MONFORTE EN LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA
Por Luis Moure-Mariño (1915-2000)

Notario, ameno periodista en prensa escrita y radio. Prolífico escritor, especialmente en la vieja historia medieval y contemporánea. Premio “Luca de Tena”, 1940. Hemos extraído de su última obra, titulada “Apuntes para la historia de Monforte de Lemos”, el contenido de las páginas 229 a 249, relativas a episodios de la guerra de la Independencia, desarrollados principalmente en el área Noreste de Galicia.

Se trata de un trabajo en el que el autor, con su acostumbrado espíritu crítico, tras reposada meditación, dice lo que muchos autores y especialistas militares piensan de la retirada ejecutada por el general británico Sir John Moore, especialmente en el tramo entre la Vega de Valcarce y el alto de Piedrafita del Cebrero. Defensa natural contra cualquier incursión enemiga, con aquel viejo sendero que duramente elevaba al caminante, de muy fácil defensa, y donde no serían precisas grandes dotes de inteligencia, pero si muchas de valentía, aunque esta suele ser innata en el personaje.

La retirada de los franceses hacia A Coruña

En las primeras jornadas del año 1809 las divisiones inglesas de los generales Moore y Baird, así como los restos del Ejército gallego del Marqués de la Romana, se replegaban hacia Galicia, huyendo de los ejércitos franceses de Soult y Ney, que los perseguían en su retirada. Muchos historiadores calificaron la retirada de Sir John Moore como huída, aparte de implicar un disparate estratégico que sirvió para introducir en la tierra gallega no menos de 60.000 soldados franceses que, bien disciplinados y armados, se adueñaron en menos de tres semanas de las ciudades y pueblos más importantes de la región.

Es notorio que los ingleses, expertos marinos, siempre fueron maestros en el arte de reembarcar: una vez que atacaron a Napoleón en el Continente debilitando su poder militar, se retiraban hacia el seguro castillo de sus Islas, poniendo mar por medio y garantizando su “espléndido aislamiento”. Y eso fue lo que hicieron con la invasión napoleónica sobre la Península: vinieron a España para erosionar y debilitar a las huestes napoleónicas, cuyo objeto era adueñarse de Europa, y, una vez que consiguieron su propósito, cuando observaron que sus intereses militares “no iban en buena guisa”, decidieron retirarse de la batalla. Una vez más utilizaron su vieja estrategia del reembarque. Parece que pensaron primero en Lisboa como puerto más adecuado para reembarcar; pero por el camino de Lisboa resultaba más fácil perseguirlos a los napoleónicos. Por esos se decidieron por A Coruña, no sólo porque contaban para la huída con el viejo camino de Carlos III o “camino de los maragatos”, sino también porque Moore consideró que la muralla de Lugo era un eslabón seguro para hacer un alto en su marcha; desde allí podía detenerse a la vanguardia enemiga y permitir al grueso de sus fuerzas el avance hacia el puerto coruñés, donde le esperaban las naves para el reembarque de sus hombres. Lo que estaba claro, y así resultó, fue que ésta huída por A Coruña iba a servir para traer la guerra a Galicia, con todo el cortejo de desastres que a la guerra acompañan.

Debemos citar en este punto una interesante carta que el 18 de Enero de 1809 escribe desde Ourense el Marqués de la Romana –ídolo en aquella guerra de los soldados gallegos-, dirigida al Ministro de la Guerra español. En tal carta se lee: “El general Moore y su exercito han huido vergonzosamente hasta Lugo, con el mismo desorden y escandalosos excesos de sus tropas que lo hizo desde Astorga. Es criminalísima su conducta, que nos ha perdido el Reino de Galicia, ha infundido el desaliento, el terror y el disgusto en el exercito...”

Se ha escrito que el propio Napoleón vino en persona a España, prueba de su empeño en expulsar a los ingleses de suelo español. Con tal fin, se afirma que precisamente el día 1 de Enero de 1809 –para estimular con su presencia la persecución por los mariscales franceses Soult y Ney de las tropas británicas- Napoleón Bonaparte llegó hasta la capital maragata, donde, transido por el lacerante frío del páramo leonés, se alojó con su guardia en el antiguo Palacio Episcopal; en una chimenea de un salón le encendieron un gran fuego, quedándose allí solo con sus cavilaciones, encasquetado su famoso sombrero y escarranchadas las piernas para aprovechar el vaho cálido de la lumbrada. Solitario y en tal postura fue observado por un fámulo medio simple, que desde una puerta ensombrecida ya tenía apuntado al Emperador con un trabuco y estaba presto para apretar el gatillo. Cuando acertó a pasar por tal lugar un individuo del Cabildo que, sigilosamente, le despojó del arma [150]. Es claro que si aquel trabucazo se hubiera producido y acertado el disparo, la historia de Europa hubiera cambiado sustancialmente.

Entretanto, las tropas francesas de Soult y Ney perseguían al Ejército británico de Moore, que se retiraba hacia Galicia siguiendo la antigua carretera de Carlos III –por O Cebreiro-, llevando consigo gran parte del Ejército de Ney. Más al Sur penetró el General Marchand con una división de Ney –unos 7.000 hombres-, persiguiendo al inglés Crawford y a los desbaratados restos del ejército del Marqués de la Romana, formado en su mayor parte por mozos gallegos.

La villa de O Barco de Valedoras debió de ser el primer lugar de Galicia que contempló la entrada de las tropas francesas. De un libro de Quintana Prieto sobre la comarca Valdeorresa transcribimos el siguiente curioso pasaje: “Un libro del Archivo parroquial da la fecha exacta en que los franceses llegaron a la villa, cuando el Mayordomo de la Cofradía del Santísimo, al rendir las cuentas correspondientes al año de 1809, se expresa así: ‘Item diecinueve cuartas de vino que han faltado de la cuba y da consumidas por las tropas francesas el día 15 de Enero de este dicho año de 1809, cuando entraron en este pueblo y Reino”. El mismo libro recoge una curiosa anécdota sobre la entrada de los franceses. Sucedió el hecho con un vecino valdeorrés, sastre de oficio, llamado José Quiroga, el cual se hallaba calzado con unas excelentes botas en el momento en que entró en la villa un convoy de soldados franceses que custodiaban el equipaje del General Marchand. Uno de los franceses debió de reparar en las botas, casi nuevas, del tal Quiroga y descendió de una acémila para advertir por señas al bien calzado valdeorrés que se quitase sus botas para ponérselas él; pero el sastre Quiroga, lejos de asustarse, echó mano de un estandorio o fungueiro que tomó de un carro próximo y asestó tal palo al insolente francés que le derribó del estacazo, y quedóse el de Valedoras victorioso y calzado.

