LAS RAYAS DEL TÍO PASO-QUEDO. Episodio de 1808. Cuento
Ángel R. CHAVES. Madrid, 8 octubre 1904. ByN. nº 701

A mi querido amigo el excelente pintor Domingo Muñoz

El pueblo no contaría con mucho más de un par de docenas de casas, si tal nombre puede darse al hacinamiento de pedruscos necesarios para formar cuatro paredes con otros tantos informes huecos, uno para el ingreso de personas y animales, dos para renovación del aire y otro para dar salida a los humos cuando las copiosas nevadas del invierno no interceptaban por lo menos este último.

Las condiciones de vida que allí se disfrutaba, y que hacían de ordinario poco envidiable la suerte de aquellos desheredados de la fortuna, no dejaban sin embargo de ofrecer, en la sazón a que se refiere este relato, serias y positivas ventajas. Por más de su comedio iba el mes de Noviembre del memorable año de 1808, y las huestes napoleónicas, mandadas por el emperador en persona, después de arrollar nuestros exiguos y mal organizados ejércitos, buscaban ya los pasos de la sierra para dirigirse en derechura a Madrid con objeto de reponer en su vacilante trono al intruso José.

Ciudades, villas y aldeas sufrían las más horribles vejaciones de parte del ejército invasor, y no era poca fortuna en tales circunstancias vivir punto menos que olvidados en la cima de aquellos inaccesibles breñales y hasta carecer de todo lo que pudiera excitar la codicia de los soldados extranjeros.

II

En la confianza de que nadie daría con aquel escondido retiro, el pueblo hubiera seguido haciendo vida ordinaria si una imprudencia no hubiera venido a destruir de golpe y porrazo todas las ventajas de que allí se gozaba.

El autor de tal imprudencia fue el tío Paso-quedo, empecatado viejecillo que desde que, allá por los tiempos de nuestro señor Carlos III, perdió una pierna en no sé que campaña, no tenía otro patrimonio que su escopeta, de la que sólo se servía para dar caza a liebres y conejos.

Pero es el caso que desde que el tío Paso-quedo se enteró de que el francés andaba por aquellos andurriales, olvidó por completo la persecución de gazapos y gatos monteses, y toda su diversión consistía en arrastrar su apta de palo leguas y leguas, hasta que, dando con una descubierta de soldados enemigos, se situaba cómodamente en sitio en que nadie podía ser visto, y no abandonaba el tollo [1] hasta dejar tendidos en el camino, trocha, vereda o lo que fuera, un par de gabachos por lo menos.

Cumplida tal tarea, el veterano regresaba a sus lares, y en lo primero en que se ocupaba era en hacer en la pared del mechinal [2]que le servía de alcoba unas cuantas rayas con el corte de su navaja, diciendo en tono satisfecho: «¡Van tantos!»

Después, las más de las veces, sin cuidarse de que no tenía un mal mendrugo de pan que le sirviera de cena, se dormía como un bendito, soñando en las rayas que se proponía añadir al siguiente día a la extraña cuenta.

Por espacio de algún tiempo, el tan patriótico como improductivo trabajo del tío Paso-quedo no tuvo entorpecimiento alguno, haciendo creer a todos que aquello duraría tanto como la intrusión en aquellas sierras de los soldados imperiales; pero el diablo, que todo lo añasca [3], hizo que las cosas variaran de pronto.

El francés se propuso dar con el furtivo cazador, y no se sabe si valiéndose de traidores, que nunca faltan, o si aprovechando las dotes estratégicas de algunos soldados viejos, logró al fin dar con el escondrijo del veterano de las guerras de Carlos III.

No fue poca suerte para el tío Paso-quedo el que, percatándose a tiempo del peligro, tuviera tiempo de ganar trochas y veredas sólo de él conocidas, antes de que sus perseguidores lograran echarle el guante. Pero como la noche anterior había caído una copiosa nevada sin helar después lo bastante para endurecer el piso, cuando el fugitivo, sacando unas horas de ventaja a los que tras de él iban, llegó al pueblo, adquirió la triste convicción de haber dejado el suficiente rastro para que más tarde o más temprano se diera con su guarida.

III

La fatal noticia fue conocida por todo el pueblo en pocos minutos. El francés no tardaría en llegar y su arribo tendría como consecuencia inmediata no sólo el fusilamiento del imprudente viejecillo, sino el saqueo y tal vez la destrucción de aquel miserable hacinamiento de casuchas, que a sus moradores se antojaba entonces rincón del paraíso.

Como era urgente adoptar medidas en breves momentos, y sin previa convocatoria, quedó constituida la más extraña «junta de notables» que jamás vio localidad alguna.

Cinco o seis viejos octogenarios y hasta una docena de hombrunas serranas formaron bien pronto el cuerpo deliberante, del que, sin oposición de nadie, tomó la dirección y jefatura la tía Simeona Cigales, respetable matrona de zagalejo corto y pañuelo de talle, a la que daban doble autoridad su arraigo como más pudiente propietaria, y las inequívocas muestras de patriotismo que se habían visto en ella desde la declaración de la guerra.

Ella había sido la primera que había lanzado a su marido y sus dos hijos a tomar las armas en defensa de la patria, y ella la que, para arrancar de sus hogares a los poltrones, había gritado con varonil denuedo:

-Idos gallinas, que mientras nosotras estemos aquí, no han de hacer huesos viejos en el lugar esos descreídos gabachos que quieren quitarnos a Dios de los altares y de su trono al rey Fernando.

Pero, lo que son las cosas: con extrañeza de todos, la que de temperamentos tan belicosos había hecho gala, de tal modo contemporizadora y pacífica se mostraba ahora, que a punto estuvo de ver su autoridad derrocada ante las vociferaciones de los que, sin saber cómo ni cuándo, lo que querían era hacer frente al invasor, costara lo que costara.

