CIFUENTES EN LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA
Texto extraído de la obra "Historia de la Villa Condal de Cifuentes", de Francisco Layna Serrano. M. 1955. 338 pp. Páginas 231 a 239.

Las tropas francesas entraron en España como aliadas después de unas negociaciones y un tratado revelador de la estulticia de los gobernantes españoles y de la familia real; pero en realidad, venían en plan de conquista sirviendo los designios de Napoleón. La sublevación del pueblo madrileño el 2 de mayo de 1808, ahogada en un mar de sangre por los soldados de Murat, determinó el levantamiento de toda la nación contra los invasores a cuyas legiones, tenidas por invencibles, se opuso no solo el pequeño y desorganizado Ejército español, sino el país en masa, incorporándose a filas los hombres útiles y formando en todas partes destacamentos volantes o guerrillas dotadas de extraordinaria movilidad, pues se presentaban ante las fuerzas enemigas o sus convoyes inopinadamente, desvaneciéndose como el humo en momentos adversos para reagruparse enseguida y reaparecer cada vez más agresivas; mientras el Ejército organizado (el regular, el Real) luchaba en campo abierto con el invasor, no siempre, o mejor dicho, pocas veces con fortuna, los guerrilleros se dedicaban al acoso incesante, y en la caza de gabachos como en la defensa heroica de poblaciones sitiadas participaron muchachos, ancianos y mujeres con heroísmo y tenacidad incalculables, menospreciando la propia vida  y sin que les importara un ardite la destrucción de sus viviendas o el incendio de sus pueblos, medios utilizados en balde por un enemigo que sentíase impotente para dominar esa fuerza dispersa, y por tanto indomables, de toda una nación empeñada en conservar su independencia; la épica lucha contra los franceses es una de las páginas más gloriosas de la historia de España, y por ser muy conocida rehuyo referirla aunque sea de modo sintético.

La actual provincia de Guadalajara no fue entonces a la zaga de las demás respecto a patriotismo y espíritu de sacrificio, y sus numerosos pueblecillos nutrieron constantemente las guerrillas de Villacampa y Juan Martín el Empecinado, proporcionándolas víveres, refugio, dinero y hombres para la lucha. En esta región no se libraron batallas campales entre ejércitos organizados, pero sí infinitas acciones entre los guerrilleros y columnas o fuertes destacamentos franceses, combates victoriosos los más y gloriosos todos en virtud de la audacia y valor puestos por los españoles en la balanza; Cifuentes y su comarca contribuyeron a la victoria final con la heroicidad y espíritu de sacrificio de sus habitantes, así como sufriendo en muchas ocasiones la saña vengativa del enemigo; la sierra del Ducado y la Alcarria fueron el campo de acción de los guerrilleros capitaneados por el Empecinado, que en esa tierra cosechó sus mejores laureles al combatir sin descanso a las tropas francesas mandadas por el general Hugo, gobernador militar de Guadalajara y padre del famoso escritor Víctor Hugo, sin que dejara aquel de actuar también en tierra de Cogolludo, Atienza, Sigüenza y Molina de Aragón. Tras constituirse la Junta Suprema encargada de la Regencia por encontrarse prisionero en Valençey Fernando VII, Junta que hubo de peregrinar a diversas ciudades impulsada por sucesos militares adversos para las armas españolas, se formaron las Juntas provinciales a fin de organizar la defensa contra el invasor; eso hízose también en Guadalajara, de cuya ciudad hubo de salir al ser ocupada por los franceses, trasladándose tan pronto a Huertahernando como a Ocentejo, Casa del Buen Desvío, Sacecorbo, etc., siempre en contacto con el ejército regular y las partidas de guerrilleros a fin de reunir víveres y vestuario, atender a la fabricación de armas y municiones, cumplir en lo posible las órdenes emanadas de la Junta Central y organizar, en lo que cabía, la administración; sus relaciones con Martín Ruiz el Empecinado no fueron siempre cordiales, pues el famoso guerrillero no reconocía otra autoridad que la suya y dejábase llevar más por la inspiración propia que por la ajena.

