La guerrilla de Porlier se convierte en la División Cántabra, y hacia finales de 1809 entran los franceses en esta región, por vez primera.
Al comenzar sus actividades las guerrillas, se unieron a Porlier muchos voluntarios impulsados por la exaltación patriótica del momento y atraídos por la acusada personalidad de Porlier y sus nobles cualidades humanas.
Actuaba la guerrilla preferentemente en la región leonesa, aunque también se extendieran sus correrías a Castilla la Vieja y a las montañas cántabras. Díaz Porlier y el sargento de granaderos Bartolomé Amor Pisa, realizaron las más audaces empresas y muy pronto hicieron sentir a los invasores sus efectos.
A comienzos de la primavera de 1809, Porlier ya era brigadier, y había formado una división con su guerrilla. A este general, le conocían los leoneses con «El Marquesito».
El matrimonio formado por Antonio Porlier Sopranis y Josefa de Asteguieta Iribarren, marqueses de Bajamar, eran residentes en el Perú, donde el marqués desempeñaba importantes cargos. El primogénito de este matrimonio se llamaba Esteban, nacido en La Plata en 1768.
Por influencias de su padre, Esteban, al cumplir los quince años, fue nombrado capitán de infantería, siendo destinado al Regimiento de Parma, que en 1785 fue de guarnición a Cartagena de Indias, en Nueva Granada (Colombia). Al siguiente año, el virrey nombraba a Esteban Porlier ayudante suyo. El joven capitán entabló relaciones amorosas con una muchacha. Relaciones que debieron causar escándalo ante la alta sociedad, porque el virrey, a finales de 1787, envió a España a Esteban Porlier, haciéndole una anotación poco favorable en su hoja de servicios. Su amante tuvo que quedarse en Cartagena de Indias y en 1788 dio a luz un niño que llamaron Juan Díaz Porlier, y al que los leoneses, por ser hijo natural de un marqués le apodaron «El Marquesito», sobrenombre que, pasado el tiempo, aparece incluso en algunos documentos oficiales.
Durante el otoño de 1809 la División Cántabra desarrolló gran actividad bélica, en combinación con la división de Francisco Javier Losada, conde de San Román. Estando combatiendo en la provincia de Palencia, Porlier recibió la orden de llevar sus tropas a Asturias.
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Finalizado el año, la división se establecía en La Liébana, y Porlier puso su cuartel general en Potes.
Según dicen, «El Marquesito» don Juan Díaz Porlier, tenía una novia en esta región, y cuentan que una vez los franceses le tenían cercado, y él salió escondido bajo las faldas de ella.
Don Desiderio Aramburu, era doctor en Farmacia, boticario honorario del ejército, con uso de uniforme y fuero de segundo ayudante de Farmacia militar, subdelegado de Farmacia de La Liébana, visitador general de las boticas del obispado de Palencia y del arzobispado de Burgos. Era un gran botánico, clasificando la mayor parte de las especies de La Liébana, desde la «Árnica Montana» hasta la «Zaragatona», pasando por la Digitalis purpurea, Genciana, Polígala, Enebro, Romero, Tilo, Malva, etc.
Amigo muy querido del general Díaz Porlier, estimado del mariscal francés Ney, y teniendo de él alta consideración los padres benedictinos del monasterio de Santo Toribio de Liébana (este santo, fue obispo de Astorga en el siglo IV). Tuvo gran fama en La Liébana y comarcas limítrofes, como buen farmacéutico y piados bienhechor. Falleció en 1855, a los ochenta años de edad.
El nombramiento que, el 26 de mayo de 1809, le había dado don Juan Díaz Porlier, brigadier de los ejércitos y comandante general de la División Cántabra, hizo que fuera una de las poquísimas personas que habían permanecido en Potes, viéndose obligado a suministrar medicamentos tanto a los enfermos y heridos españoles, como a los franceses que había en el hospital.
En la reducidísima aldea de Bodia, situada detrás del monasterio de Santo Toribio, muy oculta por la sombría montaña Viorna, y dentro de una casa; en una habitación tapiada con doble tabique y a la que se entraba por un disimulado registro de la habitación contigua, escondió ropas y objetos de valor, así como la mejor parte de su botica, no habiendo dejado en Potes sino aquellas hierbas y drogas más precisas para casos de urgencia. En aquel impenetrable retiro llevó a su mujer cuando llegaron los franceses a La Liébana; y si el servicio de la Farmacia u otros asuntos lo requerían, su mancebo, iba con cautela y rapidez de Potes a Bodia, o viceversa.
