ONDAMENDI es una aldea perdida en la Vasconia, en el fondo de un valle. Tiene doce vecinos y el cura. Al anochecer se cierran las puertas de la diminuta población (puertas señoriales, con mellados arcos y clavos salientes encaperuzados por el óxido) y a las doce del siguiente día parece que los habitantes siguen durmiendo aun. No se ve a nadie. El campo entroniza su irritante silencio, turbado por los saltos de agua y por el viento que zumba en los chaparros, trayendo ráfagas del aliento del mar.
Allá, hacia el río, un río que tiene un nombre en cada pueblo por donde pasas, sobre los álamos que inclinaban sus viejas copas, se acumulaban las nubes poco antes de romper el día; eran blancas o cárdenas y sus contornos iban modificándose al pasar; se me antojaba ver un ejército napoleónico en retirada; soldados de piernas blanquecinas y altas botas, que marchaban durmiendo, con los chacós inclinados, los brazos cruzados sobre el pecho sosteniendo el fusil, los dormanes y los capotes rotos, las banderas deshechas; a veces un general de alto y puntiagudo sombrero, que cabalgaba en un corcel de cabeza disforme, alzaba el brazo, y aquel brazo crecía y se separaba del cuerpo y huía llevándose la espada en señal de mando, y todo aquello iba perdiéndose y quedaban estrías blancas y mares azules que iban tomando poco a poco los matices del día.
Oí una voz alegre y volví la cabeza; el viejo aún estaba a mi lado.
-Mire usted, mire usted, forastero, aquella casita blanca.
-La veo, y...
-Nada tiene de particular.
-Iba a decir eso.
-Es la casa del fracmasón.
-¿Tiene un misterio?
-Si, no; prueba, según mi parecer, la ignorancia de vuestras gentes.
-Pues vamos allá y dentro de ella me referirá usted su historia.
-Es imposible, esta cerrada desde 1809 en la época de la invasión.
-¡Ah!, eso es curioso.
-Caminemos y le iré a usted contando.
El cura sacudió sus hábitos en que empezaba a pardear un rayo de sol que nacía.
En un amanecer de aquel año, aparecieron esas alturas cubiertas de gente; caseros y pastores que conducían sus rebaños, todos huían de un peligro que se acercaba marchando hacia el Sur, verdaderas emigraciones de los tiempos patriarcales. En las cumbres y en los barrancos sonaban los cuernos de alarma, y las mujeres y los hombres tenían singular complacencia en llevarse detrás a las gentes de los caseríos, gritándoles con pavoroso acento al pasar ¡Que vienen los franceses! Debo de decir que en esta aldea nadie se movió. Entonces, como ahora, parecía tan sagrada su tranquilidad, que aunque Ondamendi está muy próximo al camino de Francia, ese doble cinturón de montes parecía resguardar al pueblo de toda irrupción. No sirvió de poco para aquietar los ánimos la opinión del viejo Oyarzábal, un seglar, patriarca de estos contornos, que habitaba en aquella casita. No sabía escribir ni leer, pero renegaba continuamente de los tributos que había que pagar al Estado.
Una noche, en que llovía a cántaros, turbó el sueño de los vecinos cierto rumor sordo, imponente, que se acercaba, algo parecido a un trueno continuado, a que puso término el redoble del tambor. Eran los franceses. Poco después encendíanse los hogares y en las viejas cocinas se refocijaban calentándose, hacinados y lanzando carcajadas, granaderos y soldados de línea. El valle se convirtió en campamento y la casa de Oyarzábal en cuartel general. Así pasaron varios días. Aquellos soldados eran gente alegre, prontos a la risa y muy atentos, pero de vez en cuando miraban recelosamente porque llegaban noticias de las atrocidades que con los suyos se cometían por ahí. Todas las mañanas los vecinos aseguraban haber enterrado diez o doce franceses, pero al día siguiente se pasaba lista al batallón y nadie faltaba. Oyarzabal solía decirlos: «El día en que intentéis la menor cosa no habrá piedad y nos fusilarán a todos». Ellos murmuraban entonces: «Lo haríamos por la patria si no fuera por nuestros hijos». En cuanto a Oyarzábal, solía pasear, por donde ahora nosotros, con el jefe de la fuerza, pero sin preguntarle jamás sus propósitos. Así pasaron tres semanas.
Un día se notómucha actividad en el campamento; los soldados limpiaban sus armas y sus uniformes, y los oficiales se apresuraban a dar órdenes. Un húsar que se hallaba de centinela en aquella altura rojiza, llegó a todo galope gritando: «¡El Emperador! ¡El Emperador!»; y tocaron las cornetas y redoblaron los tambores, y por el camino de Francia vióse avanzar a todo escape una silla de posta.
