HACIA UNA REVISIÓN DE LA HISTORIA DE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN CATALUÑA (1808-1814)
Federico Camp Llopis

Federico Camp Llopis fue Académico de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona, Miembro de la Sociedad Económica de Amigos del País y del Patronato de Estudios Napoleónicos

Cataluña, en la guerra de la Independencia, durante la invasión napoleónica, constituye un escenario excéntrico, tanto desde el punto de vista de la resistencia y de la lealtad de los catalanes como del de los procedimientos de los invasores.

El antiguo Principado padeció toda clase de calamidades para la defensa común; pero muchas veces estuvo en desacuerdo con el Poder central y con los Jefes militares, y siendo en su mayoría tradicionalista y contrario al Emperador de los franceses, concluida la atroz palestra con éste, vio como sus hijos se dividían en bandos, entablaban la guerra entre sí en torno de principios que aquél proclamara.

Estas consideraciones del pasado obligan a revisar los hechos y los actos de los personajes y volver sobre las obras escritas, trabajo prolijo que inclina a examinar muchos libros y documentos y a coordinarlos. Los de la Secretaría de la Junta del Principado, depositados en la Capitanía General al finalizar la guerra y trasladados al Archivo de la Corona de Aragón por D. Próspero de Bofarull en 1817, con el beneplácito de Fernando VII; los documentos franceses descubiertos posteriormente en el Archivo de Hacienda, y, con otros, la bibliografía aparecida principalmente en Madrid y en Barcelona. La revisión que se perfila no es obra de nuestros días; se inicia ya a raíz de la guerra misma; Muñoz Maldonado, el Conde de Toreno, Lafuente, y más adelante, autores como el General Gómez de Arteche, en el centro, y en la capital de Cataluña, la Academia de Buenas Letras, produjeron obras más o menos críticas, con frecuencia contradictorias. Pero ha sido después de la guerra de 1936 a 1939 cuando se han recopilado las enseñanzas militares y sociales que se desprenden de la lucha iniciada en 1808 y se ha advertido el provecho que puede sacarse de la evocación total del grandioso hecho; estado de opinión que ya ha dado su fruto en los dos tomos del Diccionario Bibliográfico de la Guerra de la Independencia, editados de 1941 a 1947 por el Servicio Histórico Militar, en los trabajos del Instituto de Investigaciones Científicas y en las publicaciones del Boletín de la Academia de Buenas Letras de Barcelona. No ha resultado, pues, estéril que, durante la tragedia de 1936, los españoles rememoraran los sufrimientos y heroicidades de 1808, viendo en aquella una batalla moral semejante a la librada contra la Constitución de Bayona y el proyecto de introducir el Código Civil y otras novísimas costumbres.

Ateniéndonos estrictamente a las materias que se nos ofrecen, señalaremos, para la debida composición de lugar, los tratos en virtud de los cuales la Monarquía española que acababa de luchar con Francia en la campaña del Rosellón, se hizo aliada de Napoleón I, poderoso jefe del estado vecino, que de república anárquica pasó a imperio cesáreo, caracterizado por las victorias y su organización militar.

Mas la aliada francesa degeneró en tiranía, por medio de la cual el autócrata francés introdujo en España sus tropas en connivencia con Godoy, destronó a los reyes, e hizo proclamar en su lugar a su propio hermano, mientras confeccionaba la Constitución que acabamos de nombrar, destinada a destruir lo que de tradicional tenía la existencia de nuestra Patria.

Como es sabido, arrancados de España sus reyes, presente en Madrid el nuevo Soberano, estalla la oposición popular, encontrándose el Emperador Napoleón, acostumbrado a vencer en todas partes, con la guerra a cuchillo que proclamó Palafox en Zaragoza.

En Cataluña, al ocurrir el levantamiento (mayo-junio de 1808), había ya también tropas francesas prevenidas al amparo de la falsa alianza, tropas que mandaba un General de División, Duhesme, de mal recuerdo en la memoria de nuestros mayores, que, después de intervenir en nuestra lucha, debía dar su vida en la suprema jornada de Waterloo (año 1815).