Ya la entrada en Galicia no debió de ser pacífica para los franceses. El 30 de Agosto de aquel mismo año de 1809, una vez retirados los franceses de Galicia, Don Ambrosio Eiras envió al Semanario político, histórico y literario de La Coruña una crónica de la que transcribimos el siguiente pasaje: “Sobrecogidos los aldeanos con la inesperada llegada de los franceses, no tuvieron más arbitrio que huir unos y otros sujetarse a obsequiar a los tiranos huéspedes. Muy luego pusieron por obra sus deseos de venganza quitando la vida a cuantos enemigos podían coger, ya nocturnamente o ya divididos sus compañeros y perdiendo poco a poco el miedo. Ya el día 17 de Enero en la Sierra de Aguas Rubias mataron 13 y a dos días siguientes, en Brañas de Sierra, 27. Animados de estos ensayos, en el 28 del propio Enero acometieron en la sierra de Albela a una partida que por el camino de El Cebrero conducía a unos prisioneros ingleses, y, liberando a éstos, pusieron en huída a los franceses, matando a cuatro de ellos. En el propio día hicieron huir a otra partida que iban a saquear la parroquia de San Juan de Lejo, cogiéndoles sus caballos y el rancho que tenían (...) A la vista de estos sucesos, quitándose enteramente la máscara, se presentaron el día 29 en la ‘carretera general’ y concurriendo cada día más gente, hasta llegar a juntarse unos 500, cortaron y cogieron varias postas y correos; acometieron cuantas partidas francesas se les presentaban y dieron tal cuidado al enemigo que inmediatamente hizo posta a Astorga para que todas las partidas que viniesen no bajasen de trescientos hombres, los que siempre marchaban sin separarse. Cuantas tentativas hizo el enemigo para que transitasen los correos, fueron inútiles. Acantonados los paisanos con un refuerzo de valientes buroneses, en La Retorta y Campo del Árbol se burlaban de sus tropas, rechazando varias veces sus ataques, precisándoles a huir. Por último dieron en la determinación de sacar los caballos de las ‘paradas' Como en efecto precisaron a los maestros de postas de Noceda, Sendín, Becerreá y Sobrado a retirarlos, no sirviéndoles de nada la guardia francesa que tuvo que huir, pereciendo la de Sobrado en el río Neiras”.

“Sería muy prolixo”, concluye, “en referir por menor los ataques de Puente de Cruzul, Erraría, Doncos y Piedrafita; básteme noticias que estos guerreros de la montaña, jamás han dejado de acometer en la carretera hasta que se verificó la fuga de los tiranos”. Se refiere, sin duda, a la retirada de los franceses del suelo gallego.

Vemos, pues, que algunas partidas francesas penetraron en Galicia por la antigua carretera de Carlos III, mientras otros cuerpos, obedientes a una estrategia previamente estudiada, fueron los que entraron por el valle del Sil, siguiendo la ruta de Petín, Quiroga y Monforte.

En todo caso, y como nota previa antes de proseguir nuestro relato, será preciso advertir que al tratar de la Guerra de la Independencia en Galicia no podemos olvidarnos de los “afrancesados” –que en gran mayoría pertenecían a una clase de más elevado nivel cultural-, como lo era Antonio Raimundo Ibáñez, el fundador de Sargadelos, al que se acusó torpemente de que en sus fábricas se fundían las cadenas para prender a los patriotas, siendo asaltadas sus factorías y muerto el propio Ibáñez. A esta clase de “afrancesados” pertenecía, a buen seguro, los miembros de la Junta Superior del Reino de Galicia en A Coruña, los cuales capitularon, entregando a los invasores 4.000.000 de reales que había en las arcas gallegas, pues casi todas “las autoridades y personas condecoradas reconocían al Rey intruso [José Bonaparte] y aún se aplicaban algunas a conquistar su gracia, proporcionando a los ejércitos de su ambicioso hermano los fondos de arcas reales de ciudades y villas”.

Los franceses en Monforte

Por lo que atañe a nuestro concreto estudio acerca de la entrada en Monforte y la Tierra de Lemos, sabemos que las tropas napoleónicas estuvieron en Monforte en tres ocasiones: la primera, el 18 de Enero de 1809; la segunda, el 24 de Abril, aunque, como veremos, hay imprecisión en la fecha; y se suele citar como la tercera la comprendida entre los días 4 y 11 de Julio de 1809. No hay duda de que en una de estas incursiones, tal vez en la segunda, los franceses entraron a sangre y fuego por las calles de la ciudad. Esperaban los vecinos de Monforte la protección del Brigadier Martinengo; pero parece que este militar, al mando de un desarbolado ejército, formado en su mayoría por mozos aldeanos mal armados, cruzó al otro lado del Sil, dicen que “para unirse con el ejercito del marqués de La Romana”; pero la realidad fue que, en esta sangrienta batalla que se libró dentro del casco de la villa, sólo algunos paisanos se defendieron de un ataque que costó sangre y numerosas bajas.

Ya hemos visto que por razones estratégicas, sin duda estudiadas previamente, las tropas de Soult que primero llegaron a la linde gallega se bifurcaron, unas siguiendo la vieja carretera de Carlos III, mientras otras eligieron el curso del Sil y, por Valedoras, Petín, Quiroga y San Clodio, llegaron a Monforte. Seguramente estas tropas iban tomando posesión de las villas, al tiempo que garantizaban la seguridad de la retaguardia. Debieron de ser de estos franceses a los que se da por primeramente llegados a Monforte el 18 de Enero de 1809; con tal data los cita el P. Aureliano Pardo Villar al describirnos los avatares históricos por los que pasó la iglesia de Santo Domingo (hoy parroquial da Régoa)

En la historia de las órdenes religiosas que tenían conventos en Monforte hallamos referencias del paso de los franceses por la ciudad. También el P. Fray Juan de Legísima, franciscano, nos da noticias de la llegada de los franceses a Monforte en su libro Héroes y mártires gallegos [151], donde nos habla de la odisea de las comunidades franciscanas de Galicia durante la Guerra de la Independencia.

Sabemos que en Monforte se constituyó una de las primeras Juntas de Defensa que funcionaron en Galicia contra la invasión napoleónica. Debió de funcionar esta Junta de Lemos con gran eficacia, porque el Padre franciscano Fray Cristóbal Conde, cuando resolvió abandonar su celda compostelana para convertirse en guerrillero a campo abierto –decisión que tomó al ver cómo se perseguía a los miembros de su familia e incluso al Arzobispo Muzquiz, del que era confesor-, estuvo meditando si dirigirse a la Junta de Lobera o al Cuartel General del Couto, decidiéndose por la Junta de Lemos. Desde ella realizó una labor eficacísima, siendo enviado a Ourense, Lobera y Vigo para pedir oficiales diestros y recibir instrucciones concretas en entrevistas con el Marqués de la Romana, a quien los gallegos antinapoleónicos como su jefe indiscutible.

En el seno de la Junta de Monforte, se preocupó el P. Cristóbal Conde de recorrer las aldeas, creando “alarmas” en las parroquias de la comarca de Lemos y excitando a los paisanos a la rebelión. Trabajó el insigne franciscano a las órdenes del Teniente Coronel Ponce, que mandaba el Batallón de Lemos; en éste militaban guerrilleros valerosos y audaces, como Don Pedro Boado, con el que intervino en la batalla de Melide, refriega en la que el batallón monfortino expulsó a los franceses del General Marconet de la villa melidense.

El 27 de Mayo de 1809 hallamos al franciscano P. Conde en Ferreira de Pantón, en donde cooperó a la formación de una de las “alarmas” más importantes de la Tierra de Lemos, juntamente con los monfortinos Don Pedro Boado, Don José Saco y el Coronel García del Barrio. En el Convento de monjas bernardas de Ferreira se celebró el 12 de Mayo de 1809 el acto de bendición de la bandera de la “alarma” de Ferreira, después de la misa que dijo el P. Fray Cristóbal, definidor de la Orden Seráfica y confesor del Excmº Sr. Arzobispo de Santiago, el P. Muzquiz (que había huido, embarcándose en O Grove hacia Lisboa, para ponerse a salvo de los invasores) En el juramento que sobre los Santos Evangelios hicieron el Jefe y plana mayor de la nueva “alarma”, presidió el acto solemne el P. Conde, manifestando los juramentados que “reconocían por Rey de España y de las Indias a nuestro soberano, Don Fernando VII o al que por disposición tomada deba sucederle y en su Real nombre a las Cortes Generales de la Nación” [152].