En 1810 las partidas de guerrilleros se habían hecho temibles para los franceses en toda la provincia de Guadalajara, por cuyo motivo el gobierno intruso hubo de decretar su aniquilamiento a toda costa; empresa confiada al gobernado militar de la capital, quien hizo ocupar Sigüenza por 1.00 infantes y 400 caballos, el 2 de julio, y lo mismo hizo en Brihuega de donde el día 3 salía una fuerte columna francesa para apoderarse de Cifuentes, como lo hizo, para seguir luego a Trillo con objeto de guarnecer ese pueblo y su puente sobre el Tajo. Pronto acudió el Empecinado con sus fuerzas para cubrir los accesos a la sierra del Ducado y señorío molinés, acercándose a Cifuentes, donde llegaron tropas francesas del general Hugo a las que resistieron los guerrilleros durante todo el día 14 de septiembre sin lograr contener al enemigo, al fin dueño de la villa mientras el Empecinado y los suyos se retiraban a Canredondo; tan poco seguros estaban los franceses tras el discutible triunfo, que temerosos de una nueva acometida evacuaron el pueblo a la siguiente mañana luego de prender fuego a algunos de sus barrios. Inmediatamente se presentó la hueste patriota del lugar, diciendo así su jefe en el parte remitido a la Junta[1]: "...no pudo dexar de conmoverme la horrorosa vista de un fuego tan extendido y tan voraz que iba a reducir en breve a cenizas toda la población, y que por más que lo procuré no pude contener por ninguna parte; algunos de mis soldados encontraron todavía pedazos de camisas embreadas y otros muchos mixtos (sic) de que se valieron (los franceses) para el incendio..."

El gobierno afrancesado de Madrid mostró particular empeño en desvirtuar los hechos achacando tal atrocidad a los guerrilleros, y luego de decir que el general Hugo con 900 infantes y 250 caballos había ahuyentado de Cifuentes a dos o tres mil hombres de El Empecinado (cifra deliberadamente exagerada), "... a la noche siguiente al combate "se prendió" fuego en el pueblo. A pesar de los esfuerzos de las tropas francesas por cortar sus progresos prendió la llama en un almacén de Pólvora que el Empecinado había hecho y han volado muchas cosas [2]. No es creíble que Juan Martín construyera un depósito de pólvora precisamente en la línea más avanzada, como también es burda la salida de decir que el fuego se prendió aquella noche como si la ulterior catástrofe fuera iniciada por un incidente casual; afirmaciones falsas, pues según los naturales, los franceses, que habían sufrido muchas bajas y pensaban retirarse por temor a otra embestida de las guerrillas, se dedicaron a saquear los templos y casas como tenían por costumbre, y luego de incendiar varios inmuebles impidieron que el vecindario "... atajara el fuego, celebrando con feroz alegría los progresos de las llamas que devoraron ciento treinta y seis casas..."; resultó casi por completo destruido el barrio que hay al pie del castillo y, tan grande fue allí el estrago, que al ser reedificado se le llamó, y sigue llamándose, «barrio nuevo»; del mismo modo vinieron a tierra todas las casas (casi ninguna rehecha después) entre San Francisco y el Hospital del Remedio; otra barriada que sufrió muchos destrozos fue la comprendida entre el convento de Santo Domingo y la puerta Briega o de Brihuega, pero aquí el incendio solo destruyó los pisos altos; reconstruidas más tarde las casas a toda prisa y de cualquier modo, es frecuente ver en ellas una planta principal de mala tabiquería, sobre la planta baja, donde portadas de sillería y buenos muros denuncian haber pertenecido a mansiones de construcción mucho mejor, aunque de tipo parecido. Hasta los hospitales hubieron de habilitarse transitoriamente para viviendas, como lo prueba el acta de la visita girada al del Remedio en 22 de septiembre de 1815 por don Francisco Domingo Ferro, arcipreste de Medinaceli y Visitador del arciprestazgo de Cifuentes por orden del obispo de Sigüenza, señor Bejarano. Según este documento, la capilla Encontrábase «decente», con altares e imágenes intactos, pero sin los ornamentos, vasos sagrados y demás objetos litúrgicos que existían en la anterior visita efectuada en 1794, por haber robado todo los franceses; dice el Visitador que entró en la casa del hospital, hallando casi todas las piezas «habitadas por pobres vecinos que pagan su alquiler y a cuya provisión ha dado lugar la estrechez de casas a que ha quedado reducida esta villa por el incendio de los franceses en 1810» y añade que «como este establecimiento no debe tener otro fin ni otro uso que la curación, asistencia y demás necesario al mejor estar y salud de los pobres enfermos, es de absoluta necesidad el que a la mayor brevedad queden expeditas las dichas habitaciones; y que el salón grande para hombres, donde hay tres alcobas buenas y abrigadas, así como la otra pieza grande con alcobas para mujeres, se dispongan inmediatamente para que puedan recibir cualquier enfermo que lo necesite»; finalmente, manda que se observe el «allanamiento» o convenio entre ese hospital y el del Socorro, referido a que este último albergue a pobres transeúntes o enfermos llegados de otras partes a la villa. [3]