Era Napoleón el que llegaba; apeóse a la misma puerta de la casita, respondiendo con fríos ademanes a las aclamaciones de los soldados. Con él venían infinidad de generales vestidos con preciosos uniformes verdes y azules y sables muy curvos y sombreros llenos de galones y plumas; el emperador llevaba una casaca verde que se abría desde la mitad del pecho, pantalón gris, botas altas, y cubría su cuerpo con una capa azul, que tenía historia, según decía, por ser la que llevaba puesta cuando Marengo. Lo que más llamaba la atención de los pacíficos vecinos de Ondamendi era su sombrero, un sombrero alto, especie de tricornio, en cuya parte superior campeaba una sencilla escarapela. El hombre, según me ha dicho repetidas veces el último que quedaba de los que le vieron y que murió hace dos años, nada tenía de particular: era de mediana estatura, vientre algo abultado y rostro cuadrado y de mal color. Cuando entró en la sala habló un instante en francés con sus oficiales y luego dijo encarándose con Oyarzábal:
-¿Falta mucho para Madrid, buen hombre?
-Cinco jornadas reventando las bestias.
-Que muden los tiros –añadió dirigiéndose a un ayudante;- pasado mañana he de dormir en el palacio de mi hermano José.
-¿Sabéis –replicó dirigiéndose nuevamente a Oyarzábal,- sabéis que sois tercos? Os traemos el progreso y la paz y queréis la guerra. Sois peores que los polacos y los westpfalianos.
-Los hombres como yo, quieren siempre lo que mejor acomoda a su patria, mi general.
-¡Es el Emperador! –gritóle al oído una voz amenazadora.
-No todos piensan como tu –respondió Napoleón mientras reflexionaba.
El viejo meditaba también; fuera se oía rumor de herrajes arrastrados, y los gritos de los postillones que enganchaban de nuevo.
Oyarzábal levantó de pronto la cabeza.
-Emperador- dijo, ¿qué nos dará usted si nos sometemos?
-Os sacrificaré parte de los 786 mil millones del presupuesto francés.
-Tenemos oro.
-Os he quitado una dinastía degenerada.
-Los hombres como yo lo agradecen.
-Todos no; este es un país de fanáticos y rutinarios.
-Es verdad; ¿pero eso que importa? Hágase lo que se ha de hacer.
-Os abriré carreteras; fomentaré vuestra Agricultura; derribaré las viejas ciudades y levantaré en sus perímetros otras nuevas, felices y prósperas. Destruiré los conventos y fundaré hospitales. Sí –añadió elevando su tono sosegado de costumbre y hablando con arrolladora elocuencia.- Llegó cuando después de una larga agonía iba a perecer vuestra Nación. He visto vuestras desgracias y quiero aplicar el remedio. No reinaré en vuestras provincias, pero sí quiero adquirir derechos eternos al amor y a la gratitud de vuestra posteridad. Vuestra monarquía es vieja; quiero rejuvenecerla. Mejoraré vuestras instituciones, y si e secundáis, os haré gozar todos los beneficios de una reforma sin choques ni desórdenes. He hecho convocar una asamblea general de diputaciones de las provincias y de las ciudades. Quiero asegurarme por mi mismo de vuestras necesidades y deseos y entonces os haré una Constitución que concilie la dulce y saludable autoridad del soberano, con la libertad y los privilegios del pueblo, porque yo quiero que vuestros últimos nietos conserven mi memoria y digan: «Fue el regenerador de nuestra patria.»[1]
-Así debe expresarse quien diga la verdad- murmuró por lo bajo Oyarzabal; después, y mientras el emperador tomaba un refrigerio, salió a la calle y recorrió casa por casa las diez o doce que componían esta aldea, repitiendo en todas las frases del usurpador; pero sólo encontró semblantes y actitudes hostiles; ellos enarcaban las cejas y le miraban con enojo, y ellas, atrevidas y descaradas, le llamaban renegado y traidor.
El anciano volvió a su casa con el cuerpo erguido y el semblante satisfecho, a tiempo que de ella salía el vencedor de Arcola.
-¡Adiós, buen hombre! –díjole al verle- No olvidéis mis promesas.
Oyarzábal quiso tocarle amistosamente en el hombro, pero se lo impidió la mirada de Bonaparte. El casero no se inmutó, sin embargo, y dijo alegremente con la mayor familiaridad:
-Emperador, ¡hoy es gran día!... Oyarzábal se va con usted.
-Tres días después Napoleón llegaba a Madrid y abolía la Inquisición y suprimía los conventos y nos aumentaba la renta a los párrocos rurales. Luego los españoles gritaron: «Vivan las caenas»; y hasta ahora. Ha pasado cerca de un siglo –murmuró el cura;-han debido cambiar los hombres y las costumbres y las ideas, pero... ¡ya lo ve usted!, desde entonces acá ha permanecido cerrada, en el olvido y sola, la casa del afrancesado.
-¡Cuánto mejor hubiera sido- añadió poniendo fin a su relato- que los españoles hubieran seguido al patriota de Ondamendi, en vez de seguir al alcalde de Móstoles!
Y el cura cerró los ojos y se puso a contemplar con fruición la casita blanca.
En España como en Francia, quedan aún muchísimos bonapartistas.