| Franceses | Aliados | Españoles |
| Drouet (9º cuerpo) | Brig. Gral. Crawfurd | Herrasti |
| Eble (Artillería) | Hill | |
| Fririon | Leigh | |
| Junot (8º cuerpo) | Wellington | |
| Lazouski (Ingenieros) | Cor. Trant | |
| Marchand | Cor. Lecor | |
| Masséna | Brig. Gral. Fane | |
| Mermet | Cor. Pack | |
| Montbrun (caballería) | Mayor Gral. Picton | |
| Mortier (5º cuerpo) | Tte. Gral. Spencer | |
| Ney (6º cuerpo) | Cor. Colleman | |
| Reynier (2º cuerpo) | Tte. Gral. Cole | |
| Sainte-Croix | Brig. Gral. Fane | |
| Soult | Tte. Cor. Meade (45º Regtº) | |
| Tte. Cor. Wallace (88º Rgtº) | ||
| Tte. Cor. Trench (74º Rgtº) | ||
| Tte. Cor. Douglas (Regtº nº 8 port. ) | ||
| Tte. Cor. Sutton (Regtº nº 9 port.) | ||
| Tte. Cor. Barclay (52º Regtº) | ||
| Tte. Cor. Beckwith (95º Regtº) | ||
Son bien conocidas las causas que motivaron la tercera invasión de Portugal por el ejército napoleónico, con todo, previamente, antes de entrar en el asunto principal, daremos una resumida nota acerca de aquellos hechos.
Tras la gran victoria de Wagran, Napoleón creyó haber batido completamente el imperio austriaco, cuyo aniquilamiento llegó a concebir en su audaz espíritu, cuando vio a los ejércitos enemigos derrotados y dispersos. Abstuvose por entonces de adoptar tan grave resolución, por consideraciones de alta política, contentándose en imponer a los vencidos duras condiciones, que posteriormente fue aliviando en ocasión de su matrimonio con la hija del emperador Francisco II, hasta entonces su enemigo declarado.
Vencida pues, Austria, pasó de enemiga a aliada por lazos de familia (según frases del Antiguo Régimen), casi aniquilada la Prusia y abatida la Rusia por sucesivas derrotas anteriores, nada en el continente europeo parecía oponerse a los ambiciosos designios del gran capitán del siglo, salvo España y tal vez Portugal, donde los británicos habían establecido la base de las operaciones de su ejército. Barrer a los británicos de la Península, noyer le léopard, como se decía en Francia, era para Napoleón objeto de la más alta ansia: sólo así podría batir a Inglaterra y establecer su colosal imperio.
Y en efecto: expulsó a los británicos de la Península Ibérica como ya lo estaban del resto de la Europa continental, era probable que llegase para ellos también la suprema necesidad de tener que reconocer el poderío napoleónico y de negociar la paz marítima, tan deseada por todas las naciones, sobre todo por la Francia. Por eso, vencida Austria en las planicies del Danubio en 1809, la primera vuelta de ojos de Napoleón fue para los ejércitos franceses que maniobraban al Occidente de los Pirineos, y principalmente para el ejército denominado de Portugal, por ser el que estaba destinado a combatir más directamente a los británicos, arrebatándoles su base de operaciones.
Para lograr un resultado de tanta trascendencia, era natural que el propio victorioso emperador se hiciese acompañar de la mayor parte de las fuerzas que por entonces parecía tener disponibles, y viniese a dirigir la guerra en la Península, donde, poco tiempo antes había experimentado la eficacia de su presencia, dando impulso a las operaciones, y que a pesar de tener que ausentarse inesperadamente en medio de ellas, no solo logró la dispersión de los ejércitos españoles, sino que obligó a los británicos a realizar una rápida retirada sobre la Coruña, perdiendo a su general y teniendo que acogerse al refugio de sus navíos.
No sucedió, debido a diversas causas que pueden explicar su ausencia personal. Primeramente Rusia a pesar de parecer estrechamente ligada a Francia tras la paz de Tilsit, no mostraba una actitud muy satisfactoria, dando lugar a que las tropas francesas disponibles fuesen menos numerosas de lo que a primera vista parecía, lo que motivaba que Napoleón no abandonase el centro de su Imperio, desde donde creía que mejor podía controlar todos los movimientos enemigos. En segundo lugar, no disponiendo de fuerzas totalmente arrasadoras, y conociendo la índole del pueblo de la Península, evitaría tal vez empeñarse personalmente en una campaña, la cual, a pesar del citado precedente no siempre daría lugar por la naturaleza del suelo, a grandes operaciones decisivas, que eran aquellas en que más sobresalía su incomparable ingenio. Finalmente, alguien dijo que el reciente casamiento con la nieta de los Césares, quizás pesase en su modo de proceder. Nosotros sin embargo consideramos que de nada valdría un motivo de esta naturaleza ante un espíritu tan eminentemente guerrero y que ante todo sentimentalismo ponía la ejecución de sus grandiosos planes.
Hay todavía otro motivo que podría apuntarse: el de suponer de que la campaña, aunque retrasada, tendría un fin favorablemente asegurado, sin gran necesidad de una intervención directa. No nos parece sin embargo, que Napoleón desconociese la gravedad de la empresa y de lo mucho que le convendría mandarla personalmente, debido a las rivalidades entre sus comandantes, que estaban volviéndola muy difícil, llegando estas diferencias a los más altos grados militares, que difícilmente obedecían unos a otros, considerándose iguales o más antiguos.
Parece pues, que las dos razones apuntadas como principales, sobre todo la primera, fueron las causas que impidieron que Napoleón viniese a tomar el mando de los ejércitos franceses que en 1809 ocupaban parte de nuestra Península. Mas no pudiendo o no queriendo entonces dejar Francia, mandó a su mejor lugarteniente, mandó al general que mayores éxitos tenían, y que junto a un gran mérito militar reunía una larga experiencia en todos los géneros de guerra, un general, en fin, a quien Dios había concedido ser tan feliz como el osado y valiente. Este general era Massena.
Efectivamente, el vencedor de Suwarow y del archiduque Carlos, el héroe de Rivoli, de Zurich, de Génova, de Caldiero, de Essling, etc., era, después de Napoleón, quien podría tener más autoridad en el mando, y por ello, capaz de neutralizar los efectos de las rivalidades que se habían manifestado entre los generales de los ejércitos franceses de la Península [1]
Gran rechazo mostró Massena en aceptar tan espinoso encargo. Afirmó que estaba cansado y viejo, recordó las rivalidades entre los generales que la comandaban y tal vez la mala voluntad con que le obedecerían, etc., pero Napoleón para todo tenía pronta respuesta, diciéndole que nunca lo había visto tan vigoroso como en la última campaña, que las rivalidades de los generales no podrían llegar hasta él; que todo el ejército le admiraba, y que si los otros eran mariscales y duques, él, además de príncipe de Essling, era sobre todo Massena. Finalmente, para decidirlo, le hizo ver que, poniéndose al frente del ejército de Portugal, iba, después de tanta gloria, conquistar otra todavía más grandiosa: la de establecimiento de la paz. [2]
Obtenido el deseado asentimiento, trató Napoleón de buscar con su lugarteniente, el mejor estado mayor que pudiese reunir. Para jefe nombró al general Fririon, que había pertenecido al antiguo ejército del Rhin, y, además de poseer vastos conocimientos, era muy hábil en la guerra tradicional; para el mando de la artillería mandó a Eblé, que después se llenaría de gloria en el paso de Berezin; a cargo de los ingenieros, Lazouski; para la caballería al heroico Montbrun, uno de los raros generales de esta arma.
Los cuerpos de ejército eran mandados por Ney (el bravos entre los bravos), por el sabio Reynier y por Junot, el cual a una gran bravura, unía su conocimiento del país que iba a ser teatro de la guerra.
Todos estos generales recibieron bien, al menos aparentemente, el mando de Massena, cuyo mérito militar nadie podía poner en duda. Con todo, Ney comenzó a manifestar cierto resentimiento por no haber sido él, quien fuese elevado a la honra de mandar aquel ejército, que se iba a oponer a los británicos. Aun así, servía de mucha mejor voluntad a las ordenes del héroe de Zurích, de lo que sirviera bajo las del mariscal Soult, de quien se juzgaba superior. El general Junot no podía, de modo alguno, tener rivalidades con Massena, de cuyo talento se distanciaba irremisiblemente, aunque también no dejaba de sentir despecho por su mando secundario en el ejército destinado a invadir Portugal, que él había gobernado casi como un soberano. Los generales Reynier, Fririon, Montbrun, etc., reconocían plenamente la autoridad de Massena.
Después de haber recibido las instrucciones generales de Napoleón, que siempre daba a sus lugartenientes, acompañadas de las mayores expresiones de consideración, partió Massena para Madrid, y de ahí para Salamanca, en Castilla la Vieja, a donde llegó con una pequeña comitiva.
Veamos ahora si podemos indicar con exactitud suficiente las posiciones y la fuerza de los dos ejércitos beligerantes (anglo-luso y francés), aunque esto sea difícil tarea, porque, en realidad, de los documentos oficiales no pueden extraerse elementos de confianza, siendo los propios generales los que comienzan exagerando sus efectivos y los de sus adversarios, según les convenga en cada caso. Decía Napoleón: “El arte de los grandes capitanes es divulgar y hacer creer al enemigo que sus fuerzas son inferiores”. Mas, compréndase, que esto debe de ser antes de las batallas, después acostumbra a ser lo contrario, tanto cuanto más [3].
Junto a Salamanca se encontraba el 6º cuerpo (Ney) y parte del 8º (Junot), llegando este último con sus líneas hasta León. El 2º cuerpo (Reynier) estaba en el valle del Tajo, al otro lado de la sierra de Gata. Algunas de estas posiciones habían sido asignadas a las tropas francesas después de la batalla de Talavera, que no había tenido favorables resultados, habiéndose retirado el ejército británico hacia Portugal, después del poco éxito de la campaña, a pesar de haber combatido valerosamente. Su comandante en jefe, sir Arthur Wellesley (después lord Wellington), se dio cuenta de que solamente le convenía reducirse a la defensa de Portugal, cuyas fuerzas se estaban organizando, no debiendo de penetrar en España sino en caso de extrema necesidad, o cuando viese que podía emprender una ofensiva vigorosa. Obedeciendo a estos principios, se desligó de las tropas españolas, valientes sin duda alguna, mas en ocasiones mal dirigidas, al menos en aquella época.
Además de los tres cuerpos de ejército ya mencionados y de la caballería de reserva, mandada por Montbrun, había prometido Napoleón a Massena el 9º cuerpo (Drouet), compuesto de dos antiguas divisiones, las cuales estaban en marcha en aquellos momentos por los Pirineos. También tenía prometida parte de su Guardia Imperial, con el objeto de mantener las comunicaciones.
Por tanto no podía aquel general en jefe contar para entrar inmediatamente en campaña, sino con la caballería de reserva o los 6º y 8º Cuerpos, o de Ney y Junot, visto como el de Reynier se hallaba distante y separado por una gran cadena montañosa.
Según Thiers, el cuerpo de Ney no contaba más que con 26.000 hombres efectivos de excelentes tropas veteranas; el cuerpo de Junot tenía cuando mucho, 21.000 hombres, la mayor parte de reciente incorporación; el cuerpo de Reynier, que había estado bajo el mando de Soult, y había hecho ya la segunda campaña de Portugal, constaba de 15.000 hombres; finalmente la caballería de Montbrun formaba un hermoso cuerpo de 4.000 excelentes caballistas. Esta caballería era independiente de la que se integraba en diversos cuerpos de aquel Ejército. La Artillería constaba de 80 bocas de fuego, además de las asignadas al material de sitio. Dice el mismo historiador que la totalidad del ejército francés era de 66.000 hombres. Los historiadores portugueses y británicos lo hacen llegar a cifras mucho más elevadas, tal vez por introducir en el cómputo, a las tropas de Drouet y otras que meses después se le reunieron. El propio Massena decía en proclamas, que iba a invadir Portugal con 110.000 hombres, pero creemos que aquí solamente seguía el precepto napoleónico antes citado.