El otro farmacéutico que había en la villa, al no ser imprescindible su permanencia en Potes, se retiró a las montañas a la llegada de los primeros batallones franceses, pero dejando, contra el consejo del boticario Aramburu y de los frailes dominicos, la botica completa, y cometiendo la insigne locura de dejar abierta su casa-oficina, dejando a la vista un barril de aguardiente con un letrero que decía: «obsequio a los señores franceses».
Pero cuando la población estaba completamente abandonada y antes de que llegaran las avanzadillas francesas, unos aldeanos que de paso iban a los montes para fustigar a los francesas, al pasar y ver la casa abierta, entraron, y al leer el papel del barril, se enfurecieron y tildando de afrancesado al dueño, rompieron todo lo que pudieron, se bebieron el aguardiente, y rompieron el barril para que se derramara lo que no pudieron beber.
Al llegar los franceses comenzaron el saqueo de la despoblada villa, como era su costumbre. Entretanto el farmacéutico Aramburu llevaba a los heridos los medicamentos que le pedían.
Durante la ocupación, vio varias veces al mariscal Ney en el convento donde estaba alojado, ya que allí se refugiaba, cuando le dejaban libre los deberes de su profesión.
Pasado aquel primer susto, los vecinos de Potes volvieron a sus casas.
Pero llegó la noticia de que la división del mariscal Ney volvía a La Liébana, y se volvió a quedar la villa vacía. El farmacéutico fue al convento de San Raimundo, como la otra vez, y allí vio llegar ceñudo al mariscal, para ocupar su celda-alojamiento, con semblante bien marcado por los disgustos del destrozo sufrido por los soldados al pasar los desfiladeros.
![]() Ney |
Transcurridos algunos días, llegó la festividad del Corpus no pudiendo celebrarse la procesión. Al llegar la noche el boticario se encontraba con su mancebo preparando medicamentos para el hospital, cuando se oyeron grandes voces y precipitados pasos que le hicieron salir a la puerta quedando mudo de terror. Un gran resplandor iluminaba el barrio: el incendio devoraba las casas próximas, viendo salir entre el fuego, a los soldados franceses cargados con objetos, y se percató que comenzaba a salir del tejado de la casa de la botica una densa humareda. Comprendiendo que su desgracia ya no tenía remedio, sacó a la calle al dependiente, y cogiendo una silla, cerró la casa, sentándose enfrente con los brazos cruzados. Contemplaba la terrible escena. El Cantón de Arriba había quedado sin su mejor barriada.
A los pocos minutos, llegó apresuradamente el mariscal Ney, con muchos oficiales. Al verle en aquella posición se acercó y dijo:
-¡Oh ¿qué hacer vos así sentado? ¿No ser una de esas casas vuestra casa?
-Si, general, es la de enfrente. Contestó sin moverse; que ya está ardiendo por culpa de esos vándalos soldados de Vuecencia.
-Yo sentir...
-Más lo siento yo, y me callo; ¡y si pudiera!... ¡Herejes!
-¿Y por qué no sacar vos lo que haber dentro? Yo querer, añadió vivamente inquieto, yo querer...
-¿Para qué?, más vale que se queme todo, si, al sacarlo no lo han de robar esos soldados.
-¡Oh! ¡basta! ¡basta! No, no; si ser eso verdadero, yo castigar tunantes.
Y habló unas palabras en francés a varios de sus acompañantes, que se dirigieron enseguida a las casas incendiadas.
-Ahora yo poner orden: sacar de vuestra casa todo, y no temer, yo ser aquí, ¡hola! ¡prronto! ¡prronto!
![]() Puente que conduce al Barrio Viejo |
Ante aquella imperiosa invitación, el farmacéutico le dio la llave de su casa que el mariscal alargó a un oficial, preguntando a la vez con insistencia:
-¿Y dónde tener vos las cosas de más precio, que retirar primero? ¿No haber vos algo?
-Poco general –dijo sin esperanzas-, dos cofres grandes hay en la bodega, y contienen los medicamentos que más valen, con esencias y venenos.
Aunque no lo dijo, había además monedas de oro que constituían la mayor parte de su fortuna.
Indicado el sitio donde estaban los dos cofres, el oficial que tenía la llave, seguido de varios soldados y acompañados del dependiente, abrió la casa y no tardaron en aparecer cargados con el tesoro, desplomándose la casa seguidamente.
Cuando los soldados pusieron los abultados cofres cerca del mariscal, le dijo al boticario con acento grave, señalando los dios baúles con la mano izquierda, y poniendo la derecha sobre la calva de la cabeza del boticario: «Mon cher amí; esto... ser mío».