Los guerrilleros no podían entretenerse a guarnecer poblaciones, expuestas a ataques de un enemigo aguerrido y bien pertrechado de artillería; en la movilidad constante radicaba precisamente la fuerza de aquellas partidas de campesinos mal armados pero valerosos, incansables, perfectos conocedores del terreno que pisaban y ayudados en todo momento por la población civil, siendo su misión principal atacar destacamentos enemigos donde estos menos lo esperaban, cortar las comunicaciones al ejército francés, apoderarse de sus convoyes de aprovisionamiento, hacer imposible la vida al contrario, desbaratar con rápidos golpes de mano sus combinaciones estratégicas, y tenerle en constante estado de alarma. De ahí que tan pronto como los franceses abandonaron las cercanías de Cifuentes y en este pueblo quedó extinguido el incendio, la hueste del Empecinado siguió en pos de aquellos hasta verlos acogidos al amparo de las viejas murallas de Brihuega, y torciendo a la derecha sorprendió el 19 en los llanos alcarreños de Mirabueno un convoy enemigo protegido por 800 infantes y dos destacamentos de caballería, causándole muchas bajas, apoderándose de bastantes acémilas cargadas y obligándoles a refugiarse en Sigüenza; inmediatamente se trasladaba el Empecinado a Cogolludo, y al saberlo el monarca intruso, José Bonaparte, que estaba en Guadalajara con ánimo de ir a Sigüenza, optó por regresar a Madrid. El 18 de octubre, la fuerte guerrilla de Juan Martín causaba un serio descalabro a los franceses al atacar en las alcantarillas de Fuentes de la Alcarria un gran convoy muy protegido que desde Brihuega dirigíase a Guadalajara; llegó hasta Torija, de donde huyó la guarnición puesta por el general Hugo, y para privar a este de tan importante punto de apoyo hizo volar el Empecinado, con hornillos de pólvora, el histórico castillo; consecuencia del combate de Mirabueno había sido la evacuación de Sigüenza por los franceses el 29 de septiembre después de robar cuanto pudieron en casas particulares y en la catedral, como tras la inundación de Torija y el predominio de las guerrillas en toda la Alcarria abandonaron aquellos el pueblo de Trillo, a 23 de octubre, después de incendiar muchas casas y volar el puente sobre el Tajo.

Poco más tarde, importantes fuerzas imperiales que habían causado grandes destrozos en la provincia de Soria y asesinado al cura párroco de Caltojar, hicieron su entrada  en Atienza, donde se repostaron, continuando en dirección a Sigüenza, dejando en aquella histórica villa triste recuerdo al incendiar varias casas; a la altura de Imón sufrieron los franceses un ataque del Empecinado pero abriéndose paso lograron entrar en Sigüenza el 9 de enero de 1811 para sufrir al día siguiente otra embestida del impetuoso guerrillero, quien les causó hasta doscientas bajas pero sin lograr un triunfo decisivo dada la gran desigualdad de fuerzas. Entonces el Empecinado marchó con 400 caballos a Molina, población abandonada por los franceses en noviembre anterior, después de dejarla casi destruida por el incendio; estaba decidido que Juan Martín uniera sus hombres a los de Villacampa, Eraso y otros, pero surgieron graves disidencias entre aquel y la Junta Provincial; para evitar tales rozaduras pasó el Empecinado con los suyos al Bajo Aragón en virtud de órdenes superiores, y al enterarse el general Hugo quiso aprovechar la ausencia del temible enemigo para limpiar de guerrillas toda la Alcarria, la sierra del Ducado y el señorío molinés, disponiéndose además a capturar la Junta Suprema Provincial.

