Escribimos este artículo «En torno a la batalla de Bailén», porque a nuestro juicio lo que en relación con ella puede ofrecer mayor interés a los lectores es lo que la precedió y lo que vino después. La batalla en sí consistió en un combate más, sin características especiales de relieve, ni aún juzgada como lección de táctica. Fue un hecho en el que fatalmente ocurrió lo que tenía que ocurrir, dados sus antecedentes y cuyas consecuencias fueron las que lógicamente debían deducirse. El examen de unos y de otras constituirá el punto principal de este trabajo, estudiado con las restricciones impuestas por el espacio disponible.
El general de división Pierre-Antoine Dupont de l’Etang sale de Toledo el 14 de mayo de 1808 para la conquista de Andalucía. Va al frente de 13.000 soldados de la división de Infantería de Barbou y de la de Caballería de Frésia, que constituyen una parte de su «Segundo Cuerpo de Observación de la Gironda ». Lleva por cometido principal, apoderarse de Cádiz para salvar la escuadra de Rosilly, bloqueada por los ingleses desde la batalla de Trafalgar, en 1805; después ha de atender a la dominación del Estrecho, a la amenaza del Peñón y a la ocupación de posiciones en el Norte de África; todo ello con la mira de abatir, o al menos de quebrantar, el poder de Gran Bretaña, que ya vetusta en la zona. Es, acaso, el general divisionario de más prestigio del Imperio francés, y sus éxitos en Italia, Rusia, Austria y Alemania le han valido preciadas recompensas; por su comportamiento en la batalla de Friedland acaba de concedérsele el título de Conde. El premio de las nuevas acciones será el bastón de Mariscal; pero estas, ideadas por Napoleón desde Bayona, entrañan una quimera y acusan un absoluto desconocimiento del poder y patriotismo de los españoles, por lo que van a constituir el error primero de los muchos de la serie que conducirán al desastre del 19 de julio en los campos de Bailén.
Al principio no surgen dificultades. Se cruza Sierra Morena sin contratiempo, y el 7 de junio se consigue el triunfo del puente de Alcolea, que asegura la entrada en Córdoba en la misma jornada. Se saquea la ciudad durante varios días, en vez de perseguir al contrario; se roba, se asesina y el desenfreno es tal que algunos soldados llegan a ahogarse en el líquido de las bodegas asaltadas (tal como les sucederá también a nuestros aliados, las tropas del general Moore, en su huída por los caminos de El Bierzo). Es nada menos que Thiers quien lo refiere en su «Historia du Consulat et de l’Empire», (tomo IX, pág. 74), de este modo: «Ils descendirent dans les caves fournies des meilleurs vins de l’Espagne, enfoncèrent les tonneaux à coups de fusil, et plusieurs même se noyèrent dans le vin repandu.» Pero entretanto se han rendido el 14, los cinco navíos y la fragata de Rosilly y han quedado en nuestro poder, además de las naves, 3.566 prisioneros, 442 cañones de 36 y 24 con municiones y 1.651 quintales de pólvora. Ha llegado la época de las capitulaciones y con ellas el comienzo de la decadencia del Imperio. Tras de ésta se firmará el 22 de julio, en la Casa de Postas próxima a Andujar, la que liquida la derrota de Bailén en la que rinden las armas, 22 generales, 632 oficiales y 18.242 soldados, con pérdida de 40 cañones y numeroso armamento y material; y, en fin, en 30 de agosto se acuerda en Cintra, con los ingleses, la que éstos imponen por su victoria en Vimeiro (Portugal), que motiva la evacuación a Francia del mariscal Junot con 25.747 hombres, que después han de venir a reforzar nuevamente las unidades francesas de la Península. Y es que, según expresiones del coronel Grasset en «La guerre d’Espagne», la superchería de Bayona, que ha sentado como base de los asuntos de nuestra nación, la inmoralidad, ha debilitado el sentimiento del deber en hombres irreprochables hasta entonces.
Parecía natural que Dupont hubiese continuado su avance desde Córdoba con los refuerzos de las otras dos divisiones de su Cuerpo de Ejército, ya solicitadas; pero a partir de estos días las audacias de quien era llamado «El rayo del Norte» se eclipsan, y no sin fundamento, pues sabe que, en contraste con la indisciplina de sus tropas, las que se han puesto a las órdenes del teniente general D. Francisco Javier de Castaños, comandante del Campo de Gibraltar, consolidan su organización e instrucción y muéstranse impacientes por contener y vengar los desmanes de los invasores. En Córdoba, el mismo día de su entrada, y no obstante la victoria de Alcolea, escribe a Murat, lugarteniente de Napoleón en Madrid: «Mis dudas se han aclarado esta mañana al ver al enemigo atrincherado, dotado de Artillería, formado en línea y maniobrando.» Con lo que rectifica así el exagerado optimismo de sus informes al entrar en España, a fines de 1807, los cuales han contribuido al engaño del Emperador respecto a la situación del país. Además, con su proceder arbitrario y abusivo inició en Valladolid el periodo de las violencias, que han de ser el origen de las duras represalias que vendrán después. Allí, en efecto, ocupó por la fuerza la casa del marqués de Ordoño, y recluido éste con su familia en modesta posada, tuvo que soportar gastos innecesarios por lujos del general y atender a que en su mesa hubiese servicio diario para sesenta cubiertos [1].
