|
La dinastía de los Borbones había introducido en España, como novedad innecesaria, un conjunto de reformas económicas en la ordenación administrativa.
Lejos de nuestro ánimo enjuiciar las innovaciones impuestas en el siglo XVIII a nuestra patria; pero al estudiar la retirada del Ejército de Castaños desde Tudela, no podemos omitir unas palabras a guisa de preámbulo para situar al lector en un ambiente de época o, con gráfica frase, situarle en el tiempo.
Las ideas económico-militares mantenidas por los Gobiernos del siglo XVIII sobre la Intendencia de guerra eran equivocadas. Un conjunto de errores económicos importados desviaron el desarrollo de un secular sistema que alboreó en el reinado de los Reyes Católicos con el Contador Mayor de Castilla Alonso de Quintanilla. Dicho Contador creó la Santa Hermandad, precursora de los Ejércitos permanentes y nacionales [1] . Para lealmente a dicha institución se desarrollaron organizaciones administrativas enraizadas en un conjunto económico militar.
Sin tener tiempo para sedimentarse las reformas del siglo XVIII, apenas han nacido, la mala fortuna hace que sean empleadas en lucha contra toda Europa. El Ejército hispano, sin suficiente material humano, y las contadurías sin recursos, caen batidas como gigantes en las encrucijadas de la vieja y enloquecida Europa de entonces. En lucha tan desigual, Tercios, veedurías y contadores caen envueltos en las gloriosas banderas defensoras de ideas nobles.
Los Intendentes, viendo como se desvía la tradicional directriz, son precisamente quienes luchan por imponer una organización económico-militar basada en las antiguas ideas. Los gobernantes, con el objeto de granjearse a la realeza afrancesada, implantan sus medidas para convertir a España en una nación-espejo que refleje luces extranjeras. En el proceso de despañolización era preciso copiar lo exótico desechando lo propio, por bueno y racional que fuese. Casacas y pelucas, táctica y armas, se copian de modelos de allende el Pirineo. Afortunadamente algunas rudas cabezas de Intendentes, cubiertas con pelucas empolvadas, mantienen las ideas tradicionales que no pueden imponer.
Como la armazón económica establecida no se ajustaba a las exigencias de España y de la época, cae pesadamente a tierra azotada por el vendaval bélico napoleónico.
Separada de los organismos militares, sin coordinación con ellos, se desarrolla una rígida Intendencia civil con funciones militares para los servicios de paz y de campaña. Previsto y calculado, el General tenía que ser un esclavo del Intendente, aprisionados los dos en las redes de un sistema rígido.
La guerra era lenta, pesada y formularia, con reglamentos propios para unas pacíficas maniobras. Existía un defecto fundamental: los imponderables no pueden estar previstos en las reglamentaciones, originando indecisiones en el mando económico que abatían el sistema en cuanto surgía una anormalidad.
La Intendencia de guerra debe tener gran elasticidad para adaptarse a las situaciones del momento, dentro del dispositivo económico de la nación, y libertad para desarrollar el conjunto de operaciones económicas con medios, mínimas trabas y máximas responsabilidades.
Mientras Napoleón barre de sus Ejércitos todo un conjunto de ideas anticuadas y transforma la antigua institución en una Intendencia de guerra, en España gobernantes y generales operan con una organización civil petrificada, sin posible adaptación a las exigencias de la guerra.
El Ejército español en la epopeya de la Independencia es un Exercito-como se escribía en aquella época-sin Intendencia de guerra. Empero, en el desbarajuste creado por los sucesos de mayo de 1808, el General Castaños reúne en la campaña de Bailén a los intendentes Saavedra, presidente de la Junta Central de Sevilla; Martín de Garay, Intendente de Extremadura; Beramendi, que ocupa el mismo cargo en la División de Reding; González de Carvajal y otros, hombres de acción que barren anticuadas reglamentaciones y aplican a los problemas las soluciones necesarias. Los trenes regimentales, con personal civil, tienen su bautismo de sangre en Bailén, impuestos por los Intendentes sin estar reglamentados ni militarizados. Después de la victoria, los Intendentes se dispersaron para ocupar elevados cargos civiles, donde eran necesarios a la patria invadida en el Gobierno nacional.
El General Castaños, bajo el peso de graves problemas políticos y militares, no se preocupó de su Intendencia, y desde Andalucía marchó por Madrid a Tudela. Partió de Madrid el día 8 de octubre de 1808, en dirección a Tudela. El 17 llegó a esta población, cuando parte del Ejército del Centro estaba aun en Madrid recibiendo las armas y los equipos. El día de la batalla de Tudela (23 de noviembre) no se habían incorporado aun dos Divisiones pertenecientes a su Ejército.
A su llegada al frente, notó la falta de Intendencia en el Ejército. Rápidamente ordenó que se presentara en su Cuartel General el Intendente de la provincia de Soria, donde operaba. La presencia de un Intendente de provincia en el Cuartel General de Castaños toma un carácter accidental y en plaza de superior categoría, pues la más alta jerarquía administrativa en la España de 1808 era el Intendente de Exercito.
Presentemos al lector a dicho ilustre Intendente: D. Mateo Díez y Durán, organizador del levantamiento de la provincia de Soria contra los franceses [2] .
Debía de tener una personalidad en economía y política bien señalada, a juzgar por lo que dicen sus enemigos los franceses en el informe reservado que escribió Ney al Jefe de E. M. de la Grande Armée, fechado en Berlanga, el 20-XI-1808; dice,
“Le chef de la Junta de Soria est le Marquis de Vadillo, jeune officier des gardes; il doit éter absent. Don Matheo Diez y Duran, Intendant de la province, est un desplus zélés; Castaños l’appelé à l’Armée et l’a chargé de rassemble toutes les armes posibles.”
Al ocupar el cargo, conocía que la Intendencia de paz era inoperante en una contienda sin un largo periodo de preparación para improvisar los mandos económicos militares y organizar los servicios del Ejército con personal paisano que no existía en los periodos de paz.
No podía desertar en aquel crítico momento el Intendente Díez y Durán. Corrió al Cuartel General para aminorar con su actividad las consecuencias económicas de los errores de todos: políticos, militares ya administrativos.
La batalla de Bailén había obligado a los franceses a retirarse desde el Guadalquivir al Ebro. En la puerta cantábrica de Francia, como centinelas de la misma estaban las tropas de los Mariscales Ney y Moncey, con las avanzadas sobre la margen izquierda del Ebro, desde Logroño hasta Tafalla.