En efecto, Hugo salió de Brihuega el 20 de enero de 1811, con el mayor sigilo, al frente de 1.200 infantes y 300 caballos; hizo alto en Cifuentes para dar comida y un poco de descanso a la tropa, y al anochecer entraba en el pueblo de Canredondo encontrándolo desierto, pues según tenían por costumbre en casi todas partes, los habitantes habían huido con ganados y provisiones ante la aproximación del enemigo; el general francés destacó 300 infantes a Ocentejo donde imaginaba sorprender y capturar a la Junta, mientras él con el grueso de la columna seguía hasta Saelices (De la Sal), La Riba (De Saelices) y La Loma que también halló deshabitadas; pero al intentar la entrada en Huertahernando se vio tan hostilizado por diversas partidas volantes que hubo de retroceder a La Riba, donde, como en Saelices, hizo quemar algunas casas; desde allí continuó la retirada hasta Canredondo, en cuyo pueblo la soldadesca se dedicó al saqueo, allí se les incorporó el destacamento enviado a Ocentejo sin haber logrado capturar a la Junta de Guadalajara pero ensañándose con la aldea mediante la queda de varios inmuebles, algunos asesinatos y destrozo del templo parroquial, y por último, Hugo y los suyos se detuvieron en el pintoresco pueblo de Ruguilla; aquí cometieron los franceses atrocidades sin cuento, pues destruyeron por el incendio una manzana de casas situadas entre la iglesia y los huertecillos de la Callejuela, solares que muchos años adelante convirtió mi abuelo materno en huerta para la casa donde transcurrieron los años felices de mi infancia [4]; del mismo modo incendiaron otros grupos de viviendas en la cuesta occidental del cerro encima de las «tercias», desvalijaron el templo parroquial y prendieron la casa-concejo, cuyo archivo quedó por completo destruido [5]; parecidas brutalidades cometieron en otros pueblos de las cercanías durante esta expedición «de castigo», como por ejemplo en los dos Gárgoles, Gualda y Solanillos.

El primero de marzo volvían los franceses a ocupar Molina, adonde regresó el Empecinado atacándolos violenta pero infructuosamente los días 8 y 9, acogiéndose los enemigos al alcázar; los guerrilleros hubieron de retirarse al saber la aproximación de 3.000 franceses que incendiaron el pueblo de Huertahernando destruyendo también la fábrica de fusiles y municiones establecida en Cobeta; pero a su espalda las guerrillas interceptaban sus convoyes y sintiéndose inseguros abandonaron Molina el día 27 para marchar hacia Daroca; mientras, Juan Martín y su tropa emprendían una marcha vertiginosa a través de la brava sierra del Ducado, para establecer contacto con las fuerzas de Villacampa y causar un serio descalabro a los franceses en el puente de Auñón, sobre el Tajo.