Sintiéndose intranquilo en Córdoba, por verse aislado y sin relación con las fuerzas francesas de Madrid y de Portugal, abandona la ciudad el 16 de junio y retrocede hacia Andujar, donde espera, a partir del 18, los acontecimientos en la peor forma que cabe hacerlo, pues se aferra una posición que es manifiestamente menos capaz que otras para la defensa del Guadalquivir, de las comunicaciones de Andalucía con Castilla y de los pasos de la Maríanica. Bailén, Guarromán y La Carolina eran los puntos a que había que conceder la preferencia en la situación crítica a que se había llegado. Ya los ingleses, mediante tregua pactada con los españoles, podían venir en su ayuda con los contingentes de Dalrymple en Gibraltar y con los de la escuadra de Collingwood, y los propiso españoles acentuaban cada día más sus actividades por Sevilla, Granada, Badajoz y Jaén. Urgía, pues, asegurar las comunicaciones y que se le enviasen sus otras dos divisiones de Vedel y Frére, auxilio hasta entonces regateado por Napoleón y Murat, obstinados en desconocer el empuje y carácter del levantamiento nacional. De Bayona, donde se halla el Emperador, «parten la impulsión, las órdenes, la crítica altanera y sin réplica», según Clerc; pero acusando aquel poco conocimiento de la geografía del país y de sus accidentes y comunicaciones, quiere ocupar simultáneamente toda su extensión, y sin procurar los debidos enlaces a sus ejércitos, los desparrama por Cataluña, Aragón, las dos Castillas, Valencia y Andalucía; y por lo que respecta a esta última región, donde han de presentarse mayores obstáculos, coloca al que ha de invadirla en situación crítica, y es que «por vez primera en su prodigiosa carrera, el Emperador se deja aturdir por el orgullo, la ambición y aun por el desprecio que siente por los hombres» , como dice su compatriota Grasset, al cual aludimos con frecuencia, porque el tercer tomo de su obra, aparecido en 1932, ofrece un interés de primer orden en relación con estas operaciones de Andalucía y ha sido poco comentado en España. El, acaso con acentuación más destacada que otros cronistas de su propio país, pone bien de relieve que los fracasos de los franceses en ellas, más que a errores tácticos de Dupont, deben cargarse a la cuenta de Napoleón, quien los tuvo de orden político, psicológico y de alta estrategia. Este tema, ya estudiado por Clerc en 1903, por Titeux en 1904 y con posterioridad por otros, ha vuelto a tratarse recientemente en 1942 por Luis Madelin, autoridad en cuestiones del Consulado y del Imperio, en sugestivos artículos de la «Revue des Deux Mondes», bajo el título «La tragedie espagnole», que pudiera mejor cambiarse por el de «La tragedie française».
Aunque es punto de menor cuantía, se ha hecho resaltar a veces, y con oportunidad, el error que supone el que sin más base que un mapa no bien interpretado en Bayona, quisiese Napoleón que la división Frére, que había ordenado situar en San Clemente (Cuenca), atendiese, según conviniera, a reforzar a Moncey, que operaba por Valencia, y a Dupont, que se hallaba en Andalucía, cuando la lógica dictaba que, por magnitud de recorridos y dificultad de comunicaciones, no podría hacer bien ni lo uno ni lo otro, como aconteció.
Savary, ayudante de Napoleón, entra en Madrid el 16 de junio para sustituir al loco de Murat, cuñado del Emperador, como marido de Carolina, que marcha a su país el 29, encolerizado, porque no ha sido para él la corona de España. Es solo general de división y tiene que dar ordenes a mariscales del Imperio; pero escribe a Berthier, el jefe del Estado Mayor General, que esto no constituirá obstáculo. Se instala en Palacio, en las habitaciones del príncipe Fernando, y se hace servir de rodillas. Sus primeras opiniones optimistas quedan rectificadas al apreciar que la situación de Dupont es peligrosa; y para remediarla le envía la división Vedel, con instrucciones poco claras. Esta llega el 29 de junio a Bailén y desde allí destaca la brigada Cassagne aun saqueo de Jaén, que ya días antes, el 20, ha tenido que sufrir los horrores del realizado inicuamente por el destacamento mandado por el capitán de Fragata Baste. El de ahora no se realiza por completo, porque batido Cassagne el 2 y 3 de julio, tiene al cabo que retirarse. Como refuerzo final recibe Dupont la división Gobert, que el día 12 de julio queda situada en Guarromán. La tercera división que en propiedad correspondía a Dupont era la de Frére; pero, como se ha dicho, Napoleón, en vena de cometer errores en esta época, la había instalado en San Clemente.
Mientras tanto, Castaños progresa en la constitución de su Ejército y a la vez consolida la amistad con los ingleses. No es aceptada la ayuda directa ofrecida por éstos, y solo se atiende, por lo pronto, a procurar un mejor enlace y compenetración con ellos; a este efecto, queda agregado al Cuartel General español el capitán Wittingham y a la Junta Suprema de Sevilla el comandante Cox.