Para el debido conocimiento y echando las bases de la revisión, digamos sintéticamente lo esencial de lo ocurrido en los teatros de operaciones militares y en la escena política y los hogares.

El ejército del Estado, las milicias provinciales y reservas y los institutos armados, propios de la región (somatén y miqueletes), estaban constituidos, organizados y distribuidos como ha descrito el insigne Arteche en su obra Guerra de la Independencia. Historia Militar de España de 1808 a 1814. Eran las tropas regulares poco numerosas, con su núcleo principal dentro de Barcelona, realmente prisionero de sus ocupantes, y, en relativa libertad, sólo quedaban fuera de la ciudad algunas unidades. En el territorio existían grandes fortificaciones, cuyos nombres, aún en su estado actual de decadencia, excitan el respeto al divisarse desde el ferrocarril o el auto: San Fernando, Rosas, Coll de Balaguer, Cardona, Seo de Urgel; y no se diga de las capitales también fortificadas, entre las que descollaban Gerona y Tarragona, destinadas a representar un papel dramático. Barcelona misma era una fortaleza imponente.

Al llegar los franceses, el Capitán General, Conde de Ezpeleta, octogenario, con buena hoja de servicios, presidía además la Audiencia y era árbitro de todos los resortes civiles. La guarnición comprendía las Guardias Walonas y Españolas, con Oficiales como Alvarez de Castro, destinados a la inmortalidad.

Desde el punto de vista político, Barcelona estaba regida por las leyes de Felipe V, y su derecho privado se encontraba oficialmente garantido.

La rebelión se exteriorizó en la residencia a Duhesme, que se había apoderado, el 2 de septiembre, de todos los resortes de la administración, rompiendo de este modo la alianza.

Fuera de la capital ocurrieron episodios tan característicos e indiciarios de lo que venía, como la quema del papel sellado del Rey Bonaparte en Manresa y la connivencia de todos los corregimientos entre sí para formar tropas y allegar armas y fondos.

En el resto de España habían ocurrido fastos todavía más importantes; entre ellos, el 2 de Mayo, en Madrid, y luego la batalla de Bailén, hecho inesperado, que desbarató los planes napoleónicos y acarreó la rápida retirada del Ejército francés, llevando a su frente a José Bonaparte, recientemente proclamado Rey.

Ya se comprenderá que, en tales condiciones, la situación de Ezpeleta en Barcelona era difícil. De esta suerte, al arreciar el desacuerdo con Duhesme, empezó a quedarse solo, y en su posición llegó a ser lamentable y más aún cuando el general francés le detuvo.

Mientras tanto, los defensores del territorio y del patrimonio, contristados por las ocurrencias y sin hacer ya caso de las instrucciones de Godoy, se preparaban a emprender la guerra, que iba a sumergirlos en un cúmulo de penalidades y desgracias que vendrían a sumarse al inmenso cuadro de desventuras desencadenado ya en España por la presencia de Napoleón.

CAMPAÑA DE 1808

De acuerdo con las tropas allegadas de un lado y de otro, los patriotas aspiraban nada menos que a la reconquista de Barcelona, aprovechando el efecto de Bailén. Todo el llano al pie del Tibidabo y los pueblos vecinos en todas direcciones fueron llenándose de tropas, unas venidas de Mallorca al mando de su Jefe, el General Marqués del Palacio, y otras, de más lejos, y de guerrillas que llevaban a su frente al Conde Caldagués, Miláns y otros improvisados jefes. De cuyo conjunto, después de algún titubeo, quedó constituido Comandante el General Vives.

Por aquellos días precisamente se constituía en Lérida, bajo la presidencia de su Prelado, la Junta Superior o Suprema, que, según frase del historiador francés Desdevizes du Dezert, se superpuso a las autoridades, nutriéndose con las Juntas locales o de los corregimientos. Verdadera alma de la resistencia, dicha Junta levantó cerca de 50.000 hombres de Infantería (Causó la admiración del general Saint Cyr, según confiesa en sus Memorias) e impuso contribuciones para sostener las necesidades, además de cooperar con el estado, obedeciendo las órdenes de la Regencia y de las Cortes.

