LA FAMILIA DE CARLOS IV
Publicado en: "Sábado Gráfico, núm.797" , septiembre 1972, por FERNANDO DÍAZ-PLAJA

Así, entre comillas, porque no se trata de recordar que hubo una familia del Rey Carlos IV, sino que hay un retrato de esa misma familia pintado por Francisco de Goya. Un retrato que es pura Historia de España. Como en el caso de Velázquez, el pintor de corte no es cortesano. ¿Podría ser más clara la psicología de cada uno de los individuos de ese grupo? ¿Podría ser más fuerte?

¿Quién está en medio del lienzo? Ella, la Reina María Luisa. Erguida, fea, dominante. No solo está en el centro geométrico de la pintura, es que, además, con su brazo izquierdo parece abarcar todavía unos centímetros más que quitar a su marido. No mira al público, mira hacia un lado.

A su lado, Carlos IV. Sonrosado, regordete, una expresión feliz en su rostro. Le gustan las cosas sencillas como a Luis XVI, que jugaba a cerrajero. Está convencido de que, por su cuna, está por encima de todas las cosas. Una vez –dicen- se planteó en el cuarto de Carlos III el problema de la infidelidad conyugal. «Nosotros –dijo el príncipe Carlos- tenemos en este caso más suerte que los demás mortales. «¿Por qué?», preguntó el Rey. «Señor, porque es muy difícil, por no decir imposible, que nuestras mujeres encuentren a nadie que sea superior a nosotros en categoría con quien engañarnos.

Carlos III le miró largamente y musitó: «¡Que tonto eres, hijo mío!».

No; Carlos IV no puede imaginarse siquiera que un Rey pueda ser engañado y menos por un Guardia de Corps al que ha subido hasta el título de Príncipe de la Paz (por la de Basilea que terminó la guerra con Francia). Cuenta a la Reina: «¿Sabes lo que dice la gente? Que a Manolito le mantiene una vieja rica y que por eso va tan elegante siempre». Otra leyenda, claro...

Pero no había duda de que era comidilla pública. Decía Jovellanos:

Ya la notoriedad es el más noble
atributo del vicio, y nuestras Julias
más que ser malas quieren parecerlo.

(Y sin tener a un César al lado que advierta que su mujer no basta que sea buena. César no es Carlos IV, evidentemente.)

De los amores reales no se sabe nunca mucho, porque el enemigo de la realeza asegura, por principio, que la lujuria y la desvergüenza andan sueltas por la Corte, y el monárquico se ofende también por principio. Hace años se publicaron las cartas, inéditas hasta entonces, de María Luisa y Godoy. Era la ocasión de saber lo que de verdad había habido entre los dos...

El descubrimiento no solucionó nada. Las cartas eran demasiado frías para dos amantes ¿Posible diplomacia? ¿Disimulo? Tampoco; para ello eran demasiado claras y sinceras. La Reina le hablaba al privado de detalles íntimos que no hubiera escrito para terceros –tales como la llegada de la regla, la «novedad» como ella la llamaba-, pero en el tono confianzudo con que se trata a un familiar, no era el que se emplea para el amante.

«Nosotros pedimos al gran duque (de Berg, Murat) que salve al Príncipe de la Paz, y que salvándonos a nosotros no le dejen siempre a nuestro lado, para que podamos acabar juntos tranquilamente el resto de nuestros días... Esto es lo que deseamos el Rey y yo, igualmente que el Príncipe de la Paz, el cual estaría siempre dispuesto a servir a mi hijo en todo. Pero mi hijo, que no tiene carácter alguno y mucho menos el de la sinceridad, jamás ha querido servirse de él y en todo momento le ha declarado la guerra como al Rey, su padre, y a mí».

Los personajes del cuadro

Ahí está a la derecha del cuadro. Situado exactamente detrás de Carlos IV, como quien sabe que va a sucederle. No rehuye la mirada como sus padres, mira directamente al espectador, como en una clara presentación de sus derechos. Es alto y fuerte, le lleva la mitad de la cabeza al Rey. Pero sus ojos no tienen todavía el negro audaz y desvergonzado de retratos posteriores. Ahí todavía es el hijo, no el amo. Pues ya intriga para serlo.

El pueblo es sentimental. Por un lado, un monarca viejo y abobado, una Reina enjoyada, mandona; cerca continuamente, un guapo mozo, un poco gordo quizá y que ha subido a velocidad increíble. (En casos como esos, al pueblo no le divierte nada que cada uno de sus componentes escale tan velozmente las alturas. Al contrario, le parece indecente. )

La familia de Carlos IV. Museo del Prado

Después, un príncipe joven del que cuentan y no acaban con simpatía y afecto todos los servidores de la casa. Una pobre víctima de su madre, de su padre, del amante de su madre. España merece que suba al poder.

«Mi hijo Fernando era el jefe de la conjuración; las tropas estaban ganadas por él».