En vista de todo esto y haciendo entrar todos los elementos de un ejército, creemos que no erraremos mucho, valorando en unos 70.000 hombres, las tropas que Massena tenía a sus ordenes cuando llegó a Salamanca en los últimos días de mayo de 1810. [4]
Además de esta respetable fuerza y del Cuerpo del general Drouet, Napoleón había prometido mandar invadir Portugal por el lado del Alentejo, con las tropas de Soult, que operaba por Andalucía, y efectivamente, este mariscal llegó a hacer avanzar al 5º Cuerpo (Mortier) sobre Badajoz, con objeto de amenazar la plaza y establecer comunicaciones con el general Reynier. Con todo, las tropas del 5º Cuerpo, que siempre andaban ocupadas en operaciones diversas, poco o ningún apoyo prestaron al príncipe de Essling, al menos en la época de las operaciones principales.
La posición de las tropas comandadas por Massena estaba bien justificada por los intentos de este general, que consistían en realizar la invasión por el valle del Mondego. En lo que vamos a exponer me referiré, como no podía dejar de hacer, a las condiciones de aquel momento. Es cierto que las reglas estratégicas son, por así decirlo, inmutables, mas las condiciones de un país, bajo este punto de vista, varían mucho por causa de las alteraciones en sus vías de comunicación. Hoy los puentes y las líneas estratégicas de Portugal son muy diferentes de las que existían hace setenta y seis años. Algunos, actualmente de gran importancia, ningún valor tenían entonces, como tampoco algunos puentes y líneas de comunicación tan valoradas entonces como de primer orden, hoy no tienen valor alguno. No seremos nosotros los divulgadores de estas condiciones actuales, aunque por nuestras cartas geográficas y otras publicaciones oficiales cualquier militar extranjero pueda enterarse de ellas sin dificultad alguna.
Como decíamos, la posición de las tropas francesas era justificada. Efectivamente, parece que Napoleón había indicado a Massena la invasión de Portugal por el valle del Mondego, y como operación preliminar, la toma de las plazas de Ciudad Rodrigo y Almeida, las cuales, situadas una enfrente de la otra, la primera en España y la segunda en Portugal, y destinadas a defender cada uno de estos países de la invasión del otro, eran puestos muy embarazosos para quien pretendiese invadir el país, accediendo a través de aquel valle. Además de esto, también servían como depósitos. En las operaciones de sitio no se necesitaba más de un Cuerpo de ejército, que fue el 6º (Ney), y por tanto los otros podían y debían de mantenerse apartados, principalmente el 2º, que continuó en el valle del Tajo, haciendo diversos movimientos, para hasta cierto punto mantener en dudas al ejército anglo-luso, acerca del lugar por el que intentarían la proyectada invasión.
Es cierto que esta podría hacerse por diversos lugares: por el Miño, por Almeida, por el valle del Tajo, y por las tierras de alentejanas.
La invasión por el Miño debía estar fuera de cualquier combinación, pues siendo Lisboa el objetivo principal, era dar un gran rodeo, además de precisar el vadeo de dos ríos. Por otro lado, la campaña de Soult en aquella provincia no animaba a ninguna tentativa semejante.
La invasión por el Alemtejo estaba encargada al ejército que operaba en Andalucía.
La invasión por el valle del Tajo era, sin duda, las más directa, aunque sería preciso atravesar un árido terreno, completamente devastado y con carreteras tan difíciles, que el ejército de Junot, cuando entró por primera vez en Portugal, estuvo a punto de sucumbir allí, a pesar de no tener soldados a los que combatir. Si las tropas de Mortier obedeciesen a Massena, tal vez la mejor solución fuese reunir a aquel con Reynier para invadir todo el valle del Tajo, después de haberse proveído bien de los necesarios víveres, en cuanto que Ney y Junot marcharían por el valle del Mondego. De este modo, lord Wellington no podría concentrar totalmente sus fuerzas, sin abandonar una de las líneas de la invasión, y además el terreno no se prestaba a poder hacerse correrías de uno a otro valle, intentando batir por separado a los dos ejércitos invasores. Era, pues, natural que el generalísimo británico se recogiese a las líneas de Torres Vedras sin ofrecer combate serio, terminado pues los franceses como señores de las dos márgenes del tajo. Sin embargo esto era lago imaginario, debido a que Soult no aceptaba cooperar con Mortier, alegando cualquier motivo para justificar su reservada actitud.
La invasión simultánea con las tropas de Junot por Traz-os.Montes y las de Ney y Reynier por Beira, estaba siendo irregular, porque el ejército de Junot sería casi infaliblemente detenido o tal vez derrotado en muchas de las travesías de ríos o desfiladeros que tendría que llevar a cabo hasta llegar a Porto y seguir luego hacia Lisboa.
Quedaba pues la entrada por Almeida y la ocupación de las importantes poblaciones de Guarda, Pinhel e Celorico.
Veamos ahora cuales fueron las disposiciones del ilustre general en jefe del ejército anglo-luso para plantar cara a la invasión, tan amenazadora, y que constituyó una de las mayores crisis que sufrió el ejercito aliado y el país que infelizmente le sirvió de campo de batalla.
Lord Wellington parecía no prestar atención al sufrimiento de los pueblos por donde maniobraba [5], pesando sobre nosotros los portugueses, todas las consecuencias de la distancia en que después de la batalla de Talavera se mantuvo respecto de los españoles, los cuales, llevando hasta el último extremo el noble orgullo de la independencia, preferían sus propios reveses a los triunfos obtenidos a costa de la supremacía británica. Bajo un punto de vista puramente militar, las disposiciones de Wellington nos parecen en muchos puntos dignas de elogio, y revelan un estudio profundo de los elementos que lo rodeaban y de las circunstancias críticas en que se hallaba.
Una de las primeras cosas que hizo fue activar la construcción de las formidables líneas de Torres Vedras, para tener un refugio seguro en el que pudiese esperar la ocasión propicia para caer sobre sus adversarios, y, además, donde le fuese posible acogerse a los navíos británicos, sin riesgo alguno. Después de esto, como buen general, no quiso reducirse pura y simplemente a la defensa de estas líneas, por el contrario, distribuyó sus fuerzas con el objeto de vigilar los movimientos del enemigo y embarazarle en lo posible la marcha sobre Lisboa.
En la incertidumbre de cual sería el lugar de la invasión (aunque tuviese como más probable aquel por donde realmente se efectuó), estableció en Abrantes una fuerte división de tropas anglo-lusas mandadas por su mejor lugarteniente, el general Hill. Estas tropas, que, según el señor Soriano, estarían en los 16.000 hombres de infantería, con dos brigadas de caballería y 18 cañones, vigilaban el valle del Tajo y la carretera de Badajoz, pasando parte de ellas para Portalegre y más tarde para Castello Branco, conforme iban siendo los movimientos de Reynier.
Con tropas portuguesas guarneció las plazas de Elvas y de Almeida.
Impulsó la organización del ejército lusitano, y en él fundaba sus mejores esperanzas, nunca contradichas. Este ejército tenía ya un efectivo superior a los 30.000 hombres de primera línea, y parte de ella sostenida con 2.000 británicos ocupando Thomar y sus proximidades, sirviendo de reserva a las ordenes del general Leith.
Algunos regimientos de milicias portuguesas (2ª línea) guarnecían las provincias del Minho y Traz-os-Montes, por donde era poco probable la invasión. Otros ocupaban diferentes puntos del Alemtejo, y en Beira una línea del río Ponsul, que nacía en la proximidades de Penamacor, entraba en el Tajo por encima de Villa Velha, constituyendo una importante defensa al Este de Castello Branco.
El propio lord Wellington ocupaba la posición de Celorico, con el grueso del ejército británico (cerca de 20.000 hombres), distribuido entre Vizeu, al N. De Mondego, y las tierras altas que separan las primeras vertientes de este río de las nacientes de Côa y del Zezere. De este modo podían maniobrar en las dos márgenes del Mondego, y comunicarse con el general Hill por el Sur de la sierra de la Estrella. Esta comunicación era mantenida por una brigada de caballería portuguesa establecida en Fundão, y varios destacamentos de milicias.
Para poder observar más de cerca los movimientos del ejército francés, que avanzaba sobre Ciudad-Rodrigo, mandó que una división ligera, de 5.000 hombres aproximadamente, pasase a Côa a las ordenes del general Crawfurd, ordenándole que en caso de ser atacado seriamente, se retirase a la margen opuesta para reunirse con el grueso del ejército anglo-luso, el cual estaba formado por unos 30.000 hombres, no entrando en esta suma, ni los soldados de Hill, ni los de Leith, ni las milicias.
Creemos que erraríamos en muy poco, considerando que eran unos 60.000 hombres los que formaban en el ejército anglo-luso de primera línea en campaña efectiva.
Por lo que hemos expuesto hasta ahora, se ve claramente que lord Wellington no pensaba en ofrecer batalla al invasor en las inmediaciones de la frontera, pues en la incertidumbre del lugar por donde se desarrollaría el ataque, no tenía las tropas distribuidas de forma que pudiese concentrarlas a tan gran distancia de su base de operaciones. Su plan consistía en retirarse ante el enemigo, destruyendo todo lo que pudiese servirle, hasta alcanzar a alguna posición desde la que pudiese hacerle frente con todas sus fuerzas. Una de estas posiciones, era la cordillera que descendía desde Caramullo y seguía por medio de Bussaco, cortando el valle del Mondego, dejando pasar las aguas de este río entre los acantilados de sus márgenes, subiendo después por la Murcella hasta la prolongación de la sierra de la Estrella.
Esta línea de cumbres toma diferentes nombres, conforme los lugares por donde va pasando. Así, siguiendo del Norte hacia el Sur, toma antes de ser atravesada por el Mondego, los nombres de sierra de Boialvo, de Trezoi o Sobrosa, de Bussaco, de Penacova, y después los de sierra de la Murcella, de Santa Quiteria, de Arganil, etc., hasta el Açor, parte integrante de la Estrella. Algunos llaman sierra de Alcoba al conjunto de las alturas de Bussaco y Penacova.
Para poder concentrar su ejército en estas posiciones o en otras mas al Sur (si el enemigo, en vez del valle de Mondego, escogiese el del Zezere o el del Tajo), mandó lord Wellington mejorar los caminos que de Coimbra y de Ponte da Murcella se dirigen al Espinal, y la que de ahí sigue por Thomar hasta Abrantes. Mandó destruir o hacer más intransitables las del valle de Zezere, por donde el enemigo podría descender, y también la de Castello Branco a Abrantes, ordenando que de esta plaza se estableciese una comunicación por Niza hasta el desfiladero de Villa Velha, y de ahí, por un puente volante, se atravesase el Tajo para comunicar con Castello Branco por una buena carretera, la cual al tiempo pudiese ser fácilmente cortada. Finalmente, para el caso de una probable invasión, mandó establecer depósitos de víveres en Figueira, Coimbra y en Penacova, a la orilla del Mondego, y abrir desde aquí una carretera hacia la Murcella.
Es fácil de observar que los dos ejércitos, el de Wellington y el de Hill, aunque estaban separados por la sierra de la Estrella, podían retirarse sobre posiciones que parecían seguras, teniendo las tropas del general Leith como reserva común.
Tomadas estas juiciosas medidas, dignas de un experimentado general, lord Wellington esperó los movimientos de su adversario.
Veamos ahora cual era la actitud de Massena:
Siguiendo las instrucciones de Napoleón, trató primeramente de tomar la plaza de Ciudad-Rodrigo, lo que fue encomendado, como ya dijimos, al cuerpo mandado por Ney; aunque este mariscal, cuya virtud no era precisamente la paciencia y la espera que exige un sitio en regla, se propuso, secundado por Junot, que se desplazasen a las plazas de guerra, y que, reuniendo con el suyo al 8º cuerpo y la caballería de Montbrun, avanzase rápidamente sobre el ejército británico, que tenía su cuartel general en Celorico, y de hecho aun no estaba todo reunido.
Este decisión sería aceptable si hubiese muchas probabilidades de que lord Wellington prefiriese dar una batalla a abandonar sin combatir sus importantes posiciones en las inmediaciones de Côa, Mondego y Zezere. Pero todo llevaba a creer que no haría tal cosa, hasta por el hecho de que un general en jefe debe reglamentariamente, oponerse a los deseos de su adversario.
En vista de esto, y sobretodo a causa de las instrucciones que tenía, Massena se opuso a los deseos de Ney y le ordenó el cumplimiento riguroso de sus ordenes; y así, como observa Thiers, tal vez procediese contra sus propias convicciones, pues, aunque se hubiese inmortalizado en la defensa de Génova y en la toma de Gaeta, no era este el tipo de guerra que más le gustaba, aunque é también fuese un eximio Capitán.
