MANIOBRAS NAPOLEÓNICAS
Luis María Anson

Ha caído en nuestras manos un viejo y amarillento artículo de Luis María Anson, maestro en la ciencia de la Información a través del medio escrito, que un ya lejano día, el 25 de junio de 1964, el año en que ganó su primer “Mariano de Cavía”, fue publicado por el diario madrileño “ABC”, bajo el titulo:

MANIOBRAS NAPOLEÓNICAS

Acabo de leer un libro que me ha interesado profundamente. Cuando la incesante lluvia de la mediocridad literaria, que arrecia de año en año, deja resbalar alguna gota importante, el ánimo del sufrido lector tenaz se llena de agradecimiento. Yo colocaría entre los diez mejores libros que he leído en los últimos tiempos a de Manuel Izquierdo Hernández: “Antecedentes y comienzos del reinado de Fernando VII.” El autor ha nadado contra corriente en una época en que historiadores y ensayistas se han dejado arrastrar por el tópico repetido, por la superficial investigación, por la filosofía barata. Manuel Izquierdo ha bebido en las primeras fuentes, con sed de rigor histórico, y su relato, ecuánime e inteligente, perfila nítidamente a las principales figuras españolas de la época napoleónica, tan emborronadas por la pasión, el papanatismo o la tendenciosidad. La reivindicación que Izquierdo hace de Godoy, y sobre todo de su política, me parece una obra maestra de la investigación intelectual.

El estudio de los cuarenta y siete días que van desde el 19 de marzo al 5 de mayo de 1808 es sustancial para el cabal entendimiento de la Historia de España. Pero vamos a caminas desde unos meses atrás. El martes, 27 de octubre de 1807. Carlos IV, alarmado por un anónimo, sorprende al Príncipe de Asturias, Don Fernando, en su habitación y le ocupa unos papeles que descubren una vasta conspiración política. El rey deja detenido en su cámara de El Escorial al hijo heredero y, al día siguiente, entrega todos los documentos al ministro de Gracia y Justicia. El día 29 de ese mes conduce a Fernando, en presencia de cuatro ministros y de la guardia, a una pequeña celda (la del criado del prior) y ordena que quede allí preso el heredero de la Corona de España. Al día siguiente, en manifiesto fechado en el Real Sitio, el rey da cuenta a la Nación del arresto del Príncipe de Asturias. Gran escándalo popular y enorme conmoción en todo el país. Por real orden, el monarca decreta que el proceso “se sustancie en los mismo términos que cualquiera causa criminal”.

La conspiración de El Escorial no iba dirigida contra el rey, sino contra Godoy. Fernando, mal aconsejado por un eclesiástico turbio metido en política, el petulante Escoiquiz, y por algún Grande de España, se avino a participar en esta conspiración contra la política de su padre y rey. El de noviembre, el Príncipe de Asturias, en sendas cartas al rey y a la reina, reconoce su falta y pide perdón. Ese mismo día, Carlos IV dirige un nuevo manifiesto a la Nación anunciando que había perdonado a su hijo. Fernando entonces delata a sus cómplices. Entre los traidores al rey se encuentra el duque del Infantado, el conde de Orgaz, el marqués de Ayerbe, el canónigo Escoiquiz... Durante la conspiración se han tenido tratos muy concretos con el emperador de los franceses a través de su embajador en Madrid. Carlos IV escribe entonces una carta a Napoleón, “en términos tan duros como era dable de testa a testa coronada”.

La conspiración ahogada en El Escorial iba a tener su prolongación meses más tarde con el motín de Aranjuez. Sólo que en esta ocasión lo que se pretendía ya era forzar la abdicación del rey. El Príncipe Fernando, cegado por una ambición absurda y alentado por una camarilla de arribistas y traidores, se volvía contra su padre. Error gravísimo. “Consustancial con el régimen monárquico –escribe Izquierdo en su libro magistral- es la continuidad histórica que Fernando rompió totalmente.” Los reyes no deben abdicar nunca, salvo cuando por cansancio o vejez así lo deciden libremente. Una abdicación forzada, aunque se trate de revestir de espontaneidad, es el desastre. La Monarquía tradicional se basa precisamente en el automatismo hereditario que excluye la discusión sobre quien debe de ser el rey. Elegir entre el padre o el hijo, como hicieron en 1808 un puñado de traidores, significaba conducir a la Corona y al país a la catástrofe. La situación además era gravísima. Godoy se había percatado de que las intenciones de Napoleón sobre España nada tenían que ver con sus promesas. “Al abandonar Godoy Aranjuez-escribe Izquierdo-tenía casi convencido al rey de que era necesario huir al sur de España, o a las Baleares, donde había una escuadra, o incluso a América, todo antes que entregarse a los franceses.”

Y vino el motín de Aranjuez. La noche del 17 de marzo de 1808, el populacho, excitado por los partidarios de Fernando, que no era ajeno al asunto, asaltó y saqueó el palacio de Godoy. Al día siguiente, descubierto el primer ministro, fue maltratado por las turbas y defendido, en última instancia, por el Príncipe de Asturias. Con Godoy en Palacio la tensión se hizo insostenible. A oídos del rey llegó la noticia de la nueva revuelta que se preparaba. Al bueno y noble Carlos IV le habían metido en un callejón sin salida. Si no abdicaba las turbas le arrollarían a él y proclamarían rey a su hijo. Los hilos de la conspiración habían sido movidos hábilmente. El día 19 de marzo de 1808 Carlos IV abdicó la Corona en Fernando, su hijo heredero. Era el comienzo de la gran tragedia. “Pasada la guerra de la Independencia –dice Izquierdo- Fernando y el pueblo olvidáronse del motín cuyas consecuencias pagó España, porque en Aranjuez se engendraron todas las pasiones que habían de azotar nuestro siglo XIX”.

Enfrentados padre e hijo, Napoleón maniobró a su antojo. Si Carlos IV y el Príncipe de Asturias hubieran permanecido unidos formando una piña, un bloque sin fisuras, la triste humillación de Bayona no se hubiera producido. Rota la continuidad dinástica, Napoleón, que era el árbitro de la situación, consumó sus proyectos. Primero llevó a la Familia Real a Bayona. Después obligó a Fernando VII a que abdicase la Corona en su padre, pues las abdicaciones también pueden hacerse al revés. Y, finalmente, apelando al patriotismo del anciano rey consiguió que le cediese la Corona. Como la traición no suele detenerse, una vez ha comenzado, la mayor parte de los que traicionaron a Carlos IV a favor de su hijo Fernando, traicionaron también a este a favor de José I Bonaparte. El duque del Infantado, el conde de Fernán Núñez, el duque del Parque, Mariano Luis de Urquijo, el duque de Frías, el de Híjar, el conde de Orgaz, el marqués de Santa Cruz, el conde de Santa Coloma, Cevallos, y tantos otros, Grandes de España, títulos de Castilla y políticos de nombre, apoyaron y ocuparon cargos con el rey intruso desde el primer momento.

Así se escribe la Historia aleccionadora.

Luis María ANSON