LAS LLAVES DEL ÚLTIMO PORTÓN
EL "POSTIGO [1] DE LA PUERTA DE ABAJO". La Coruña enero de 1809
Linsy Oflodor


Imagen tomada del Royal Welsh Fusiliers Regimental Museum

En aquel duro invierno de 1809 los británicos no pensaban más que en embarcar en los navíos surtos en la bahía coruñesa; por ello venían haciendo aquel penoso camino entre Alba de Tormes y La Coruña, sin tan siquiera fijarse en sus posibilidades militares. Alocadamente, como si estuviesen en el desierto, buscaban la salvación en el agua.

Antes de las Navidades, el general Moore se enteraba de que el mismo Napoleón estaba sobre sus pasos, con un ejército dos veces superior al suyo, por lo que decidió abandonar la idea de dirigirse a Madrid o ir a Valladolid, retirándose a través de las montañas hacia el puerto de La Coruña. Ya el día 6 de diciembre, Moore le escribe a La Romana, comunicándole que había determinado la retirada, con sus 19.053 infantes, 2.278 caballos y 3.558 artilleros a cargo de las 60 piezas de diversos calibres que fueron quedando en los barrancos del serpenteante camino hacia Piedrafita del Cebrero, así como con los caudales y bagajes que iban precipitando en ellos para correr más ligeros.

La desesperada marcha fue realizada con escasez de alimentos y calzado. Los hombres, desesperados, y en muchos casos acompañados de sus mujeres e hijos, generalmente descalzos y sufriendo las inclemencias del clima y del camino, se encontraban con que el camino iba de mal en peor, pues ahora se verían en medio de una violenta tempestad durante la noche del 8 de enero; menos mal que ya estaban en Guitiriz (Lugo). La disciplina totalmente resquebrajada, dedicándose al pillaje en cualquier lugar y hora, y embriagados permanentemente, aquel ejército no podría sostenerse en ninguna posición por favorable que esta fuese, al tiempo que hallaban muy reticentes a los lugareños, debido a las noticias que sobre su comportamiento iban llegando.

Buena prueba de lo que decimos es que teniendo tan importante aliado como era el terreno, fueron incapaces de emboscarse y coger al ejército francés entre dos fuegos de los que sería imposible escapar. La derrota estaba garantizada para quienes se viesen embolsados en aquel sendero de cabras por el que tras los británicos, tendrían que pasar los franceses. El no haber adoptado estas medidas, supuso que Soult pudo proseguir tranquilamente, aunque temiendo siempre el verse emboscado, pues viendo el terreno que tan facilmente iban ganando, no comprendía como el enemigo no los esperaba atrincherado, y tal como en su día dijo, ¡No las tuvo todas consigo hasta llegar a Betanzos!; en este punto fue donde comprendió que los británicos soló querían embarcar e irse para Albión.

Superadas todas las dificultades, las avanzadillas británicas, compuestas por el 2º Batallón llegaron a la vista de La Coruña el 11 de enero; solamente eran 78 hombres los que no se habían extraviado en el difícil camino. Entre su llegada a las inmediaciones de la ciudad y el comienzo de la contienda, los británicos se dedicaron a reconocer el terreno, tomar posiciones y observar las posibles avenidas del enemigo, incluso realizando algunas obras. Durante la tarde del día 14, llegó la flota británica compuesta por 110 velas de diverso porte. Muestra del deseo que tenía el general Moore de combatir, fue que durante esa misma noche se inició el embarque del material y bagajes que quedaba.

La batalla de La Coruña comenzó a las 14.30 horas del día 16 de enero, en cuanto Moore observó el avance francés, y tomadas las mínimas precauciones ante la bahía coruñesa; herido en el costado izquierdo a poco de iniciarse la lucha, fue trasladado a una vivienda en el Cantón Grande. Fallecido Sir John Moore, es enterrado al pie de la muralla, donde los soldados cavaron con sus bayonetas y palas un espacio que quedase al resguardo de los franceses. Eran sobre las 22.00 horas cuando las tropas comenzaron a embarcarse y a la madrugada siguiente, a eso de las 5, prácticamente estaban a bordo todas las tropas, quedando sólo en tierra las dos brigadas que habían cubierto el embarque de las tropas. Hacia las 8:00 horas, se observó como avanzaban los franceses y tomaban posiciones en los altos de Santa Lucía, aunque sin hacer muestra de mayores intenciones de avance. Los componentes de la retaguardia permanecieron en la orilla hasta el momento de recibir la orden de subir a las falúas, momento que llegó sobre las 15:00 horas, dando por concluido el embarque; esto nos da idea de la prisa que los franceses metían a los británicos. ¡Les dejaron embarcar tranquilamente, hasta con los recuerdos de lo que pudieron “afanar” en la ciudad que les acogiera tan solidariamente!. Los últimos de la retaguardia en embarcar serían los componentes del 2th Battalion of the Royal Welch Fusiliers, mandada por el capitán Thomas Lloyd Fletcher. Él, junto a su ayudante fue el último en salir de la ciudad. En su trayecto hacia el punto de embarque, según cruzaron el último portón, intentaron cerrarlo aunque tuvieron dificultades para hacerlo: ¡la llave no giraba!; entonces, introdujeron en el ojo de la llave la bayoneta del Cabo, y entre los dos la forzaron, logrando que cerrase. Esta es la razón de que una de las llaves muestre melladuras en la parte interna del ojo de la misma, dañada por las aristas y filos de la bayoneta.