Semejante controversia, al principio de la campaña, fue origen o pretexto para una cierta mala voluntad u oposición que a veces Ney manifestaba incumpliendo los planes de Massena, y que fue aumentando hasta llegar este mariscal a destituir a aquel del mando del 6º cuerpo, cuando al año siguiente, de retirada, pretendía ganar la frontera.
La plaza de Ciudad-Rodrigo, después de una larga y hermosa resistencia, fue obligada a rendirse el 9 de julio de 1810, desde que había sido asediada en los primeros días de junio. Cuando el mariscal Ney lanzaba el asalto de la brecha con dos escogidas columnas, vio aparecer la bandera blanca encima de ella, junto al viejo gobernador, el general Herrasti, que pedía la capitulación. Le fue concedida, y honrosamente, pues así se le debía a este valiente militar y a sus compañeros, dignos defensores de la plaza.
Vencida Ciudad-Rodrigo, quedaba Almeida.
Participó en este asedio el 6º cuerpo, y durante él desarrolló Ney aquella rara energía de que era capaz y tantas pruebas dio en su gloriosa carrera. Después de algunos días de descanso, indispensables por causa de la estación y de los trabajos sufridos, avanzó este mariscal con sus tropas, seguidas de las de Junot, sobre Almeida, plaza bien fortificada y que prometía también una larga resistencia. Durante la marcha llevó Ney ante si las fuerzas de Crawfurd, el cual, sintiendo la protección de la plaza, quiso hacer tenaz resistencia a los franceses, contrariando un poco las ordenes de lord Wellington. Mas no tardó en arrepentirse, pues, cargado en su flanco izquierdo por la caballería ligera de Montbrun y en el centro y derecha por una división de infantería al mando de Loison, estaba siendo completamente envuelto y sufrió grandes pérdidas. Es este un ejemplo más de lo peligroso que es para un subalterno separase de las instrucciones del jefe.
Fue abierta la primera trinchera enfrente de Almeida el día 15 de agosto. La defensa era muy enérgica y todo llevaba a creer que sufriría grave trastorno aquella invasión francesa, cuando, el día 26, por la noche, cayó una bomba cerca del pañol, hubo una terrible explosión, que tuvo como consecuencia la rendición de la plaza el día 28.
Logró de este modo Massena un gran éxito en aquella primer a parte de la campaña, y todo parecía combinarse para confirmar la buena de su premonitorio apellido, que significaba hijo querido de la victoria. A pesar de ello el generalísimo francés no se escapaba, y, según afirma Thiers, escribió a Napoleón, diciéndole las dificultades de aquella empresa, suponiendo que ignoraba la existencia de las líneas de Torres Vedras.
Le respondió el Emperador, llenándolo de elogios, dándole muchos parabienes por el inicio de la campaña, y afirmando que eran vanos los recelos manifestados, pues aunque transpusiese la frontera solo con 60.000 hombres, era gente de sobra para batir completamente a los 25.000 británicos, aunque estuviese atrincherados en las mejores posiciones (véase que no contaba con los portugueses), añadiendo, que sería imposible suponer lo contrario con tal ejército, mandado por un general que se llamaba Massena, duque de Rivoli y príncipe de Essling.
Massena se resignó. Acondicionó las dos plazas conquistadas, las abasteció y guarneció, organizando almacenes de víveres para todo el Ejército. En fin, estableció su nueva base de operaciones desde la que penetraría en el corazón de Portugal.
El 16 de septiembre marchaba todo el Ejército, habiéndose adelantado unos días Reynier, el cual había dejado el valle del Tajo para reunirse con Massena, pasando la frontera por las alturas de Alfayates. De este modo, en dicho día, el 2º Cuerpo, que formaba a la izquierda, pernoctó en Guarda. El 6º Cuerpo, que formaba el centro estaba en Maçal y sus avanzadas por Celorico. El 8º, o de la derecha, con los convoyes y parte de la artillería y caballería en Pinhel, que desde unos días antes estaba ya en poder de los franceses.
Estaba pues echa la concentración, de modo ventajoso, y por eso se habían ocupado los mejores puntos para la proyectada invasión.
La ciudad de Guarda está en uno de las mesetas de la Estrella, y puede decirse que marca la división entre los ríos Zezere, Côa y Mondego. Efectivamente, una de las primeras vertientes del Zezere parte de Aldeia do Bispo, que está a 1 legua al Sur de aquella ciudad, y ahí se le une la que viene de Manteigas, formando el citado río, el cual, siguiendo hacia el SE. de la sierra de la Estrella, casi paralelamente a la misma sierra y durante más de 20 leguas, vuelve después hacia el Sur, uniéndose al Tajo en Constancia, dos y media leguas más debajo de Abrantes. Algunos riachuelos del Côa nacen junto a Guarda (al Este y Norte). El Mondego tiene su nacimiento al SO. De la ciudad, pasando cerca de ella durante una legua y en dirección Norte, cambia bruscamente hacia el Oeste, entre Barracal y Celorico, discurriendo después como el Zezere, durante muchas leguas, en dirección paralela a la sierra de la Estrella, al otro lado pasa entre las acantiladas márgenes de la ribera, hasta cerca de Coimbra, y, dando lugar de allí hacia abajo, a una extensa depresión pantanosa, entrando finalmente en el Océano.
Pinhel y Maçal se encuentran en la misma meseta de Guarda. Pinhel , 6 leguas al NE. y sobre la margen izquierda de Côa. Maçal, está 3,5 leguas al N. y a la derecha de Mondego, de tal manera ubicadas, que Maçal, Guarda y Pinhel forman aproximadamente un triángulo isósceles, del que Maçal es el vértice. Celorico está ya en el valle de Mondego y sobre su margen izquierda.
Por tanto Massena, ocupando los referidos puntos, podía maniobrar en los valles de Côa, de Mondego, de Zezere y en el mismo Tajo, si no recelase atravesar los inhóspitos terrenos de este último.
El 2º Cuerpo (Reynier) había ocupado Guarda, interceptando las comunicaciones más directas entre el teniente general Hill y lord Wellington.
¿Qué hacía entretanto el comandante en jefe del Ejército anglo-luso?
Parece a primera vista que este general podría ser criticado por no haber socorrido las plazas de Ciudad-Rodrigo y Almeida, y por haber abandonado sin combate estas importantes posiciones que acabamos de reseñar. Creemos hasta que algunas censuras se llegaron a formular. Un notable escritor inglés, el capitán Robinson, en su estudio sobre la guerra peninsular [6], dice que lord Wellington puso su Ejército en movimiento para inquietar al enemigo, cuando este asediaba Almeida, aunque no prosiguió avanzando a causa de llegarle la noticia de la entrega de la plaza.
Parece esto una disculpa. Nosotros consideramos por ello, que lord Wellington no necesitaba de ella, ya que nunca pensó en socorrer Almeida. Si hubiese proyectado hacerlo, hubiese comenzado a moverse mucho antes.
El general británico no tenía todavía completa seguridad en la firmeza del ejército portugués, solo después se convenció cabalmente de la bizarría de las tropas portuguesas, y no era solo con 20.000 británicos que podía batir al ejército de Massena junto a Almeida, en terreno descubierto. Se arriesgaba por el contrario a ver invadir el valle del Tajo por las tropas de Reynier, arriesgándose a ser envuelto y frenado en su base de operaciones, arriesgándose en fin a perder completamente la campaña. Dejó que las plazas se defendiesen como pudiesen, pues con eso le prestarían excelente servicio, demorando la invasión y debilitando al enemigo.
Acción más grave, según nos parece, fue el rápido abandono de Guarda a las tropas de Reynier, que tal vez podrían haberse batido por separado; mediante una rápida marcha sobre los desfiladeros de donde llegaba, y atacándolas al tiempo de frente y por el flanco. Pero, Wellington no tenía el genio audaz de Napoleón, era un general prudente, que no quería arriesgarse a las consecuencias de una batalla en aquellas alturas. Recogió, pues al ejército en la margen izquierda del Mondego, haciendo huir antes a los vecinos de aquellos lugares y destruyendo todos los recursos locales. Debe decirse que la mayor parte del pueblo huía voluntariamente, tal era el miedo que había a los franceses, miedo de otro modo justificado, a causa de las atrocidades cometidas por ellos.
Esta elección del lugar de retirada fue excelente, pues después de una serie de posiciones defensivas, tenía sus flancos constantemente apoyados. [7]
Massena no descendió de la dominante planicie de Guarda sobre el valle del Tajo, siguiendo la carretera de Castello Branco, por que naturalmente tenía a la vista las razones que ya expusimos. No descendió por el valle de Zezere por los mismos motivos, siguiendo por el valle de Mondego.
Estando enseñoreado de este valle, podría marchar por la derecha o por la izquierda del río. Comenzó la invasión por las dos márgenes, mas a la altura de Juncaes y de los Fornos pasó todo el ejército a la margen derecha.
Veamos la causa de esta maniobra.
Dicen algunos que procedió así debido a que lo habían engañado sus informadores, y por que no tenía conocimiento del país, creyendo que maniobraba mejor haciéndolo por la izquierda. Creemos por otra parte, que Massena no tendría tampoco completo conocimiento del país, mas en este caso bastábale la simple inspección de la orografía local. Tenía un río corriendo en su dirección , el Mondego; al lado izquierdo, muy próxima y siguiendo paralelamente a él, una grande y elevada cordillera, la sierra de la Estrella; del otro lado, y muy a lo lejos se divisaban los picos de Caramullo y los contrafuertes de la sierra de Arada. Era por tanto de suponer que los terrenos de la margen derecha fuesen menos cortados y sobre todo más extensamente fértiles. Tras esto, la retirada de lord Wellington por la izquierda denotaba que existían posiciones más difíciles de vencer.
Efectivamente, Massena no se engañaba. A pesar de algunas opiniones al contrario, si prosiguiese por la margen izquierda encontraría sucesivos riachuelos perpendiculares a su sentido de marcha, en un país completamente devastado, y por último tendría al ejército anglo-luso concentrado en la sierra de Murcella y Santa Quiteria, con los flancos fuertemente apoyados, teniendo frente a sí un foso natural y profundo, el río Alva. Circundar al ejército aliado sería imposible, a no ser que pasase en Foz-Dão hacia la margen derecha del Mondego, ofreciendo al enemigo su flanco en condiciones de mucho riesgo.
Anduvo por tanto mas acertadamente el generalísimo francés, siguiendo los caminos que lo llevarían a Vizeu y sus inmediaciones, a donde llegó el 19 de septiembre con los cuerpos 2º y 6º de su Ejército.
Dos días permaneció en esta posición hasta que se le reunió el 8º Cuerpo, el cual, encargado de escoltar los bagajes pesados y el parque de artillería, había sufrido mucho a causa de los pésimos caminos, teniendo varias veces que combatir la persecución de que era objeto por las tropas portuguesas de la segunda línea, mandadas por el coronel Trant. Fuera de esto, fueron dos días aprovechados en reunir algún material y otras pequeñas cosas que requería la marcha que seguiría.
Estando Massena con Vizeu en sus expensas de gobierno, en vez de haber tomado aquel camino para ir a Coimbra, podía haber ido a Vouzella y S. Pedro do Sul, y descender por las vertientes de Vouga, rodeando la sierra de Caramullo por la derecha, hasta llegar a Sardão, por donde pasa el Camino Real de Porto a Lisboa. Quizás no dispusiese de mapas que mereciesen ese nombre, y tal vez ignorase la existencia de aquel pasaje, que al tiempo no le atraería, debido a que tenía largos desfiladeros. Tras esto, desconociendo en parte los obstáculos que encontraría en el camino que pasa por Bussaco, era natural que prefiriese marchar sobre los aliados a hacer un circuito más arriesgado y difícil. Es cierto, y por ello llegaron a S. Pedro do Sul, algunas patrullas francesas, lo que indicaba que los reconocimientos llegaban también hacia aquel lado.
Terminado el descanso citado, mando Massena organizar una división ligera de infantería, mandada por Loison, la cual, juntamente con la caballería de Montbrun, fue encargada de ir preparando el camino para la marcha de las tropas restantes.
Estos dos generales de la vanguardia emplearon en este servicio los días 22 y 23, sosteniendo pequeños combates con la brigada portuguesa que mandaba Pack y con tropas ligeras de Crawfurd, que habían pasado el Mondego en su intento de frenar al enemigo. Los franceses lograron tomar y luego reparar los puentes sobre el Criz y el Dão, que los aliados habían cortado.