Por su parte, en el libro Proezas de Galicia [153], tal vez el primero escrito íntegramente en lengua gallega –aunque en un gallego balbuciente y en lengua chapurreada-, José Fernández y Neira nos cuenta que había entrado al servicio de la Junta Suprema de Galicia como Oficial de Secretaría. Siendo todavía un mozo fogoso y animado por afanes patrióticos, desertó de su cargo [154] y abandonó A Coruña atravesando el territorio gallego en busca de fuerzas leales. En este azaroso viaje, a su paso por Xesta, en la jurisdicción del Deza, tuvo ocasión, con auxilio de algunos paisanos, de arrebatar a los franceses dos sacas de correo que portaban correspondencia de los militares galos que ocupaban Santiago con destino a los jefes franceses que ocupaban Ourense. Fernández y Neira se hizo cargo de estos documentos, que, atravesando caminos ocultos, hizo llegar hasta Monforte, donde se presentó a la Junta Subalterna de dicha ciudad, entregando a la misma tan importante correspondencia, siendo recompensado con un voto de gracias. Fernández y Neira permaneció en Monforte varios días y tomó parte en la batalla librada en la ciudad contra los invasores –que alcanzó especial virulencia en la Ponte Vella-. En su Proezas de Galicia nos cuenta los preparativos que se hacían en Monforte para defenderse de los invasores.

Se desarrolla el libro en forma dialogada entre dos compadres, a los que llama Chinto y Mingote. Este le pregunta a Chinto:

“-¿E qué preparativos abía antes de entrar alí os Franceses para armar á xente?

Chinto: Cando eu cheguei todos os días biñan mozos da queles contornos e poucos Oficiás que alí abía eran os que enseñaban o exercicio é para mantexsunto cosque tiña o señor Martinengo, recollíase diñeiro de todas Xsurisdicons que estaban libres, e para calzalos é vestilos abiache no Convento de Santo Domingo ún-a porción de zapateiros e xastres traballando baixo a dirección do Prior e dous Diputados da Xsunta, e tamén che abía un taller de carpinteiros facendo Caxias de fusís, é cureñas para os cañois, de sorte que estaban tan ben ordenado, que non parecía sí non ún-a Maestranza do Rey, é si non che viñeron os Franceses faríase alí un-a artillería terrible, porque se iban a construir cañois de madeira, como ti xsa me dixseches, e as de saque alí nones andaba con chiquitas, porque aqueles berrugos que tiñan moito diñeiro e nono daban sacaballo a Xsunta á forza, e nonche cegaba alí soldado ningún que de contado non se armase e vitise” [1]

De lo transcrito se infiere que pronto se puso en marcha en Monforte una delegación de la Junta Superior de Galicia que, bien organizada , no sólo reclutaba y equipaba soldados para la lucha, sino que los vestía e incluso dotaba de armas. Además –así nos lo cuenta Fernández y Neira-, dice que funcionaba allí una verdadera Maestranza del Rey, en donde se fabricaban cajas para fusiles y cureñas para cañones. (La historia del “cañón de pau” que se empleó en la Guerra de la Independencia no es ninguna fantasía, pues de ella nos habla, con tal título, el Deán que fue de la Basílica compostelana Don Salustiano Portela Pazos). Asimismo, estas Juntas delegadas de la Superior de La Coruña imponían tributos del modo que Fernández Neira refiere en su chapurreado gallego.

Sin duda la Junta de Lemos y su Batallón de Monforte tuvieron fama en toda Galicia, como se puso de manifiesto en la acción militar de Melide, a que aludiremos.

Por lo que se refiere a los desmanes y robos cometidos por las tropas napoleónicas en Monforte, es interesante reproducir las noticias que nos da el P. Manuel Herrero en el capítulo XII de su Historia de la provincia de España de la Orden de Predicadores, que abarca desde el año 1798 hasta la expulsión de los franceses [155].

Hablando del Convento de San Jacinto de Monforte dice: “Martinengo, con su extenuado ejército, inerme y casi desnudo, se retira sabiamente [retirada o huída, nos preguntamos]. Y reunidos los dos cleros del aterrado vecindario, determinaron dejar sus bienes a discreción de los infames satélites del peor de los tiranos, Soult y Ney, para buscar algún asilo en la crudeza de las peñas”. Sin duda, se refieren estas palabras a la segunda invasión francesa de Monforte, efectuada en las fechas finales de Abril de 1809. Ante las noticias de que los franceses venían sobre la villa, los vecinos decidieron abandonar sus casas y haciendas y sólo algunos mozos y paisanos permanecieron en la ciudad. Las tropas de Soult y Ney procedentes de Lugo pasaron por Monforte en persecución de los soldados del Marqués de la Romana, que había cruzado al otro lado del Sil. También Martinengo, encargado de custodiar la plaza, abandonó la ciudad con unos batallones mal armados y exhaustos. Parece que “se retiró [o acaso pudo huir] para unirse al ejército del marqués de la Romana. En cualquier caso la villa fue abandonada y en ella sólo quedaron algunos patriotas”.

“Las marchas rápidas del ejército de Tamerlán”, leemos, “no impidieron la precipitada fuga de los vecinos”. Sólo algunos paisanos colocaron dos cañones viejos –que era toda su artillería- en sitios estratégicos: uno de estos cañones se situó precisamente en el atrio de Santo Domingo; el otro estuvo acaso en lo alto de San Vicente, acechando el camino de Lugo; también se alude a un cañón que se situó frente a la Ponte Vella, por donde los franceses tenían que entrar en la ciudad.

Con estos viejos cañones se logró contener, por un momento, el ímpetu de los franceses; pero, no teniendo capacidad para la conservación del puesto, volvieron luego la espalda y “avanzando las falanges del mayor de los tiranos”, escribe el P. Cuervo, “se apoderaron del pueblo y juntamente del Convento, en cuyo atrio tomaron uno de aquellos cañones”. El fraile dominico que refiere esta invasión hace un balance minucioso de los daños que los franceses causaron en la iglesia conventual.

Nos dice Fray Justo Cuervo, y lo reproduce el P. Aureliano Villar: “Profanaron las imágenes, destruyendo unas y desfigurando otras; degollaron la de Santo Tomás y se mofaron de algunas, cortando orejas y narices y convirtiendo otras en astillas. En fin, para no dejar que desear a su espíritu sacrílego, cubrieron el pavimento de las formas consagradas y robaron el copón. No contentos con tanta abominación, persiguieron a las gentes refugiadas en los montes [156] (...) degollaron y acuchillaron hasta ochocientas personas, entre las que preció, a impulso de los machete, el P. Presentado, Fray Domingo Barbeito, Prior del Convento de San Jacinto e hijo de Santiago. Un religioso lego fue igualmente asesinado, con tanta inhumanidad que causa horror el referirlo. Así perecieron tantas víctimas por ser leales a su Rey, a su patria y religión; pero no salieron de Galicia tan inicuos opresores sin que llevaran que contar mientras les dure la vida. Por lo demás, el Convento de San Jacinto no padeció en su fábrica particulares desperfectos, motivo de poderse reunir los religiosos sin grave dificultad. El enemigo, escarmentado por los bizarros gallegos, trató de sacudir el polvo y no volverlo a tomar”.