Vives reunió sus fuerzas y comenzó las operaciones. Según los comentaristas, cayó en varios errores; entre ellos, no dar importancia a la situación de la provincia de Gerona, donde la fortaleza de Rosas era atacada. Además, de un momento a otro iba a entrar el General Gouvion Saint-Cyr, una de las reputaciones militares francesas, para dirigirse a Barcelona y salvar al apurado Duhesme. Por consiguiente, el deber de Vives era –según Arteche- ocuparse de estos peligros, interponiendo sus fuerzas entre Gerona y Barcelona, en vez de fraccionarlas entreteniéndose ante la capital, que ya se sabía que era de difícil expugnación. De resultas de todo ello cayó Rosas en manos de Saint-Cyr, que quería privar de su bahía a la flota británica (desde el principio de la invasión esta escuadra se mostraba vigilante en nuestras aguas, comunicando con los patriotas y suministrándoles armas y pertrechos), y fue derrotado Vives en Llinás (16 de diciembre), quedando desbloqueada Barcelona y rechazadas hasta Molíns de Rey y aun más allá las tropas españolas; contratiempos que, sin perder un minuto, explotó el General francés, y que culminaron en el desastre de Valls (25 de febrero de 1808) y en el triste espectáculo de Tarragona, rebosante de refugiados y bloqueada por las armas invasoras.

Es inútil ponderar las pérdidas de todas clases experimentadas por los españoles en tan desastrosos encuentros, tras los cuales pudo Saint-Cyr recorrer fácilmente distintos distritos y amenazar la montaña, refugio de guerrilleros. Para colmo de males, el General Vives había sido ya depuesto por vías irregulares y sustituido por Reding, uno de los triunfadores de Bailén; pero éste perdió la vida en los azares de aquellos días, sucediéndole Coupigny; con lo que empezó la serie de cambios, en los que aparecen los nombres de Blake, García Conde, marqués de Portago, Enrique O’Donell, Villena, Wimpfen, Iranzo, marqués de Campoverde, Barón de Eroles, Lacy, Copóns; ajetreo perjudicial cuando el enemigo disfrutaba de unidad de mando, que culminaba en su Jefe supremo, Napoleón. Este, después de Duhesme, encargó sucesivamente del mando en Cataluña a los Mariscales Augereau, Macdonal y Suchet y al conde Decaen, y todavía designó un gobernador civil.

La campaña de 1808, cuya primera fase había iluminado el resplandor del Bruch, concluía con tristezas. Pero ni un momento la Junta y los Jefes voluntarios pensaron en someterse al yugo de los extranjeros; ni la misma Barcelona, la cautiva por antonomasia –donde se cumplían las más negras venganzas de su osado ocupante, a las que los patriotas respondían con las tramas que ha transmitido a la posteridad el P. Ferrer-, perdió la esperanza de ser liberada.

CAMPAÑA DE 1809

Aunque Napoleón no puso los pies en Cataluña ni cuando entró en España para vengar a su modo Bailén, reponer en el trono a su hermano, dictar leyes, perseguir a los ingleses (noviembre de 1808-enero 1809), debían de tener idea del carácter de los catalanes por sus conversaciones con el astuto Tayllerand y las lecturas; sabría, por consiguiente, algo de la terquedad de los naturales por el alzamiento contra Felipe IV (1640), al que cooperaron las armas francesas, y por la defensa de Barcelona contra Felipe V (1711), acontecimiento en el que también intervinieron los franceses, aunque en el campo opuesto. De este modo, al disponer nuevas operaciones sobre Gerona y las restantes plazas, podía suponer la resistencia que se le opondría. Su soberbia, su optimismo invencible, le abrieron otro horizonte; además, despreciaba a los catalanes y no le preocupaban lo más mínimo su vida jurídica ni sus costumbres; antes bien, esperaba anularlo todo de una plumada, con la implantación del Código de su nombre.