El día 25 toda la fuerza del 2º y 6º cuerpo habían pasado el río Criz, y habiendo los generales Loison y Montbrun, logrado forzar con alguna dificultad la profunda ribera de Mortagua, mientras perseguían las tropas de Crawfurd y Pack, observaron que éstos se acogían a las alturas de Bussaco, donde había movimiento de considerables fuerzas, descubriendo que el ejército anglo-luso se hallaba en posición de combate.
Finalmente hemos llegado al campo de batalla, que describiremos lo más exactamente posible.
El plano adjunto lo realizamos a partir de un reconocimiento que hicimos del terreno, cuando escogimos los vértices de muchos triángulos que servirán de base al mapa, corrigiéndolo a partir de la tirada que publicó la Dirección General de Trabajos Geodésicos, pasándola a una escala de 1/150.000 y en la construcción de dicho plano [8], aprovechamos sólo los ríos y las principales carreteras de la mayor importancia, bajo el punto de vista militar; esto es, las riberas que mejor definen la forma general del terreno y las carreteras que se prestaban entonces al tránsito de todo lo relativo a los ejércitos. Estos caminos van indicados por dos trazos llenos, equidistantes, habiendo otras menos transitables, aunque de alguna importancia, que representamos por trazo de línea puntuada. Eliminamos muchas poblaciones y caminos, pues de nada sirven en el estudio de la batalla, llenando de particularidades el mapa, dificultando su claridad.
Para el estudio del terreno, en que se define una batalla o combate, todas las particularidades son convenientes, y cuantas más mejor. Lo que por unos puede ser interpretado como de nula ayuda, puede ser aprovechado por otros, y en ese criterio es donde queremos aprovechar para hallar los secretos de la guerra. Mas para el estudio de hechos consumados, como ahora sucede, no debe de haber inconveniente en aligerar el mapa, indicando solamente los puntos y líneas que tengan o debían de tener un valor real.
Vamos pues a la descripción.
Como ya dijimos, la línea de montañas que cierra el valle de Mondego junto a Penacova, va tomando diferentes nombres, conforme a las localidades inmediatas. Trataremos ahora de las alturas a la derecha del río, por ser aquellas las que servirán como campo de batalla y para el importante movimiento que efectuó el ejército francés después de la batalla.
Desde Penacova hasta el bosque de Bussaco, se dirige dicha línea montañosa hacia el actual N. magnético, gira después un poco hacia el N. verdadero, y de ahí en adelante va hacia el NE., acabando en la sierra de Boialvo, para unirse a la de Caramullo, casi en dirección al E.
Esta extensa cadena montañosa, más o menos rota por causa de los ríos, puede considerarse como formando aproximadamente una curva de 2,5 leguas de radio, cuyo centro es la población de Mortagua.
Convergen en esta villa, y se reúnen en sus proximidades, tres ríos de alguna importancia. El primero va desde el extremo E. de la sierra de Boialvo (en los lugares más cercanos a Caramullo) corriendo luego en dirección al S.; el segundo, y el más importante, con numerosos afluentes que bajan desde la misma sierra de Boialvo y de la sierra de Sobrosa o Trenzoi, corriendo finalmente en dirección al SE.; el tercero, menos importante y que en el verano lleva muy poco agua, nace en la ladera oriental del más considerable macizo de Bussaco, corriendo hacia el E., yendo a juntarse media legua después al S. de Mortagua, con las que antes indicamos, formando entonces un río voluminoso, que circunda las alturas de Caparrosinha, para ir luego a mezclarse con el Mondego.
Los terrenos alrededor de dicha villa son bajos y casi llanos, excepto hacia el S. donde a muy poca distancia hay ya alturas considerables (como las de Caparrosinha), que la dominan en 2.500 metros cuadrados.
Cuatro vías principales (las únicas por las que podía rodar la artillería) concurren en Mortagua. La primera viene de los puentes de Criz y de Dão. Las tres restantes se dirigen a las montañas de Bussaco y Boialvo, a lo largo de las tres fortificaciones más extensas, que denominaremos de Santo Antonio do Cántaro, de Moura y de Agualevada Quien quisiese ir de Mortagua por la carretera que conducía a Criz, encontraría a poca distancia de la villa un buen camino, el cual, siguiendo hacia el S. le llevaría al puente donde se juntan los ríos Dão y Mondego, que se conoce por Foz-Dão. El Mondego es aquí fácilmente vadeable en el verano y en parte del otoño, teniendo del otro lado caminos regulares.
Vese pues, por lo expuesto, que era Mortagua un punto estratégico de suma importancia para el ejército, que descendiendo por el E. tuviese previsto forzar la cordillera que taponaba el valle del Mondego entre Caramullo y la sierra de la Estrella, esto es, la extensión entre Boialvo, Bussaco, Murcella y Arganil.
Como dijimos, eran tres las carretera que traspasando las alturas salían de Mortagua (o sus arrabales) hacia el lado de occidente.
La primera, llamada de Santo Antonio do Cantaro, por pasar por la pequeña aldea de este nombre, atraviesa la sierra de Bussaco por un desfiladero que existe, al S. , cerca de su mayor macizo. Después, desciende rápidamente y entra en el valle de Botão, y, volviendo al S., seguía hacia Coimbra. Esta carretera antes de atravesar el Bussaco, presentaba una variante en muy peores condiciones, la cual pasaba la sierra por el desfiladero de Oliveira, dirigiéndose al puente sobre la Fontinheira, desciende por el Dianteiro hasta entrar en Coimbra por Santo Antonio dos Olivaes.
La segunda, llamada propiamente de Bussaco, pasa por la aldea de Moura, y después cerca de la de Sula, la rodea por el N. del bosque del gran macizo de la sierra, bajando enseguida con menos declive que la primera, hasta la Mealhada, donde se encuentra con el Camino Real de Porto a Lisboa.
La tercera vía sale de Mortagua hacia el NO., pasando junto a la población de Espinho, desde donde sube por el confrafuerte de Agualevada hasta la cima de la sierra de Boialvo, desciende por profundos y estrechos desfiladeros, hasta la población de este nombre, y después entre en la llanura, siguiendo hasta Sardão, o girando hacia Avellãs de Cima y Avellãs de Caminho, entronca ahí con dicho Camino Real. Este camino de Boialvo también se bifurca en Espinho, dirigiéndose por terreno muy áspero a las alturas de Trezoi o Sobrosa, descendiendo después hacia el apretadísimo desfiladero de Algeriz, que sirve para atravesar el valle de Villa Nova, pudiendo desde aquí seguir hacia Mealhada o Anadia.
También debemos decir que una variante del primer camino, antes de subir hacia el desfiladero de Oliveira, se bifurcaba en otra que descendía hacia el Mondego, y a lo largo de la ladera del lado E. de aquella sierra, atravesando ya cerca del río, iba hacia Penacova, aunque por lo escabroso del terreno dificultaba mucho el tránsito de las caballerías.
Por lo que va dicho, vemos que son solamente tres las vías de penetración que desde Mortagua van a la sierra, podía sin embargo ser atravesada a través de seis caminos, aunque de estos solamente tres eran practicables por la artillería. El defiladero de Algeriz, además de ser muy poco transitable, estaba totalmente dominado por las alturas de Ninho de Águia, donde como veremos, se apoyaba la izquierda del Ejército Aliado, y que tenía una cota de 310 metros; el camino que iba por Penacova estba en el mismo caso; solamente el del desfiladero de Oliveira era menos escabroso, aunque, era impropio para cualquier medio de transporte, conducía a la sierra del Dianteiro, que estaba cortada por varios barrancos profundísimos y presentaba tramos de terreno muy difíciles de traspasar.
No citamos en el plano otro camino que desde Santo Antonio do Cantaro va hacia Gondelim, y de aquí seguía por la margen del Mondego, hasta encontrar con el de Penacova, ya citado. Por ello era totalmente impropio para la marcha de un ejército, el cual, además de las dificultades propios de tránsito, correría el peligro de que fuesen precipitados en los precipicios que rodeaban el río.
Analicemos ahora la parte de la cordillera que realmente sirvió de campo al grueso del ejército aliado el día de la batalla. Tenemos primero el macizo que se levanta junto a Penacova, el cual, tiene una cota de 472 metros sobre las aguas medias del Océano, siendo casi inaccesible por el Sur, Naciente y Poniente. Este macizo continúa unos tres kilómetros en dirección al actual N. magnético presentando una secuencia de montañas unidas mediante una estrecha faja de terreno, poco inclinado lateralmente. Después, vienen unos 70 metros en leve declive, dando lugar al desfiladero de Oliveira, ya mencionado. De ahí, hasta el desfiladero de Santo Antonio do Cantaro, y durante unos cuatro kilómetros sigue la cadena montañosa en la misma dirección, con terreno áspero y acantilado, cubierto de piedras sueltas y varios peñascos en forma de riscos, siendo inaccesible por Naciente y Poniente, o sea, por los lados de Mortagua y Coimbra. Pasado este desfiladero, que alcanza como el de Oliveira una cota de 400 metros, y casi la misma dirección, elevándose dicha cadena montañosa durante un kilómetro, comenzando después, durante otro kilómetro, la gran subida a 1500 metros, por la que se entra en la extensa meseta del principal macizo de Bussaco. Esta meseta se compone de un terreno llano y reunido, de unos 2.000 metros de extensión, por aproximadamente unos 600 de largo, donde podían maniobrar todas las armas. Acabada la llanura, comenzaba el bosque del antiguo convento, el cual desciende rápidamente hacia el NO. en una longitud de unos 1.500 metros, llegando a alcanzar en la cadena montañosa, una cota de unos 400 metros en el punto en que la atraviesa el camino que por Moura viene de Mortagua. Desde aquí sigue hacia el N. verdadero, y así continúa en una longitud de unos 3.500 metros, de terreno unido y de fácil tránsito, hasta el puente llamado de Ninho de Aguia, ya citado.
Debemos indicar que el principal macizo de Bussaco solamente es accesible al N. y al S., esto es, cerca el bosque donde hoy está el monumento conmemorativo de la batalla [9], y por el pasaje de Santo Antonio do Cantaro, y que, en general, toda la cordillera tiene más bruscos terraplenes hacia Poniente que hacia el Este.
Veamos ahora las disposiciones antes de la batalla por el Ejército anglo-luso.
Cuando lord Wellington tuvo exacto conocimiento de la marcha del enemigo sobre Vizeu, trató de concentrar rápidamente su ejército en las posiciones que de antemano había elegido en la sierra de ya hemos descrito. Llamó a las fuerzas acantonadas en Thomar y sus inmediaciones, que estaban a las ordenes del Mayor general Leith. Además de esto, el Teniente general Hill, que tenía como dijimos las tropas de su mando en Abrantes y Castello Branco, observando el valle del Tajo, viendo la definitiva marcha de Reynier sobre Guarda y las comunicaciones interrumpidas con Celorico, retrocedió inmediatamente para dirigirse a marchas forzadas por Espinal a la sierra de Murcella. Este hábil general, no habiendo según dicen, recibido ordenes recientes del Comandante en jefe, se tomó la responsabilidad de esta maniobra, que si hubiese formado parte del plan general de la campaña, podría haber sido causa de indecisión en uno que no fuese tan resuelto y decidido.
El día 21 de septiembre llegó lord Wellington al convento de Bussaco con su Estado mayor, y allí pernoctó hasta la retirada del Ejército anglo-luso, que tuvo lugar el 29, por la mañana, como veremos.
Las tropas aliadas fueron tomando posiciones bajo la inspección inmediata del General en jefe, el teniente general Hill, -que había llegado a la sierra de Murcella la víspera de la batalla- hizo con casi toda su división, un pequeño movimiento sobre la izquierda, pasando el Mondego en Penacova, apostándose en las alturas de este nombre, junto al desfiladero de Oliveira, sustituyendo las tropas del general Leith que allí estaban y que entonces quedarían en posibilidad de ir más hacia el N., cortando la línea de batalla.
Correspondemos ahora advertir al lector de que en la colocación de las tropas, que indicamos en el plano, no hemos pretendido un absoluto rigor, pues siendo la escala muy pequeña, las marcas convencionales forzosamente excederían los límites de ella, haciéndolo ininteligible, debido a ello, algunos intervalos de las tropas son exagerados en más o en menos. [10] Lo tuvimos a la vista para darnos una idea de su disposición general, y así creemos haber llegado a una posible exactitud, pues consultados los documentos, recorrimos muchas veces el terreno, tomando así muchas importantes informaciones.
Es también preciso atender a la realidad de los alcances de las bocas de fuego en aquella época, en que las piezas de artillería de campaña no tiraban más allá de 1.000 ó 1.200 metros, siendo de poco más allá de 500, la distancia del punto en blanco.