Las tropas españolas, organizadas, armadas e instruidas en la región de Sevilla por el esfuerzo del general Castaños, con la cooperación del presidente de la Junta, D. Francisco Saavedra, inician su avance en la última decena de junio, y el 11 del mes siguiente se unen, en las proximidades de Porcuna, con otras unidades procedentes de Granada. El conjunto es puesto a las ordenes de Castaós, por que el Capitán General de Granada, D. Ventura Escalante, de mayor antigüedad, cede de buen grado sus atribuciones, por aportar aquel mayores contingentes y por su delicado estado de salud.
José, designado para rey de España, atraviesa la frontera el 9 de julio. El 13 le escribe su hermano y le dice: «No tengais inquietud; nada os faltará. Mostraos alegre y que os vaya bien. Llegad a Madrid.» La victoria del 14 del mariscal Bessiéres en Medina de Riosseco asegura su entrada en la capital y en ella se presenta en la tarde del 20. La víspera, en Aranda, pedía 50.000 hombres y 50 millones: el 25 tuvo la primera amargura al rumorearse ya la capitulación de Bailén. El éxito de Rioseco anima momentáneamente a todos, desde el gobernador militar, Grouchy, hasta el ministro de la Guerra, el afrancesado O’Farril, pasando por el lugarteniente Savary, su jefe de Estado Mayor, Belliard, y el embajador La Forest. Napoleón lo considera decisivo para los asuntos de España. Pero, en realidad, no tiene más consecuencias que permitir la instalación en precario de José en la Corte, porque los batidos Cuesta y Blake se han retirado en orden y siguen constituyendo serias amenazas; aunque derrotados, han rendido gran utilidad al retener a su frente contingentes que hubieran remediado la crisis de los franceses en el valle del Guadalquivir. De todos modos, hay que mantener la nota optimista y Napoleón da a Bessiéres el Toisón de Oro y distribuye entre sus subordinados cien condecoraciones de la Legión de Honor, pues no va a ser menos que Dupont, a quien se habían concedido sesenta por las andanzas de Córdoba y Jaén.
Insistimos en que Napoleón veía erróneamente los acontecimientos de España; lo manifiestan así los historiadores de su país, y ahora apelamos también al testimonio del inglés sir Charles Oman, quien dice que el 13 de julio escribía que el objetivo de más interés estaba en Castilla y no en Andalucía, y que el mejor modo de favorecer a Dupont consistía en reforzar a Bessiéres, y no produciría otro resultado que hacerle repasar Sierra Morena.
El deseo de aclarar algunos puntos dudosos o de rectificar determinados juicios erróneos es ciertamente estímulo bastante para discurrir sobre episodios de carácter nacional. En el caso presente la dificultad estriba en que a estas alturas parece que esta ya dicho todo lo que puede ofrecer cierta originalidad. La maniobra de Bailén es suceso que ha sido relatado con gran profusión; sin embargo, el asunto presenta facetas tan variadas, que creemos se presta aun a poder decir algo, en uno y otro de los sentidos indicados, que contenga indudable interés. En el año 1850 se nombró una Comisión para redactar un estudio sobre la «Campaña de Andalucía y Batalla de Bailén»; pero, aunque se reunió antecedentes y acumuló datos, no llegó a resumirlos y comentarlos en lo que hubiera constituido la «Historia oficial» de tan gloriosos acontecimientos; y así, vino a repetirse lo sucedido con la otra Comisión designada en 1818 para redactar el conjunto de la Historia de la Guerra de la Independencia, de la cual apareció solamente la introducción.
Creemos que para el conocimiento pleno de lo ocurrido en España en nuestra lucha con Napoleón de 1808 a 1814, se impone el estudios de tres obras, que, además de su carácter fundamental entre el sin número delas que discurren sobre la materia, sintetizan las versiones de las tres partes interesadas, o sea, de España, Francia e Inglaterra, y vienen a suplir la carencia de historias de carácter oficial. Citándolas por el orden de antigüedad con que fueron escritas, son: los tomos que tratan de España, de Thiers (1845-1862); los catorce de la «Guerra de la Independencia», por el general D. José Gómez de Arteche (1868-1903), y los siete de «A History of the Peninsular War», por el profesor sir Charles Oman (1902-1930). Ahora bien; por ceñirse más concretamente a los sucesoas de este artículo, conceptuamos de especial significación los libros siguientes: «Capitulation de Baylen –Causes et consequences», por el teniente coronel Clerc (1903): «Le General Dupont», por el teniente coronel Titeux (1904); «Guerre d’Espagne», por Grasset, en tres tomos, editados en 1914, 1925 y 1932, siendo capitán, comandante y coronel, respectivamente; y el volumen de 804 páginas que con el título «Bailén» ha publicado en 1940 D. Manuel Mozas y Mesa[2].
