CASTRO URDIALES DURANTE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA

Santiago Fernández, como miembro de la Corporación municipal de Castro-Urdiales, en el año 1819, se dirigía a Fernando VII, diciendo que durante “... el día 11 de mayo de 1813, la villa de Castro-Urdiales fue reducida a cenizas, y casi todos sus habitantes que se hallaron en ellas a la entrada de la División Francesa que la sitió, fueron pasados a cuchillo por los enemigos sin perdonar al anciano respetable, a la inocente doncella, al enfermo postrado en cama, a la mujer preñada, a las madres que lactaban a sus hijos, ni a la inocencia de los tiernos párvulos, pues todos fueron víctimas del furor y de la atrocidad, de forma que según los estados comprendidos en el manifiesto impreso que se acompaña, resulta que constando la villa antes del fatal acontecimiento de 253 casas, se abrasaron y destruyeron enteramente 120, habiendo quedado sólo 133 casas, únicas existentes:...”, su vecindario estaba compuesto de 563 personas, de las “... que perecieron sin contar con los forasteros, 309 personas, entre ellas 82 niños y niñas.”. Cuando se refieren a forasteros, quiere decir, aquellas personas de los lugares próximos a la Villa, que se habían refugiando tras los muros por considerar aquel lugar más seguro que las casas desperdigadas por los campos, donde eran frecuentemente amenazados.

El mayor número de muertos se contó en el Barrio de Santullan, seguida de la calle de Ardigales, donde perecieron 35 personas.

La relación completa de casas destruidas y bajas es la que sigue:

Campo de Sta. Marta1 mujer
Calle de Belén2 mujeres
Calle de Sta. María (9 casas)3 mujeres y 1 varón
Calle de S. Juan11 mujeres (1 niña) y 11 varones (11 niños)
Calle de la Costanilla2 mujeres y 1 varón
Calle del Horno5 mujeres y 1 varón
Calle Sin Salida 10 mujeres (2 niñas) y 4 varones (3 niños)
Calle Ntra. Sra. del Camino (2 casas)5 mujeres (1 niña) y 12 varones
Calle de la Rúa (5 casas) 10 mujeres y 15 varones (1 niño)
Calle de la Fuente (22 casas)14 mujeres y 6 varones
Calle de S. Francisco (6 casas)1 mujer y 3 varones
Calle de Ardigales (18 casas)18 mujeres y 17 varones (9 niños)
La Calleja (12 casas) 2 mujeres
Calle de la Barrera (4 casas)5 varones. (1 Franciscano y 2 niños
Calle de la Mar (26 casas)18 mujeres y 15 varones (4 niños)
Calle de la Plazuela (8 casas)6 mujeres y 3 varones
Calle de la Rúa (7 casas) 1 mujer
Calle de la Correría7 mujeres (1 niña) y 4 varones
Plaza de la Villa (1 casa)3 mujeres y 1 varón
Barrio de Portugal8 mujeres (5 niñas) y 2 varones (1 niño)
Barrio de Rancho y Pando1 mujer
Barrios de Campijo, Hiera, Urdiales y San Pelayo8 mujeres y 1 varón
Barrio de Allendelagua1 mujer y dos varones
Barrio de Cerdigo 7 mujeres (3 niñas) y 3 varones (1 niño)
Barrio de Islares7 mujeres y 4 varones
Barrio de Santullán2 mujeres y 2 varones
Además habrían de añadirse 43 personas más (mujeres, varones, niñas y niños), víctimas todos de la epidemia que surgió a consecuencia de las carencias originadas en esta jornada. En total: 309 fallecidos, de ellos, 158 mujeres, 108 varones y los 43 indeterminados.

Quedó Castro-Urdiales sin historia documental, muchos archivos se perdieron, entre ellos el de la Villa y el del Cabildo y aquellos otros que se hallaban en poder y custodia de los escribanos locales.

Los pocos que lograron eludir la visita de la muerte, lo fueron por haber conseguido subirse a una embarcación y desafiar así su ventura, o bien aquellos otros que se pusieron al amparo de los recios muros del convento de las monjas de Santa Clara, que inexplicablemente no sufrieron ataque alguno, ni tan siquiera el intento de que les abriesen el portón de aquel sagrado recinto.

Aquel día, el Gobernador de la plaza de Castro-Urdiales, el teniente coronel del Regimiento de Iberia, Pedro Pablo Álvarez Alonso y Pérez de Guzmán el Bueno, disponía de unos 1.500 hombres, bien provistos de munición y víveres, apoyados por una entusiasmada población que les auxiliaba en todo, razón por la que muchos vecinos se habían ocupado en contribuir a la fortificación general de la Villa.