Ya hemos explicado como el P. Cristóbal Conde desarrolló una acción eficacísima al incrustarse en el Batallón de Lemos. El Patriota Compostelano, de fecha 25 de Agosto de 1809, publicó un extracto del parte que el Comandante del citado Batallón de Lemos enviaba al Marqués de la Romana, dándole cuenta de la actuación de las guerrillas de Lemos sobre los batallones que el francés Marconet tenía acampados en la villa de Melide, cuya comarca señoreaba el francés. Los paisanos no dejaban de hostigar a estos franceses, habiendo caído en sus manos seis dragones, a los que dieron muerte. El general Marconet –que ocupaba la ciudad de Santiago- reforzó la guarnición de Melide con nuevas tropas de refresco. Tuvo noticias de la llegada de estos refuerzos el Comandante del Batallón de Lemos, Don Antonio Ponce, y determinó salir al encuentro de los franceses, acompañándole en esta acción el franciscano P. Conde. El 17 de Junio, siendo ya de noche, la descubierta que había subido hacia Melide se batió con una partida de franceses que acaso habían salido de la villa a buscar provisiones de boca por las aldeas próximas y mató a siete franceses, poniendo en huída a los demás. El Teniente del Batallón de Monforte, Don José Quiroga, que había observado a los franceses cuando entraron en Melide, calculó que “no bajaban de 3.000 hombres, con bastante caballería”, mientras que los del Batallón de Lemos no pasaban de 800, y de ellos más de la mitad desprovistos de fusiles y aún aquellos que los tenían estaban desprovistos de bayonetas. Pero, convencido del valor y arrojo de los suyos y de que los hombres que tenía Marconet en Mellid tomarían el camino de Lugo, hizo alto en el lugar de San Benito, a una media legua de Melide, con ánimo de hostigarlos. En la mañana del 18 se acercó a Melide. Allí adelantó a una guerrilla que mandaba el monfortino Don Pedro Boado Sánchez, comisionado especial de la Junta de Monforte, a quien acompañaba el Sargento Antonio Fernández. El Batallón de Monforte se situó estratégicamente tras la espesura de una dehesa y los guerrilleros se repartieron los únicos cajones de cartuchos de que disponían. En cuanto el enemigo los divisó, rompió fuego contra ellos desde la altura conocida por “el Carmen”; pero los de la guerrilla iban acercándose a la villa al amparo de unos tapiales e incluso protegidos por los cierres de las fincas, desde donde respondían con fruto a los franceses. Desde el punto en que se hallaba, avistó Boado a un fuerte destacamento que, habiendo salido muy de mañana de Barazón, venía a sorprenderlos, por lo que tuvo que pedir refuerzos al Comandante Ponce, temiendo ser atacado por la Infantería enemiga; presumía que, si tenía que replegarse, la Caballería podría cortarle el paso, aniquilando a muchos patriotas. Con esta estrategia Boado supo llamar la atención de los franceses, lo que proporcionó al Comandante Ponce la oportunidad de replegar sus hombres en guerrillas, atacando el Batallón de Lemos al enemigo con tal ímpetu que los patriotas llegaron hasta los arrabales de Melide, estrechando a los franceses por espacio de al menos seis horas, tan de cerca que los guerrilleros españoles podían insultarse a voces con los franceses.

El franciscano P. Ponce jugó un gran papel en esta briosa acometida del Batallón de Lemos y sus guerrillas. El parte de guerra que con tal motivo cursó el Batallón de Lemos al Marqués de la Romana hace un merecido elogio del P. Conde, Vicario de Santa Clara, al cual atribuye no pequeña parte del éxito de los españoles. Al final, los guerrilleros del Batallón de Lemos persiguieron a los soldados de Marconet en su huída hacia Lugo, acosándoles por más de dos horas y retirándose los de Lemos a la villa de Melide, que realmente reconquistaron.

La campaña marchaba ya mal para los franceses, que daban señales de tratar de reunirse para evacuar el territorio gallego. Como es natural, para retirarse tenían necesidad de reagruparse en masas más fuertes, reuniéndose las guarniciones en las ciudades más importantes; si se fraccionasen en pequeñas partidas, los guerrilleros se habrían bastado para coparlos y aniquilarlos. Por eso Marchand, gobernador de Santiago, trataba de unirse con las fuerzas que tenía Marconet en Melide, si bien los acontecimientos se precipitaron, frustrando los planes de Marchand. Este emprendió su retirada a Lugo, no por Sobrado, como parece proyectaba, sino por Betanzos, con no poco disgusto de los guerrilleros de Lemos y Melide que le acechaban por el camino de Sobrado. Con todo, los guerrilleros que tomaron el camino de Sobrado llevaban también el propósito de atacar un destacamento que allí tenía Ney. Llegó a Sobrado el Batallón de Lemos el día 21, acompañado también por guerrilleros de Melide; pero ya los franceses habían levantado el campamento retirándose a Lugo. El Comandante del Batallón de Lemos no creyó oportuno dirigir sus pasos hacia Lugo, porque los franceses constituían una fuerza allí reunida muy superior en número y bien fortificada. Por eso despidió a los paisanos-guerrilleros de Melide que le acompañaban y se retiró con su Batallón a tierras de Ulloa. Aquí no tardó ya mucho en tener noticia de que los franceses en franca retirada, se estaban batiendo en Carracedo con los paisanos, con lo que se fue allí y aún llegó a tiempo de ayudar a los que acechaban la huída de los soldados de Bonaparte. En esta marcha o retirada –copiamos del P. Legísima- “los franceses perdieron, al menos quinientos hombres. Por nuestra parte, fueron pocas las desgracias”.

El Teniente Coronel Don Antonio Ponce dio cuenta al Marqués de la Romana de las acciones en que intervino el Batallón de Lemos, así como de “la constancia, atrevimiento y entusiasmo de sus soldados”, poniendo de relieve la destacada actuación del P. Fray Cristóbal Conde y de Don Pedro Boado Sánchez, pertenecientes a la Junta de Monforte [157].

Disuelta la Junta de Lemos, se deputó al P. Conde para que viajase a Sevilla con relación testimoniada de lo ocurrido, con el fin de rendir cuentas ante el Gobierno y a la Junta Central. Pero la disolución de la Suprema Junta Central –de la que se informó cuando ya se hallaba en camino- le obligó a regresar, decidido a informar en A Coruña de lo que ya no era posible dar cuenta en Cádiz o en Sevilla; pero “cabalmente”, escribe Legísima, “se trataba entonces de formar en La Coruña la Segunda Junta Superior que tan felizmente gobernó las que entonces eran las siete provincias del reino”. Por ello, el P. Conde se retiró a su celda franciscana para esperar allí que “se le levantasen las irregularidades en las que pudo haber intervenido o incurrido en sus acciones de guerra, siendo fraile”. De todo le absolvieron sus legítimos Superiores y otros generales subalternos que exaltaban su valor. El Arzobispo Muzquiz, del que fuera confesor, le nombró Examinador de su Diócesis; el P. General de la Orden Seráfica le condecoró con el título de Definidor General de su Religión Sagrada, y el P. Provincial dejó a su voluntad elegir “el Convento en el que deseaba vivir”.

Fray Cristóbal Conde elevó un escrito a la Junta Superior del Reino de Galicia, que en A Coruña, a 18 de junio del año 1811, le reiteró “el particular aprecio que le merecía el celo singular que procuró acreditar, haciéndose digno del reconocimiento de la Patria”.

“La Orden Franciscana”, dice el P. Legísima, “recibióle con el aplauso con que se recibe a los héroes y haciendo alta estima de sus dotes, en la Congregación celebrada en Rivadavia, en 23 de Julio de 1815, nombróle ‘Guardián’ De San Francisco de Santiago y en 1818 le concedió un compañero que le ayudase en sus tareas de ’Guardián’ (...) Malamente hilvanadas, son estas las únicas noticias biográficas que hemos podido reunir del Rdº Padre Cristóbal Juan Conde García, más que suficientes, sin embargo, para que nos sintamos orgullosos al presentarlo a la Historia para que se consigne sus nombres con áureos caracteres en el gran libro donde se graban las hazañas de los héroes”.