Recreación del exterior de la muralla

Aspecto que podían presentar las primeras murallas de La Coruña en 1809, desde el exterior, a partir de una recreación de Rodríguez-Villasante [2], basándose en los planos de Francisco Lloret (1.762)

El capitán Fletcher, como trofeo particular, se llevó las llaves para Gran Bretaña; las heredaron sus hijos, y menos mal que siempre las mantuvieron con su aro y la placa de hierro originales, en la que dice “POSTIGO DE PUERTA DE ABAJO”, refiriéndose a la puerta auxiliar que cerraba la primera línea defensiva de la ciudad, que corría de Este a Oeste, sobre el arenal del Camaranchón, y del que como único y último vestigio, por el momento, queda el espigón que separa la playa de Riazor de la del Orzán. En el extremo Este (actual zona de la Capitanía de Puerto, plaza de Mina) se hallaba la puerta denominada “De la Torre de Abajo”, dando entrada a los que venían por el camino de Betanzos y Santiago, mientras que hacia al Oeste, por donde hoy corre la calle Juana de Vega, y prosiguiendo hacia el mar, a la altura de la confluencia con la calle de San Andrés se hallaba la “Puerta de la Torre de Arriba”, que era entrada natural a la ciudad desde el camino de los Baños de Arteijo, terminando esta línea defensiva en esa vigorosa apuesta hacia el mar que suponía y supone el espigón del Orzán, dificultando así cualquier entrada que se pretendiese verificar por ese lado del arenal, protegiendo la zona nueva conocida como "La Pescadería", que la separaba de las primitivas murallas de la ciudadela, a la que se accedía por el norte a través de la Puerta de Aires, y por el sur, por la Puerta Real (actual acceso a la Plaza de María Pita desde La Marina). El 2º Batallón del Royal Welch Fusiliers se dió a la vela rumbo a Falmouth en Cornwall con 671 oficiales y hombres, 48 esposas de aquellos y 20 niños, viajando desde La Coruña, en el extremo Noroeste de la Península Ibérica, a donde llegaron el 13 de Octubre. ¡Ellos eran el refuerzo enviado en apoyo del ejército británico que mandaba el teniente general Sir John Moore, para desalojar a los franceses de España!

Fletcher se retiró como Teniente Coronel en 1846, después de haber estado destinado en la India; residió en Maesgwaelog, Overton, y en Gwern Haulod, Ellesmere, donde nacieron sus cinco hijos y las siete hijas. Falleció en 1850, y quizás cumpliendo un último deseo, las llaves sustraídas fueron entregadas en el año 1955 por la familia al Museo del regimiento británico Royal Welch Fusiliers, por mano de H. Lloyd Fletcher.

Como quiera que estas llaves fueron robadas de la ciudad que les daba cobertura defensiva, creemos que deben de ser devueltas por quienes indebidamente estan en su posesión, puesto que es evidente que no son tan siquiera fruto de la rapiña propia de aquellas tropas que invadían bélicamente un territorio. ¿O es que dudaban de la valentía de los españoles pensando que éstos abrirían el portón antes de que la última vela estuviese a la altura de la Peña Marola [3]?

Los británicos eran en aquel momento, en teoría, nuestros aliados, nuestros hermanos; por ello, el capitán Fletcher no tenía necesidad alguna de hurtar las llaves de aquella ciudad que les había acogido, y que les hubiera defendido hasta la muerte, de no haber tenido tanta prisa en dejar abandonados a los españoles que, en teoría, habían venido a ayudar.

La posesión de las llaves es fruto demostrado y reconocido por los británicos, de un robo. Por lo tanto deben de ser devueltas a la ciudad que tanto dicen querer, y que amorosamente sin pararse a pensar en porqué está allí enterrado el general Moore. La Coruña guarda sus restos en el más idílico de los jardines coruñeses y todos los años realiza ofrendas y le rinde honores.

¡Que diferencia de unos a otros! Unos fieles aún a la amistad, después de casi doscientos años, y otros manteniendo los hábitos adquiridos a través de los siglos. Los británicos, actualmente, o mejor sus autoridades militares, como mantenedores de las acrisoladas tradiciones, deben devolver las llaves en un acto de humildad, honestidad y reconocimiento a España y La Coruña.

Orgullosamente podrían entonces mostrar en su museo, la reproducción de estas llaves, y con ello la satisfacción de haber cumplido moralmente con los españoles, pudiendo a partir de ese momento, mirarnos a los ojos sin sonrrojarse.



[1] Real Academia de la Lengua Española. Puerta no principal de una ciudad o villa. Nota de redacción: Que evitaba abrir el portón principal para carruajes.

[2] En Rodríguez-Villasante Prieto, Juan A., Historia y tipología arquitectónica de las Defensas de Galicia, Ediciós do Castro, 1984, 205pp+107 ilustraciones+1h

[3] Peña situada en la confluencia de la ría de Betanzos-Sada, con la de La Coruña. Lugar muy peligroso en invierno por las corrientes que allí azotan. Dista 3,5 millas del Castillo de San Antón.

Linsy Oflodor