Para contener a los franceses y atacarlos, se situaron los Ejércitos españoles de Reserva (Palafox) y Centro (Castaños) por Carcastillo, Tudela, Alfaro, Calahorra, hasta Nalda (véase el croquis). Estos Ejércitos-Reserva y Centro-vivían sobre el país. La línea pronoética de separación estaba determinada por el mencionado Ebro.
El Ejército de Reserva, estacionado en la izquierda del río, mantenía el siguiente dispositivo:
Dada la época, después de la recogida de las cosechas, no constituía el abastecimiento del Ejército un problema por la diseminación de las tropas y los reducidos efectivos. Además, las Reales Provisiones de Zaragoza podían completar con las remesas de déficit alimenticio: Aragón constituía el almacén de su Ejército.
Muy diferente era la situación pronoética del Ejército del Centro. Estacionado en la orilla derecha, entre el río y las montañas de Soria, sólo disponía de una pequeña zona útil, anteriormente agotada por las requisas francesas. A sus espaldas, como una maldición, trozos de la España Bella e inútil mostraban un panorama económico sin bastimentos.
Si los Ejércitos mencionados hubiesen dependido de un mando único, la Intendencia de Aragón hubiese cooperado en el avituallamiento de ambos. De todos es conocida la rivalidad entre Castaños y Palafox, su falta de acuerdo en las operaciones y las inútiles conferencias que sostuvieron con el único objeto de perder lastimosamente el tiempo. Además, el caudillo de Aragón tenía la obsesión de defender a toda costa Zaragoza. Su Intendencia hacía los acopios necesarios para preparar a la capital aragonesa en previsión de un nuevo cerco.
El Ejército del Centro carecía de Intendencia, como hemos indicado antes. En estas catastróficas condiciones, se incorporó al Cuartel General instalado en Cintruénigo el Intendente de Soria. Era demasiado tarde para vencer los obstáculos y el caos, sin dinero ni medios.
El Intendente siempre es el más fiel amigo y subordinado del General. Si el servicio se realiza con normalidad, pasan inadvertidos todos los sacrificios y las amarguras que impone el mando económico; en cambio, cualquier deficiencia adquiere caracteres de responsabilidad no compartida.
No existiendo repuesto de víveres ni escalonamiento de recursos en la comarca esquilmada, el avituallamiento de 26.000 soldados y de 3.000 caballos constituía un grave problema. El tiempo favorecía al enemigo y la situación pronoética empeoraba por días en el Ejército de Castaños.
Una retirada hubiese sido tachada de traición por todos. Avanzar hacia el Norte era complicar la situación por la falta de recursos en nuevas zonas agotadas. Se imponía una decisión militar: batir al enemigo lo antes posible con los dos Ejércitos reunidos. El General Castaños, al permanecer estacionado, hacía cada vez más crítica la situación de sus tropas.
El Intendente del Ejército del Centro pronto comprendió su desastrosa situación. Instala su mando económico en Tudela, comarca fértil y semisaqueada, donde podía operar por pertenecer a Navarra sin enojar a Palafox. Por otra parte, mientras el Mariscal Moncey mantuviese la línea de Caparroso-Villafranca-Andosilla, quedaba entre ambos Ejércitos una zona de nadie, comarca de escasos recursos y problemática extracción que, aunque lindante a los centros de entrega, no era suficiente.
Precisábase operar más a fondo, creando una línea de abastecimiento que explotase los recursos de las zonas útiles de Soria y Guadalajara. En horas se cursan las órdenes necesarias para establecerlas. Verederos [4] y funcionario del Real Resguardo al servicio del Intendente marchan veloces por los caminos, tan frecuentados por ellos, para llevar órdenes, ruegos y amenazas a las autoridades y particulares. La línea de abastecimiento será el cordón umbilical que avituallará al Ejército si el General Castaños persiste en mantener las actuales posiciones.
Es curioso examinar estas órdenes:
“Autorizo a V. S. plenamente para el acopio de víveres y forrajes, por compra, requisación, o como lo considere oportuno, dado el estado de suma escasez en que se halla el Exercito.”
Y concluye así:
“Confío en el zelo de V. S., que activará las providencias para realizar este servicio remediando esta gran falta. Será un servicio muy distinguido que recomendaré a la Superioridad, y espero para mi tranquilidad que se sirva avisarme de quedar a su cargo el pronto remedio de esta urgencia, que no admite la menor demora.
Cuartel General de Tudela, siete de Noviembre de mil ochocientos y ocho.
Matheo Diez y Duran.”
Es tan apremiante la necesidad, que el Intendente cursa otro correo extraordinario, diciendo:
“Repito a V. S. quanto le dixe en siete del corriente a cerca de los acopios de paja y cebada que le encargado. Es tan urxente este servicio y su remesa, que, estando sin forrase la Caballería, y sin poder subsistir en los puntos a que esta destinada, el abandono de ella por esta causa traeria fatales consecuencias que debemos evitar. Para este fin remito segundo extraordinario, previniendole que, pues conoce tan apurada situación y el servicio que hara en este socorro, lo verifique luego, luego, luego.”
El activo Intendente sueña con reunir pronto algunos recursos de su retaguardia. Su triplicada palabra luego adquiere en sus oficios todo el valor emocional y patriótico de un hombre que, sin más medio que un nombramiento improvisado, pretende con su ingente esfuerzo corregir la falta de dinero, el tiempo perdido, la carencia de Intendencia y de organismos económicos para el servicio de guerra.
A este último oficio acompañaba otro de D. Francisco Palafox, representante de la Junta Central en el Ejército de Castaños. En él dice:
“Para que todos los que fuesen requeridos faciliten los auxilios convenientes a la pronta execución de tan importante servicio, autorizándoles para usar de cualesquiera fondos publicos y para hacer requisiciones de dichos articulos en cualesquiera que los hubiese, dando abonares o letras contra la Dirección de Reales Provisiones.”
El representante de la Junta Central y otros análogos que pululaban en el Cuartel general de Castaños no eran más que estorbos que, copiando a los agentes de la Convención francesa, servían únicamente para entorpecer al Mando, causando molestias a todos. Su desconocimiento en materias económicas llega al límite cuando pretendían comprar víveres en comarcas semidevastadas, con abonares contra las Reales Provisiones.