La conjuración se llama motín de Aranjuez del 19 de marzo de 1808. Godoy, hasta entonces jefe supremo de la política española, se encuentra de pronto obligado a huir ante la acometida popular. Descubierto y golpeado, es llevado ante quien puede salvarle.

«Mi hijo mandó que no se tocase más al Príncipe de la Paz... [que] le dio las gracias preguntándole si era ya Rey... Mi hijo respondió: “... No, hasta ahora no soy Rey, pero lo seré bien pronto”».

Efectivamente lo fue. El ataque, según María Luisa, se debe «a que era amigo nuestro y de los franceses y principalmente del Gran Duque», pero resulta que amigos de los franceses lo eran todos en la Corte. En realidad había una carrera a ver quién resultaba más íntimo de Napoleón.

Si Carlos se arrodillaba ante él pidiendo protección contra el malvado hijo, éste se arrastraba ante el Emperador. La respuesta es una lección de sentido común y de dignidad:

«¿Cómo se puede formar causa al Príncipe de la Paz sin hacerla también al Rey y a la Reina, vuestros padres?... V. A. No tiene [a la corona] otros derechos que los que su madre le ha transmitido; si la causa mancha su honor, V. A. Destruye sus derechos».

Napoleón sabía la importancia de la legitimidad para afianzar los tronos, de esa cosa importante que se llama la dinastía. Alguna vez lo dijo, cuando desterrado. «Si hubiera sido hijo de mí mismo...». Al final de la carta da a Fernando una lección de moral que es casi una bofetada:

«Vuestra Alteza Real no está exenta de faltas; basta para prueba la carta que me escribió y que siempre he querido olvidar. Siendo Rey sabrá cuán sagrados son los derechos del trono; cualquier paso de un príncipe hereditario cerca de un soberano extranjero es criminal [1]».

Era en abril de 1808. A primeros de mayo, la carrera hacia Napoleón se ha materializado. Los Reyes, el príncipe, están ya en Bayona, donde han sido convocados por el señor de Europa. Nunca se ha visto el Estado español más humillado; ni siquiera en los grandes repartos, a últimos del XVII, se le hubiera ocurrido a Luis XIV llamar a Carlos II a Francia para comunicarle lo que iba a hacer con su nación.

Se reúne la familia real y Napoleón empieza a jugar con las coronas. Fernando se la devuelve a su padre; éste se la entrega a Napoleón diciendo que daba así «a sus amados vasallos la última prueba de mi paternal amor» al ceder a su «aliado y caro amigo el Emperador de los franceses todos mis derechos sobre España e Indias». Y éste, a su vez, decide que él tiene ya mucho trabajo y que prefiere que desempeñe este cargo su hermano José, hasta entonces Rey de Nápoles, que recibe la orden pertinente.

Probablemente jamás se le ocurrió a Napoleón que su empresa podía fallar. Tenía a su favor el disgusto de la mayoría española ante el espectáculo que daba la Corte; sus venerados Reyes le habían traspasado la autoridad máxima. Tenía a su lado, además, a los reformistas dieciochescos, que admiraban su saber combinar autoridad y respeto a la Iglesia. Incluso los conservadores, muchos de ellos sacerdotes, habían visto en el corso el limitador de las demasías de la Revolución francesa. Los generales ilustrados, los obispos ilustrados, estaban con él. Los demás españoles se le acercarían pronto al descubrir sus buenos deseos.

«He visto vuestros males y voy a remediarlos..., mejoraré vuestras instituciones, yo os daré gozar de los beneficios de una reforma sin que experimentéis quebrantos, desordenes ni convulsiones... asegurándonos una Constitución que concilie la santa y saludable autoridad del soberano con las libertades y privilegios del pueblo».

Y, efectivamente, los españoles lograron esa Constitución..., pero por su cuenta y riesgo. Porque lo malo del programa napoleónico es que era razonable, y, por tanto, inviable para los españoles. Esta proclama de Napoleón es del 3 de junio. Un mes antes estaban fusilando en la montaña del Príncipe Pío a los sublevados de Madrid contra Murat. ¿Cómo iba a resistírsele un pueblo tan vil que había aguantado una Corte corrompida, una inquisición tiránica? Pero los que habían aguantado lo habían hecho precisamente porque eran parte de sí mismos.

Dejemos ya el retrato de la familia de Carlos IV, una familia unida solamente en el lienzo. (Quedaba una figura por comentar. El primer hombre de la izquierda del espectador se llama Carlos María Isidro. En su nombre y en él de sus sucesores, la España se dividirá todavía más en unas guerras que se llamarían carlistas.)



[1] La nota es nuestra, al objeto de patentizar la abyecta condición del receptor de la carta de Napoleón, y como este se lo decía clarisimamente. A este Rey era a quien los españoles dedicaban sus esfuerzos y muchos su vida, por lo que no sería difícil intuir que llegado al trono, no dudase en seguir haciendo “fernandadas”.

Fernando Díaz-Plaja