Los datos que consigna el P. Fray Juan de Legísima sobre la ocupación de Monforte por los franceses

En la página 725 de su libro Héroes y mártires gallegos, que dejamos reiteradamente citado, el P. Legísima nos da noticias sobre la ocupación de Monforte por las fuerzas napoleónicas en el año de 1809. Coincide con el dominico P. Aureliano Villar en que los franceses estuvieron en Monforte en tres ocasiones a lo largo de dicho año. Debemos preguntarnos cuales fueron estas ocasiones, ya que no hay coincidencia con las que señala Cotarelo Valledor, ni Fernández y Neira, pues este último, según confiesa, se halló en la sangrienta refriega que tuvo lugar en la Ponte Vella y otros lugares en unas de estas incursiones. La primera vez, como decíamos, sería la del 18 de Enero de 1809, fecha que coincide con la llegada a Galicia de las columnas de Soult y Ney. En cuanto a la segunda vez, durante el medio año que aproximadamente duró la ocupación de Galicia, se fecha en la última decena del mes de Abril de 1809; por lo visto es a esta ocasión a la que alude García del Barrio en sus Sucesos Militares, donde escribe: “La fuerte ‘alarma' Del Valle de Lemos, reunida por su Junta y puesta bajo el mando del General Martinengo, había sido abandonada de este Jefe y por sus resultas los enemigos habían inmolado en la villa de Monforte más de cuatrocientas víctimas de todos sexos y edades”. Como se recordará, el encargado de organizar la Junta que funcionó en Monforte fue el brigadier Martinengo; pero, como queda dicho, este Jefe abandonó la ciudad, quizá huyendo, lo que acarreó graves sufrimientos para la población. Los franceses, como veremos, tenían noticia de los preparativos de carácter militar que se hacían en Monforte y ello puede explicar la furia de su acometida y el consiguiente saqueo sufrido por la villa.

Pero ni el dominico P. Villar, ni el franciscano Legísima precisan con rigor la fecha de esta segunda entrada. Únicamente Cotarelo Valledor, en su biografía del Cardenal D. Rodrigo de Castro, en la página 175 del II tomo, nos dice que “los franceses entraron en Monforte el 16 de Enero, el 20 de Abril y el 3 de Junio”. Como queda dicho en capítulos anteriores, fue entonces cuando expoliaron el tríptico de “La Adoración de los Reyes”.

El P. Legísima dice que “la tercera y última vez que los franceses estuvieron en la villa de las márgenes del Cabe fue el 4 y el 5 de Junio de 1809”, según sabemos por un parte que el Duque de Dalmacia, Mariscal Soult, dirigió a José Bonaparte, cuando iba en persecución del Marqués de la Romana, el cual había pasado dos días antes por Monforte. “Por más que activé la marcha”, escribe Soult, “no fue posible alcanzar su retaguardia: Había pasado el Sil por diferentes puntos y ya estaban destruidas las barcas, cuando los destacamentos que yo envié llegaron a las de San Esteban de Guntín, de Paradela y de Torbeo. Todos los habitantes del distrito de Monforte habían abandonado sus casas. Permanecí en posición hasta el 11 del mismo mes”. Soult confiesa que entonces se puso en marcha, por lo que permaneció en Monforte al menos durante una semana. Soult añade: “Durante este tiempo hice muchas demostraciones de querer pasar el río. Anuncié la marcha a Orense y se dispusieron víveres; recibí un convoy con seis piezas de montaña, municiones, zapatos y un batallón de marcha formado por los hombres que había dejado en Lugo: dejé, además, en esta ciudad [Lugo] novecientos setenta y siete hombres enfermos o que no estaban en disposición de seguirme, a las órdenes del Ayudante, Comandante Derroches que debe conducirlos a Zamora luego que estén restablecidos. El 11 me puse en marcha”. Tal es el relato copiado literalmente que el Mariscal Soult dirige a José Bonaparte, interceptada la posta que le conducía por los guerrilleros gallegos. No sabemos, por tanto, si fue en esta estancia de las tropas de Soult en Monforte cuando los franceses llevaron a cabo su sangrienta acometida contra la ciudad, o si la misma se produjo a finales del mes siguiente, ya en su retirada de Galicia.

Lo que si nos consta indudablemente, por relato del P. Legísima, son los destrozos que durante su estancia hicieron los franceses en el Convento franciscano de San Antonio. El P. Legísima hace una “relación” –que él dice “inédita”- de los daños y robos causados por los soldados de Soult, que su relator conocía perfectamente por haberse producido en una casa de la orden a la cual pertenecia [158].

En realidad las noticias que podemos recoger como rigurosamente históricas de lo sucedido durante los días que duró la Guerra de la Independencia en la capital de Lemos son las que debemos a los religiosos de algunas órdenes que allí estaban establecidas, cuando los soldados napoleónicos asaltaron la ciudad. Sabemos lo sucedido en el antiguo Convento de dominicos de Santo Domingo; sabemos igualmente lo ocurrido en el desaparecido convento franciscano de San Antonio. De igual modo, sabemos lo que ocurrió en el llamado Colegio del Cardenal –recogido por Cotarelo Valledor en su erudito y largo estudio sobre el Cardenal Rodrigo de Castro-, no sin dejar de añadir aquí que tan importante fundación era por aquellas fechas Seminario de Humanidades y se vio obligada a contribuir con donativos al armamento de Cadetes Voluntarios del llamado Batallón Literario constituido en Santiago de Compostela, así como a entregar caudales –todos los que tenía en sus arcas- para la Junta Suprema de Armamento del Reino de Galicia. Además, tuvo que ceder sus habitaciones para heridos y soldados y abandonó sus aulas a los Cadetes Artilleros, cuya Escuela se instaló en el edificio de la Compañía, haciendo las obras indispensables a costa del Seminario entonces allí establecido y en las que realizó gastos que alcanzaron la suma de 160.604 reales, cantidad de la que jamás fue indemnizado el Colegio que fundara el Cardenal.

Naturalmente, el edificio del Colegio también fue ocupado y asaltado durante la estancia en Monforte de las tropas del mariscal Soult, que allí se alojaron, causando lamentables destrozos, robando alhajas y reliquias y saqueando la Biblioteca.

El P. Legísima confiesa que los monjes franciscanos (hay que suponer lo mismo de los demás de las órdenes religiosas radicadas en Monforte) huyeron a las montañas del Sil y del Miño. Otro tanto tuvo que suceder con la población, en la que sólo permanecieron algunos defensores; quedarían también ancianos y enfermos, imposibilitados para huir.

Don Armando Cotarelo, en su citado libro, dice que “se expelió a los franceses de Galicia y recobrada la tranquilidad pública, el Dr. Don Manuel Benito Lorenzana, como catedrático más antiguo acometió, con animoso celo, la reorganización del Seminario de Humanidades. Comenzó en 1811 sus trabajos, logrando en poco tiempo atraer a los descarriados alumnos, teniendo la satisfacción de verlos aumentarse de año en año y de que la Junta Suprema de Galicia aprobase unas Constituciones provisionales para el buen funcionamiento del establecimiento docente”.

La batalla de Monforte

Las tropas napoleónicas que, persiguiendo a los ejércitos británicos, penetraron en Galicia en los primeros días del año de 1809, ya promediado este año se hallaban muy quebrantadas por la lucha de guerrillas que les había hecho el paisanaje rural, guiados fundamentalmente por los curas de aldea y religiosos de las órdenes regulares. Había, por supuesto, grupos liberales y “afrancesados”, radicados principalmente en los núcleos urbanos y que, en un principio, se entregaron a los invasores; pero la insurrección popular iba creciendo y los paisanos, armados con carabinas, escopetas e incluso con los aperos de labranza –como hoces y hachas-, acechaban a los franceses en los caminos, interceptaban correos y aniquilaban partidas aisladas. Ya hemos visto que hubo lugares, como Monforte, en los que funcionaron Juntas de Defensa, dependientes de la Central, establecida en A Coruña, que tuvo una especial importancia, cual dejamos reseñado al relatar la intervención del Batallón de Lemos en tierras de Melide.

