EL TÍO CHAVITO. (Asturianos en Madrid). Episodio FR 1808.
Antonio Pareja SERRADA. Publicado en "Nuevo Mundo", Año IX, núm. 434, de 30 de abril de 1902.

Pobrecillo anciano!

Desde el funesto día del Dos de Mayo, su taller de zapatero estaba abandonado y muda aquella boca en la que siempre jugueteaba un requiebro para las mozas de rumbo, solo, en su lecho pobrísimo, aunque aseado, sufría sus heridas con resignación heroica, pensando en su Manuel, en su hijo único, que allá en Bayona y al servicio de las reales personas ignoraba la desgracia de su padre.

Porque el tío Chavito tenía lo que entonces se llamaba vara alta con el canónigo Escoiquiz, y merced a ella había logrado colocara a su Manuel en Palacio con el sueldo de mil cien ducados al año, y gajes y propinas no muy largas, aunque si frecuentes.

Y hete aquí que cuando el pobre viejo se hallaba más tranquilo y contento, le sorprende en la calle la matanza del 2 de Mayo, y cae atravesado por las bayonetas francesas junto a la fuente de Neptuno.

¡Y Manuel sin saber nada! ¡Y el padre Anselmo, su confesor, sin querer escribirle una carta para su hijo! Aquello era para volverse loco.

Su naturaleza vencería la dolencia, porque las heridas no eran profundas y la cicatrización comenzaba; así lo había dicho el físico a la tía Jeroma, que de vez en cuando iba a echar una mano a la casa. ¡Vaya! ¡Menos mal que aun podría tener noticias del ausente!...

Sonaron dos golpes dados a la puerta con los nudillos.

-¡Entre quien sea!-gritó. –Yo no puedo abrir, no puedo moverme de la cama...

Y la puerta se abrió y un joven, en la fuerza de la edad, penetró rápidamente en la habitación.

El tío Chavito se incorporó en el lecho, a pesar de sus dolores; abrió desmesuradamente los ojos y tartamudeó: -¡¡Tú!!

A tiempo que el recién llegado caía en sus brazos exclamando:

-¡Padre de mi alma!

¡Era Manuel, su hijo, su hijo del alma, su orgullo, su ídolo!

-¡¡Tú!!- repetía el pobre y viejo acariciándole.

-Yo, señor; yo mismo, y... ¡¡para siempre!!

-¿Qué dices? ¡Para!...

-¡Sí, padre mío; ya no nos separaremos más!

-¿No nos separaremos más? Pero... yo estoy loco, o tú...

-No quiero servir a nadie más que a vuesa merced- dijo el mozo con resolución.

-¡Jesús, María y José! ¿Qué dices, hijo? ¿Y su Majestad el rey que Dios guarde?

-¡Guárdele Dios muchos años, señor padre, y no le veamos por acá; que rey es el que al rey no ve!

-¡Pero hijo!... ¡pero Manuel!... ¿Estás loco?

-No, padre de mi alma; eso mismo me he preguntado yo muchas veces al presentir la traición cerca de mí y verla ocultarse bajo el manto real...

-¡Jesús, mil veces! ¡Tú blasfemas, hijo mío! ¡Tú no eres buen cristiano!

-Sí, padre; por eso huyo de la Corte donde se nos vende; donde se aplauden las victorias de los asesinos de mi padre, y se da la enhorabuena al tirano...

-¡Cala, calla; desdichado!

Y el tío Chavito tapó con sus manos la boca de Manuel.

-¡Dios te perdone, hijo mío! ¡Dios no te maldiga por tus culpas! El rey es su representante en la tierra y tu ultrajas al rey... ¡Vete! ¡Déjame morir en paz, pero honrado!

-¿Me rechaza vuestra merced?

-¡Sí! Y... ¡ya lo ves! ¡Estoy llorando!... ¡Me cuesta tanto arrojarte de aquí... !

-Pero, ¿por qué, padre mío? ¿Cuál es mi delito?

-¡Y me lo preguntas! ¡Tú... mal vasallo! ¡Tú que escarneces al tu rey... !¡Vete! ¡Déjame morir con esta última pena!

Levantóse Manuel y balbuceando de emoción, murmuró:

-Puesto que lo queréis, padre y señor, sea así; mas antes de marchar, de rodillas os pido que me oigáis.

-¡Habla!

-No; no seré yo quien hable, sino la voz del príncipe D. Fernando. Oiga esta copia literal de la carta que yo mismo he entregado a S. M. El rey.

Y sacando un papel de entre los encajes leyó:

«Mi venerado padre y señor; para dar a V. M. Una prueba de mi amor, de mi obediencia y de mi sumisión y para acceder a los deseos que V. M. Me ha manifestado reiteradas veces, renuncio mi corona a favor de V. M. Deseando que V. M. Pueda gozarla por muchos años. Recomiendo a V. M. Las personas que me han servido desde el 19 de Marzo; Confío en las seguridades que V. M. Me ha dado sobre este particular. Dios guarde a V. M. Felices y dilatados años. Señor, A. L. R. P. De V. M.

Su más humilde hijo, Fernando.

Bayona 6 de mayo de 1808.»

-¿Buen hijo!- exclamó el tío Chavito.

-Y ¡buen padre!- contestó Manuel.- ¡Aquella misma tarde, es decir, horas antes de recibir esa carta, S. M. El rey D. Carlos IV hacía renuncuia de la corona de España a favor de Napoleón!

El tío Chavito lanzó y un rugido y de un salto se puso en pie al lado de la cama.

-¿Qué dices hijo?

-Lo que oye vuestra merced, señor.

-¡Jesús! ¡Mil y mil veces Jesús!

-Ahora, padre, dadme vuestra bendición y cumpliré sin replicar lo que me ordenéis.

Quedóse el viejo pensativo por un  momento; después apoyó los labios enm la frente de su hijo y exclamó:

-No; nos iremos los dos. Pero... ¿a dónde Dios mío?

-A la cuna de la independencia. ¡A Asturias, que como en tiempo de D. Pelayo, tremola el estandarte real y grita:

«¡Viva Fernando VII y muera Murat!»

Al dar las doce de noche del 24 de Mayo en los relojes de la ciudad de Oviedo, estalló un formidable motín contra los franceses.

Un grupo de paisanos armados de lanzas, hoces, hachas y armas de fuego, asaltó el parque militar arrollando a los franceses y se apoderó de cien mil fusiles que allí estaban depositados.

Al frente de este grupo iba un apuesto mancebo vistiendo el uniforme de la Casa Real de España; a su lado y esgrimiendo enorme cuchilla de zapatero, caminaba el tío Chavito rejuvenecido por el entusiasmo y gritando desaforadamente:

« ¡Muera Murat! ¡Viva nuestro rey D. Fernando VII!»

Antonio Pareja SERRADA