Junto al desfiladero de Oliveira se estableció la división del teniente general Hill, teniendo un Cuerpo destacado en la derecha, observando la ladera al lado del Mondego. Más hacia el N., entre el desfiladero de Oliveira y el de Santo Antonio do Cantaro, se situó la división del general Picton, de la que formaban parte los regimientos portugueses números 8, 9 y 21 de Infantería. En el gran macizo de Bussaco, y ocupando parte del bosque, estaba estacionada la división del teniente general Spencer, dando frente al flanco izquierdo la Brigada portuguesa Pack (regimientos de Infantería nº 1 y 16, y de cazadores núm. 4). Más al N., hallábase la división ligera del brigadier general Crawfurd, de las cual formaban parte los batallones de cazadores portugueses números 1 y 3, teniendo como reserva la brigada Colleman (regimientos de infantería portuguesa núms. 7 y 19, con los cazadores número 2). Finalmente la división del teniente general Cole, con dos brigadas portuguesas, que tomaron posiciones en la extrema izquierda y se extendían hasta las alturas del Ninho de Aguia.
Frente al puente de Murcella, para observa cualquier movimiento del enemigo por la margen izquierda del Mondego, estaba desplegada la caballería portuguesa con el regimiento británico núm. 13, de dragones ligeros, formando una división a la ordenes del brigadier general Fane. Desde el puente y sobre la sierra se hallaba una brigada de infantería mandada por el coronel Lecor.
El grueso de la caballería británica (según propia expresión de lord Wellington), estaba “apostada en la retaguardia de su flanco izquierdo, observando la planicie y el camino que va de Mortagua para Porto, a través de la montaña que une la sierra de Bussaco con la de Caramullo.”
Todas estas posiciones fueron bien elegidas pensando en la defensa. Las de la cordillera de Bussaco tenían solamente dos o tres puntos accesibles y eran dominantes. Con todo, según nuestra humilde opinión, la línea ocupada por el grueso del ejército anglo-luso tenía el defecto de no permitir una retirada en regla, en caso de ser forzada en alguno de su puntos, principalmente en el centro.
La sierra de Bussaco forma como un desfiladero invertido, en el que las comunicaciones de uno para otro lugar solamente pueden hacerse por la cumbre, la cual, en gran extensión tiene únicamente una estrecha faja de terreno transitable, a cuyos lados están los despeñaderos. Si por ejemplo, fuese tomado por los franceses el pasaje de Santo Antonio do Cantaro, acabaría cortado en dos el ejército aliado, sin posibilidad de reunirse en la retaguardia, sino a gran distancia y con un costo muy elevado.
Olvidándonos de este grave inconveniente, la posición defensiva era buena como dijimos. Hoy tendríamos que hacer otras distintas, a causa de las líneas de ferrocarriles, de las nuevas carretera y los perfeccionamientos del material de guerra, por ello no diremos nada de las circunstancias actuales.
Parece que, según los cálculos más aproximados, el ejército aliado tenía en números redondos: 60.000 hombres de todas las armas (de los cuales 29.000 eran portugueses) y 50 piezas de artillería. Ya dejamos con anterioridad, constancia de estas valoraciones.
Veamos ahora como continuó el avance del ejército francés.
El día 26 de septiembre por la mañana, según todas las probabilidades, pasaban la ribera de Mortagua, los cuerpos 2º y 6º, ocupando las tropas del 2º (Reynier), el camino que conduce a Santo Antonio do Cantaro, y las del 6ª (Ney) la que por Moura se dirige al alto del Encarnadouro, junto a la muralla del convento. Estaban así en poder de los franceses las dos estribaciones principales de la sierra y el valle de Lourinha, que las separaba. Los generales de Massena habían observado los continuos movimientos de tropas que había en las alturas y hacia los lados del desfiladero de Oliveira, que iban del S. al N., estableciendo posiciones con los soldados de Leith y de Hill.
El mariscal Ney y el general Reynier llegaron a la conclusión de que estos movimientos que hacía el ejército anglo-luso, eran debido a que aun no habían concluido la concentración de tropas, ni situado en orden de batalla, y por ello consideraban que era necesario atacar de inmediato la línea, como único modo de vencer los obstáculos que más tarde podrían ser insuperables.
Es cierto que estos generales tenían alguna razón, pero no era de suponer que lord Wellington estuviese desprevenido, antes al contrario, había ordenado se le reuniesen las tropas que mandaba el general Hill, y ya tenía en posición la mayoría de su ejército. Suponer otra cosa sería atribuir al generalísimo británico una total imprevisión, en oposición con su genio y con el tiempo del que había podido disponer.
Por otra parte, las tropas francesas no estaban aun completamente reunidas, faltaba el 8º cuerpo (Junot) y gran parte de la artillería, y sobre todo faltaba el general en jefe que había parado para tratar de reorganizar e impulsar el movimiento de sus tropas. Por tanto Ney, a pesar de sus deseos, tuvo que esperar, también por que no quería la responsabilidad de iniciar un ataque general. Solo después de las dos de la tarde comenzó a moverse hacia Mortagua, el grueso de la artillería y el 8º Cuerpo, y Massena cuando lo izo, dispuso de muy poco tiempo para reconocer el terreno donde iba a trabarse la batalla.
LLegamos pues a uno de los puntos donde más critica levantó el General en jefe del Ejército francés. El propio Thiers, gran admirador de Massena, no lo absuelve tampoco. Y efectivamente, habiendo recibido el día 25, esto es, la víspera, informaciones de sus generales de la vanguardia Montbrun y Loison, que indicaban la colocación en batalla del ejército anglo-luso, mal se entiende como no se adelantó personalmente a reconocer el terreno y dar las convenientes ordenes con ocasión de la llegada de los cuerpos 2º y 6º. Debe con todo, ponderarse que Massena pretendía dar un golpe decisivo, y suponiendo con buen criterio, que Wellington solo lo esperaría en posiciones fortificadas, era natural que desease reunir todo el ejército para emprender el ataque.
Algunos disculpan a Massena diciendo que no autorizaba en realidad la batalla que pretendía el ejército aliado, y que atribuía a Montbrun y a Loison el engaño de suponer que había un ejército, donde no existía más que una fuerte división. Para nosotros esta disculpa no sirve de nada. Montbrun y Loison eran generales experimentados y sus noticias debían de haber sido tomadas en gran cuenta. La verdadera disculpa de Massena está en el empeño que tenía en reunir sus fuerzas. ¿Qué dirían de él, si no teniendo el ejército reunido, diese la batalla y fuese rechazado? Naturalmente sería objeto de crítica aun mayor, y según creemos, justificada. Ahora una consideración, hacer una concentración rápida no era posible a causa de los caminos.
Por ello, lo que más convenía a Massena era dar la batalla por la mañana y no de tarde. Si venciese a altas horas del día, aun tendría tiempo de perseguir al enemigo por desfiladeros y barrancos profundos, que a veces, mucho dificultan las retiradas. Si venciese cerca de la noche, estas mismas dificultades se volverían en contra del perseguidor, ya que él nunca contó con ser perseguido, como finalmente sucedió.
En suma, creemos que el generalísimo francés, llegando un poco tarde a las estribaciones de la sierra de Bussaco, cometería un error más aparente que real, esto es, más en la forma que en el fondo.
Efectivamente, supongamos que Massena con sus cuerpos 2º y 6º diese inmediatamente la batalla. No podría hacerlo antes de las ocho o nueve de la mañana, por que el grueso de aquellos cuerpos solamente comenzó a moverse por Montagua, al romper del día 26, estando aquellos caminos en ese tiempo en pésimo estado. A las nueve de la mañana ya la división Hill se debía de hallar sobre el desfiladero de Oliveira, con su llegada quedaba completa la concentración del ejército anglo-luso.
Nos parece que no es fácil afirmar lo contrario. Estas son palabras de lord Wellington en su parte oficial: “Como todo el ejército enemigo estaba al lado derecho del Mondego, y como igualmente era evidente, él intentaba forzar nuestra posición, el teniente general Hill pasó aquel río haciendo un pequeño movimiento para su izquierda en la mañana del 26, dejando al coronel Lecór apostado con su brigada en la sierres de Murcella en orden a cubrir la derecha del ejército, etc.” Esto quiere decir, según entendemos, que el ejército aliado estaba ya en posición en la sierra de Bussaco, teniendo destacada en Murcella, la división Hill, pero viendo lord Wellington en la tarde del día 25, las intenciones definitivas del enemigo, mandó que dicha división se dislocase un poco sobre su izquierda, pasando el río en Penacova, y ocupase el desfiladero de Oliveira, lo que dio lugar al movimiento de tropas que habían apreciado Ney y Reynier. Estos movimientos eran los de la división Hill que llegaba, y los de algunas tropas de Leith, que sintiéndose apoyadas por su derecha, se concentraban en menor espacio. Pero el desfiladero de Oliveira dista mucho menos de la sierra de la Murcella, que de Mortagua, por tanto, cuando las últimas tropas de Ney y Reynier dejasen aquella villa, ya las de Hill deberían de estar en dicha posición, teniendo todavía a su favor un camino recientemente acondicionado.
Después que Massena hizo su reconocimiento, el cual debió de tener lugar el día 26, por la noche, dicen que reunió en consejo de generales para discutir lo que debería de hacerse. En esa ocasión parece que el mariscal Ney fue contrario al ataque de la posición, por ser inoportuno, proponiendo una retirada hacia Vizeu, hasta que llegasen refuerzos. Massena censuró y rechazó esta propuesta, no juzgándola propia de aquel audaz Mariscal. Dicen también que Fririon y Eblé proponían que se rodease la posición de los aliados, sin saber todavía por donde, y que Reynier, a pesar de su prudencia habitual, fue el único que apoyó las ideas del general en jefe, llegando a afirmar que había reconocido especialmente la posición de Santo Antonio do Cantaro, y que la consideraba atacable.
Massena decidió atacar al día siguiente por la mañana, y creemos que esta decisión era la mejor que podía adoptarse, aun en el caso de tener ya conocimiento de la existencia del desfiladero de Boialvo.
Por muy poco conocimiento que tuviese entonces el general francés de la geografía de Portugal, lo cierto es que no ignoraba que las tropas luso-británicas estaban con la espalda vuelta al Océano, distante apenas ocho leguas, y que para retirarse sobre Lisboa deberían de atravesar el Mondego, el cual, si en aquella estación era vadeable por algunos puntos, no dejaba con todo de ser un obstáculo muy considerable en la retirada de una gran ejército. Además, había una posición central –Mortagua, en la que los aliados ocupaban una extensa línea, cuyos límites estaban poco más o menos equidistantes de aquel centro. Luego, “siendo muy posible la ruptura de la línea con un ataque impetuoso sobre uno de los pasajes de la cadena montañosa”, como decía Reynier, era natural que Massena aprovechase la ocasión de batir en aquellas circunstancias a sus adversarios, pudiendo de este modo acabar la campaña con un único golpe. Apréciese que el príncipe de Essling ignoraba completamente la existencia de las líneas de Torres Vedras, ya que si así no fuese, aun sería mayor su empeño en aceptar la batalla.
El día 27, después de las dos de la madrugada, todo el ejército francés se puso en marcha para ocupar las posiciones señaladas por el comandante en jefe, a saber:
El 2º Cuerpo (Reynier) se apostó junto a Santo Antonio do Cantaro, en columnas de ataque, avanzando la división Merle, seguida de la brigada Foy asignada a la división Heudelet hacia la frontal de esta población.
El 6º Cuerpo (Ney) situado junto a la población de Moura, ante la que se colocó la división Loison, seguida a adecuada distancia por la división Marchand, que lo hacía en columna cerrada. El mariscal Ney dispuso en reserva la división Mermet.
El 8º Cuerpo (Junot) servía de reserva general y ocupó durante la batalla, el valle de Lourinha en una línea perpendicular al talud, teniendo de frente un camino transversal por donde podía comunicar con las dos laderas (véase el plano) [11]
La caballería en vista de lo inapropiado del terreno para cualquier maniobra, fue situada en grupos, en las alas de las cuestas, y una brigada en el fondo del valle, en la retaguardia del 8º Cuerpo. Con esta disposición el general Montbrun, pretendía repeler o ayudar a repeler cualquier movimiento del enemigo, si este pretendiese descender de las alturas. Habíamos dicho que dos destacamentos de caballería ocupaban el camino junto Espinho, y en el que por el E. de Mortagua se dirije a Foz-Dão. Esta disposición la encontramos muy aceptable y probable, por la conveniencia que había de vigilar aquellos caminos.