En la exposición de los acontecimientos no es donde más discrepan las historias citadas. Las diferencias se acentúan en los juicios obre los sucesos, en las atribuciones de victorias y reveses, en las causas y consecuencias de unas y otros, en la distribución de errores y en la gradación de responsabilidades; y es porque en esos temas suele influir con frecuencia la pasión, oscureciendo la verdad. La obra de Thiers tiende a exaltar, ante todo, la figura de Napoleón; está llena de parcialidades y plagada de errores, al punto de que se la ha llamado a veces «La novela de Thiers» . La del profesor Oman considera la intervención inglesa con mayor relieve que el que realmente tuvo. Escrita la de Arteche entre una y otra, pudo rectificar al primero; pero por no haber llegado a conocer la última, se vio imposibilitado de comentarla.
El examen de documentos y papeles de la época, existentes en el Archivo Histórico Nacional, en la Sección de Varios de la Biblioteca Nacional y en el Servicio Histórico del Ejército es útil para aclarar pormenores dudosos; pero no creemos que se preste ya a grandes novedades. En cambio, si no se procede con sumo cuidado, las equivocaciones de fechas, nombres y lugares pueden inducir a errores y desorientaciones. Por ejemplo: en documento del Ayuntamiento de Bailén de 1809, existente en el legajo número 43 del mencionado Archivo (papeles de la Junta Central), se asignan, por erratas sin subsanar, las fechas de 16 y 19 de junio (en vez de julio) a los combates de Menjíbar y batalla de Bailén; en legajo número 161 de dicha Biblioteca (papeles del reinado de Fernando VII), el conde de Tilly, miembro de la Junta de Sevilla, participa a ésta que la batalla de Bailén ocurrió el 20. En los relatos de testigos presenciales, un oficial apellidado Ulrich cree que el Guadalquivir era el rio Genil; en fin, a veces, en partes oficiales, al general español Jones, se le llama Gómez, y al francés Chabert, Goubert.
El Ejército de Castaños recibió el 12 de julio una organización definitiva y quedó constituido en cuatro divisiones y dos cuerpos volantes. Las divisiones de Réding, suizo de nacimiento; 2ª, al de igual categoría marqués de Coupigny, de origen francés; 3ª, al del mismo empleo D. Félix Jones, español de ascendencia irlandesa, y 4ª, o de reserva, al del teniente general D. Manuel de la Peña, marqués de Bondad Real. Mandaba el primer cuerpo volante o destacamento el teniente coronel D. Juan de la Cruz Mourgeon, y el otro, el coronel D. Antonio Valdecañas. Los efectivos totales sumaban 30.618 hombres, 2.793 caballos y 28 cañones, cifras discutidas por algunos extranjeros, con tendencia a ampliarlas. Oman las sube a 33.000 ó 34.000 hombres; Titeux las eleva a 38.000, y Grasset, arbitrariamente, las amplia hasta 40.000. Es cierto que de todas partes afluían numerosas voluntarios, pero también que Castaños prescindió, por lo pronto, de, gran proporción de ellos. Así y todo, la excesiva cantidad de los encuadrados en las unidades regulares fue causa de la lentitud con que hubo de procederse hasta poder ir al encuentro del enemigo.
Se hace imposible de todo punto fijar con exactitud los efectivos de los franceses en Andalucía, tanto por discrepancias en los escritores como por oscuridad de los estados de fuerza oficiales. Dice Dupont en 8 de julio que en Andujar y Bailén tiene solo 13.053 hombres válidos, pues descuenta muchas bajas por enfermedad, y que con ellos debe de atender a la extensa línea comprendida entre Andujar y Guarromán y hacer frente a las amenazas de 40.000 a 50.000 españoles, de ellos la mitad del Ejército y la mitad de las Milicias. Pero es el caso que reforzado a los pocos días con unidades de la división Gobert, la situación de conjunto pasas a ser la que se deduce de los estados del 6 de julio, existentes en el Archivo Histórico de la Guerra francés, que dan un total de 27.917 hombres y 5.718 caballos, con unos 50 cañones, cifras que reduce Clerc a 19.627 hombres, 3.615 caballos y 38 cañones, por prescindir de destacamentos y de bajas por hospitalización. Discordantes con estas cifras las consignadas por Oman, éste atribuye a los franceses, sin contar con la mayor parte de la división Gobert, 21.058 hombres, que con el criterio de deducir las bajas por combates y enfermedad, rebaja a 15.000 infantes y 3.000 jinetes para la fecha del 16 de julio, día del encuentro de Menjíbar. Nuestro Arteche, sin medios para aquilatar números, admite la existencia de 20 a 22.000 hombres disponibles para el 19, día de la batalla de Bailén, pues tiene, sin duda, en cuenta que a los 18,242 hombres rendidos habría que sumar, por lo menos, los 2.203 muertos en esa acción. Decir, como dice Grasset que el día 19 lucharon 10.000 franceses contra 20.000 ó 25.000 españoles y que quedaron sin intervenir en la batalla 10.000 de los primeros y 20.000 de los segundos, es error manifiesto en escritor que en el transcurso de su obra suele mostrarse, en general, bien informado. Es factor importante para el éxito en la batalla conseguir superioridad numérica en el lugar y momento oportunos; si en la batalla de Bailén no intervinieron 10.000 combatientes franceses, que son los que con Vedel no acudieron a la llamada del cañón, ¿no constituye ello error del Mando? Si en el campo español las reservas no desempeñaron papel activo, esto se debió a que su concurso no se hizo necesario. Vaya ahora una aclaración. En este punto de los efectivos empeñados, nuestros documentos oficiales adolecen de algunas deficiencias. Sin duda, para atenuar la humillante capitulación del 22 de julio se extremó la cortesía o benevolencia en su texto, y así se dice en el preámbulo, que el ejército francés luchó contra uno muy superior en número[3]; pero este concepto aparece después en cierta discrepancia con el parte de la batalla, suscrito por Castaños el 27 y publicado en la «Gaceta de Madrid» del 26 de agosto. Expresa en él que el enemigo se batió con ventaja en todos sentidos, y el primero que enumera es precisamente el de la superioridad de fuerzas, por contar, dice, con 12.000 hombres, frente a los cuales hubo los 14.00 de Réding y Coupigny disminuidos por un «Cuerpo considerable que debió observar los movimientos del general Vedel, que estaba sobre Guarromán». Aunque se trata de pormenor de escasa importancia, creemos que hubiera convenido que en tales documentos no se notase esa aparente contradicción.