Los franceses no podían ignorar que en Monforte funcionaba un centro de armamento y recluta militar, del que los invasores tomaron buena nota en el ataque del que hicieron víctima a la ciudad posiblemente en su visita de finales de Abril. La acometida de los napoleónicos debió de producirse cuando ya el ejército galo, muy menguadas sus filas, iba en retirada hacia Castilla.

Hallamos una descripción de lo sucedido en Monforte en el citado libro Proezas de Galicia, de Fernández y Neira. Don Carlos Martínez Barbeito –nieto del insigne historiador gallego Martínez Salazar [2]- prologa la edición facsímil de Proezas de Galicia, cuyo original halló precisamente su abuelo en la biblioteca del escritor Galo Salinas, solicitando permiso para reimprimirlo en 1893 [159]. Nosotros hemos usado su texto por ser el único documento en el que se nos habla de los preparativos que se realizaban en el Convento de Santo Domingo de Monforte para defenderse contra los invasores.

Fernández y Neira –que dice haber intervenido en la refriega- nos describe lo sucedido en la invasión por los franceses de Monforte del siguiente modo: “Chegue a Vila de Monforte, cando neste medio tempo empezaron a decir que veñen os Franceses: a Xunta que había, cos prisioneiros fóronse a outra banda do Sil, é nos como tivemos noticias do Sr. Martinengo que nos defendésemos que biña el para batirse, puxemos unhas cubas e outros atrancos na ponte da Vila por donde eles según asua ruta debían pasar (parecéndonos que o rio nono podían badear por ir grande) e subimos un cañón que tiñamos de a catro a altura de San Vicente e nesta posición, agardamos con moita resolución, mirando ao mesmo tempo como se iban coronando as alturas de paisanos armados con gadañas, fouces, escopetas, machadas e outras armas; alí como cousa das sete da mañán ben muy fresca a primeira abanzada francesa e desde que a tubemos a tiro, ceibámoslle un que non deixou de barrer alguns Franceses: e eles que viron a resistencia e que abia artillería mandan recado atrás e beñen sobre Monforte mais de tres mil enemigos, descargamos outro cañonazo, e bimosche caer o Comandante dun batallón; desde que observamos tanto Francés é nos éramos poucos, empezamos tiro bai, tiro ben, mentras uns cantos paisanos estaban con fusís facendo fogo na ponte para impedirlles o paso, e desque lles encaixamos trinta e nobe cañonazos, que non había mais prevenzón, tratamos de escaparnos polo outro lado ¡pero pilleiche un medo garrafal! Porque os grandes diabros nomentras que nos estiberon entretendo polo lado da ponte, vadearon o rio e cercaronnos dentro da Vila, mais sin embargo, cuidando que de todas partes, acababa as miñas aventuras, puxen o corazón a Dios ¡e pés para que vos quero!, peguei a fuxir e encontro cinco demos, que estaban o lado dun caminiño por donde eu iba, rexistrando uns carros de roupa, e tan pronto me viron correr, empezaronme por detrás a facer (cos diabros llas fagan) cortesías de fusil, e un-a foi tan cortés que me abreu un-a orella o medio, pero eu non che sintín hastra despois que vin caer a sangre, porque os rios, silveiras, balos, viñas e todo para min erache mel: uninme cos paisanos (é conteilles o que pasara) ena sua compañóa, estiven día e medio agardando polo señor Martinengo, que nin ben nin pareceéu, é pola conta tibera orden para unirse co Exercito, e desque o soupemos, foise cada un para a sua casa; ¡pero que desconsolo! Ver tanto ome, muller e nenos mortos, porque como se lles fixso resistencia e viron tanto diluvio de paisanos os Franceses a todos mataban e íbanchese os castañales e como estaban alí agachadiña a senté facían un-a carnicería tremenda, basteche decir que en vinte e catro oras que estiveron na vila mataron nela e nos seus contornos mais de mil personas e puxeron fogo a moitos lugares, lebando bois e bestas cargando con todo canto acharon, eu na miña vida bin tal, porque pensei que era o día do sxuicio! Dempois que soupen que marcharan bolbin a Monforte para seguir a miña ruta; pero ainda quedei mais asombrado o ver entrar ús acabando de morrer, é outros sin pernas e brazos, é outros chorando po los pais, hermanos, etc.

Pero volvendo o meu conto tomeiche o camiño de Neyra de Rey para dar cos meus fillos, seguin por Fonsagrada, Burón, etc. Hacia Asturias”... (Después prosiguen los relatos y luchas por la independencia) –especialmente en Ponte Sampaio-, diciéndonos más adelante que Soult tomó las alturas de Laroco y valedoras, advirtiendo que “por la beira daquel Rio Miño, que pasa por Orense, non se vía outra cousa mais que cavalos mortos, pedazos de sillas, morrions o hosos, era tal o cheiro que che bastaba para matar a senté...

Mingote: Con todo eso gana de volver acá pareceme que non han de ter...

Chinto: ¡Do Demo!, poi si cerca de setenta mil que entraron, non foron mais de vinte mil en pouco tempo, e eso que non tiñamos aquel valor que agora, porque estabamos amilanados e sin armas, ¿cantos eran necesarios desque nos adorna todo?... O menos doucentos mil...” [3]

Aunque el lenguaje es confuso y enrevesado, se nos habla claramente de una sangrienta batalla contra los franceses que tuvo por escenario el Puente Viejo sobre el Cabe, en Monforte. Los paisanos que se aprestaron a la defensa de la villa trataron de cerrar la Ponte Vella poniendo obstáculos en el mismo. Fernández y Neira nos habla de que obstaculizaron el paso del puente con cubas y otros atrancos –tal vez vigas o piedras-, subiendo, además, un cañón a la altura de San Vicente. Tal vez es el que estuvo instalado en el atrio de Santo Domingo, según relato del P. Aureliano Villar. Parece que los vecinos calcularon que los franceses no podrían vadear el río; pero se equivocaron en el cálculo, de tal suerte que, imaginándose que tenían libre la retaguardia para replegarse, cuando lo intentaron se encontraron cercados dentro de la ciudad, porque los franceses habían cruzado el río por otra parte.

Del relato de Fernández y Neira se infiere que algunos vecinos que quedaron en la villa se aprestaron a la defensa, no sólo poniendo obstáculos en la Ponte Vella –único que existía entonces para acceder al núcleo urbano-, sino sirviéndose de un cañón “de a cuatro” que se colocó en San Vicente. También se nos informa de que lo alto del monte fue poblándose de gentes armadas con guadañas, hoces, hachas y otras armas elementales para defenderse de los soldados franceses, armados con fusiles. El pueblo se hallaba, por tanto, francamente indefenso. Además, el brigadier Martinengo, que había sido el jefe y organizador de la Junta de Monforte, se hallaba ausente y no compareció en la batalla. La defensa sólo duró unos momentos. Los más de los vecinos habían huído a los montes próximos, siendo muchos de ellos perseguidos y muertos, de suerte que los franceses pudieron entrar a saco en la ciudad, haciendo botín de cuanto les vino en gana. Asimismo, el Batallón de Monforte –al que hemos visto en otras acciones, como la reconquista de Melide- tampoco estaba en la villa del Cabe. Creemos, por ello, que la sangrienta refriega de Monforte debió de producirse en los últimos días de estancia de las tropas francesas en Galicia, cuando éstas ya se reunían para retirarse hacia Castilla por el mismo camino que habían entrado y que, por tanto, les era conocido.