La artillería tenía un papel secundario en el ataque, debido a la desfavorable configuración de aquellas laderas; aun así, además de algunas bocas de fuego anexas a los dos cuerpos atacantes, para apoyo de las tropas de Ney se estableció una batería en las alturas de Atalaya, pequeño reducto en el macizo mayor de Bussaco, que origina la bifurcación del valle de Lourinha. En el extremo de esta ramificación de la serranía, y un poco al frente del 8º cuerpo, estaba Massena con su Estado Mayor. El ejército francés disponía de 55.000 hombres.
OooOOOooo
Al romper la mañana comenzó el ataque por la izquierda de los franceses. La división Merle cedió el camino, y cayó sobre la derecha, subiendo la sierra con gran costo, aunque protegida por la espesa niebla, y después de una lenta marcha, llegó a ocupar las alturas al N. del camino, siendo por ello, batida por la metralla y cargada a la bayoneta, no pudiendo sostenerse en aquel terreno. Mientras, un regimiento de la división Heudelet, que precedía a la brigada Foy, subiendo por el camino, apareció por la izquierda de la división Merle para apoyarla, pero también fue repelido. Por último, la brigada Foy siguiendo también el camino, desembocó en la cima del desfiladero de Santo Antonio do Cantaro, después de habérsele agregado aquel Regimiento y los restos de la división Merle. Trabada encarnizada lucha, fueron estas tropas obligadas a retirarse ante la división Picton, auxiliada por las de Spencer y Leith. En este ataque se inmortalizarían los regimientos números 8, 9 y 21 de infantería portuguesa.
El general Reynier, viendo tan mal resultado, hizo avanzar un poco al resto de la división Haudelet, para recoger las tropas en retirada, y tomo de nuevo posición junto a la aldea de donde había partido, esperando allí el resultado del ataque del 6º Cuerpo.
Por este tiempo, pero iniciado algo más tarde, efectuaba Ney el ataque de Sula, para después ocupar el alto del Encarnadouro, junto al bosque. Aquella aldea fue tomada por la brigada Simon, mientras que la brigada Ferrey (ambas pertenecientes a Loison) seguía un poco a la derecha hacia la ladera que se extiende a los lados del Ninho de Aguía. En poco tiempo toda la división de Loison se hallaba casi tocando dicha cumbre, cuando fue cubierta de metralla y cargada a la bayoneta por la división Crawfurd y por la brigada portuguesa de Colleman, teniendo que retirarse precipitadamente, dejando herido y prisionero al general Simon. Aquí se llenaron de gloria muchos batallones y regimientos portugueses, esto es, todos los que tuvieron la honra de entrar en combate y particularmente el número 3 de cazadores y un batallón del 19 de infantería.
A la vista de esto, Marchand, que seguía por el camino, sintiéndose batido por los fuegos entrecruzados de las posiciones fronteras, en vez de seguir avanzando se dejó caer a la izquierda, haciéndolo tan mal, que fue a darse contra un abrupta pendiente del gran macizo de la sierra, donde al no poder subir, ni deseando volver al camino por causa de los mortíferos fuegos, estuvo durante algún tiempo quieto, hasta que fue retirándose por los barrancos de las estribaciones de Atalaya.
El mariscal Ney, a pesar de su audaz genio, hizo como Reynier, recogió sus tropas sobre posiciones que anteriormente había tenido junto a Moura, esperando allí ordenes, después de haber perdido más de 2.000 hombres, entre muertos y heridos. Las pérdidas de Reynier fueron mayores, pues andarían por 3.000 hombres.
No quiso Massena renovar el ataque, y solamente ordenó que algunos batallones de tiradores, entretuviesen al enemigo con un tiroteo flojo.
oooOOOooo
Aquí esta en breves palabras, lo que fue esta batalla (Massena lo denomina reconocimiento), que duró poco más de dos horas, y donde se obtuvo, como mejor resultado, la confirmación del valor y firmeza del ejército portugués, el cual, constituido entonces por soldados en su mayor parte bisoños, necesitaba dar una decisiva prueba de sus cualidades guerreras. Efectivamente, la defensa de las posiciones fue brillante por parte del ejército anglo-luso, como se ve por los resultados y por la relación oficial, que más adelante transcribiremos. Honor y gloria se le conceda, pues honor y gloria merece. Y principalmente honor y gloria merecerán nuestros soldados, que siendo imberbes, no temblaron ante las huestes napoleónicas, mandadas por los mejores generales y habituadas a las victorias sucesivas.
De las alturas de Bussaco descubrió el ejército portugués una nueva aurora, y el francés las primeras nubes que ocasionalmente envolvieron el radiante sol.
Finalizado el ataque, en cuanto algunas tropas ligeras se entretenían de ambos lados en tirotearse, reunió Massena otra vez a sus generales, principalmente a los comandantes del 2º y 6º Cuerpo, que se disculparon uno con el otro, resolviendo que se explorasen los terrenos, sobre todo hacia los lados de Boialvo, los cuales parecían indicar la existencia allí de una carretera regular. Encargó de esta pesquisa al general Montbrun, acompañado por el coronel Sainte-Croix y algunas tropas de caballería y artillería.
Estos ilustres militares desempeñaron brillantemente la comisión que se les había encomendado. Para ello subieron a la anochecida a las alturas inmediatas, recogiendo informaciones, internándose en un largo desfiladero con pésimo camino, aunque practicable para todas las armas, ocupando la población de Boialvo con artillería y caballería, desembocaron en las llanuras de Avellãs, llegando, según afirma Thiers, hasta Sardão.
¡No encontraron ni un soldado enemigo!
Con tan feliz descubrimiento, y después de colocar a retaguardia de Boialvo alguna caballería para reforzar, si fuese necesario, las tropas que ocupaban la población, volvieron los dos comisionados al Cuartel general de Massena, a donde llegaron cerca del mediodía del 28.
El generalísimo francés resolvió inmediatamente el célebre movimiento de costado. Ordenó a Junot, por estar más próximo de Mortagua, que, cerca de la noche, dejase la posición que tenía, y, llevando delante parte de la caballería de Montbrun, tomase el camino del escabroso macizo de Boialvo, formando la vanguardia.
El mariscal Ney con el 6º Cuerpo siguió también este movimiento.
Por último, Reynier, que se hallaba más separado, hacia la izquierda, fue encargado de cerrar la marcha con el 2º Cuerpo, caminando delante de los heridos, en número de 3.000, y alguna artillería y bagajes.
La extrema retaguardia estaba formada por el resto de la caballería de Montbrun con la artillería más ligera.
Parece que lord Wellington ignoró este movimiento hasta las 11 de la noche, ordenando entonces la retirada del ejército. Cuando en la madrugada del día 29 se ausentaban de los arrabales del bosque de Bussaco los últimos regimientos del ejército anglo-luso, ya la vanguardia francesa (infantería y caballería) ocupaba las llanuras de Avellãs.
El día 30, por la noche, casi todo el ejército aliado estaba al Sur de Mondego, habiendo tenido algunos soldados acuchillados por la caballería enemiga. Massena entró en Coimbra el día 1º de octubre.
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Por último haremos algunas consideraciones sobre la batalla y los movimientos de tropas de los tres días siguientes.
Como dijimos la posición del ejército aliado era buena para la defensiva, pero no inexpugnable. Muy por el contrario podía ser lacerada por algunos puntos. Y, si la línea fuese interrumpida, la retirada sería desastrosa. El desfiladero de Santo Antonio do Cantaro era el más vulnerable, debido a que los fuegos no podían ser tan convergentes como en el pasaje de Encarnadouro, donde la artillería aliada tenía una disposición altamente ventajosa. Además de esto, el muro del bosque había sido derribado en parte, del medio hacia la cima, habiéndole abierto saeteras, formando en su frente pequeñas defensas. Esta obra ahora constituía un serio obstáculo, aunque no insuperable. El desfiladero de Oliveira también era atacable.
Supongamos que Reynier, estando bien apoyado y haciendo un gran esfuerzo (como realmente haría Massena si mandase el 2º Cuerpo), acabase definitivamente dominando el desfiladero: la división Pictón sería acorralada en los desfiladeros de Botão, que los franceses tratarían de ocupar, ya que en aquella época era el mejor y más corto camino para llegar a Coimbra. La división Spencer tendría que retirarse por el bosque o junto a él, ofreciéndole el flanco a Ney, sirviéndole solamente como escudo las tropas de Crawfurd y de Cole. En esta coyuntura era casi cierto que el comandante del 6º Cuerpo, retomando su acostumbrada audacia las precipitase por los barrancos que circundaban la posición y por el camino que iba a Mealhada. Aceptemos pues como posible, la retirada hacia esta villa y la de Anadia, siendo seguro que dichas tropas aliadas no podrían ganar Coimbra, debido a que habían seguido un camino desviado, mientras que los franceses iban por el directo, por Botão. Y no pudiendo pues ganar Coimbra, habrían naturalmente de hacer la retirada por los costados de Águeda, esto es, en dirección al Norte.
Tengamos ahora en cuenta las divisiones de Leith y de Hill. Estas tropas, con despeñaderos por los costados, serían obligadas a desfilar durante mucho tiempo por las cumbres hasta alcanzar Mondego, rodeado de márgenes abruptas. Y esto es tan probable que el señor Simão José da Luz Soriano, dice en su “Historia” que las tropas de Hill “...pasaron el Mondego tras imponérseles tras atravesar el puente de Murcella para meterse en el camino de Espinal: luego pasaron el río entre la hoz de Dão y la hoz de Ava. Este acto, que parece raro, se explica: fue tal la prisa y confusión en la retirada, que las tropas de Hill, en vez de retroceder por Penacova, tomaron tal vez el camino de Raiva, atravesando por allí el Mondego con comodidad, dejando de este modo el pasaje de Penacova a algunas o todas las tropas de Leith.” Ahora, quien no haya visto aquellos caminos, mal puede imaginarse el peligro que estas tropas correrían si fuesen perseguidas: tenemos casi la certeza de que no llevaban artillería, y hasta nos parece que la de Hill había quedado en la margen izquierda del Mondego, cuando este general hizo su pequeño movimiento en la mañana del 26, por ello, la retirada constituiría un verdadero desastre.
Si en vez del desfiladero de Santo Antonio do Cantaro hubiesen optado por la travesía del Encarnadouro, todavía la retirada sería más desastrosa, ya que su única ventaja era que el camino de Botão llevaban más tiempo en poder de los aliados. Si ambos pasajes fuesen tomados al mismo tiempo, cosa muy posible, desbarataría a los aliados completamente.
Creemos por tanto, que lord Wellington, ofreciendo la batalla en Bussaco, confió demasiado en su estrella, como él mismo afirmó después, cuando venció a Napoleón en Waterloo. Fueron estas y otras victorias sucesivas, las que dieron gran renombre al general británico, el cual así no podría haberlo adquirido di no poseyese realmente notables dotes militares.
Hay una cosa que no podemos dejar sin tener en cuenta: el abandono del desfiladero de Boialvo. Es el momento de que nos preguntemos: ¿Qué hacía la caballería británica? La suponemos situada en los terrenos bajos de Avellãs, cerca de la carretera de Porto, vigilando la de Boialvo, como dice Wellington. Mas esta observación se necesitaban avanzadas en el desfiladero, y si ellas se mantuviesen allí, Montbrun no lograría desembocar en la planicie, como lo hizo: Naturalmente ni hubiese intentado el paso si la posición estuviese guarnecida con un simple batallón de cazadores. En este punto, o no cumplieron bien las ordenes del general en jefe británico, o hubo una notable imprevisión de su parte. La disculpa con el coronel Trat y con el general que mandaba las partes del Norte (ver documento), es poco admisible.
Se ve por tanto, que el procedimiento de lord Wellington no estuvo exento de algunos fallos. El de Massena no es el mismo caso. Si el primero ofreció una batalla casi innecesaria en que podía perder todo su ejercito, o por lo menos impedirle la retirada a las líneas de Torres Vedras, el segundo dejó escapar la ocasión de acabar la campaña en un único golpe.