Presentados los franceses ante la muralla, la población no accedió a capitular y por ello “... enarboló bandera negra,...”. Por esta razón se inició el asedio y finalmente “... fue tomada por escalada en el mismo día 11 de mayo de 1813, cuando ya no había ni un soldado dentro de sus muros, por haberse puesto a salvo todos con la fuga que verificaron en los varcos (sic) que de antemano y premeditadamente tenia embargados en el muelle”.

Declarados los pobres vecinos como “... rebeldes, traidores y asesinos, por ello sus bienes y hogares condenados a muerte, al saqueo y al incendio, cuya sentencia se ejecutó al momento por el mismo orden que se acaba de indicar.”

Los pocos que se salvaron de aquella sangrienta jornada, se dirigieron al general Manuel Freire, como Jefe del IV Ejército, para que formase Causa y sumaria información de todo lo acaecido y cual había sido el comportamiento de sus teóricamente defensores.

Hemos de suponer la aflicción en que quedaron los escasos vecinos que subsistieron a tan terrible jornada, sin que la autoridad cumpliese con su obligada satisfacción a los que entre ayes se mantenían en pie a duras penas.

Así estaban cuando a las nueve de la noche del 18 de mayo de 1819, SEIS AÑOS DESPUÉS, llegó a Castro-Urdiales, el coronel Manuel María de Aranguren, Fiscal del Consejo de la Guerra, establecido en Valladolid, quien acompañado del antiguo Gobernador y a quien se atribuía la desgracia acaecida en la Villa, Pedro Pablo Álvarez, custodiado por un Oficial, el teniente Juan Antonio Díaz y con otro Oficial que actuaba como Secretario del Juzgado Militar, y dos soldados del Regimiento “El Imperial”, que venían de escolta. El alojamiento fue elegido en la posada que había en las inmediaciones de la puerta llamada de Bilbao. Como dáis después dirá el ex Gobernador, “circunstancia a que debe atribuirse la salvación de la vida del que expone, y en la que pasó la que se pasó la noche en perfecta tranquilidad, mientras que los acusadores, seduciendo a los marineros y mujeres sin vergüenza disponían el asesinato más atroz.”

Al día siguiente, algunas mujeres con sus niños, víctimas todos ellos de la horrorosa experiencia de aquella cobarde actuación del exGobernador, “... se aproximaron al alojamiento de este, que era el que también ocupaba el Coronel comisionado, y con voz lagrimera clamaban al cielo por la venganza de tal crimen, increpando los procedimientos del acusado, y como estaban sorprendidas de verle pisar un suelo en que tantas maldades había ejercido su feroz gobierno.”

El Coronel que actuaba como Fiscal fue tomando declaraciones a los vecinos que allí acudían, hasta que siendo “... las doce del día, en que se retiró la mayor parte de la gente a sus casas, en cuyo momento, aprovechándose Álvarez de esta coyuntura, salió aceleradamente a caballo con destino a la villa de Laredo.”

Ante el temor de que los vecinos fuesen creciendo en su descontento, el Coronel-Fiscal, el día 20 decidió también trasladarse con su Juzgado hasta Laredo. Este Fiscal en cuanto se vio libre, confeccionó un oficio que envió al Capitán general de Castilla la Vieja, concebido en los términos siguientes: “... no pude verificarlo por quanto en la mañana del 19 se alborotó y conmovió el vecindario de aquella Villa contra el acusado, insultándolo con denuestos y palabras injuriosas, hasta con la vida; por cuya razón, y mediante a que no había fuerza suficiente para contener el alboroto, determiné trasladarme a esta para poder realizar las verificaciones y careos con el orden y tranquilidad que corresponde, lo que verifiqué el día 20, disponiendo que Álvarez se fugase y viniese con anticipación a esta Villa, respecto a que se hallaba su vida en inminente riesgo.”

Según testimonió el propio ex Gobernador, “... hubiera sido víctima del furor y la barbarie llegando hasta el punto de intentar quemar el parador, o posada, lo que tal vez se hubiera verificado a no ser de propiedad del principal acusador Dn. Eugenio Ocharan. Siete horas se pasaron en gritos, insolencias y amenazas de perder la vida, armados secretamente los marineros, y de piedras las mugeres sin respetar ni al Tribunal ni a la Tropa, y aunque en todo este tiempo se pidió al Alcalde y Ayuntamiento titulado de los 24 Caballeros procurasen sosegar al pueblo, no tomaron la más mínima medida, siendo muy digno de observación que a su presencia fuese quien aumentaba el motín gritando más que todos su Ministro Alguacil.