Presentar los aciertos del Mando español, en contraste don los errores del Mando francés, parece materia digna de examen. Thiers en el tomo IX, página 147, al referirse al ataque por Bailén y a la amenaza por Andujar, dice así: «Este razonamiento del general Castaños hacía honor a su perspicacia militar e iba a ser premiado por la fortuna en un momento de clarividencia, tanto como sería maltratado por ella el general Dupont en un momento de error.» Después de hablar de este modo, ¿qué importancia cabe atribuir a las otras manifestaciones, repetidas en diversos pasajes de su obra, de que en los éxitos de Bailén hay que conceder más al azar que al valor y al genio? Oman, en pie de atribuir el máximo relieve a la intervención de los ingleses en la Península, censura a Castañoas por considerar su plan de dividir las fuerzas peligroso en alto grado. Olvida al hacerlo que la guerra impone concentrarse para luchar, al mismo tiempo que fraccionarse para subsistir. También incurre en error al suponer que los generales españoles desconocían la situación de las tropas francesas; es todolo contrario lo que acontecía, pues precisamente la orden de Dupont a Vedel en la noche del 16, que para el propio Oman fue el fundamento del desastre (tomo I, página 183), en la que le mandaba marchar de Andujar a Bailén, y que le impidió contar con su apoyo en la batalla del 19, reconocía como causa, creer a los españoles en lugares donde realmente no estaban, fruto de las vetustas tácticas militares. El historiador referido no alude a la carta de Dupont a Savary del 15, ni a las dos del 16 del mismo a Savary y Belliard, interceptadas por los españoles; de conocer su contenido, hubiera visto que constituyeron documentos de gran influencia en las decisiones de nuestros generales, como evidencia claramente Grasset. La obra de Oman no ha sido suficientemente refutada entre nosotros; constituye , en el conjunto de sus siete voluminosos tomos, un estudio sólido y bien documentado, y más justo para España que el de su compatriota Napier; pero en esta parte de Bailén creemos que resulta deficiente. Censura a Castaños por demasiada audacia y a Dupont por excesiva prudencia, cuando otros han creído ver en primero marcada lentitud en sus decisiones por demorar hasta el día 19 la batalla que, según ellos, pudo ya ser dada y ganada tres días antes. El riesgo, indudable, para las dos divisiones de Réding y Coupgny, de poder verse doblemente atacadas por Dupont en el frente y por Vedel en la retaguardia, resultaba aminorado porque el último, lo mismo que su compañero de la tercera división francesa, carecía de libertad de movimientos a causa de la amenaza de las fuerzas de Valdecañas, situadas por Jabalquinto, Linares y Vilches, que los franceses creían más numerosas que lo que realmente eran. Y en cuanto a Dupont, su capacidad de maniobra, veíase coartada por la presencia ante Andujar, en actitud agresiva, de Castaños con sus otras dos divisiones. Desde luego, constituye nota curiosa en la maniobra de Bailén, el fraccionamiento en dos porciones, tanto del Ejército francés como del español; pero cabe afirmar que el del segundo se hizo más conscientemente y con carácter transitorio. Dupont, acumulando torpezas, concedía la mayor importancia a las posiciones extremas de Andujar y La Carolina, y mantenía desguarnecido a Bailén, que era realmente llave principal del conjunto. He aquí otro error importante, del que supieron sacar partido los generales españoles.
Entremos en la exposición de sucesos. Aferrado Dupont a mantenerse en Andujar, en la peor solución de una defensiva pasiva, ya a partir del 11 de julio comienza a sufrir los efectos de planes bien concebidos y preparados y que van a ser ejecutados con acierto. Con previsión, que no suele ser la nota distintiva de nuestro carácter, se han trazado en ese mismo día, en Porcuna, las líneas directrices de las inmediatas operaciones. Se ha tenido en cuenta que Andujar se halla dominado en la izquierda del Guadalquivir por los Visos, inaccesibles para Dupont por insuficiencia de efectivos; que el río es vadeable por varios lugares; que los franceses se extienden a lo largo de 40 kilómetros hasta Guarromán, y que aun prolongan sus líneas en otros 40 hasta Despeñaperros, y que esta segunda porción se presta a roturas y envolvimientos. Se sabe también que si el enemigo hubiera concentrado sus tropas entre Bailén y La Carolina, con vanguardias en Andujar, Menjíbar y Vilches, y empleado su caballería en observación hacia Jaén, el panorama sería menos favorable.