Es cierto que el desfiladero de Santo Antonio do Cantaro era el punto más vulnerable y también aquel del su posesión resultaba más ventajosa para el atacante. Supongamos que tras el cuerpo de Reynier, Massena colocase casi todas las tropas de Junot, y que, antes de dar el golpe definitivo, mandase al mariscal Ney atacar el Encarnadoiro y que una brigada del 2º Cuerpo, con todo su aparato bélico se dirigiese al desfiladero de Oliveira. Y supongamos también, que después de trabado el combate en su derecha, hiciese avanzar impetuosamente a todas las tropas de Reynier, poniéndose él Massena, para apoyarlas, al frente de la reserva, esto es, del 8º Cuerpo, es muy probable que el desfiladero de Santo Antonio do Cantaro fuese tomado, a pesar de la bravura de los defensores. Por ello el éxito de la batalla no nos parece dudoso. Aunque los ataques, tal como se dieron, fueron descompuestos: cuando aun no habían casi finalizado, comenzaba otro; el ímpetu especialmente del 6º Cuerpo, no correspondía a la calidad de las tropas, ni al carácter del Mariscal que las mandaba. Después vino el desánimo y finalmente se oyeron disculpas.
Diremos todavía dos palabras. Créense algunos que hasta parece inferirse de las frases de lord Wellington, que en el caso del coronel Trant, tener ocupado Boialvo, acabaría teniendo completamente quieto al Ejército francés, quedándole solamente la retirada para Vizeu. Nos parece que aun tenía un recurso: situar un fuerte destacamento de tropas con artillería en las alturas de Caparrosinha, y hacer unos ligeros atrincheramientos, estableciéndose en Foz-Dão, o algo más abajo, cerca de los pasajes del Mondego, lo que sería fácil. Tendría así un apoyo seguro que serviría de cabeza de puente, pudiendo amenazar ambas márgenes del río y toda la cordillera o la sierra desde Boialvo hasta Arganil. Era natural que el Ejército francés, en esta actitud, obligase a lord Wellington a retirarse sobre las líneas de Torres Vedras, por el recelo de tener las tropas muy repartidas.
Actualmente las alturas de Caparrosinha estan en condiciones muy diferentes.
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No es nuestro deseo hablar del resto de la campaña, ya que son bien conocidos los hechos que la caracterizaron. El espanto de Massena al ver enfrente las formidables líneas, y la insuficiencia de su ejército para tomarlas, condujo a solicitar refuerzos por medio del general Foy. La falta de cooperación de las tropas de Soult; los trabajos de Eblé para conseguir material para los puentes, la prolongada ocupación de Santarem y de otros lugares de importancia; la inacción de lord Wellington, la carencia de avituallamientos en el ejército invasor: su retirada sabiamente dirigida, la pertinacia del generalísimo francés en descender por el valle del Tajo, después de volver por Celorico y la meseta de la Estrella. La actitud de los generales comandantes de los Cuerpos en esta coyuntura, la destitución de Ney, y finalmente las atrocidades cometidas, bien dignas de perpetuo odio. Todo esto, como dijimos, es notorio, por que si los franceses practicaron crueldades y vandalismos, conviene tener en cuenta que otro cualquier ejército invasor haría probablemente cosas semejantes. Por eso, y por todo, deberemos estar prevenidos para repeler siempre con energía cualquier atentado contra la independencia de la patria.
Poniendo en la balanza las dificultades de esta campaña de Portugal, consideramos que la fama de Massena no sufrió gran quiebra. El propio lord Wellington, que al principio lo censuraba, acabó llenándolo de elogios. Napoleón, mirando para si mismo, cuando en 1812 se retiraba de Rusia, se arrepintió de haber condenado a aquel viejo guerrero al ostracismo, después de la batalla de Fuentes de Oñoro, diciendo públicamente, al partir para la isla de Elba, que era de sus generales, el que había desarrollado hechos más gloriosos. Por ello, si la vida de lord Wellington fue larga y llena de honores, la del príncipe de Essling fue corta y llena de amarguras.
En 1817, en el cementerio de Père-Lachaise, una lápida de mármol blanco, con estas simple inscripción: «MASSENA», indicaba a los transeúntes que allí yacía “El Hijo querido de la Victoria”.
Documentos
Oficio de lord Wellington a don Miguel Pereira Forjaz, Secretario de la Guerra.[12]
Illmo. y Excmº Sr.
En cuanto el enemigo comenzó a avanzar de Celorico y Trancoso sobre Vizeu, las diferentes divisiones de Milicias y Ordenanças se situaron sobre los flancos y retaguardia del enemigo. El Coronel Trant con su División atacó la escolta de la Caja militar y Reserva de Artillería, cerca del Tojal, a 20 del corriente. Tomo al enemigo: 2 oficiales y 100 prisioneros, habiendo juntado una fuerza que colocada al frente y retaguardia, lo obligó a retirarse otra vez para las orillas del río Duero.
He oído que las comunicaciones del enemigo con Almeida estan completamente cortada, y que solamente poseen el terreno en el que se encuentra su ejercito.
Mi oficio del 20 del corriente habrá dejado a V. Eª informado de las medidas que tenía adoptadas, y las que estaba en proceso para juntar el ejército en las inmediaciones de esta ciudad, y si fuese posible, impedir que el enemigo logre su posesión.
El 21, la vanguardia enemiga avanzó con rapidez hacia Santa Comba Dão, lugar donde se unen los dos ríos Criz y Dão; y el brigadier general Pack se retiró hacia la banda de aquí, atravesando el Criz, y uniéndose en Mortagua al brigadier general Crawfurd, después de haber destruido los puentes que existían sobre aquellos dos ríos.
La vanguardia del enemigo pasó el río Criz, el 23, y toda la fuerza del 6º cuerpo se le unió en la orilla de aquel río. El brigadier general Crawfurd con su división y el brigadier general Pack con su brigada, se retiraron hacia la posición que yo tenía señalada para el ejército en la cima de la sierra de Bussaco. Estas fueron seguidas en este movimiento por todas las fuerzas de los cuerpos de Ney y Reynier (6º y 2º). Nuestras tropas fueron conducidas con gran orden por el brigadier Crawfurd, tomando las tropas las posiciones señaladas, sin que sufriesen pérdidas importantes.
El regimiento de cazadores portugueses nº 4, que se había retirado hacia la derecha de otras tropas, y los piquetes de la 3ª división de infantería que se hallaban apostados en Santo Antonio do Cantaro, mandados por el mayor Smith, del 45 Regimiento, se batieron por la tarde con las avanzadas del cuerpo de Reynier, habiendo en esta ocasión, el regimiento de cazadores nº 4, mostrado aquella bizarra firmeza que luego otras tropas portuguesas demostraron.
La sierra de Bussaco es una alta cordillera, que se extiende desde el río Mondego en dirección al Norte, a lo largo de unas 8 millas inglesas. [13]
En lo más alto de esta cordillera, a cerca de 2 millas de su terminación, se encuentra el convento y el bosque de Bussaco. Esta sierra de Bussaco se une a la de Caramullo a través de un espacio abrupto, el cual va en dirección al Norte, hacia Vizeu, y separa el valle de Mondego, del valle del Douro. A la izquierda de Mondego, y casi en línea con la sierra de Bussaco, hay otra cordillera casi en la misma dirección, la cual es denominada sierra de Murcella, circundada por el río Alva, y unida por terrenos montañosos a la sierra de la Estrella.
Todas las carreteras de Coimbra en dirección al Este, pasan por encima de una u otra de estas montañas. Son muy difíciles para la travesía de un ejército, ya que es dificultoso alcanzar las cumbres y es montañosas por ambos lados.
El ejército del enemigo estaba en el lado derecho del Mondego, y como era evidente que intentaba forzar nuestra posición, el teniente general Hill pasó el río, haciendo un pequeño movimiento por su izquierda, durante la mañana del 26, dejando al coronel Lecor apostado con su brigada en la sierra de Murcella, en orden a cubrir la derecha del ejército; el brigadier general Fane, con su división de caballería portuguesa, con el regimiento de dragones ligeros nº 13 situados frente al río Alva, observando y rechazando los movimientos de la caballería enemiga, a excepción de estas tropas, todo nuestro ejército estaba reunido sobre la sierra de Bussaco, teniendo la caballería británica apostada a retaguardia de su flanco izquierdo, vigilando la planicie y el camino que va de Mortagua para Porto, a través del terreno montañoso que une la sierra de Bussaco con la de Caramullo.
El 8º cuerpo se unió al enemigo frente a nosotros, el 26 del corriente. Ese día no hicieron ataque serio alguno. Las tropas ligeras de ambas partes se batieron a lo largo de toda la línea. A la seis de la mañana del día 27, el enemigo hizo dos desesperados ataques sobre nuestras posiciones, uno por la derecha y el otro sobre la izquierda del punto más elevado de aquella sierra. El ataque sobre la derecha fue hecho por dos divisiones del 2º cuerpo en aquella parte de la sierra, que estaba ocupada por la 3ª división de infantería. Una división de infantería francesa llegó a la cumbre de la cordillera al tiempo que era atacada del modo más valiente por el regimiento nº 88, mandado por el teniente coronel Wallace, por el regimiento nº 45, del muy noble teniente coronel Meade, y por el regimiento portugues nº 8, mandado por el teniente coronel Douglas, dirigidos por el Mayor General Picton. Estos tres regimientos avanzaron a la bayoneta calada e hicieron retroceder la división del enemigo, sacándolo del terreno ventajoso en que se hallaba. La otra división del 2º Cuerpo, atacó a mayor distancia por la derecha, por el camino que viene por Santo Antonio do Cantaro, igualmente frente a la división del Mayor General Picton. Esta fue rechazada por el 74º regimiento, que mandaba el valiente teniente coronel Trench, y por la brigada de infantería portuguesa, mandado por el coronel Champalimaud, dirigida por el coronel Makinnon, antes de que hubiese alcanzado la cumbre de la cordillera. El Mayor General Leith igualmente se movió a su izquierda, para apoyar al Mayor General Picton, contribuyendo a destrozar al enemigo en esta parte, el 3º batallón del regimiento Real, el primer batallón del regimiento nº 9, y el segundo batallón del regimiento nº 38.
En estos ataques, se han distinguido los mayores generales Leith y Picton, los coroneles Makinnon y Champalimaud del ejército posrtugués (el cual fue herido); el teniente coronel Wallace; el valeroso teniente coronel Meade; el teniente coronel Sutton del regimiento nº 9 portugués; el Mayor Smith, del 45º regimiento, el cual infelizmente resulto muerto; el teniente coronel Douglas y el Mayor Birminghan del regimiento nº 8 portugués.
El Mayor General Picton acompaña informe sobre la buena conducta de los regimientos portugueses números 9 y 21, mandados por los tenientes coroneles Sutton y Araujo Bacellar, y de la artillería portuguesa, mandada por el Mayor Arenstchild.
Tengo igualmente que mencionar de una manera muy particular, la conducta del capitán Danser, del regimiento nº 88.
El Mayor General Leith informa de la buena conducta del regimiento Real, y del primer batallón del 9º regimiento, del segundo batallón del regimiento nº 38, y tomo la libertad de asegurar a Vª Excª, que nunca presencié un más valiente y denodado ataque que aquel hecho por los regimientos números 45, 88 y por el regimiento portugués nº 8, dividiendo al enemigo que había subido a la sierra.
Por la izquierda el enemigo atacó con tres divisiones de infantería del 6º cuerpo, aquella parte de la sierra que ocupaban la división de tropas ligeras mandadas por el brigadier general Crawfurd y la brigada portuguesa, que mandaba el general Pack.
Solamente una división de infantería enemiga hizo algún progreso en la subida, logrando alcanzar la cima de la sierra, pero fue inmediatamente cargada a la bayoneta calada y obligada a retroceder con grandes pérdidas, por el brigadier general Crawfurd con los regimientos números 43, 52 y 95, y el regimiento nº 3 de cazadores portugueses.
La brigada de infantería portuguesa, mandada por el británico Colleman, que estaba en reserva, basculó para apoyar la derecha de la división del brigadier general Crawfurd, y un batallón del regimiento núm.19, mandado por el teniente coronel MacBean, hicieron un denodado y bien resuelto ataque contra un cuerpo de otra división del enemigo, que intentaba penetrar en aquellos parajes.
En ese ataque, se han distinguido individualmente, el brigadier general Crawfurd, el teniente coronel Beckwith del regimiento nº 95, Barclay del regimiento nº 52, y los oficiales comandantes de los regimientos empleados en esta parte de la acción.
Las tropas ligeras de ambos ejércitos, se batieron durante todo el día 27, y el regimiento de cazadores portugueses nº 4, los regimientos números 1 y 16, dirigidos por el brigadier general Pack, y mandados por los tenientes coroneles Rego Barreto y Hill, así como el Mayor Armstrong, mostraron gran firmeza y bravura.