Probablemente el Secretario de la Junta Central, ilustre Intendente D. Martín de Garay, los envió al frente para que no entorpecieran su labor de estructuración de España en aquellos caóticos momentos.
Si el lector desea conocer la línea de abastecimiento implantada por el Intendente de Castaños, pronto puede satisfacer su curiosidad ojeando el Itinerario Español o Guía de Caminos, modesto Baedeker usado por nuestros antepasados.
En las páginas 75 y 76 encontrará la descripción del camino de ruedas que unía Madrid con Pamplona, enlazando la capital de España con la zona ocupada por el Ejército del Centro (véanse las fotos).
|
|
Con la imaginación podéis trasladaros desde la Villa y Corte hasta allí, auxiliados por los datos que indica la Guía. Al pasar el puente del Jarama, pagaréis dos cuartos, caso de marchar a pie; un jinete pretenderá abonar cuatro cuartos solamente, pero el recaudador le exigirá seis, por caballo y caballero; si vuestra riqueza os permite el lujo de viajar en carruaje de cuatro ruedas, satisfaréis la enorme suma de seis reales de vellón. El fuero de guerra exime de peaje.
Salvado el obstáculo, pronto se encuentra Alcalá de Henares, que la Guía llama solamente Alcalá; pero esta omisión del apelativo fue motivada por colocar ocho comas seguidas, indicación de que en dicho pueblo se suele ir a comer. Mas allá, en Marchamalo, encontraréis una serie de puntos, signo convencional en el que la Guía indica un buen mesón para pernoctar, después de una jornada de diez leguas.
Las siguientes etapas terminan en Rebollosa, Cobertolada, Almenar y Cintruénigo. Habéis recorrido las cuarenta y tres leguas españolas hasta encontraros en el Cuartel General del Ejército del Centro. Y podéis aun ir a la venta de Castejón, cuyo hito señala la legua 46; pero no intentéis atravesar el Ebro con la barca, pues dicho río es el límite de la España libre en octubre de 1808. En la otra orilla estaban los jinetes franceses del Mariscal Moncey.
La línea de abastecimientos que empezó a funcionar en la primera decena de noviembre constituía la esperanza del Intendente del Ejército del Centro, si las comarcas y territorios económicos de su zona de influencia respondían al llamamiento de la Intendencia.
La provincia de Burgos quedaba bastante alejada, y en parte ocupada por los franceses, además ya no ocupaba el cargo de Intendente de ella el Marqués de la Granja, sino un intruso llamado Domingo Blanco de Salcedo, nombrado por el Rey no menos intruso [5]
La Intendencia de Guadalajara la desempeñaba el Intendente graduado de Exercito D. Santiago Romero. ¿Por qué no se dirigía el Intendente del Ejército de Castaños a su colega de Guadalajara para las compras, requisiciones y remesas?... ¿Por qué se dirigía al Subdelegado de Rentas de Sigüenza?... Este es un extremo que aclararemos más adelante.
No quedaba para la explotación de recursos con destino al Ejército del Centro mas que las subzonas económicas de Soria (capital), Almazán, Burgo de Osma, Sigüenza y las tierras del ducado de Medinaceli. De ellas iban a extraerse los avituallamientos necesarios.
Las brigadas de mulos dirigidos por funcionarios administrativos civiles y las columnas de carros requisados marchan por la línea inaugurada en dirección a Agreda.
El activo Intendente Díez y Durán estaba contento, pues la situación pronoética podía experimentar una rotunda mejoría si las remesas continuaban con regularidad. Y además por los siguientes motivos:
1º. La Junta Central de Madrid había puesto en ruta un convoy con 2 millones de reales, primera remesa que recibía la Tesorería de dicho Ejército desde que se organizó Cantidad insuficiente para pagar las deudas, pero muy necesarias para satisfacer parte de los sueldos, pluses y gratificaciones a los Jefes, Oficiales y soldados [6] .
2º. Las excepcionales remesas de víveres y vestuario que recibe procedentes de Sigüenza le permiten organizar depósitos avanzados.
En este estado las cosas, llega un veredero de Almazán con un pliego muy urgente que le entregó un propio de Burgo de Osma. Un hombre de cincuenta años, con la montera en la mano, extrae de su zurrón un papel.
-El señor Obispo del Burgo ha ordenado entregar con priesa este pliego en propia mano a V. M.
Apenas lo hubo leído, una mueca dolorosa reflejóse en la cara del Intendente. Tomó el bastón y, seguido del Secretario y verederos del Real Resguardo, marchó al alojamiento del General Castaños. Separóse el Intendente de sus acompañantes y penetró rápido en busca del Ayudante. A pesar de estar convaleciente de un ataque de reuma, el General Castaños le hizo pasar a su habitación.
El Intendente leyó muy despacio el mensaje que le enviaba su amigo el Obispo:
“Los franceses han entrado en Burgo de Osma y seguían su marcha en dirección a Almazán, por Berlanga y a Soria por Calatañazor.” [7]
El Corso había clavado un puñal en la espalda al Ejercito del Centro, pensaron ambos.
Regresó el Intendente al alojamiento, ordenando que todos los verederos y las partidas de la Real Hacienda ensillasen los caballos para correr en dirección a Almazán, Soria, Sigüenza y otros puntos. Al Subdelegado de Rentas de Sigüenza le comunicaba:
“Para gobierno de V. S. le advierto que los enemigos salieron ayer del Burgo dirigiéndose hacia Almazán, y pudiera suceder que se adelantasen más; procure V. S. saber la situación y encaminar las remesas según convenga, notificándome, aunque sea por propios, lo que supiese de ellos.”
El urgente pliego debe correrse por Almazán a Sigüenza: si se podía, por la calzada real; si no, era muy ancha Castilla para un veredero del Real Resguardo.
La noticia había revolucionado a la Intendencia. En horas de actividad febril se cursan órdenes por las veredas de Soria al Alcalde Mayor de Almazán, al Corregidor interino de Soria, a los Jefes de los convoyes y de los Batallones en marcha hacia Agreda, etcétera.