Del 13 al 15 se hace un despliegue a lo largo del Guadalquivir; del 16 al 18 se efectúan las maniobras preparatorias, y el 19 se entabla la batalla decisiva. El día 13, en que ya hay combates hacia Menjíbar, dice Vedel que le parece oír el cañón; pero no acude auxilio de su subordinado Liger-Belair, y esta inacción se va a repetir, acentuada, el día de la batalla de Bailén. Dupont cree que el peligro del ataque está en Andujar, y sin noticias del enemigo, sin reconocimientos, quiere defender un frente indefendible, y está, según Grasset, con una venda en los ojos a proximidad del contrario; y para más inoportunidades, Vedel le recuerda que los españoles obtuvieron el 16 de julio de 1212 por aquellos lugares la renombrada victoria de las Navas de Tolosa contra los moros; pero que espera no conseguirán las mismas ventajas contra los franceses, pronóstico fallido, pues éstos van a ser derrotados el propio 16 hacia Menjíbar, con muerte del general Gobert, que dirigía el combate.
Un breve examen de los partes que por entonces enviaba Castaños a la Junta Suprema de Sevilla nos va a explicar la génesis de la batalla de Bailé, cuyo desenlace se prevé allí con gran clarividencia. Están, en copia, en documento número 23 del legajo 161 de la Sección de Varios de la Biblioteca Nacional, sin que hay motivo para suponer que no se ajusten a la más escrupulosa verdad.
Con fecha 17 de julio explica que Réding, con 9.000 hombres de buenas tropas, debía atacar a Bailén desde Menjíbar, caer después sobre Andujar e impedir la reunión de los enemigos; que el cometido de Coupigni, al frente de 5.000 soldados, era sostener al anterior por Higuereta y Villanueva; y que Cruz, con más de 2.000 hombres, debía pasar el Guadalquivir por Marmolejo e impedir el escape del adversario por la Sierra. Él ocupa los Visos de Andujar, en la izquierda del río, con las divisiones de La Peña y Jones, y a partir del 15 hostiliza a Dupont y le retiene para impedir que moleste a las otras dos divisiones. Después le atacará por el frente y Réding y Coupigni por el flanco. Se muestra satisfecho porque ya que ha tenido escaramuzas por Menjíbar y que el enemigo se ha retirado a Bailén; y el 16 le ha comunicado el último, el resultado favorable del combate de este día entre Bailén y Menjíbar (sin mencionar la muerte de Gobert). El 15 ha recibido escrito Coupigni, desde Villanueva, en el que notifica que por la derecha del río sus tropas llegaron a rebasar la carretera de Andujar a Bailén, y que el enemigo dejó en el campo más de 200 muertos; y este mismo, en parte del 16, empieza diciendo que cree que si se ofreciesen a Dupont condiciones honrosas para rendirse, lo haría con toda su división; él ha enviado desde Villanueva refuerzos pedidos por Réding, y volviendo a cruzar el Guadalquivir, parte de sus fuerzas atacó a un convoy, hizo muertos y prisioneros e interceptó correspondencia, que consiste en las cartas a que hemos aludido anteriormente de Dupont a Savary, del 15 y 16, y a Velliard, del 16. Se lee en ellas: «El enemigo descubre en su ataque proyectos formales, y le ha dado aliento nuestra inacción»; contienen, además quejas por falta de víveres, petición de refuerzos, alusión al aniversario de Las Navas y manifestaciones de incertidumbre respecto a la situación de Vedel y Gobert, a los que ha recomendado no desatiendan la posición de La Carolina, que juzga de suma importancia. Castaños termina diciendo que cree que seguirá dando noticias del agrado de la Junta; y en efecto, el 19, a las ocho de la mañana, participa que Réding y Coupigni, por orden suya, están en Bailén desde las nueve de la mañana del 18, y que las fuerzas de Vedel han marchado hacia Guarromán. Dice que aquellos se disponían a atacar en la madrugada del 19, de flanco, a Dupont en Andujar, y que él lo iba a hacer de frente; pero que por haber sabido que el general francés evacuaba dicha plaza, ordenó a La Peña que le hostilizase por retaguardia, «de modo que en virtud de su activo y oportuno movimiento (se refiere al de Réding), va a encontrarse Dupont entre aquellas dos divisiones y la del general La Peña». A Valdecañas le ha ordenado que ocupe Despeñaperros. Termina con estas proféticas y sorprendentes palabras:
«Me prometo que el resultado corresponderá a las acertadas disposiciones del plan. Espere V. A. por momentos, noticias del deseado y preparado ataque de hoy.»
