¿ EN QUE CASA VIVIÓ VELARDE EN MADRID ?
Ricardo Pieltain, en el diario madrileño "ABC"

Todos los años, al llegar la gloriosa efemérides del Dos de Mayo, una Comisión del Ayuntamiento de Madrid coloca una corona de laurel sobre la lápida que en la calle de la Ternera, y en el número 6 de la misma, nos recuerda que en ella vivió y murió –a consecuencia de las gravísimas heridas recibidas en la defensa del Parque de Monteleón- el heroico capitán de Artillería don Luis Daoiz.

Ahora bien, muchas veces nos hemos preguntado ¿por qué no se rinde el mismo homenaje a su inseparable compañero de gloria, el no menos heroico capitán Velarde? Nos figuramos que muchos serán también los madrileños que se habrán hecho esta pregunta más de una vez, extrañados de que se haga tal distingo entre los dos, que tienen unidos para siempre sus nombres en las páginas de la historia patria. Si Daoiz vivía en Madrid, y su memoria se perpetúa en la casa que habitaba, también Velarde tenía su residencia en la Corte, y nadie parece haberse interesado, tan siquiera, en averiguar cuál era su domicilio, pues aunque parezca raro, lo cierto es que este dato ha quedado desconocido hasta el presente.

Por nuestra parte, hemos tratado de averiguarlo investigando en los historiadores del siglo pasado que se ocupaban de la memorable lucha y de sus principales protagonistas, y nada hemos averiguado, pues ni Toreno, ni Alcalá Galiano, ni Arango, entre los contemporáneos de los héroes del Dos de Mayo, ni Gómez de Arteche, Oliver Copóns y Fernández Duro, entre los posteriores, ni en la monumental obra escrita en 1908 por el ilustre académico Pérez de Guzmán, con motivo del centenario, aparece el dato que buscamos. Tampoco lo traen Mesonero Romanos, tan abundante en sus memorias y recuerdos como cronista de Madrid, y lo mismo ocurre con Fernández de los Ríos, que tanto recogió en sus obras sobre la capital madrileña y su historia.

La circunstancia de haber muerto Velarde en el mismo Parque de Monteleón, y ser transportado su cadáver directamente desde allí a la parroquia de San Martín, fue, sin duda, la causa principal de que se mencionase su domicilio por los historiadores. En cambio, como a Daoiz le recogieron moribundo en la entrada del Parque, y fue trasnportado a su casa, ha quedado ésta consignada en las crónicas del Dos de Mayo.

Pero no se comprende bien como, dada la cantidad de escritos sobre los héroes de Monteleón, nadie se haya ocupado en averiguar tan interesante dato, y menos se comprende todavía que cuando hace muchos años se colocó la lápida que hoy existe –ya la cita Mesonero Romanos- en la casa que habitó Daoiz, no se preocuparan, para no hacer de menos a Velarde, en indagar dónde vivió éste.

Sin embargo, y si esta noticia se ha perdido para siempre, y no es posible descubrirlo ahora, bien puede suplirse con otra que se halla unida estrechamente con Velarde y los acontecimientos de aquel día, y que es la siguienet: En la calle Ancha de San Bernardo, en el número 68, frente al que fue Noviciado de padres jesuitas, hoy Universidad, se encuentra la casa donde estuvo situada la Junta Superior Económica del Estado Mayor de Artillería, organismo en el que estaba destinado el capitán Velarde, y al que acudió éste en la mañana del Dos de Mayo, y donde pronunciaría las palabras que ha recogido la Historia como muestra del ardor patriótico que inflamaba su pecho, cuando, al dirigirse a su jefe, el dijo estas palabras: “Mi coronel, es preciso morir; vamos a batirnos con los franceses”; y acto seguido, el heroico militar abandonaría el edificio de la calle de San Bernardo para marchar al Parque de Monteleón y dar comienzo a su épica defensa.

Pues nien, ya que no sabemos en qué casa vivía el capitán Velarde y, por lo tanto, no podemos colocar en ella una lápida que nos recuerde tal circunstancia, sí podemos colocarla en el sitio donde transcurría gran parte de su jornada diaria, y de sdonde salió, como ya hemos dicho, con la firme resolución de morir por la independencia de la patria.De este modo la ceremonia de colocar una corona de laurel sobre la lápida de la casa de Daoiz se vería acompañada por otra igual en la casa donde tuvo su destino oficial Velarde. Con ello no ocurriría, como en la actualidad, que al horar sólo a Daoiz, en su condición de vecino madrileño, parece que nos olvidamos de hacerlo con su compañero en gloria y recuerdo imperecedero.

Y para concluir diremos, ya que de lápidas tratamos, que la hoy existente en la calle de la Ternera es de tal modo indecorosa, debido a su pequeñez, mala situación –escondida entre dos balcones- y su deterioro, que está pidiendo a gritos –de indignación, por supuesto- que sea sustituida por otra acorde con el nombre que ostenta. Además, se da la “agravante” de que la corona de laurel, que se renueva todos los años, y que al poco tiempo de colocada se pone en un estado lastimoso, pende de un clavo, situado con tan mala fortuna, que obliga a que la tal corona tape por completo la insignificante lápida; con lo cual, la borrosa inscripción queda casi oculta, y nadie, a no ser que vaya aleccionado de antemano, puede enterearse de que en aquella modestísima vivienda, situada en uno de los más feos callejones del antiguo Madrid, entregó su alma a Dios un héroe nacional, digno de adornar con su nombre el frontis del templo de Marte.

Ricardo Pieltain