Sea como fuere, Napoleón no demostró estar en todo equivocado, y, en medio de una pelea a muerte, tentó a los habitantes, ya cuando utilizó la mediación de los afrancesados, entre ellos Tomás de Puig, particular de Figueres (amigo del Mariscal Augereau, desde la campaña del Rosellón), ya cuando varió su política dando la jurisdicción civil a funcionarios, como un autor reciente, Vidal de la Blanche, lo ha proclamado en su obra La evacuación de España (París, 1914).

La campaña de 1809 se singularizó con la marcha y toma de Vich y el sitio de Gerona.

El General Saint-Cyr salió de Barcelona, donde se había aposentado al levantar de Tarragona su campo, y marchó a Vich, entrando en el largo desfiladero del Congost, al desembocar de La Garriga, y siguiendo hasta Ayguafreda, en continuo bregar con los somatenes, colocados en Puig, Graciós, Tagamanent y otras alturas, y derrotándolos poco antes de abordar la villa de Centellas. Toda la resistencia se desvaneció hacia la dirección de Collsuspina, Moyá y otras poblaciones, y el General francés se presentó en la vetusta ciudad, cuyos habitantes acababan de huir dejándolo todo. Entonces, el Obispo se adelantó ante el invasor, al pie de la Catedral, blanca y resplandeciente, como nueva que era, y tuvo lugar el episodio que refiere la Historia, al que debió la que iba a ser patria de Balmes su salvación (Balmes nació al año siguiente).

No por eso dejó de ser menos rigurosa la ocupación de la antigua Ausona; el Ejército francés venía hambriento y no perdonó nada.

No pretendemos hacer aquí el relato del tremendo suceso de la defensa de Gerona que se recuerda en los fastos militares y civiles, sino conmemorando, según la crítica, como ejemplar, y al mismo tiempo advertir que, como muchas otras escenas de la época, no está aun del todo iluminada por el estudio, para que se sepa bien lo acontecido en lo referente a la falta de socorro, las discordias internas entre los defensores, la conducta del General Alvarez de Castro y otras circunstancias que sólo el descubrimiento de nuevos documentos puede poner en claro ante la posteridad. Acerca de Alvarez de Castro protestamos, si, de las miserias que escupieron, en días no lejanos, ciertos mal llamados escritores. Sin embargo, no puede desconocerse que se impone formalmente una revisión.

Por lo que toca al Ejército francés, el ataque a Gerona pretendía enmendar el error de no haberlo emprendido al entrar en el territorio. Al propio tiempo se produce el relevo de Saint-Cyr, muy significativo; los titubeos de su sucesor interino Verdier; el triunfo, en fin, del mariscal Augereau, acabado de nombrar por el Emperador Comandante de sus fuerzas, que consiguió la rendición, victoria empobrecida por su conducta con el defensor, quien acabó sus días en el castillo de San Fernando, y que, bien sea martirizado –como quieren los tradicionalistas-, bien sea por las razones que alega Arteche en su obra citada y en el Elogio ante la Academia de la Historia, obliga a exámenes detenidos.

El sitio y la resistencia –calificados por el General Banús, en una sesión celebrada en Granada el año 1908, como el hecho más brillante de la guerra-, han sido objeto de comentarios de todas clases, sobresaliendo los historiadores gerundenses Garhit y Ahumada, y notándose unanimidad en reconocer las virtudes del general Alvarez, la adhesión de sus tropas y del vecindario. Los problemas capitales son: Si el general español acertó o no en prolongar la resistencia cuando estaba todo realmente perdido; si hubo conspiración entre su estado mayor y la Junta para provocar la capitulación, evitando el asalto, especialmente por parte del General Fournas; si se faltó al socorro, reiteradamente pedido por la plaza, y si tal falta es imputable al General Blake; si el Gobierno español se desinteresó de la cuestión, y, por fin, si la cercana escuadra angloespañola estuvo inactiva premeditadamente; aspectos todos ellos graves.

CAMPAÑA DE 1810

Incluida esta campaña por la desgracia de Gerona y sus consecuencias, tuvieron durante ella lugar los ataques de la alta montaña y la caída de Hostalrich, de Lérida, Mequinenza y Tortosa; la primera operación, ilustrada por la salida de la guarnición española; las otras, poco brillantes para nuestras armas, debido a la diferencia de medios con el atacante, que era el General Suchet, Jefe del Ejército invasor en Aragón, hombre de grandes talentos (aunque no de escuela, ya que procedía del voluntariado de la Revolución francesa), a quien el Emperador francés había encomendado la toma de las plazas, y que cumplió su misión con todo celo, como veremos en la campaña del año siguiente con la desgracia de Tarragona.

