso ataque progresivamente, pues lo angosto del camino impedía mayor amplitud en el frente, por lo que solamente podían avanzar en columna de a cuatro. Los polacos se habían aproximado cautamente protegidos por la niebla hasta menos de un kilómetro de la primera línea española. Cuando estaban a unos 300 ó 400 metros, picaron espuelas e iniciaron un impetuoso y firme ataque, que solamente fue frenado unos instantes por el fuego de la artillería española, que casi a bocajarro echó por tierra a los primeros jinetes polacos, que en muchos casos serían rematados por los disparos de los fusiles que a ciegas daban en el blanco, como fue en el caso del teniente Rudowski o laceraban aun más los cuerpos de los caídos. Abierta la brecha en la formación por las numerosas bajas, no por ello se amilanaron o hicieron movimiento de repliegue alguno los restantes jinetes, pues repuestos de esa primera descarga y animados por sus oficiales, prosiguieron en su avances sorteando los cuerpos de los hombres y caballos caídos, pues era el único impedimento que hallaban en su valiente carrera hacia la primera batería española, ya que la zanja abierta se batía perfectamente en un salto por aquellos avezados jinetes polacos.


Aun faltaban unos 125 metros para llegar y los artilleros españoles se apresuran para cargar nuevamente sus cañones. Kozietulski sobre su montura empuja a sus hombres llevándoles a saltar sobre el baluarte español, estableciéndose una lucha entonces ya sin igual, pues esta segunda descarga que iba a metralla, ya no llegó a dispararse, y los polacos sobre sus caballos manejaban con excepcional destreza aquellos sables con los que se constituían en terrible arma refulgente en el amanecer de Somosierra, matando a la mayoría de los artilleros, escapando algunos otros, dejando la posición en manos de los polacos que sin parar prosiguen en su rápido avance ni se detienen, sabiendo que tras ellos llegarán sus compañeros desmontados y la infantería que irá asegurando las posiciones.

Entre la primera batería y el camino que ahora recorre Kozietulski y sus hombres, se les une en ese instante el pelotón del teniente Niegolewski que se había quedado recuperando los polacos que habían sido descabalgados y estaban aptos para proseguir en la lucha. Tras él venían aquellos valientes jinetes, transformados ahora en émulos de la infantería, con la que colaboraban a la ocupación del terreno. El terreno era difícil pues a ambas márgenes del camino se hallaban apostados fusileros españoles que hacían descargas intermitentes, dando cuenta de un buen número de jinetes, cuando aun no se veía la segunda batería que los españoles habían situado en la revuelta del camino, y cuando esta bramó solamente cayeron dos o tres polacos, uno de ellos el teniente Krzyzanowski, mientras que la fusilería echa por tierra el caballo del coronel Kozietulski, quedando este bajo su montura en difícil posición, aunque solamente contusionado, por lo que prosigue entremezclado con los hombres que corriendo avanzan por el camino. Esta vez la toma de la batería ha sido a menor costo de vidas, quizás debido a lo mal emplazada que estaba la artillería, con relación al eje del camino.

Relevado forzosamente en el mando Kozietulski, el capitán Dziewanowski es quien tomará la responsabilidad de proseguir en el ataque a la tercera batería, acompañado siempre en primera línea por el teniente Niegolewski. Con relativa sencillez tomaron esta posición y prosiguieron en su impetuoso avance, camino de la cuarta batería. Quizás porque el terreno era algo más abierto, los jinetes se dispersaron un poco más, por lo que aquella andanada de artillería que lanzaba la tercera batería alcanzó a los que iban a la cabeza del ataque, el capitán Dziewanowski, cayó con una pierna y un brazo destrozados, mientras que a su edecán, el teniente Rowicki, le cercenó la cabeza, mientras que muchos de los hombres de la 3ª Compañía quedaron muertos o heridos por aquella descarga a cero y las descargas cerradas de fusilería de los infantes españoles, mejor apostados que en los anteriores puntos de aquel largo y tortuoso camino ascendente hacia el paso definitivo a Madrid. Dziewanowski falleció varios días después en un hospital de sangre madrileño.

Pocos eran ya los jinetes polacos que quedaban sobre sus monturas, y que sin mirar a los lados, ni atrás, seguían siete minutos después de iniciada la carga, con igual ímpetu a cuando empezaron, encabezados ahora por el capitán Piotr Krasinski. Prácticamente reducidos por los españoles a algunos hombres de la 7ª Compañía y algunos jinetes que sin montura corrían sable en mano, aun así lograron tomar esta tercera batería, a costa entre otros del propio Kransinski que resulto herido en la cabeza.

El reto mayor era ahora, pues ante aquellos 38 jinetes polacos que se acercaban al galope se encontraba la cuarta batería, la más numerosa en piezas y hombres, ¡La inconquistable! Uno de los primeros en caer ante él es el capitán Krasinski; otros soldados caen y Niegolewski, como un coloso continúa mandando su pelotón, por fin logran llegar a la línea de artillería y saltando sobre sus piezas la rebasan y penetran en las defensas españolas. Entre los que lo logran está Niegolewski, un joven corneta de dieciocho años, de nombre Marc Amboise, francés de origen pero encuadrado en la 7ª Compañía polaca y el sargento Sokolowski. Cuando Niegolewski evolucionaba en torno a una de las piezas, un disparo hace blanco en su caballo y cae sobre el jinete, al que los españoles tratan de rematar disparándole y dándole nueve bayonetazos y un golpe de sable, dejándole por muerto, los soldados españoles ante tan poca fuerza, pasado ese primer instante terrorífico de ver volar los sables sobre sus cabezas, se rehacen e intentan tomar la batería, lo que consiguen, obligando a los pocos polacos y franceses a replegarse hacia la tercera batería, que estaba ya en poder de sus tropas, por lo que tomando nuevo ímpetu al ver aproximarse a los coraceros del 96º y parte del 1er. Escuadrón polaco que por previsión de Napoleón les siguen en su apoyo y a no mucha distancia, los jinetes del 3er. Escuadrón polaco vuelve a sorprender a los fusileros españoles, que a pesar de las descargas no pueden soportar la segunda avalancha polaca, esta vez conformada por unos doscientos jinetes, mandados por Lubienski, que han encontrado menores impedimentos en sus avances, a pesar de que aun persisten los disparos intermitentes por los españoles que se encuentran apostados por la montaña.