Finalizada toda la correspondencia, quedó sumido el Intendente en grave preocupación. ¿Llegaría el convoy con 2 millones de reales? ¿Se incorporarían al Ejército los tres Batallones en marcha? ¿Caerían en poder del enemigo las remesas de víveres de Sigüenza? ¿Y el depósito de armas de Soria para armar a la juventud de la provincia? [8]
Todas sus esperanzas se desvanecieron. La provincia en la cual ostentaba la más alta jerarquía política y administrativa quedaba en poder del invasor.
En la posición que se encontraba el General Castaños, envolver su Ejército y cortarle su más importante línea de comunicaciones era un juego de niños, dada la superioridad del enemigo. El Corso, con su mirada de águila, pronto se dio cuenta de la crítica situación de su adversario.
Desde que pisó Napoleón el suelo de España, apenas entró el día 5 en Vitoria, ordenó a su hermano el Rey intruso, la redacción de una serie de itinerarios.
El documento de petición de tales datos es importante porque revela el interés de Napoleón por destrozar el Ejército de Castaños [9] .
“Faitez-moi tracer- ordena Napoleón- sur une carte la grande route de Tolosa à Pampelune, la grande route de Vitoria à Pampelune. J’aurais besoin de ces renseignements avant 10 heures du matin. Jmais pourvu que je les aie demain, cela est suffisant: déterminerlMadrid; est-ce une chaussée faite? On fera connaître quelles villes on trouve, leur population, quelles rivières gorges, quels obstacles naturels. Même description pour la route de Saragosse à Madrid par Daroca. Ces trois routes doivent être faites très détail. On pourra y mettre le temps; pourvu qu’o les ait demain dans le journée c’est suffisant.”
A los pocos días, parte del Ejército de Extremadura fue sacrificado en Gamonal. Napoleón petró sin ningún obstáculo en Burgos, cabeza y corazón de Castilla la Vieja.
Aprovechando este éxito inicial de la campaña, el día 18 cursa una orden al Mariscal Ney para interceptar la línea de abastecimientos de Castaños.
“Lémpereur, Mr. Le Maréchal, ordonne que vous partiez demain avant le jour, avec vos deux Divisions, toute votre Artillerie, le 26 Régiment de Chasseurs à cheval et la Brigade de Cavalerie du General Beaumont, que la Maréchal Bessières mettra à vos ordres, et que vous vous rendiez sur San Esteban de Gormaz pour de là vous diriger sur Almazan la route de Madrid a Pampelune, et vous trouverez dès lors sur les derrières du General Castaños.
Vous, Mr. Le Duc soir à Almazan, ou le 22 à Soria...
L’Empereur s’en raportte du reste à vos talents et à votre zèle; ainsi le premier but de votre Armée est de couper l’Armée de Castnos, le second de soumettre la ville de Soria."
El original de esta orden no concuerda con la minuta que se guarda en los archivos de guerra franceses. La minuta dice: El primer objetivo es tomar Soria, y el segundo, copar al Ejército de Castaños. Como sospecha el escritor Balagny, Napoleón personalmente debió rectificarla para indicar claramente sus pensamientos al Mariscal Ney.
Dicho General, que ocupaba Aranda, acusa recibo de la anterior orden a las tres de la madrugada del día 19, con lacónicas palabras: “Las tropas bajo mis órdenes se pondrán en marcha a las seis de la mañana para dirigirse sobre Almazán y Soria.”
Al anochecer, la División Marchand [10] , precedida del 26 de Cazadores de Caballería, vivaquea en San Esteban de Gormaz, cortando las comunicaciones con Almazán y Soria. La División del General Desoyes se traslada de Gumiel a Langa. La Brigada de Caballería ligera del General Beaumont pernocta en este último lugar.
El Mariscal Ney ordena las siguientes operaciones: el día 20 se ocupará Berlanga, y al otro, Almazán.
“He preferido dirigirme sobre Almazán, porque me parece más importante; como posición militar, amenaza las comunicaciones y la retaguardia del enemigo, que, según los informes, está aun sobre Calahorra y cerca de Ausejo, debajo de Logroño”, dice Ney.
El día 21, la situación del 6º Cuerpo está indicada en el croquis que se acompaña. La línea de abastecimientos del Ejército del Centro quedó deshecha.
Las órdenes del Corso han sido cumplidas en parte. Las del Intendente de Castaños han llegado a tiempo, y se han podido salvar el tesoro del Ejército (2 millones de reales), los Batallones en marcha hacia Agreda y los convoyes procedentes de Sigüenza. El último Batallón, compuesto de 400 reclutas, abandonó Almazán, donde pernoctaba, a las dos de la madrugada para alcanzar Agreda. Las patrullas de vanguardia del 2º Regimiento francés de Húsares hicieron prisioneros a una docena de aspeados reclutas y algunos desertores que abandonaron el Batallón en su marcha hacia el frente de combate.
El Alcalde Mayor de Almazán cumplió completamente la orden del Intendente a juzgar por lo que escribe Ney al Mayor General: “Je n’ai point trouvé d’habitants dansla ville d’Almazan.”
Al día siguiente Ney parte hacia Soria, en donde descansó los días 23 y 24, para reanudar la marcha hacia Agreda.
Mientras tanto, Castaños, después de la derrota de Tudela, emprendía la retirada sin ser molestado apenas por el enemigo.
¿Por qué Ney no había cumplido los deseos del Emperador?
Mientras el Mariscal Ney, al frente del 6º Cuerpo de la Grande Armée, ocupaba la indefensa plaza de Soria, en el frente del Ebro se decidía la suerte de Aragón [11] .
Entre las comunicaciones de Napoleón al Mariscal Lannes se encuentra la orden de atacar al Ejército de Castaños el día 22, la misma fecha en que Ney entraba en Soria. Demorada la batalla hasta el día 23, la aportación de Ney en el ataque a Tudela fue nula, pero había conseguido cortar la línea de Pamplona a Madrid por Almazán. Era la misión asignada a su Ejército.
Sin embargo, existía la probabilidad de que el Ejército de Castaños emprendiera la retirada por Agreda hacia Almazán para unirse a las tropas de la defensa de Madrid. La posición de Ney, en tal supuesto, era crítica si no la apoyaban otras fuerzas. Para evitar una derrota de Ney, Napoleón ordena al Mariscal Víctor que concentre su Cuerpo de Ejército entre San Esteban de Gormaz y Osma.
“Le bur de l’Empereur, Mr. Le Maréchal, est que votre Corps d’Armée appuyant celui du Maréchal Ney, manœuvre sur les derrières de l’ennemi. Les renseignements qui vont vous arriver dans la journée d’aujourd’hui déciderot les mouvements de la journée de démain.