Hubo además, una embestida a Manresa; la infructuosa salida de Vich entre nuestro fogoso O’Donell y Souham el 20 de febrero; el desastre de Augereau en Mollet, y otros sucesos particulares, continuando el tesón de los defensores.

En lo civil se registran ceremonias dispuestas por el Gobierno intruso para el juramento de las nuevas autoridades, novedad que describe con sus puntos y comas el P. Ferrer y que revive la actual gran sala de la Diputación Provincial.

Mas en el campo español bullían las controversias, sobre cuyo matiz opina el tantas veces citado Arteche (t.VIII, cap. III), pudiendo servir su dictamen, aunque breve, para desmentir ciertas argucias de algunos historiadores, entre las que se debe citar la teoría de la coacción a que modernamente aludió un escritor catalán, y que la tarea revisionista deberá liquidar.

Sin embargo, lo que pasaba no podía compararse con los incidentes del teatro principal, en que José Bonaparte, el intruso rey, cayó sobre Andalucía y allí, a dos pasos de Bailén, derrotó a los Ejércitos españoles, costosamente organizados, entró en Sevilla y sitió a Cádiz, último refugio de los dirigentes de la oposición española.

Tampoco se podía comparar con la expedición que, a las órdenes del reputado Mariscal Massena, preparaba el Emperador de los franceses e iba a precipitar sobre nuestros aliados, acometiéndolos en sus mismos cuarteles del reino de Portugal.

CAMPAÑA DE 1811

Relevado Augereau por Macdonald, otro Mariscal aristócrata de nuevo cuño, y llevando la dirección personal de las operaciones Suchet, se suceden (al compás de manejos con que el invasor pretendía sobornar a los habitantes, en que se va desde la aparición del Código en las interioridades gubernamentales, al viaje a París de comisionados de Barcelona y la proposición de hacer corridas de toros, debida a Pujol (a) Buquica, osado guerrillero al servicio de los franceses) el golpe de las milicias comarcales a la fortaleza de San Fernando, que se tomó con toda su guarnición; el bárbaro incendio de Manresa, que valió al nuevo Mariscal el apodo de Nerón francés, y, por fin, el sitio y asalto de Tarragona, la última plaza del territorio, con cuya toma confiaba el autócrata francés anonadar a los catalanes.

La descripción de esta plaza, de sus preparativos de defensa y de las disensiones entre la Junta del Principado-que hacía una vida trashumante-con el Mando militar, y entre éste y sus subordinados, así como de la anarquía dimanante de congresos y conciliábulos, ha sido hecha por Arteche y el General de Artillería Salas y el Sr. Alegret. Por su parte, el sitiador inserta el incruento hecho de armas en sus Memorias (París, 1826). Consistió en los ataques acomodados a la configuración y armamento de la ciudad; en la toma del fuerte del Olivo y en abrir las brechas, intimidar la rendición y, no consiguiéndola, asaltar vigorosamente, sin detenerse en el derramamiento de sangre, para, una vez en el recinto, castigar sin medida a la guarnición y cebarse en el vecindario. El trasunto patético de las horas supremas de Tarragona es debido al Coronel D. Andrés Egoaguirre, publicado en Valencia por Vicente Ferro en 1813. La imaginería popular es también elocuente, debiendo citarse la que reprodujo en 1911, año del centenario, el publicista Carlos Mendoza, con el título Una epopeya olvidada.

Suchet envió a Napoleón las llaves de la ciudad con una carta, en que auguraba la sumisión de Cataluña. Por su parte, el Emperador lo elevó a Mariscal. Pero el cambio previsto no vino.