Niegolewski recibió la Legión de Honor el 10 de marzo de 1809 [1], cien días después de haber ocurrido los hechos que motivaban aquella concesión.


asalto de los Lanceros en Somosierra, por Maffet, 1839

Lubienski reorganiza con rapidez los restos del 3er Escuadrón (durante el combate este Escuadrón tuvo 57 muertos y 24 heridos), uniéndolo al 2º y 4º, persigue a los restos de los soldados españoles hasta Buitrago.

Realmente aquella carga fue absurda, temeraria y posiblemente inútil, pues de todos modos se hubiese logrado rebasar las posiciones españolas, con más cabeza y muchas menos bajas francesas. La buena suerte sin embargo estuvo del lado de Napoleón. Los españoles no habían reforzado ni dificultado el acceso a las posiciones de sus soldados. Quizás los únicos atrancos, al menos los mayores que encontró la caballería polaca, fueron precisamente los que oponían los cadáveres de sus compañeros y de los caballos que yacían sobre el angosto paso que llevaba a las cumbres. Ante esa última batería fue donde cayó prácticamente todo el 3er Escuadrón de caballería ligera polaca, coincidiendo con el momento en que ya también desde las cumbres del Cordel del los Cambronales comenzaban a bajar los componentes de los regimientos 9º y 24º, que desplegados en pinza por las alas, lograron rebasar las posiciones españolas batiéndolas por la retaguardia, lo que motivó la desbandada y descontrol de los soldados españoles que atendían la última batería, huyendo despavoridos en todas direcciones, y muchos de ellos cayendo acribillados precisamente frente a los soldados franceses de los que pretendían escapar.

La brava carga de los lanceros polacos merece una especial admiración hacia unos soldados entregados totalmente a su obligación militar, cumpliendo el juramento que en su día habían dado al Emperador.

Los franceses una vez rebasada aquella estratégica posición, pudieron proseguir su camino hacia Madrid sin mayores quebrantos, desviando algunas fuerzas para que asegurasen los caminos por Segovia e inmediaciones.

El general San Juan, a pesar de las dos grandes heridas de sable que tenía en la cabeza, intentaba contener aun a sus tropas, pero ya nadie le escuchaba, al contrario que los polacos, aquellos hombres tenían apego a la vida, y por ello escapaban de una muerte segura. A la vista de la inutilidad de sus esfuerzos, también él se deslizó hasta Segovia donde estaba el general Heredia con los restos del Ejército de Extremadura. Durante varios días los pueblos de los alrededores y Madrid fueron recibiendo aquel rosario de soldados que se habían evadido de Somosierra. El general San Juan se viene diciendo que fue asesinado por sus propios hombres después de la recia pelea de Somosierra. Fue muerto en otras circunstancias muy distintas, que trataremos de incluir en este trabajo.

Conocida la capitulación de Madrid aquel 4 de diciembre en Chamartín, las fuerzas españolas que lograron evadirse de la capital se dirigieron por muchos caminos, entre los cuales uno de ellos, el mayoritariamente elegido fue el Camino Real de Extremadura, y luego, llegados a Talavera de la Reina fueron concentrándose allí un buen número de soldados, entre 7.000 y 8.000, a los que apresuradamente, como lo requerían las circunstancias, trataban de reunir y distribuir los generales San Juan y Heredia. Sin embargo era tal el desorden y la indisciplina, que el más confiado de estos generales, Benito San Juan, el día 7 de diciembre con ánimo de apaciguarlos se metió en medio de los alborotadores, confiando en todos le conocían bien. Sin embargo, algo salió mal y fue apresado por aquellos más exaltados, y a pesar de hallarse aun convaleciente de las graves heridas que recibiera en Somosierra, como era evidente, le dieron alevosa muerte, y no contentos aun con ello, le colgaron por los pies de un árbol, acribillándole a continuación con la más diversa fusilería, e inclusive apedreándolo. El general Heredia no corrió igual suerte por hallarse encarcelado por la Junta Central, desde el día 5, en virtud de la Causa que se le abrió por su comportamiento en las acciones anteriores.

 

 

BIBLIOGRAFÍA:

FIJALKOWSKI, Wieslaw Felix: La intervención de tropas polacas en el sitio de Zaragoza de 1808 y 1809. Zaragoza. Institución «Fernando el Católico»,1997. 176 pp.

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MADELIN, Louis: La campaña de España: Somosierra (1808). «Revue des Deux Mondes», en revista “Ejército”, núm. 35. M., 1942. Págs. 76 a 82.

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SAÑUDO BAYÓN, Juan José: ¿Qué pasó en el combate de Somosierra?. M. 1988. Servº Histº Militar. Revista de Historia Militar, núm. 64, pp. 141-168.



[1] Es mantenida la poética tradición o leyenda de que Napoleón observando el comportamiento del teniente Niegolewski, “... en pleno campo de batalla, y mientras era atendido por los sanitarios, Napoleón rodeado de su Estado Mayor le había entregado su propia medalla de la Legión de Honor.”

Linsy Oflodor