Le Maréchal Ney a fait éclairer la route qui de Saragosse va à Madrid par Calatayud. Il a envoyé à Medinaceli un Régiment de Hussards. Envoyed un de vos Officiers d’Etat-Major au Maréchal Ney afin de l’instruire de votre mouvement et de connaître sa position [12]
Para indicarle mayor número de antecedentes, le agrega que Ney debió entrar en Soria para emprender la marcha hacia Agreda.
Al iniciarse el día 26, no conoce Napoleón el resultado de la batalla de Tudela. A las tres de la madrugada ordena al Mariscal Víctor continuar la marcha hacia Almazán, donde piensa trasladarse con su Cuartel General Imperial. Un correo de Lannes llega a las ocho de la mañana con la noticia de la victoria francesa de Tudela. Tal noticia hizo innecesaria la concentración de fuerzas francesas proyectada sobre Almazán. Entonces el Corso descarga su ira sobre el Mariscal Ney, cuando conoce que el Ejército de Castaños se retira sin ser perseguido.
“Si vous eussiez pu être à Agreda le 23 ou le 24, vous auriez pri le reste de l’Armée. (Comunicación del Mayor General a Ney, fechada en Aranda a las nueve de la mañana del 26-XI-1808.)
“Le Maréchal Ney n’a pas, dans cette circonstance, rempli mon but. Arrivé le 22 à midi à Soria, il devait, selon les ordres qu’il abatí reçu, éter le 23 de bonne heure à Agreda. Je lui ai donné l’ordre de partir sur-le-champ et de rien craindre. Il a du éter le 25 à Agreda. Il abatí etendu votre canonnade le 23 et le 24 et avait cru que vous aviez été vatu, sans raison et sans aucun indice raisonable. Je lui ai donné l’ordre de pousser Castanos l’épée dans les reins.“ (Comunicación de Napoleón a Lannes, fechada en Aranda el 27-XI-1808)
Napoleón, que ha previsto cómo el Ejército de Castaños se retira por Illueca a Calatayud, cursa una orden urgente a Ney que dice:
Je vous ai déjà connaîtmission était de poursuivde vous réiterer cet ordre; ne le quittez pas et poursuivez-le la baïonette dans les reins. Point de répos avant que votre Corps d’Armée n’ait un morceau de l’Armée de Castanos.
Ecrivez-moi souvent pour me faire connaître l’épas les bruits du pays; on disait qu’àdélà de 80.000 hombres et i40.000, y compris les paysans, et ils on fui aussit tôt a marché sur eux, abandonnant drapeaux et cannons. Cette canaille n’est pas faite pour tenir devant nous, et rien en Espagne ne peut résister à vos deux Divisions quand vous êtes à leur têtê. Ne quittez donc pas Castanos, et ayez-en votre part; viola votre but.” (Comunicación del Mayor General a Ney, fechada a las diez de la mañana del 27-XI-1808)
La anterior misiva no llegó a Ney, pues la canalla, que empezaba a convertirse en guerrillas, iba a dar buena cuenta de los correos del Emperador primero y de las columnas francesas después.
Toda la rabia del déspota descarga sobre Ney.
“Il est malhereux que le Maréchal Ney ait perdu le 23 et le 24 à Soria; il doit éter arrivé le 25 à Agreda. C¡est un grand malheur qu’il n’y soit pas arrivé le 23 comme il pouvait y être. J’ordonne de nouveau au Maréchal Ney de poursuivre partout Castanos l’epée dans les reins et de ne pas le quitter.”
Mucho se ha comentado la permanencia de Ney en Soria durante los días 23 y 24 de noviembre. Unos achacan la demora para tener tiempo de saquear a la ciudad, dadas las morbosas cualidades del General; otros, por envidia del Mariscal Lannes, al cual dejó solo frente a Castaños, y algunos, por encontrarse las tropas cansadas. El General Jomini, su Jefe de Estado Mayor, no aclara el asunto, pues dada su enemistad con Ney, desconoce sus intenciones.
Napoleón fue injusto con Ney [13] , pues aunque no hubiese ocupado Soria, y marchado rectamente por Agreda, no tenía tiempo para concurrir a la batalla. Ni perseguir al Ejército de Castaños por el cansancio de las tropas y la falta de víveres.
Las relaciones entre los Generales que mandaban los Ejércitos del Centro y de Reserva ya hemos indicado anteriormente no eran muy cordiales. Palafox y Castaños, victoriosos en Zaragoza y Bailén, aspiraban al mando único de ambos Ejércitos. La Junta Suprema no resolvió el nombramiento de General en Jefe [14] y, por tanto, la derrota estaba prevista.
Por tal motivo, el historiador tiene que enjuiciar una serie de hechos incomprensibles: demora en el cumplimiento de órdenes, réplicas innecesarias, dudas y vacilaciones. El enemigo, situado enfrente, iba a batir ambos Ejércitos, esperanzas de la Patria invadida.
El bondadoso carácter de Castaños quiso resolver el conflicto imponiéndose por una razón: el mando de las fuerzas más numerosas, pero Palafox no aceptaba tal hecho.
En estas condiciones, no pudiendo coordinar ninguna operación, Castaños se retiró a la línea Agreda-Tudela, estableciendo su Cuartel General en Ablitas. Casi rogó a Palafox que el Ejército de Reserva pasase a la derecha del Ebro para ocupar las posiciones previstas. Dichas órdenes se dilataron, y en las maniobras para concentrarse el invasor impuso el momento de la batalla.
Palafox, en los preludios del choque, tomó el peor partido: marchóse a Zaragoza, dejando la responsabilidad al General Castaños, no prestando su apoyo moral en los críticos momentos.
La pugna entre ambos Generales españoles era conocida de todos. El Intendente, presintiendo que nada bueno podía resultar del conflicto, tomó las medidas necesarias. La comarca de la derecha del Ebro, desde Tudela a Zaragoza, fue barrida de los escasos víveres que tenía y evacuada su población. De acuerdo con el intendente de Aragón hizo en la citada región un completo vacío económico: los habitantes, con sus ganados y enseres, fueron trasladados a Zaragoza o más allá de dicha ciudad.
Esta desesperada situación pronoética fue proyectada para impedir el avance rápido del invasor por el desierto económico y no dar lugar a que se produjese una retirada española catastrófica.