El General francés llevó a sus vencedoras tropas a diversas comarcas para reprimir su actitud durante el sitio, y escaló la montaña de Montserrat, a fin de responder al armamento del Monasterio y ahuyentar a las tropas españolas que a las órdenes de conocidos guerrilleros allí se encontraban. Muy sonado fue el hecho, pues, a la derrota de nuestras tropas, sea por la superioridad francesa, sea por una traición, sucedió el destrozo de la iglesia, dedicada a la Santísima Virgen, su expolio y otras tropelías; no parando aquí la desgracia del templo y del cenobio, pues en 1812, y con motivo de haberse fortificado en una de las enriscadas ermitas un Oficial británico, Montserrat fue volado, dejando de existir, como escribió el abad Muntadas.

Caída Tarragona, producidos los desastrosos resultados militares que la Historia anota, ocurrió la desaparición de la Junta del Principado, por orden del general Lacy, que en la Capitanía General había sustituido interinamente a Campoverde (diciembre de 1812). No se produjo ningún incidente, pues la orden fue obedecida; pero sus componentes dirigieron al Rey cautivo una carta, recomendándole el pueblo; gesto que lo mismo significaba fe y esperanza en el Monarca, que desconfianza en el que ostentaba su representación, y nótese que no iba en esto equivocado, porque Lacy se sublevó algunos años después y murió en el castillo de Bellver, fusilado por orden del General Castaños, en cuyas manos estaban entonces todas las jurisdicciones.

EL AÑO 1812

Napoleón aprovechó la caída de Tarragona para dar por terminada la guerra y declarar sujetos a su cetro a los catalanes. El 26 de enero expedía en París un decreto, famoso en la guerra de Cataluña, que dividía a ésta en cuatro departamentos de estilo francés, con los nombres de Montserrat, Ter, Bocas de Ebro y Segre, incorporando a Francia el Valle de Arán. El general que mandaba en Gerona publicó este documento el 14 de febrero, dándolo a conocer a todo el territorio.

Napoleón llamó a Francia a Macdonald, desgraciado en todo, y nombró al Conde Decaen para que mandase las tropas, mientras estatuía un régimen gubernativo, a pesar de la oposición del Ejército, confiándolo al Barón Gerande. Debía éste, con la ayuda de consejeros de Estado, jóvenes y celosos, implantar el Código civil, transformar toda la Administración conforme a estudios de cada departamento, confiados a sus titulares (En el Archivo de la Corona de Aragón, documentación francesa, figura la Memoria del subprefecto de Bocas de Ebro, Alban de Villeneuve, con un plan completo muy notable). Pacificar, en una palabra. Pero sea por la expedición a Rusia que en junio emprendió Napoleón, sea por la ofensiva empezada por los ingleses, tras el malogro de la marcha de Massena sobre Portugal y otras circunstancias desfavorables a la invasión, ésta pasaba entonces por una crisis. Por esto topo Gerando con dificultades: el elemento abogadil y el clero se opusieron, aunque en forma encubierta quizá, a que prosperase aquel cuerpo legal (No debería regir en Cataluña el que lo reflejó después, hasta 1889), y las medidas de reparación se miraron con desprecio, además de en otras manifestaciones, en chistes y burlas, como las inspiradas en el exergo latino de las monedas de cinco pesetas de José Bonaparte, donde se dice que la abreviatura Nap (Napoleón) dio en que se llamase un Nap, o sea un Nabo, a las piezas de plata de aquella cantidad (Este episodio recuerda el de Madrid, con la Orden Real de España, establecida por José Bonaparte, que el pueblo dio en llamar la Berenjena, por el color de su esmalte, según refiere Mesonero Romanos en sus Memorias).

Por otra parte, la lucha armada proseguía y hubo fuertes encuentros en las vertientes del Pirineo (Valle de Ribas), La Bisbal del Panadés y alrededores de Tarragona, mientras Suchet conquistaba y a poco perdía Valencia.

EL AÑO 1813

Sucedían cosas extraordinarias. Es verdad que Lacy había hecho desaparecer la Junta del principado, a la que se habrá de rendir homenaje, a pesar de sus equivocaciones; pero es verosímil admitir que los Jefes, e incluso el modo de batirse de los defensores del territorio, eran distintos de los que se observaban en los comienzos. Es justo igualmente establecer que los arrogantes franceses iban de capa caída, y que, vencido en Rusia el coloso, la estrella imperial, hasta hacia poco tan rutilante, corría a su ocaso. El partido realista, ahogado en Francia por la revolución, corría a su restablecimiento, apoyado por mil circunstancias.