Los demás particulares y el Cabildo a quienes se rogó también persuadiesen la tranquilidad paseándose al frente del parador celebraban con carcajadas la insolencia del vulgo, mezclándose a veces con él, después de haber contestado al defensor, que oprimidos los corazones con los horrores que cometieron los franceses era justo el descargo, pruebas todas nada equivocas de que la insolencia del populacho era movida, suscitada, y sostenida por los acusadores, y las autoridades.

Visto el peligro, el ningún medio de impedirle, y que el tumulto crecía, determinó el Señor Juez Fiscal que apoderándose la poca tropa de la Puerta de Bilbao, saliese el exponente a caballo con los dos soldados del Imperial que le acompañasen hasta esta Villa (se refiere a Santoña), lo que se verificó felizmente en un intervalo en que un fuerte aguacero dispersó algunos y se fueron a comer otros; pero no sin peligro porque reunido de nuevo el Pueblo a las voces de los que vieron la salida se arrojaron a las demás puertas armados de piedras y otros instrumentos, pero se les detuvo lo bastante a salvar la vida del exponente, acusado en libelos infamatorios, calumniado por unos hombres que no han querido afianzar sus acusaciones, convencidos, ya de falsarios, y lo que es más, que ni reconocen las Leyes, ni respetan la autoridad.”

Al día siguiente, el 20 de mayo, se reunieron el Fiscal y el resto de los que formaban aquel equipo investigador, con el objeto de emitir convocatorias para que en 48 horas se presentasen a declarar los testigos o acusadores contra el ex Gobernador, no en Castro-Urdiales, sino en Santoña, por considerar a esta Villa como más segura para los actuantes.

Ello daría motivo para que el Capitán general de Castilla, abriese una nueva “... Sumaria para investigar lo acaecido y se procediese al arresto de los reos cabezas de motín.” De ella se encargará al Coronel del Regimiento de Órdenes Militares, Ramón Reinalte, y curiosamente “... teniendo por testigos al Coronel-Fiscal y su comitiva interesados en el más principal lugar en ir consiguientes con su primer parte al Capitán general, y poco instruido del tranquilo carácter de aquellos naturales. A esto se agrega, que los oficiales que acompañan al acusado, acérrimos defensores de éste en la causa que se le sigue, no dejaran de adherirse a su sistema, que no termina a otra cosa que acriminan y calumnian en general a todo el vecindario por estos medios, como lo demostró en una representación que ha hecho al mismo Capitán General sobre la supuesta conmoción, para hacer sospechosos a todos los testigos que animados de la justicia y conducidos por la religiosidad del juramento han depuesto contra él.”

De la formación de la Sumaria expresada se debe deducir por una forzosa secuela que se va a dar el aspecto de conmoción a lo que realmente no fue más que un espíritu de dolor:

¡que lamentable desgracia!
¡que suerte tan deplorable de una villa que en lugar de procurarse la enjuguen las lágrimas, se ve nuevamente perseguida!

Desgraciadamente la penuria en que quedó la villa de Castro-Urdiales se veía aún más perjudicada por la actuación de aquellas personas que seis años después volvían a retorcerles las entrañas con el dolor de la incomprensión, del engaño y la mala intención de los que habrían de ser justos. “El Ayuntamiento, la Justicia y el Pueblo se interesan, Señor, en cortar de raíz las terribles consecuencias de la falsa imputación que hacen a los habitantes de Castro-Urdiales, de revoltosos y amotinados: exigen, que si ésta Sumaria ha sido formada del examen de personas afectas a tales defectos, se reciba otra de la parte general más sana del pueblo, sin excluir a Cabildo eclesiástico, al Convento de Religiosos Observantes Franciscanos de esta Villa; y exigen en fin sea extensiva a que declaren todos los de los Pueblos de la circunferencia que tengan exacto conocimiento del negocio...”

La población creía que la entrada de los franceses se había verificado por la incapacidad del Gobernador de la plaza., por lo que llegó a hallarse en verdadero peligro cuando una multitud formada por unas 1.200 personas se aproximaron a su domicilio profiriendo graves insultos y en actitud muy amenazadora, a la vista de lo cual hubo de huir de la posada en que se hallaba el Gobernador. Tanto el Alcalde como sus compañeros del Ayuntamiento no le prestaron auxilio alguno, y si logró fugarse fue gracias al Juez de aquella Villa.