Al replegarse el Ejército de Castaños sobre la línea de abastecimiento (Almazán-Agreda-Tudela), los depósitos reunidos con tanto trabajo por el Intendente quedaron en pleno frente de combate. Solo restaba una solución en caso de retirada: destruirlos. No se hizo tal cosa, sin duda por falta material de tiempo.
La información francesa nos indica la situación de los almacenes españoles. En Agreda, Ney se apodera de algunos repuestos de vestuario y víveres [15] . En Tudela encuentra Lannes 100.000 raciones de galleta. En Cascante, un depósito de trigo. Después de la batalla, el Ejército francés vive de los almacenes abandonados.
No obstante, el Intendente Díez y Durán consiguió sus propósitos, a juzgar por las comunicaciones francesas. Copiemos algunas:
El Mariscal Lannes, situado en Tudela, resuelve la situación momentáneamente, aprovechando los depósitos abandonados. Y contesta a la carta anterior: “Hoy salió un convoy con ganado y pan dirigido a su Cuerpo de Ejército; escribo a Ney para que se abastezca de un depósito eventual que se formará en Alagón” [16]
En vano el Corso, furioso, ordena a sus Mariscales que destrocen al Ejército de Castaños; se acumulan órdenes sobre órdenes para cazar a dicho Ejército en retirada; pero no se consigue por una razón pronoética: el vacío económico impuesto por el Intendente del Ejército del Centro era una barrera difícil de salvar.
Las Divisiones del Ejército del centro marcharon a Borja en su retirada. El día 24 pernoctaron en las proximidades de Illueca, y el 25 en Calatayud. El desierto económico estaba salvado.
En dicha plaza, el General Castaños convocó un Consejo de guerra formado con los Generales de sus Divisiones y otros elementos principales de su Cuartel General, acordándose continuar la retirada por Sigüenza a Madrid.
Al finalizar dicho Consejo, el Intendente, que no ha perdido la ecuanimidad ni se deja influir por las circunstancias, dicta sus siguientes órdenes de abastecimientos, y con graves conminaciones manda prevenir 25.000 raciones en Sisamón, 35.000 en Alcolea y 40.000 en Sigüenza, para ser consumidas desde el 28 de noviembre al 2 de diciembre.
A lo largo de la línea de retirada van y vienen los pliegos entre el Intendente del Ejército y el Subdelegado de Sigüenza. El Intendente carece de dinero [17] , y sólo puede dar esperanzas para pagar en su día las compras; el Subdelegado carece de autoridad para imponerse a los comerciantes y agricultores. Y el Ejército, hambriento, descalzo y desmoralizado, sólo tiene como salvación llegar a Sigüenza, donde el Intendente asegura que tendrán avituallamiento suficiente.
Nuevos oficios se cruzan para investir al Subdelegado de la misma autoridad que tiene el Intendente de un Ejército; en uno se encubre la amenaza de muerte para los que nieguen los auxilios o entorpezcan el abastecimiento militar.
Un modesto funcionario de la Real Hacienda, convertido en Intendente accidental y asistido por el personal administrativo de una insignificante Subdelegación de Rentas, va a transformar Sigüenza, en breves horas, en depósito de abastecimientos para avituallar al Ejército del Centro, que, como un vendaval, empezará a pasar dentro de poco tiempo.
Copiamos del manifiesto publicado por el Señor López Juana Padilla, Subdelegado de Sigüenza, la entrada de las tropas en dicha ciudad:
“El Exercito anticipo un dia su entrada en Sigüenza. Penetrado de la situacion desalentadora de las tropas, y animado del singular patriotismo de los habitantes me dediqué con tal empeño a este encargo de tanta importancia, que tuve la complacencia de verlos tan abundantes que se dieron a toda la tropa raciones completas de carne, menestra, y las de paja y cebada para la Caballería, brigada y trenes.
El disgusto que tuve que faltasen las de pan y vino para algunos soldados lo produxo el desorden consiguiente a una retirada sin recursos para mantener las tropas. Hambrientas todas, tomaron los primeros Cuerpos hasta las raciones atrasadas, y no contentos con esto salían en pequeñas partidas a interceptar las raciones en los caminos; otros se entraban en los hornos, y se apoderaban del pan, y aun de las masas, y era tanta la miseria que fue imposible establecer el ordene en la distribución. Hubo Oficial General Grande de España que en aquella noche de amargura y desconsuelo me pasó una esquela pidiendo en el mayor encarecimiento un pan y dos cuartillos de vino para poder cenar, y todos, o muchos, se hubiesen visto en este caso si la liberalidad de las patriotas seguntinos no les hubiera alargado generosamente qanto tenían.
El mismo día en que el Quartel General llegó a Sigüenza (30 de noviembre) se tuvo noticia de que los enemigos atacaban el puerto de Somosierra, y se dispuso la salida del Exercito, quedando un sobrante de carnes, menestra y cebada. Así lo avisé al Intendente Durán, quien mandó al Ministro de Real Hacienda [18] pusiese a mi disposición todas las Brigadas, que cargaron quanto pudieron llevar de aquellos efectos; pero, sobrando aun muchos, y estando muy próximos los enemigos, remití varias porciones a los pueblos de Atienza y Jadraque. Me presenté al señor General Venegas, que con su División cubría la retirada del Exercito, y le supliqué dispusiese lo necesario para salvar los víveres, que aun existían en bastante número. En efecto, acordó que cada soldado tomase tres raciones; y sin embargo se llevó el Comisario de Guerra D. José Cano 300 carneros vivos, quedando aun restos para socorrer abundantemente a los muchos soldados y partidas sueltas que pasaron en los días siguientes por Sigüenza.
|
|
Puedo asegurar a mis compatriotas que nada omití para auxiliar un Exercito de que pendía en mucha parte la suerte de la nación.”
El Ejército del Centro pasó por Sigüenza sin ser perseguido por las tropas francesas. En esta ciudad, el General Castaños, destituido por la Junta Central, entregó el mando al Conde de Cartaojal. Con el noble anhelo de llegar a Madrid para defenderla de los franceses, salió el Ejército hacia Guadalajara; pero la moral de las tropas iba disminuyendo por la retirada, las marchas y, sobre todo, por la incertidumbre de un destino.