La retirada

La Guerra de la Independencia en Galicia se caracterizó por ser una lucha de guerrillas que tuvo vicisitudes muy diferentes, según las comarcas y villas en que se desarrolló. Sabemos que especialmente la clerecía –que formaba ideológicamente frente a las minorias liberales de los “afrancesados”- fue la que, erigiéndose en rectora del paisanaje rural, luchó con mayor denuedo contra los franceses. El pueblo, sorprendido al principio con la entrada de las tropas de Soult y Ney, fue movido pronto por las prédicas de los curas, frailes e hidalgos de las aldeas, representantes de las clases conservadoras. Lo que al principio fue amilanamiento ante la sorpresa se convirtió en batalla abierta contra los invasores, a los que ya no se daba tregua por parte alguna. Los franceses no tuvieron otro camino que el de retirarse.

Es curioso que en la retirada destacaron por su agresividad las mujeres. Sabemos, que al retirarse las tropas de Soult por Laroco, las mujeres de aquellas riberas –que no habían echado de sus deudos- “trataban de detener a los franceses con temeridad sin igual, echando manos a las bridas de los caballos, por más que veían brillar los sables desnudos sobre sus cabezas”. Sabemos que “los imperialistas derrotados en Trives, incendiaron Castro-Caldelas y San Clodio; pero los valdeorreses, al mando del cura de Casayo, les derrotaron también en Laroco y Petín, en cuyo lugar las mujeres peleaban al lado de los hombres, acuchillando franceses con la mayor bravura”.

Acaso el mejor resumen de lo que fue la batalla gallega contra los franceses lo hallamos en la carta interceptada en el valle de Quiroga en Julio de 1809, en la que el propio Mariscal Soult, retirándose de Galicia con los restos de su Ejército, escribe a José Bonaparte: “Esta provincia [palabra esta con la que se refería a Galicia] está en continua fermentación. Los soldados, en el estado actual de las cosas, se ven forzados a perecer de miseria o a los golpes de los paisanos, pues siendo el sistema de éstos acosar incesantemente y evitar un ataque general, vendrían con el tiempo a desgastar al más fuerte ejército”. En estas frases se condensa la incapacidad, confesada por el propio Mariscal Soult, Duque de Dalmacia, para luchar contra el sistema de guerrillas, “alarmas” parroquiales y luchas de “partidas” que, conocedoras del terreno y muchas veces guiadas por arrojados caudillos, clérigos o hidalgos, apostadas entre las peñas o vigilantes desde los oteros, caían por sorpresa sobre el adversario, al que no perdonaron en su retirada.

Este esfuerzo del pueblo gallego, una vez más, resultó infructuoso. En cuanto terminó la lucha, la Junta de Galicia, como una de las más urgentes medidas, suprimió el odioso Tribunal de la Inquisición y dictó un decreto sobre la libertad de imprenta. Pero la reacción absolutista volvió en 1814; el mismo pueblo compostelano que había intentado quemar la odiada Casa de la Inquisición festejó la restauración del nefando y oscuro Tribunal a golpe de incienso y órgano, en un solemne acto catedralicio. Volvieron las ideas liberales en 1820. Y volvió la reacción absolutista en 1823. La política pendular e inestable fue una de las características del inquieto siglo XIX. Y en esta pugna pendular, de luchas civiles y políticas, se consumió el pasado siglo y aún prosiguió a lo largo del que ahora termina, ya cercanos al tercer milenio.



150Nosotros hemos oído contar esta historia al erudito Don Ramón Otero Pedrayo, que decía habérsela oído al astorgano Don Marcelo Macías. Y también hemos leído que Napoleón llegó a Astorga en un trabajo de Emil Ludwig publicado en la revista Lecturas, de fecha enero de 1930.

151 Fray Juan Legísima. Héroes y mártires gallegos. Los franciscanos de Galicia en la Guerra de la Independencia. Santiago, 1912.

152 Fray Juan Legísima. Op. cit.

153José Fernández y Neira. Proezas de Galicia. Ed. Facsímil de Bibliófilos gallegos. Pontevedra, 1984.

154Seguramente después de conocer el resultado de la batalla de Elviña, el 16 de Enero de 1809, en que fue muerto el General inglés Moore y después que el Gobernador militar de La Coruña, a la sazón el ecuatoriano Don Antonio Alcedo, rindiese la plaza a las fuerzas napoleónicas de Soult.

[1] Traducción del texto, por el webmaster: ¿Qué preparativos había antes de entrar allí los franceses para armar la gente?

Chinto: Cuando llegué, todos los días venían mozos de aquellos contornos y los pocos Oficiales que allí había eran los que enseñaban los ejercicios y para mantenerlos unidos a los que tenía el señor Martinengo, se recogía dinero de todas las Jurisdicciones que estaban libres, y para calzarlos y vestirlos había en el convento de Santo Domingo un grupo de zapateros y sastres trabajando bajo la dirección del Prior y dos diputados de la Junta, y también había un taller de carpinteros, haciendo cajas de fusil, y cureñas para los cañones, de suerte que estaban tan bien ordenados, que no parecía sino una Maestranza del Rey, y si no viniesen los franceses se haría allí una artillería enorme, porque se iban a construir cañones de madera, como ya me dijiste tú, y allí no se andaban con “chiquitas”, porque aquellos animales que tenían mucho dinero y no daban en sacarlo a la fuerza los de la Junta, y no llegaba allí soldado ninguno que enseguida no se le armase y vistiese”.

155 Historiadores del Convento de San Esteban de Salamanca, por el P. Fray Justo Cuervo, tomo III, página 717. Salamanca, 1916.

156 De todas las crónicas de la época se deduce que, antes de llegar los franceses, loa aterrados vecinos huyeron de la villa, cuantos pudieron hacerlo. También se procedió a esconder caudales y a ocultar dinero y joyas. Verbalmente hemos oído contar –y era tradición- que en el antiguo caserón próximo a los arrabales de Monforte, conocido por “Molinos de Antero”, se aprovecharon muchos de sus escondrijos para ocultar joyas y objetos valiosos.

157 Fray Juan R. Legísima. Op. cit.

158 He aquí la “relación” del P. Legísima, que transcribimos:

“En la Iglesiadegollaron a San Buenaventura, sacaron los ojos a San Pedro de Alcántara; desaparecieron las imágenes de Nuestra Señora y San Antonio; robaron las lámparas de plata; quemaron mesas y frontales de altares de San Pedro de Alcántara y Santa Rosa, estropearon algunos misales, el órgano y los libros del Coro.

En la sacristía, rompieron el camerín en que estaban las reliquias de San Felipe, Santiago y San Juan Bautista; robaron los engastes de plata y lo demás lo estropearon; llevaron algunas albas, galones y retazos de casullas y dalmáticas y la restante la rasgaron y ajaron de suerte que la más quedó inútil. Llevaron un cajón de plata de servicio del altar que había donado la Exma. Señora Marquesa de Sarriá aunque este cajón estaba fuera del Convento y, al parecer, bien oculto; contenía este cajón ocho arrobas de plata, poco más o menos.

En la hospedería todo lo llevaron a excepción de una docena de sábanas, otra de almohadas, seis paños de manos y dieciocho mantas, tres buenas, las restantes las mas inferiores que había en el Colegio; colchones faltan seis y los que quedaron no pueden usarse sin que de nuevo se refundan; pudieron recobrarse cuatro velones.

En la bodegabebieron todo el vino, quemaron siete cubas, trece cubetes y tres pipas.

En la cuevaestropearon dos puertas, dos rejas con sus candados; rompieron a golpe de hacha dos cubas llenas de vino, quitaron una cabeza a otras y desapareció un cubete.