Sin embargo, el prestigio de la tía Simeona era tanto, que logrando sobreponerse al tumulto, aulló mejor que dijo:

-¡Puñales! De mis intenciones nadie dude. Por ahora no se trata de hacer barbaridades inútiles. Salvemos la pelleja de ese viejo desventurado y las nuestras, que no haremos poco con ello, que después todo se andará.

Y sin cuidarse de que tenía poco de benévolo el murmullo con que sus palabras eran acogidas por el auditorio, mandó en tono autoritario:

- Que nadie esconda ni una sola hogaza de pan ni el más desmedrado cabritillo.

Dicho lo cual, celebró breve y secreta conferencia con el tío Paso-quedo, al que concluyó diciendo en voz alta:

-Despues, escóndase usté y su maldecida escopeta sonde ni los topos puedan encontrarle. Los demás, que me sigan a esperar al francés, en la seguridad de que al que se quede atrás le haré yo andar a palos.

IV

Las fuerzas francesas, que, con efecto, no tardaron en estar a la vista, no eran muy considerables que digamos. Cuatro hombres y un cabo, que era todo su contingente, no podían intentar grandes hazañas en un pueblo que tuviera siquiera medianos medios de defensa; pero para sojuzgar a aquel, donde no había ni un solo varón útil ni más arma de fuego que la escopeta del tío Paso-quedo, sobraba la mitad de la tropa.

Como los imperiales ignoraban esto, al verse frente al hacinamiento de casuchas, se detuvieron un momento, y el cabo, como acostumbrado ya a las tretas de los españoles, gruñó en un castellano chapurrado:

-El que haga de jefe que avance; pero los demás que no den un paso, si no quieren que les friamos a tiros.

La tía Simeona, sin hacerse repetir la orden, se destacó del grupo y corrió hacia el cabo, diciendo entre sollozos:

-Venga, venga pronto, militar, que sólo usted y sus soldados pueden librarnos de la gran desdicha que nos amenaza.

Y sin dar tiempo a más preguntas, siguió diciendo con voz atropellada:

-Sepa que un condenado cojo que anda reclutando gente por todas partes, ha venido hace poco a llevarse a empellones a los pocos hombres que aquí quedaban, amenazando con volver para no dejar a nadie con vida, porque dice que somos un atajo de afrancesados. Nosotros, que no entendemos de guerras, lo que queremos es que se nos deje vivir en paz en nuestra pobreza, y lo que buscamos es quien nos defienda de las ferocidades de esos desalmados.

-¿Y es mucha la gente que sigue a ese endiablado cojo?- preguntó el francés.

-De veinte hombres pasan, todos ellos bien armados,- contestó con seguridad la tía Simeona.

El cabo volvió los ojos a sus cuatro soldados y murmuró con desaliento:

-Es decir, que lo que hemos hecho ha sido caer como imbéciles en una ratonera de la que no hay salida posible.

-Todavía hay una, -exclamó la tía Simeona- Pero es preciso que nos prometa volver con más gente para librarnos de esos forajidos.

En aquel momento se oyó un tiro cercano.

-¡Ahí están ya! –gritó la vieja.- No hay tiempo que perder. Siganme, que yo les sacaré de estos breñales por un paso con el que no deben haber dado esos condenados buscarruidos.

El cabo miró con desconfianza a la serrana, como si presintiera una nueva emboscada; pero la proximidad del peligro le hizo decidirse, diciendo a la que tenía por su salvadora:

-Su vida responde de la nuestra. Vaya delante, en la seguridad de que, a la menor muestra de traición, de un tiro la tendemos a nuestros pies.

La tía Simeona sonrió de un modo extraño; pero, como quiera que sonara un nuevo disparo de arma de fuego más cercano que el primero, sólo tuvo tiempo de contestar:

-A todo correr, si quieren salvarse.

Y dando un pequeño rodeo, se lanzó a carrera tendida al otro extremo del lugar.

Los que la vieron dirigirse a aquel sitio, no pudieron reprimir un grito de espanto. Uno de los ventisqueros tan frecuentes en la sierra ocultaba allí una sima erizada de horribles picos, a cuyo fondo no llegaba la mirada.

Sólo los soldado franceses, ignorantes del peligro, siguieron sin vacilar a la serrana, que al poner el pie en la movediza capa de nieve que ocultaba el abismo, no pudo acabar de gritar:

-Tío Paso-quedo, añada usted cinco rayas más a la cuenta.

Un momento después hubiera sido imposible reconocer ninguno de los seis cuerpos que rodaban aún por aquel despeñadero sin fin.

V

Los franceses, cuatro días después se enteraron de la trágica aventura y tomaron tan cruentas represalias, que de llevar ellos, como el tío Paso-quedo, la cuenta de los pueblos que dejaban asolados en su paso por España, hubieran tenido que hacer una raya para acordarse de aquel hacinamiento de casas, del que, desde entonces, no queda otro vestigio que un informe montón de pedruscos calcinados.



[1] Dicc. R. A. E.: Hoyo en la tierra, o escondite de ramaje, donde se ocultan los cazadores en espera de la caza.

[2] Dicc. R. A. E.: Coloquialmente, habitación o cuarto muy reducido.

[3] AÑASQUEAR o AÑASQUIAR  son palabras usadas en lugar de AÑASCAR: enredar, trastear, revolver, alborotar, no estarse quieto, alterar el orden. En El Quijote aparece: "el diablo, que todo lo añasca...". Por tierras del Duero, Alcozar y otros tiene aun guardado este lenguaje característico, no guardado ni tan siquiera por la Real Academia y si otras de origen extranjero que nada parecen decirnos a la mayoría de los españoles.

Ángel R. CHAVES