En Guadalajara, el Duque del Infantado traía nuevas órdenes de la Junta de Defensa de la Villa y Corte, pero eran innecesarias. Madrid había capitulado.
Sobre el Ejército del Centro iban cayendo nuevas desgracias: hubo que fusilar a algunos amotinados, elegir un nuevo Jefe que recayó en el citado Duque del Infantado, y encaminar el grueso del Ejército hacia Cuenca, para reorganizar las sufridas tropas que habían efectuado tan gloriosa y accidentada retirada [19] . Un viejo soldado, el General Vanegas, escribe: “La retirada de Tudela, aunque larga y penosa, no fue desordenada, como añade con ofensa (se refiere al manifiesto del Duque del Infantado) del General que la dirigió y de los que la executaron; debiéndose, por el contrario, atendidas las circunstancias que la motivaron e intervinieron en su proceso, considerar como una de las más gloriosas que puedan citarse en la historia militar” [20] .
Y tiene completa razón.
La gran ayuda prestada por el Sr. López Juana Pinilla al Intendente del Ejército del Centro sirvió para que se conociesen dos personalidades que tanto trabajaron para la Patria durante la guerra de la Independencia. Sus heroicos hechos son desconocidos.
Estos anónimos héroes de la guerra económica pasaron inadvertidos para los historiadores, y sus victorias tienen pocos investigadores que las narren, pues quedan comprendidos en el lacónico y conocido parte: el servicio quedó cumplimentado.
De las luchas pronoéticas y financieras que se mantuvieron, nadie se ocupó de ellas debido a la aridez de estos estudios, que encierran dificultades para examinar la táctica de los abastecimientos en los complicados mapas económicos. Además, sólo interesan a un reducido número de especialistas, aunque tenga derecho de enjuiciarlas cualquiera, sin los antecedentes y los datos necesarios.
Si un reducido número de soldados se baten contra fuerzas superiores y las contienen, cae sobre ellos un merecido elogio. Cuando sin medios o con muy pocos elementos se verifica un buen servicio de avituallamiento, generalmente no merece ni un comentario el sacrificio de todos.
Y esto ocurrió en la retirada que comentamos. Salvado por el Ejército el desierto económico de Aragón, se vivió de los escasos recursos de las huertas del Jalón hasta encontrar el pivote alimenticio de Sigüenza.
Un gran español, sin dinero ni medios, por una orden del Intendente del Ejército del Centro, reúne en Sigüenza abastecimientos para cubrir ampliamente las necesidades de todos, pero las tropas de la vanguardia arrasan los avituallamientos previstos.
El desorden de los abastecimientos origina el primer día que algunos soldados no tengan ni pan ni vino. Maldiciones de hambrientos y protestas injustas de los sacrificados.
¿Qué organización de la Intendencia de guerra existía en el Ejército del Centro? Unos funcionarios civiles y unas brigadas contratadas que, como dice el General Castaños, no perciben sus sueldos ni las raciones.
El ilustre historiador Gómez de Arteche, en su obra Guerra de la Independencia, indica las causas, al escribir: “Si establecido en un país tan feraz como la Rioja, el Ejército del Centro había encontrado dificultades, y no pequeñas, para su racionamiento, ¿qué no sucedería en su retirada, tan precipitada y azarosa, especialmente desde su salida de Calatayud? Sobrio, sin embargo, y sufrido el soldado español, hasta el punto de haber hecho la fama de esta cualidad, característica de él, no hubiese roto la disciplina a que los reveses generalmente impelen sin el abandono en que se hallaba en los pueblos, LA DESERCIÓN DE LOS EMPLEADOS Y SIRVIENTES ADMINISTRATIVOS y las especies que los cobardes y traidores comenzaron a propalar en sus filas.”
Así se escribía la historia en el siglo pasado sobre asuntos económico-militares. ¿Qué empleados y sirvientes administrativos desertaron del Ejército del Centro?
La Intendencia, que se consideraba innecesaria en paz, se improvisaba en campaña. Como tuvo que improvisarla Castaños, con las oficinas de Rentas de Soria y Sigüenza y algunos españoles patriotas. Algo parecido a formar hoy la Intendencia de un Ejército con la Delegación de Hacienda de cualquier provincia.
Del suministro de Sigüenza al Ejército del Centro solo queda un pequeño cuadro que encierra unos números, resumidos en una importante cifra: 467.997 reales de vellón y con 15 maravedíes, valor de los abonarés, que tal vez no serían reintegrados.
El Intendente Díez y Durán fue el único que por razón de su cargo comprendió la ingente tarea del Subdelegado de Rentas. El Sr. López Juana Pinilla dice: “El Intendente Durán me dio las gracias muchas veces, y no tuvo reparos en decirme que sin los abundantes recursos que le facilité hubiese perecido el Exercito indudablemente, pues en la marcha trabajosa desde Navarra apenas había tenido otro alimento que las hortalizas que cogían en las huertas del tránsito.”
El destino unió momentáneamente a dos Intendentes. Uno, Intendente del Ejército, y el otro, el futuro Intendente de las guerrillas de El Empecinado, ambos héroes anónimos de la guerra económica.
Produce extrañeza que el Intendente del Ejército no se dirija a su colega civil de Guadalajara y, en cambio, infringiendo las normas burocráticas y de cortesía comunique sus órdenes directamente a un modesto subordinado de aquel Jefe, de la Administración de Rentas de Sigüenza.
Y no sólo prescinde de dicha autoridad, sino que delega importantes funciones del cargo de Intendente en dicho subordinado. Así, hemos indicado la autorización para la compra de víveres y efectos, los informes sobre el enemigo, el empleo de los caudales que tuviese a su cargo sin consultar con su jefe natural, ordenador nato de las finanzas provinciales, etc.
Todos estos antecedentes son precisos para llegar al conocimiento de lo que sucedió después de la retirada del Ejército del Centro y la llegada de los invasores a Guadalajara.
El Intendente de la misma, D. Santiago Romero, Caballero de la Orden de Carlos III, amigo de reyes y privados, aprovechó la llegada de los franceses para desertar de las filas de los patriotas. El Rey intruso premió su traición nombrándole Consejero de Estado, con residencia en Madrid [21]
Antes de marchar a la capital dejó nombrado un Intendente bajo la protección de las bayonetas francesa. Pero en los risco de la Alcarria, tesoro de la España libre, iba a funcionar una Intendencia ambulante creadora de las guerrillas, que escribió la más bella página del historial de todas las economías de guerra. Para honor de la Patria y de la Intendencia de España.