En el refectorioquebraron los vasos, loza y todas las vidrieras; llevaron muchas servilletas y algunas mesas de manteles; también quemaron dos arquetones que había en la oficina del mismo refectorio.

En la paneradeshicieron la panera, llevaron todo el trigo y centeno.

En la oficina de la carne, rompieron la puerta y llevaron toda la carne.

En la cocinano quedó pote, caldero, perol, cazo, sartén... en una palabra, nada; solo se pudieron recobrar dos potes y un caldero, con seis pellejos que sirven para recoger el mosto.

En lo restante del Conventoquemaron algunas ventanas, mesas y sillas de las celdas, abollaron todas cuantas chocolateras encontraron, rompieron todos los vasos, jícaras, platos... y todas cuantas de estas menudencias había; rompieron todas las vidrieras, menos las de tres celdas.

Los religiosos, a excepción de cinco que salvaron sus baúles, los demás todo lo perdieron; y los que lo pudieron preservar casi gastaron lo que pueden importar las conducciones, que fueron muchas y por tierras las más fragosas. Esto se sufriría con la mayor resignación si no hubiéramos tenido la desgracia de la alevosa muerte del muy ajustado Hermano Antonio Freire Donado, a quien después de muerto degollaron y cortaron sus partes pudendas”.

El P. Legísima hace aquí una llamada para advertir al lector que no se admire de tales salvajadas, pues él General Coulaincourt cometió los más terribles atropellos en Cuenca; el saqueo, robo, incendio, violación y el sacrilegio estuvieron a la orden del día durante la permanencia en la ciudad. Era Vicario de las monjas de la Concepción el octogenario franciscano P. Gaspar Navarro, en el que se cebó la crueldad francesa. Un prebendado de Cuenca escribía en el Suplemento de la Gaceta de Madrid del viernes 3 de Agosto de 1809 el triste relato del martirio de este franciscano, al que “después de haberle herido a golpes con un hacha dieron, para que confesase el dinero, incompatible con su hábito y profesión, un género de tormento no menos doloroso al pudor que a la naturaleza”. También añade que de un “Libro de gastos” del Convento de Ribadeo aparece –el 19 de Noviembre de 1808- una partida de 1.683 misas aplicadas por 97 religiosos difuntos que comprenden al Hermano Felipe Pérez, lego de Monforte.

Este hermano lego, Felipe Pérez, aunque sin armas, se enfrentó a dos dragones contra los que luchó valerosamente, recibiendo muchos sablazos en la cabeza y cuatro en el pecho y, al parecer, falleciendo más tarde de resultas de las heridas”.

“Todos los demás religiosos”, concluye Legísima, “tuvimos que andar fugados por las cuestas y montañas del Miño y del Sil, por espacio de veintisiete días para salvar nuestras vidas. A todo esto se agrega la muerte, también alevosa, de Don Domingo Fariñas, nuestro particular bienhechor, pues daba de limosna toda cuanta botica precisaba esta Comunidad”.

“La Venerable Orden Tercera (V.O.T.) de Monforte, al igual que la Primer Orden sufrió no poco en esta ocasión, pues quedó aniquilada esta Hermandad”...

[2]Andrés Martínez Saladar, era natural de Astorga (León), aunque desde que ganó la plaza de Archivero, residió en La Coruña, razón por la que habitualmente se le considera gallego.

159 Se reimprimió el libro por referirse a la Guerra de la Independencia, tema que había apasionado al propio Martínez Salazar, autor de un estudio sobre La guerra de la Independencia en Galicia que es, sin duda, uno de los trabajos más documentados sobre lo que fue aquel conflicto en nuestra tierra. Ya hemos dicho que el libro se halla escrito en un gallego balbuciente y chapurreado, pero tiene el valor histórico de que su narración se acomoda a la realidad de los hechos.

[3]Traducción del webmaster:”Llegue a la villa de Monforte, cuando en este medio tiempo empezaban a decirse que venían los franceses: la Junta que había, con los prisioneros se fueron a la otra orilla del Sil, y nosotros como tuvimos noticias del Sr. Martinengode que nos defendiésemos que venía él para batirse, pusimos unas cubas y otros obstáculos en el puente de la Villa, por donde ellos, según su ruta debían pasar (pareciéndonos que el río no podrían vadearlo por ir crecido) y subimos un cañón que teníamos de a cuatro, al alto de San Vicente y en esta posición esperamos con mucha decisión, viendo al mismo tiempo como se iban coronando las alturas con paisanos armados con guadañas, hoces, escopetas, hachas y otras armas: allí como a cosa de las siete de la mañana venía muy fresca la primera avanzada francesa y desde que la tuvimos a tiro, le soltamos uno que no dejó de barrer a algunos franceses: y ellos que vieron la resistencia y que había artillería, mandaron recado atrás y vinieron sobre Monforte más de tres mil enemigos, descargamos otro cañonazo, y vimos caer al Comandante de un batallón; desde que observamos tanto Francés y nosotros que éramos tan pocos, empezamos tiro va, tiro viene, mientras unos cuantos paisanos estaban con fusiles haciendo fuego en el puente para impedirles el paso, y desde que les encajamos treinta y nueve cañonazos, que no había más repuesto, tratamos de escaparnos por el otro lado ¡pero pillé un miedo garrafal! Porque los grandes diablos mientras nos habían entretenido por el lado del puente, vadearon el río y nos cercaron dentro de la Villa, sin embargo, creyendo yo que allí acababa mis aventuras, puse el corazón a Dios ¡y pies para que os quiero!, comencé a huir y encontré a cinco demonios que estaban al lado del caminito por el que iba yo, registrando un carro de ropa, y tan pronto me vieron correr, empezaron por detrás a hacerme cortesías de fusil, y una fue tan cortés que me abrió una oreja al medio, pero yo no sentí nada hasta después que vi caer la sangre, porque los rios, zarzales, muros, viñas y todo para mi era miel: unìme a los paisanos (y les conté lo que me pasara) y en su compañía estuve día y medio esperando al señor Martinengo, que ni vino ni aparecio,y decían que tuviera orden de unirse al Ejército, desde que lo supimos, cada uno se fue para su casa; ¡pero que desconsuelo! Ver tanto hombre, mujer y niños muertos, porque como se les hizo resistencia y vieron tanto diluvio de paisanos, los Franceses a todos mataron e íban a los castañales y como allí estaban escondida la gente, hicieron una carnicería tremenda, baste decir que en veinticuatro horas que estuvieron en la villa, mataron en ella y en sus contornos, más de mil personas y pusieron fuego a muchos lugares, llevando bueyes y caballerías cargando todo cuanto hallaron, yo en mi vida vi tal cosa, porque ¡pensé que era el día del Juicio! Después que supe que marcharan volví a Monforte para seguir mi ruta; pero todavía quedé más asombrado al ver entrar unos moribundos, otros sin piernas y brazos, otros llorando por sus padres, hermanos, etc.

Pero volviendo a mi cuento, tomé el camino de Neira de Rey, para buscar a mis hijos, seguí por Fonsagrada, Burón, etc., hacia Asturias”... “por la orilla de aquel Rio Miño, que pasa por Orense, no se veía otra cosa más que caballos muertos, pedazos de sillas, morriones y huesos, era tal el olor que se bastaba para matar la gente...

Mingote: Con todo eso ganas de volver aquí me parece que no han de tener...

Chinto: ¡Del Deminio!, pues si cerca de sesenta mil que entraron, no fueron más de veinte mil en tan poco tiempo, y eso que no teníamos el valor que ahora, porque estábamos amilanados y sin armas, ¿cuántos serían necesarios desde que nos adorna a todos?... Lo menos doscientos mil...”

Luis Moure-Mariño