La pérdida que sufrió el enemigo en este ataque del día 27, ha sido enorme. He oído que el general de división Merle, y que el general Maucune han sido heridos. El general Simón fue hecho prisionero por el regimiento nº 52, así como otros 3 coroneles, 33 oficiales y 250 soldados.
El enemigo dejó muertos en el campo de batalla, 2.000 hombres, y he oído a través de los desertores y prisioneros, que sus pérdidas en heridos es también inmensa.
No renovaron su ataque el 28, excepto el fuego que hicieron sus tropas ligeras, pero realizó grandes movimientos de tropas de infantería y caballería desde la izquierda hacia el centro, hacia la retaguardia, donde vi su caballería en marcha por el camino que sale de Mortagua a través de las montañas, en dirección a las fajas de Porto.
Habiendo pensado que probablemente el enemigo intentase envolver nuestro flanco izquierdo por aquel camino, el coronel Trant había determinado que con su división de Milicias marcharse hacia Sardão con intención de ocupar estas montañas, pero desgraciadamente, fue mandado en dirección hacia Porto por el general que mandaba en la parte del Norte, en consecuencia, un pequeño destacamento enemigo tenía en su poder San Pedro do Sul, y a pesar de los intentos en llegar a tiempo, no logró llegar a Sardão sino el 28 por la noche, al tiempo que el enemigo se aposentaba del terreno.
Como era probable que el enemigo en el curso de la noche del 28 lanzase su ejército sobre aquel camino, con lo que podía llegar a la ciudad de Coimbra, evitando la sierra de Bussaco, pasando por el camino Real de Porto, y de esta manera nuestro ejército quedaría expuesto a quedar destrozado en aquella ciudad, o una acción general en terreno menos favorable, y como yo tenía en la misma retaguardia refuerzos, fui inducido por estos motivos a retirarme de la sierra de Bussaco. El enemigo se movía a las once de la noche del día 28, haciendo la marcha que supuse, y su vanguardia estaba el día anterior en Avellãs, en el camino de Porto a Coimbra, y todo el ejército fue visto marchando a través de las montañas, por eso, el ejercito a mi mando estaba ya en los terrenos bajos, entre la sierra de Bussaco y el mar, y todo a excepción de la vanguardia que está en este día en la margen izquierda del Mondego.
Aunque la desafortunada circunstancia de la demora que tuvo el coronel Trant, en llegar a Sardão, me hizo comprender que no tendría efecto o podría completar el objetivo que tenía a la vista, pasando el Mondego y ocupando la sierra de Bussaco, no siento haberlo hecho así. Este movimiento me ha ofrecido la oportunidad favorable de mostrar discretamente la composición de mis fuerzas, conduciendo por primera vez las nuevas tropas portuguesas a una acción desde una ventajosa posición, y las tropas de esta nación han mostrado que el trabajo y los desvelos que se han tenido con ellas, no han sido en baldíos, haciéndose dignas de competir en las mismas filas con las tropas británicas [14], en esta interesante ocasión, cualquiera de ellas ofrece las mejores esperanzas de salvación.
Durante toda la parte de guerra que se hizo en la sierra, y en todas las marchas anteriores, y en aquellas que después hemos hecho, todo el ejército se ha comportado de la manera más regular.
Consiguientemente todas las operaciones han sido hechas con mucha facilidad, y los soldados no han sufrido fatigas innecesarias, no se han perdido pertrechos, etc., y el ejército se encuentra pleno de alto y buen espíritu.
Durante este servicio he recibido la mayor ayuda de los generales y oficiales del Estado Mayor.
El teniente general sir Brent Spencer me ha dado esa ayuda y la que su experiencia me fortalece, siéndole particularmente deudor por los buenos servicios de su Ayudante y Cuartel General, y de los oficiales de sus divisiones, al teniente coronel Bathurst, y a los oficiales de mi personal de Estado Mayor, al brigadier general Howarth y al cuerpo de Artillería, y particularmente al teniente coronel Fletcher, Capitán Chapman y a los oficiales del Real Cuerpo de Ingenieros.
Debo igualmente mencionar a Mr. Kennedy y a los oficiales del departamento de Comissariado, el cual esta dirigido con el el mayor éxito.
No haría justicia al servicio ni a mis propios sentimientos, si dejase escapar esta oportunidad sin llamar la atención de Vª Excª. Sobre los méritos del mariscal Beresford; a él exclusivamente y bajo el gobierno de S. A. R. Es debido al mérito de haber levantado, formado, disciplinado y equipado al ejército portugués, el cual se ha mostrado ahora capaz de combatir y destrozar al enemigo.
Tengo, después de esto, recibido de él, en todas las ocasiones, toda la ayuda de su experiencia y talento, así como su conocimiento de este país .
Desde que escribí a Vª Excª., el enemigo no ha hecho movimiento alguno en Estremadura [15], o al Norte, respecto de las operaciones de esta campaña.
Mis últimas noticias de Cádiz son del día 9 del corriente.
Incluyo una relación de muertos y heridos del ejército aliado, en el transcurso de los días 25, 26, 27 y 28.
Mando este oficio a Vª Excª. Por mano de mi Ayudante de ordenes, el teniente coronel Vasconcellos, a quien puede pedir Vª Excª. Le refiera cualesquiera otros detalles, y al que recomiendo la benigna consideración de los señores Gobernadores del Reino.
Tengo el honor de saludarle con estima y respeto, de Vª Excª muy atento y fiel servidor.
Cuartel general de Coimbra, a 30 de septiembre de 1810.
Wellington. Rubricado.
Illmo. y Excmº señor don Miguel Pereira Forjaz.”
[1] Discúlpenos el lector si ponemos muy en evidencia los méritos de Massena. Lo hacemos porque realmente fue uno de los generales más notables de los tiempos modernos, dándole por ello el realce que merece, por lo que mayor gloria cabe a los soldados portugueses que tan eficazmente le derrotaron en una serie de victorias no interrumpidas.
Algunas palabras en honor del ilustre guerrero:
En ocasión de la batalla de Sacile, perdida por el príncipe Eugenio de Beauharnais, virrey de Italia e hijo adoptivo de Napoleón, escribía éste a dicho príncipe las siguientes frases, dignas de memoria: “La guerra es un juego serio en el que uno compromete su reputación, sus tropas y su país. Cuando todo uno es razonable, sabe si esta hecho para este negocio, o no debe de meterse a él. Yo sé que en Italia Ud. se siente relegado, pero enviando a Massena todo cambiará. Massena es de gran talento militar, y si tiene defectos es necesario olvidárselos, pues todos los hombres los tienen. A Ud. le confié mis ejércitos en Italia, y yo nunca le consideré sus defectos. Yo os envío a Massena y os confío el mando de la caballería a sus ordenes, et.,”
Thiers, cuando en su historia de la revolución francesa, pone en relieve los resultados de la batalla de Zurcí, en la que Massena disolvió la coalición de 1799, se expresa en los términos siguientes: “Gloria eterna a Massena, que vino a ejecuta una de las más bellas operaciones de la historia de la guerra. Eso nos salvó en un momento muy peligroso en Valmy y en Freurus, El nos hace admirar las grandes batallas por la concepción o el resultado político; por ello es necesario homenajear a quien nos salva. A uno se les admira y reconoce. Zurcí es el florón más hermoso de Massena y como el no los hay más hermosos en ninguna corona militar.”
Cuando Napoleón, después de la ruptura de los puentes del Danubio y tras la sangrienta batalla de Essling, quiso abandonar el Ejército para preparar los indispensables medios para proseguir la campaña, resolvió en consejo de generales que se hiciese la retirada por la margen izquierda del río, hacia la isla de Lobau. Entonces, dirigiéndose a Massena lo encargó de la suprema jefatura del Ejército, para esta arriesgadísima operación. Massena le respondió, diciendo:
“Vd. es Sire, un hombre de corazón y digno de mandarnos. No, no es necesario huir como débiles que hubiesen sido vencidas... nosotros debemos rebasar el pequeño brazo del Danubio, y les juro que de no ahogarnos, todos los austriacos querrían cruzarlo detrás de nosotros.”
Si así lo prometió, mejor lo hizo. Thiers, al describir esta gloriosa retirada, dice: “No veo otro modo de llenar sus deberes. Es como cuando se acerca a la costa y el enemigo desde tierra dispara sus balas como si fuese una lluvia, él se embarca el último, confiando en sortearles de Gênes en una simple embarcación bajo el fuego de la escuadra inglesa”.
Recordemos estos heroicos episodios, muy conocidos, pero que deben ser siempre bien oídos por los que profesan el noble oficio de las armas.
[2] V. Thiers, “Histoire de l’empire”, libro. XXI.
[3] Consultamos obras autorizadas, como son “Historia del Imperio”, de M. Thiers, y la “Historia de la guerra de la Península”, del señor Soriano. Siempre que había concordancia dimos la posible preferencia al primero, en lo relativo a los que atañese al ejército de Massena, y al segundo en lo relativo al ejército anglo-luso. También nos sirvieron de auxilio las “Lecciones sobre la guerra de la Península”, por el capitán Robinson, traducidas del inglés por el capitán de Artillería portugués J. Mathías Nunes.
[4] Nota del traductor. Es muy conveniente que tengamos en cuenta, que cuando estos hechos están ocurriendo (mayo de 1810), los españoles, o sea el voluntarioso pueblo español, llevaba dos años luchando por los campos de España, mayormente solo, sin más ayuda británica que la económica inicial, haciéndolo mayormente como guerrilleros incorporados a sus montañas. Estos dos años solos produjeron mucho daño a las fuerzas francesas, que vieron mermadas continuamente sus fuerzas por las acciones de aquellos “guerrilleros”.
[5] Nota del autor. Conviene que tengamos en cuenta que Wellington vino a hacer la guerra que le convenía a su país, ignorando las circunstancias reales del mismo. Jamás mostró el menor apego a nada de lo que significase España, ni los españoles.
[6] Denominación que suelen utilizar los británicos, refiriéndose a la que para nosotros es guerra de la Independencia
[7] Véase la Carta de Portugal.
[8] Las secciones horizontales tienen 50 metros de equidistancia
[9] Bien entendido que el autor se refiere al año 1887.
[10] Estamos convencidos de que en los mismos planos que se encuentran en las más importantes obras militares, construidos a mayor escala, habrá muchas veces que contengan más o menos fantasía en cuanto a ubicación o movimientos durante la batalla, puesto que los que mejor podrían fijarlo son los que en lla participasen, y esos no siempre toman estas anotaciones determinantes.
[11] En los antiguos planos de la batalla de Bussaco, se ve al 8º Cuerpo formado a retaguardia del 6º Cuerpo, siendo el mayor de todos y teniendo una división en reserva, era el que menos necesitaba de apoyo inmediato. Después de esto, estando el 2º Cuerpo separado del 6º por un profundo valle, estaba muy distante para ser socorrido, y era este Cuerpo el más reducido (con gran diferencia), por lo tanto quien más ayuda precisaba. Parece todavía que Santo Antonio do Cantaro era el punto , en aquella época, más accesible, y por tanto donde más convendría dar un ataque vigoroso, conforme la opinión de Reynier. Ahora, la posición que tenía a la reserva (salvo movimientos frontales en el momento del ataque) era la que más satisfacía sus fines. Las informaciones obtenidas en la localidad parecen confirmarlo.
En cuanto a la artillería no es fácil asignarle una posición. Dos puntos elevados fronteros con la sierra mal podían alcanzar las líneas aliadas, a no ser las de los tiradores dispersos en las laderas, donde los tiros serían muy poco eficaces. Es natural que algunas bocas de fuego acompañasen las columnas atacantes, y como nos afirmasen que en la empinada de la Atalaya, donde estaba Massena, habían emplazado algunas piezas de artillería, allí las indicamos, no para batir el macizo de Bussaco, que mal lo podrían hacer, mas si para adelantarse sobre la línea a fin de proteger el ataque del 6º Cuerpo.
[12] Publicado en la Gazeta de Lisboa, núm. 237, de 3 de octubre de 1810.
[13] Equivale a 1.609 metros.
[14] NOTA DEL TRADUCTOR y además, sin pudor ninguno: ¡Quién se creía este tío que eran los portugueses! ¡Lo mismo repitió Wellington en España, cuando lo de San Marcial!. Se reía de nosotros, y encima los gobernantes lo colmaron de honores. ¡Qué bochorno!
[15] Se refiere a la Extremadura portuguesa.