Y en efecto, a las seis de la tarde del mismo 19, da ya cuenta de la victoria y de la capitulación solicitada y concedida en principio.
Cabe ahora formular una pregunta: ¿Por qué combatió Dupont el día de la batalla decisiva, solamente con la división de Infantería de Barbou, y con la de Caballería de Frésia? Hubo dos acusas: la principal debida a él, por sus temores, vacilaciones e incertidumbres; la otra originada por Vedel, mostrándose sordo a la voz del cañón. Vedel ha entrado en Andujar a las dos de la tarde del día 16, con refuerzos pedidos por Dupont, recelosos de ser atacado en el aniversario de las Navas de Tolosa; y, mientras tanto, no se ha podido apoyar a Gobert, que sucumbe a las pocas horas en Guarromán, por haber resultado mortalmente herido en el combate de Menjíbar. Pero como aquella misma noche sale nuevamente de Andujar para alejarse de esta ciudad, va a faltar también su concurso inmediato en el lugar y momento más críticos. Cuenta Grasset que al llegar Vedel a Andujar, el general Marescot, inspector general de Ingenieros, que acompañaba al Ejército para estudiar el proyectado ataque a Cádiz, le dijo: «Soyez le bien arrivé; vous étiez le bien desiré»; y añadió dirigiéndose a Dupont y Vedel: «Maintenant que vous viola reunís, j’espère que vous ne vous séparerez plus»; y que a esto, Vedel objetó: «Je suis fort aise de n’avoir plus de responsabilité.» Pero es el caso que, al saber lo ocurrido aquel día en los campos de Menjíbar, y en posesión de informaciones erróneas, por lo que atañe a la amenaza de sus líneas de comunicaciones, Dupont ordena a Vedel que vuelva a Bailén en el acto, que bata allí al enemigo, que asegure Guarromán y La Carolina, que expulse al contrario de Baeza y que vuelva a Andujar para combatir juntos contra los españoles, que presionan por esta localidad. Cometidos inejecutables, según Grasset, quien dice que, sl leer esta orden, parece que todo es un sueño. Vedel llega a Bailén a las ocho de la mañana del 17, y como allí no encuentra a nadie, sigue a Guarromán y manda a Dufour, sucesor de Gobert, que continúe a La Carolina, por creer que los españoles tratan de ocupar los pasos de Despeñaperros; él le sigue y se sitúa en La Carolina el 18. Ha recorrido en tres días y tres noches 128 kilómetros y aun promete a Dupont, que, después de batir al enemigo, volverá a reunirse con él, lo cual requiere marcar otros 89 kilómetros. Y a todo esto hay que recordar que él había dicho que un Cuerpo de ejército situado en Bailén, que es el punto a que menos atiende, se haría dueño de todo el reino de Jaén, si ocupaba, además, Úbeda, Baeza y, ante todo, Jabalquinto. Como se ve, es imposible incurrir en más contrasentidos.
II. LA BATALLA DECISIVA.
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El 17 Dupont, sin noticias concretas de sus dos divisionarios Vedel y Dufour, pensó en abandonar Andujar e ir a reunirse con ellos; pero esto no pasó de ser una inspiración fugitiva. Le dominaba la inercia intelectual, su cerebro funcionaba perezosamente y carecía de imaginación, según expresiones textuales de Grasset. Optó por la inactividad y creyó conveniente esperar informes de lo que ocurría hacia los puertos de Sierra Morena, con lo que con su inacción cometió la única falta «infamante» para un general, a juicio del mariscal Foch, expresado en su libro «Des principes de la guerre». En contraste con su pasividad, la división Coupigni había marchado hacia Menjíbar para unirse a la de Réding, y juntas pasaron el Guadalquivir, y al amanecer del 18 alcanzaban Bailén sin disparar un tiro. Se situaron a ambos lados de la carretera general con frente a Andujar, entre el cerro Valentín, al Norte, y el de Haza Wallona, al Sur; y a retaguardia de la villa se ocuparon las alturas de San Cristóbal y El Ahorcado, para vigilar la carretera de Castilla, por donde podía irrumpir Vedel. Como las divisiones españolas de Jones y La Peña debían atacar por Andujar en la madrugada del 19, a la vez que las dos de Bailén avanzarían hacia aquella ciudad, Dupont iba a verse cercado por fuerzas superiores y con sus comunicaciones interceptadas. El riesgo para Réding, a que se ha aludido anteriormente, de tener que soportar a la vez un ataque por frente y retaguardia, no era posible, por la amenaza que para Vedel suponían las fuerzas de Valdecañas, situadas por Jabalquinto, Linares y Vilches.
Con pérdida lamentable de tiempo, sale al fin Dupont de Andujar en la noche del 18, sin haber destruido el puente romano sobre el Guadalquivir. Marcha hacia Bailén, a donde ha ordenado que concurra la división Vedel; pero el mensaje cae en poder del enemigo y no surte su efecto. El mal funcionamiento de las informaciones y enlaces va a constituir nueva causa de inferioridad; y mientras Vedel cree al contrario inactivo hacia Bailén, él anda desorientado por La Carolina y Guarromán. Dupont ha organizado su columna como si la amenaza principal hubiera de venir por la retaguardia; además lleva consigo un número muy elevado de carruajes, que hacen el avance lento y difícil. las tres de la madrugada del 19 la vanguardia francesa pasa el puente sobre el río Rumblar, a unos cuatro kilómetros del enemigo; pero va a faltar la sorpresa, otro de los factores de la victoria, porque las tropas al mando de Réding están ya en sus posiciones de combate.