En la Península, el Generalísimo inglés Lord Wellington avanzaba vencedor hacia la frontera pirenaica, tras la batalla de Vitoria (mes de julio), mientras por otro lado, una expedición naval británica obligaba a evacuar Valencia a Suchet y remontaba hacia Cataluña. La defensiva era la postura del Ejército napoleónico, y no se trataba ya de régimen civil ni de funcionarios, los cuales habían levantado prestamente el campo y regresado a sus lares, en pleno desconcierto. La anexión, cumbre del sistema imperial, quedó sin efecto. Ella estuvo a punto de provocar un rompimiento entre Napoleón y José, quien amenazó con abdicar si se desmembraba el mismo territorio que el mismo Napoleón había garantizado en Bayona. Al mismo tiempo, la diplomacia europea estaba ojo avizor contra el proyecto, cuando los acontecimientos obligaron a desecharlo rápidamente y el audaz Emperador tomó otro rumbo.

En efecto; el gran hombre adoptaba otra vez la ofensiva, a pesar de las enormes pérdidas sufridas en Rusia, para contener a los aliados, que se desbordaban sobre la Alemania dominada por el imperio francés; dio sus órdenes a los Generales que sostenían su causa en España, y en Cataluña dispuso la retirada, con retornos ofensivos (siempre a la espera de la vuelta de la diosa Fortuna, su protectora de antaño), apoyándose en Barcelona (cuya cautividad continuaba y que debía proseguir así hasta el último extremo) y en Figueras. Suchet llegó ante la plaza con los restos de sus temidas huestes cargadas del botín de Valencia, y detrás de él aparecieron (por fin) los soldados de Inglaterra, preparándose a acabar de empujar a los invasores. En tales días tuvo lugar la voladura de las fortificaciones tarraconenses y la batalla de Ordal (20 de septiembre) (ver relato de la batalla en su lugar de la página web). Las tropas francesas se retiraban al Pirineo, donde reinaba el estupor.

Bonaparte quiso aligerar el peso de sus preocupaciones y puso en libertad a Fernando VII.

EN 1814

Ya no quedaba tiempo para una reconciliación. El Rey de España, que se hacía llamar Conde de Barcelona, se encaminaba a la frontera, que pasó, habiéndole recibido Suchet. Cruzada Gerona, llega a las proximidades de Barcelona, aclamado por sus súbditos, habiendo Su Majestad distinguido a Manso, dirigiéndole palabras de gratitud y sirviéndoles dos platos en la comida. (Manso encarnaba la guerra; su origen y sus hechos le colocaban en una situación envidiable, sobre todo después que Wellington se puso de su parte en las diferencias que tuvo con Copóns.) Continuó Fernando a Zaragoza y luego a Valencia, donde la actitud de los representantes de las Cortes determinó la resolución que el Monarca tomó, origen de represalias entre los bandos en que se manifestaba dividida España.

El grandioso drama había terminado, pero no se olvidaría jamás.

POSTGUERRA

Al terminar la lucha empieza la postguerra, en la que se producen hechos importanísimos, comenzando por la división entre los españoles. El juicio de hombres y de hechos, cuya ejemplaridad es profunda, se plantea al estudio abriendo el cauce a la revisión.

En efecto; según hemos anunciado al principio, la revisión se presenta obvia desde la terminación de la guerra de la Independencia.