[1] El lector que desee conocer este asunto puede examinas la magnífica obra del Intendente Fuertes Arias, titulada: “Alonso de Quintanilla, Contador Mayor de los Reyes Católicos”, Oviedo, 1909.
[2] Antes de ocupar el cargo de Soria había sido Ministro principal de la Real Hacienda Militar de Mahón, diminuta Intendencia de plaza fuerte formada con los servicios de rentas, provisiones, administrativos de Artillería, fortificaciones, Real Hospital, etc.
[3] Encic. Univ. Ilustrada. Espasa. Tomo 47 PREE-PTZ. Mil. Palabra derivada del verbo griego proveer o suministrar. Palabra empleada por vez primera por el tratadista francés General Lewal, autor de la famosa obra titulada, Tactique du ravitaillements (1890). (Nota de la redacción de esta página). Es por tanto como diríamos hoy, el arte de la logística militar, que ha de anticiparse y compaginarse con la estrategia y la táctica durante los conflictos bélicos.
[4] Dicc. R. A. E. (De vereda) 1. m. Enviado con despachos u otros documentos para notificarlos, publicarlos o distribuirlos en uno o varios lugares.
[5] No figuraba en el escalafón de Intendentes ni pertenecía a la Real Hacienda de 1808. Para conocer la personalidad de este sujeto, copiamos a continuación dos fragmentos de los oficios dirigidos por el General Durosnet al Mayor General.
“Belorado, 21-XI-1808, a las 9 de la noche: Il m’est absolument imposible d’organiser l’espionnage tel que vous e désirez. Il n’y a pas moyen de trouver un Seúl habitant qui puisse inspirer la moindre confiance.”
“Belorado, 22-XI-1808, las 4,30 de la tarde: J’ai l’honneur d’adreeer à Votre Altesse un rapport que je reçois de lÍntendant de la provincie de Burgos (el citado Domingo Blanco de Salcedo), emploi auquel il a été nommé par le roi Joseph, et qui paraît dévoué. Il se trouve pour le moment à la Calzada (se refiere al pueblo de Santo Domingo de la Calzada), et je l’ai chargé de me procurer des reiseigements.”
[6] La Intendencia de aquella época había calculado para la llamada constante de entretenimiento del Ejército, como se denomina en los modernos estudios, la siguiente cifra: “Un Exercito, si ha de estar asistido regularmente, necesita, por cada 10.000 hombres, 2.000.000 de reales al mes de desembolso efectivo y pronto.” (“Del oficio y cargos del Intendente de Exercito” , por González Carvajal, Valencia, 1810).
Aunque no puede establecerse una cifra exacta, por no disponer de datos de aquella época para averiguar la relación entre los gastos de la tropa y los servicios, ni existe un presupuesto de la movilización del Ejército en 1808 ni otros datos para calcular las crisis de desgaste de guerra, la asignación mensual para el Ejército de Castaños podemos evaluarla en un mínimo de 6 millones de reales para tropas y servicios.
Estos cálculos son poco seguros. Cuando se cree en España un Instituto para la investigación de la coyuntura (oficina para el estudio de los precios y los mercados), la sección histórica de los precios contribuirá a despejar muchas incógnitas referentes a la economía de guerra de las pasadas contiendas.
[7] La situación del Ejército francés a las 9 horas de la noche del día 20-XI-1808, era:
6º Cuerpo del mariscal Ney.
División Marchan: Ocupaba Berlanga, Hortezuela y la derecha del Duero.
División Desoyes: Ocupaba Osma con la vanguardia en dirección a Soria.
[8] Este depósito fue uno de los que capturó el mariscal Ney: “Il y a ici (en Soria) un arsenal où se trouve une assez grande quantité de fusils et de balles...” Comunicación del citado Mariscal al Jefe del E. M. I., fechada en Soria el 22-X-1808, a las 4 de la tarde).
[9] El Corso tenía obsesión de derrotar a Castaños Palafox para quitarse la espina de los fracasos de Bailén y Zaragoza.
[10] Comunicación de Ney al Mayor General fechada en San Esteban de Gormaz el 19-XI-1808.
[11] El puente de Tudela se consideraba como la llave de Aragón, según una conocida y antigua frase que se apropió el Corso.
[12] Comunicación del Mayor General al Mariscal Víctor a las tres de madrugada del 25-XI-1808.
[13] S. M. Ésperait que vous (Ney) auriez été le 23 au soir à Agreda. (Comunicación del Mayor General al Mariscal Ney, fechada el 26-XI-1808)
[14] Castaños recibió dicho nombramiento en plena retirada (Calatayud), cuando no era posible rectificar los anteriores acontecimientos.
[15] Nous avons trouvé ici plusieurs magasins d’habilliment et de subsistances. Demain je ferai une perquisition pour savoir s’il ´´existe des armes ou des munitions. (Comunicación de Ney al Mayor General, fechada en Agreda, el 25-XI-1808)
[16] “Vous trouverez, mon cher Maréchal Ney, des vivres à Alagón, que vous pourrez prendre pour votre Corps d’Armée. (Comunicación de Lannes a Ney, fechada en Tudela, 27-XI-1808)
[17] Los 2 millones de reales que recibió el Intendente fueron enviados a Zaragoza, por no haber podido distribuir el día de la batalla de Tudela, y quedaron en dicha plaza, empleándose durante el sitio.
[18] Cargo equivalente a Jefe administrativo de División.
[19] A pesar de los juicios sobre esta retirada, el historiador ecuánime tiene que reconocer que son exageradas las opiniones emitidas por Infantado y otros. Constituye una operación penosa, ejemplo de marcha que pocas tropas efectuarían. Si alguno duda de esta opinión, le invitamos a que recorra a pie el itinerario seguido por el Ejército del Centro en análogos días del año. Cuando llegue a Cuenca, estará tan aspeado como los soldados de Castaños y el autor de este artículo, que efectuó dicha marcha a pie por los senderos antiguos, en los trechos que existen.
[20] Este General mandaba la retaguardia, y con su División contuvo en Bubierca la única acometida del Ejército francés a las tropas de Castaños en su retirada.
[21] Fue el único de los Intendentes incluidos en el escalafón de la Real Hacienda de 1808, que pasó a servir a Pepe Botella.