A una señal de Ney unos cuantos granaderos cargaron con los baúles y se marcharon.
El farmacéutico se levantó trabajosamente y dirigiendo una triste mirada hacia la incendiada vivienda, seguido por su mancebo, que llevaba la silla donde había estado sentado, y caminando entre la oscuridad, fue, no al convento, sino a la casa en que iba a ir a vivir, y cuya construcción ya estaba comenzada.
Pasó una angustiosa noche, pensando lo que iba a ser de él y de su esposa, ya que había quedado sin dinero para terminar la casa.
Con un lápiz escribió a su mujer contándola las desgracias, y al amanecer se la dio al mancebo para que se marchara a Bofia, y que al volver trajera los medicamentos necesarios para poder seguir suministrando al hospital.
Haría media hora que el mancebo se había marchado, cuando armados con fusil con la bayoneta calada, se le presentaron de pronto unos soldados con ásperos modos y ademanes para que les siguiera. Fue grande el terror del boticario; creyendo llegado su último momento.
Cuando le pusieron en presencia del mariscal Ney, le miró fríamente dejando helado al pobre boticario, y adelantándose hacia él, le dijo:
-¿Tener vos recuerdo de vuestros cofres de ayer a la noche?
Pero era tal el pánico del farmacéutico, que no le salió la voz del cuerpo.
-Venid, pues.
Y tomándole de un brazo, le arrastró hacia una alcoba, donde vio los dos baúles.
-¡Tocar vos aquí! –prosiguió guiando la mano hacia la cerradura de uno de ellos: -¡tocar vos aquí!, ¡prronto! ¡prronto!
En las palabras y acciones del mariscal había comprendido que, a pesar de su aparente enojo, deseaba corregir su desconfianza, haciéndole ver que su tesoro estaba intacto.
-Ya vos no podéis decir que soldado francés robar todas cosas, como vos parlar sin reflexión ayer noche. ¡Oh, no olvidéis! Et déjá tout est fini! ¿Comprender vos?
-Se acabó, comprendo bien y muchas gracias, se acabó todo ese susto que Vuecencia me ha dado, hdome traer aquí entre bayonetas, como aquel a quien van a fusilar. Gracias a Dios, respiro ya tranquilo y ... hasta otra.
-¡Ah! ¡Ah! ¡muy bien! Ahora vos quedar conmigo un poco. Yo llamar monsieur el Prior, y le recitar todo por reir.
-¡Pues hombre, me place la ocurrencia! En fin, seguiré siendo la víctima.
Aunque la broma había sido muy pesada, desde ese momento el farmacéutico ya no podía odiar al mariscal Ney.
Al marcharse Ney, el general Porlier instaló su cuartel general en Potes.
Años más tarde, cuando la procesión del Corpus, en el balcón de una de las mejores casas, en la que había una escultura de la Concepción entre colgaduras y luces, apareció un octogenario, que derramando unas cucharaditas de incienso en un braserillo con ascuas, encomendando, al parecer a su esposa que continuara quemando incienso, bajó a la calle, se arrodilló en el empedrado, inclinó profundamente la cabeza y uniéndose a las otras voces, comenzó a cantar a media voz el magnífico Sacris Solemnis, al compás de la orquesta dirigida por el entonces niño Jesús de Monasterio, honra de Potes y gloria del arte en Europa.
El anciano era de poca estatura, de semblante enjuto y serio, color cetrino y surcado por profundas y numerosas arrugas, con su media mano izquierda, pues le faltaban tres dedos, apoyada por el dorso en la espalda, tal vez por inveterada costumbre, y en la derecha llevaba apoyándose un largo bastón de negro palo-hierro, con maciza empuñadura de plata.
Pero una cosa había en él, que daba cierta originalidad: pues, aunque estaba cerca de los ochenta años, llevaba una gran peluca de color castaño oscuro, por debajo de la cual asomaban algunos pelos blancos.
En el año 1870, a los quince años de la muerte del anciano boticario, la célebre peluca se la pidió a la familia, el director de la Sociedad Dramática de Potes: le fue entregada, y después,... allá quedó en algún rincón del no muy próspero ropero del teatro La Liebanesa.
Al fallecimiento de Aramburu, se hizo cargo de la Farmacia otro boticario, y actualmente el titular de la Farmacia es Francisco Soberón Bustamante, que la heredó de su padre, y éste a su vez del suyo. El actual farmacéutico guarda la piedra de la primitiva farmacia.