Los historiadores, particularmente catalanes, como los españoles en general, emprendieron pronto la investigación, sirviéndose de reglas más o menos científicas, desde el P. Ferrer, el Barón de Eroles, Cabanes (alabado en la escuela Militar de Prusia), el Coronel Puig y Lacá, y otros que acababan de figurar en la escena, a los Víctor Balaguer, Blanch, Bofarull, etc. La Academia de Buenas Letras, en especial, toma una iniciativa que llama la atención. Ciertamente, empezaba el año 1816 cuando el canónigo de Barcelona, don Félix Torres Amat, ante los académicos restituidos después de toda clase de peligros y presididos por el Duque de Almenara Alta, Marqués de Villel, que acababa de figurar en las tareas políticas de la defensa, proponía un tema, que parece arrancado de un archivo: el plan secreto de Napoleón al invadir España, que no era otro que expulsar a los ingleses del Mediterráneo, quitarles Gibraltar, apoderarse de las posesiones españolas de la próxima costa africana y constituir en Cádiz una base francesa, a cuyo fin envió una División naval. Daba detalles congruentes Torres Amat y concluía afirmando que Napoleón no consiguió su propósito por el levantamiento de los españoles, fustrándoselo para siempre la batalla de Bailén.

Es digno de tenerse en cuenta que, al correr los años, el mencionado General Arteche aduzca el episodio como prueba de que lo expuesto a los académicos de Barcelona por su colega en tan remota fecha es cierto.

Más tarde publicaron sus obras los autores aludidos; tenían dichas obras aires revisionistas, aunque sin criterios técnicos, impulsados por las reivindicaciones históricas, que durante el curso de la guerra ya produjeron contrariedades. Al propio tiempo escribía Arteche su obra de catorce tomos, publicada de 1868 a 1903, que, si bien es militar, ofrece rasgos de carácter civil. Las particularidades de Cataluña en la guerra, por influjos del pasado y la psicología étnica, trátalos el autor con tacto, desde posiciones firmes y dando a entender que estaba al tanto de las interioridades de la vida de nuestros antepasados catalanes, inclinándose a la constancia y a la lealtad al Estado. Esta posición del historiador ofrece varios aspectos, suministrando materia a debates. Pero el hombre que en el argumento general sostuvo su caballerosidad haciendo el elogio de Napoleón (t. I, cap. I) y que liberaba a los Oficiales franceses del oprobio del martirio del defensor de Gerona, tiene autoridad para ser escuchado.

Dejando a otros más competentes que diluciden los puntos de vista que se ofercen, la revisión se hace obligada.

Hace tiempo que pasó la época de los centenarios. La conmemoración de la invasión napoleónica dio ocasión a la publicación de numerosos tomos de variadas procedencias, apareciendo en Madrid las obras del académico Pérez de Guzmán, contemplador del 2 de Mayo, y de los Marqueses de Lema, de Villa Urrutia y de Dos Fuentes, que se ocuparon de las relaciones con Inglaterra de los diplomáticos y los afrancesados.

En Cataluña, la ocasión inspiró a Miguel S. Oliver su Cataluña en Temps de la Revolució francesa, Mallorca en la primera Revolución, El Elmigrats de 1810 y El Sitio de Tarragona. Bassegoda y Mariera recordarán las penalidades del Coronel Llanza y veteranos de la lucha; mientras la Exposición de Igualada sacaba a relucir recuerdos de El Bruch, y el Obispo Torras y Bagés publicaba una de las interpretaciones más elevadas de la célebre acción.

SINTESIS DE LA HISTORIA DE LA REVISIÓN

Puede concretarse diciendo que el revisionismo habrá de abarcar:

  1. La visión de conjunto de la situación el año 1808.
  2. Los primeros hechos.
  3. La Junta de Lérida, los Generales, el estado y el Rey.
  4. Las operaciones.
  5. Alianza inglesa.
  6. Congresos, propaganda y sus corrientes.
  7. Afrancesados, Capmany y su libelo (si estuvo en lo cierto el Marqués de Dos Fuentes).
  8. Sitios. Desenlace trágico. El folleto de Cataluña a las Cortes.
  9. Código de Napoleón y sus huellas.
  10. Influencia de la invasión en los movimeintos revolucionarios de Cataluña.
  11. Pérdidas de ésta.

Por consiguiente, la misión revisadora reclama todo cuidado; no importa que el tiempo pase si brilla la verdad, si se da lo que corresponde a los defensores del suelo y de la moral, y a los que los han atacado con su pluma y con su palabra.

Federico Camp Llopis