El Empecinado, hecho brigadier y ya al mando de toda una división, obsesionaba al general Hugo quien manifestó su propósito de evacuar casi toda la provincia de Guadalajara si no se enviaban cinco o seis mil hombres de refuerzo; enviáronle caballería y artillería desde Madrid y Alcalá, y puesto de acuerdo con el gobernador militar de Toledo, general Lahoussaye, intentó la destrucción de Juan Martín y sus densas guerrillas emprendiendo, al comenzar junio, una serie de marchas y contramarchas para sorprender al enemigo, cansarle y obligarle a dividir sus fuerzas. Reunidas las guarniciones de Guadalajara y Brihuega, Hugo marchó en dirección a Molina; pero al llegar a Cifuentes el 12 de junio, le esperaban el Empecinado y los suyos ocupando favorable posición en las alturas inmediatas y con cuatro cañones emplazados en el alto cerro de San Cristóbal, piezas que manejaron con mucho acierto los artilleros valencianos; a pesar de ello y del valor heroico mostrado por nuestros guerrilleros en aquella acalorada acción, no fue posible derrotar a la columna francesa, muy superiores en número, y el Empecinado hubo de retirarse por la noche con los infantes y caballos a Canredondo, mientras hacía conducir cuatro cañones a Morillejo para frustrar el intento de los franceses que tenían particular empeño en apoderarse de la artillería por ser ésta la primera vez que ha luchado con ella la división del brigadier Martín; hicieron para lograrlo grandes esfuerzos que les ocasionaron considerable pérdida y no se atrevieron a pasar de Cifuentes [6]; indudablemente debieron de tener muchas bajas, pues según noticias recibidas de Madrid gracias a los espías, el día 21 llegaron dieciocho prisioneros españoles procedentes de Guadalajara y cinco carros con heridos franceses. Como no es mi propósito enumerar siquiera los principales encuentros tenidos por el Empecinado con los invasores en tierras de la provincia, sino aquellas operaciones relacionadas con la villa de Cifuentes, sólo diré que en adelante no fue escenario de nuevas batallas pero sí víctima de la rapacidad francesa en cuantas ocasiones sirvió de alojamiento a columnas en marcha, hasta que, liberado de enemigos el suelo español, recuperó la tranquilidad perdida.

Los sufrimientos de la población española (si es que había población civil, pues en realidad la masa nacional era combatiente por uno u otro procedimiento) fueron indescriptibles durante esta guerra de la Independencia no concluida hasta 1813, y todavía continuaron después como lógica consecuencia de una lucha tan larga y sangrienta que fue secando poco a poco, hasta agotarlas, todas las fuentes de riqueza; la agricultura no podía atenderse por falta de brazos, ya que donde no dominaban los franceses acudían todos los hombres útiles a nutrir las filas del ejército o formar en las guerrillas, y donde aquellos eran los amos también marchaban de sus hogares con el mismo objeto muchos varones; la ganadería quedó reducida al mínimum en virtud de las necesidades de los combatientes y las depredaciones cometidas por los enemigos; la inseguridad de los caminos impedía el comercio y la industria, excepto la de guerra, estaba paralizada; añádase a todo esto la destrucción de pueblos enteros por la soldadesca napoleónica, el robo sistemático efectuado por la misma en todas partes, y la desesperación general producida por tanta tragedia. Consecuencia de esos factores fue el hambre, que en 1812 llegó a ser espantosa, hasta el punto de causar la muerte a millares de españoles, especialmente en las grandes poblaciones adonde no llegaban los víveres necesarios para el abastecimiento, ni siquiera una parte de ellos; mucho se ha escrito al respecto y conocemos muchos detalles de esa crisis aguda y dramática, trágica mejor dicho, con sus cuadros de horror en que se representan los hospitales llenos de enfermos famélicos, y a gentes esqueléticas luchando a navajadas por la posesión de un ave o una col, mientras preferían morir de inanición a ser socorridas por los franceses. De tales desdichas participó Cifuentes, cuyos campos esquilmaron año tras año los enemigos, quienes robaban cosechas y ganados hasta dejar al pueblo sin lo más preciso; y que esta afirmación no la hago en virtud de una deducción lógica, sino apoyado en datos concretos, lo prueba la siguiente instancia dirigida a los gobernadores del obispado de Sigüenza con fecha 16 de agosto de ¡1835! [7]:

"María Nieves Palafox, viuda de Juan Pérez, vecina de esta villa (de Cifuentes) a V. SS. Con todo respeto hago saber. Que el año pasado de 1808 fue nombrado mayordomo de esta Iglesia parroquial mi difunto marido por carga concejil según la costumbre que se ha observado y observa en este pueblo. Desde el principio de su nombramiento fue tal su desgracia, que comenzando una enfermedad contagiosa no se veían mas que lastimas al ver multitud de almas (muertos querrá decir) otros padeciendo en la cama y los que se veían por la calle no parecían otra cosa que unos esqueletos ambulantes, así es que fue imposible hacer la cobranza de mucha parte de los intereses que a la fábrica de la iglesia le correspondían, a pesar de las grandes diligencias que hizo pero sin adelantar cosa alguna, pues las razones que quedan sentadas impedían a los Alcaldes obrar en justicia como así se lo contestaban, habiendo resultado de todo esto que mi difunto marido salió alcanzado en la cantidad de 3.600 reales y más; no porque abusase de los caudales ni consumiese cosa alguna en su casa, sino porque al recibirle cuentas le hicieron cargo de lo no cobrado y lo que es peor le dejaron responsable a solventarlo a pretexto de ser esta la costumbre (como si se tratara de tiempos normales), sin que haya podido después cobrar cosa alguna por la imposibilidad en que se veían los deudores. En tan triste situación ningún arbitrio encontraba, pues en 1810 fue incendiada su casa con otras muchas de esta población (al retirarse los franceses) y en ella perecieron todos sus efectos, y en medio de ello se encontró con la desgracia de haberle robado los enemigos una mula y un caballo cuyo valor no podría descender de 5.000 reales, que con uno y otro se completó de arruinar, hallándose rodeado de seis hijos, en términos que después no se ha visto con recursos algunos para en algún modo solventar esta deuda como tanto deseó, siendo una prueba de ello el que con el Sr. Cura párroco antecesor del actual le transigió en 1.500 reales, dándole de presente 600 para lo cual tuvo que hacer un sacrificio y este pago aparece de cuentas. En el día, me encuentro, Srs. Gobernadores, llena de la mayor amargura con la recién pérdida, en menos de un mes, de mi marido y un hijo quienes como es público los he tenido enfermos por un año continuado, habiendo consumido muchos intereses para poder alimentarlos, mayormente cuando tenía que hacerlo con líquidos porque ninguna otra cosa podían tomar en el estado en que se han visto. Con este motivo me hallo poseída del más acervo dolor en que solo he podido conseguir algún alivio con la donación que mis hijos me han hecho dejándome la casa en el estado en que ha quedado a la muerte de su padre, pero no puedo mirar con indiferencia esta deuda que pudiera pesar contra ellos en otro tiempo si yo por mi parte no hago diligencia a su transacción hasta salir de ella, y ningún otro recurso encuentro que dirigirme a V. SS. Con esta súplica para que en su vista y de los informes que tengan a bien tomar, se sirvan mirarme  con la compasión que es propia de su carácter e ilustración, rebajándome esta deuda a una cantidad proporcionada a mis débiles fuerzas; asegurando a V. SS que haré los mayores sacrificios desprendiéndome de mis cortos bienes para lograr solventarla."

Los informes demostraron la exactitud de las alegaciones, y por Provisión fechada en Sigüenza a 5 de septiembre de 1835, se acordó rebajar la deuda a 600 reales con tal que fuera pagada en el plazo máximo de dos meses.



[1] Gaceta de la Regencia, 30 de octubre de 1810

[2] Gaceta de Madrid.

[3] Archivo municipal: Libro de cuentas del Hospital del Remedio.

[4] Testimonio del autor del trabajo

[5] Parte de estas noticias las tomo de la Gaceta de la Regencia.

[6] Gaceta de la Regencia, del 6 de agosto, en la que se incluye un parte de la Junta Provincial fechado en Sacecorbo a 10 de julio. Los franceses siguieron en Cifuentes hasta saber que el Empecinado se encontraba lejos, y el día 9 de julio entraron en Trillo.

[7] Libro de Fábrica de la parroquia, a partir de 1817; la instancia va suscrita por Dionisio Cobeña, sobrino dela solicitante, porque esta no sabía firmar.

Texto extraído de la obra "Historia de la Villa Condal de Cifuentes", de Francisco Layna Serrano. M. 1955. 338 pp. Páginas 231 a 239.