Al formalizarse éste, la artillería española, de mayor alcance y potencia que la francesa y admirablemente servida por un personal de «élite», la domina y apaga el fuego de algunas de sus piezas. Concentrando sus tiros sobre el paso de la Cruz Blanca, entre el pequeño Zumacar y el Cerrajón, impide la rotura de las líneas españolas, que semejan un «muro impenetrable de bronce», según expresión de Thiers. Aometidas a las violentas cargas de la caballería de los generales Dupré y Privé, nada las quebranta y el primero muere en una de ellas. Dupont ataca una y otra vez sin escatimar riesgos para su propia persona, y aunque a la tenaz resistencia de los españoles, vigorizada con los bien regulados fuegos de su infantería y con las intensas acciones de su caballería, se responde con obstinación y brío, el ataque francés no es dirigido con la necesaria concentración de esfuerzos, y por ello se hace cada vez más difícil romper el obstáculo que cierra el paso hacia las anheladas comunicaciones de la sierra y a la pretendida unión con los errantes contingentes de Vedel y Dufour. Réding ordena un ataque general contra ambas alas del enemigo y recibe el concurso de Cruz Mourgeon, que baja desde el Norte por Baños de la Encina, adonde había llegado después de atravesar el Guadalquivir por Marmolejo. Mientras tanto, Vedel está ya a 15 kilómetros de Bailén, en Guarromán, y aunque oye el cañón no acude a su llamada, y ante esta nueva falta comenta Grasset, que todo es desconcertante y que parece que el sol de Andalucía ha licuado el cerebro de generales que durante tantos años venían haciendo la guerra con brillantez. Dupont de gran uniforme, con la placa del Águila de la Legión de Honor, hace un último esfuerzo al frente de los marinos de la Guardia, y, con derroche de valor, es herido, aunque no de importancia. La situación es grave y la agrava más el incidente de los suizos rojos de Schram, Réding y Preux, que sirven en las filas francesas, los cuales fraternizan con los de Réding de las españolas y acuerdan no combatir entre ellos, porque lo prohíben las capitulaciones de su país. Después de luchas denodadas y de ataques y contraataques repetidos durante diez horas, los soldados victoriosos de Jena, Austerlitz y Friedland, desmoralizados, muertos de fatiga y de sed, viendo el campo sembrado de cadáveres, arrojan las armas. El mismo Dupont, agotado, no es sombra de lo que fue en batallas memorables, y, según historiadores franceses, sin apurar la resistencia en un último esfuerzo, en espera de la llegada de Vedel, pide una suspensión de armas. A las dos de la tarde, en vez del cañón del último suena el de De La Peña, que acude presuroso a la batalla, aunque opine lo contrario Oman, después de recorrer 25 kilómetros en seis horas. A las cinco de la tarde, cuando todo ha terminado, aparece por fin Vedel, y a pesar del armisticio acordado, ataca el puesto de San Cristóbal, donde encuentra resistencia y es rechazado, y el del cerro del Ahorcado, donde sin luchar coge prisioneros, que debe devolver, porque todo lo que ha hecho se anula por orden superior.
La batalla había causado pocas bajas en las filas españolas. Consistieron, según Castaños, en 243 muertos y 735 heridos; las de los franceses las evaluó en 2.200 de los primeros y 400 de los segundos, cifras que concuerdan con las del parte del capitán Wittingham a su general, sir Hew Dalrymple. Dupont, en pie de pretender atenuaciones, rebajó sus pérdidas a 1.200 entre muertos y heridos [4].
III. CONSECUENCIAS
La primera fue la capitulación de todas las tropas subordinadas a Dupont, en términos que han dado motivo a numerosos y apasionados comentarios. Fue objeto de empeñadas discusiones en su tramitación, y las primitivas cláusulas hubieron de ser agravadas, porque al tiempo de redactarlas interceptose un escrito de Savary a Dupont en el cual le participaba la difícil situación de Bessières y Moncey y le ordenaba emprender la marcha a Madrid para asegurar la capital. Firmada, al fin, el 22, las divisiones de Vedel y Dufour, con armas, y las de Barbou y Frésiia, sin ellas, en virtud de lo acordado, habrían de ser transportadas por mar a Francia. Por las negativas de los ingleses a facilitar los buques necesarios, y por diversas incidencias, entre ellas la aparición en las mochilas de soldados y en los bagajes de generales de objetos procedentes de los saqueos de Córdoba y otras localidades, no tuvieron completo cumplimiento sus artículos. Los generales y jefes desembarcaron al poco tiempo en su país, pero las tropas con grandes mermas por evasiones, después de permanecer en Cádiz alojadas en pontones, fueron conducidas a la isla de Cabrera, donde sufriendo muchas bajas y soportando grandes penalidades, hubieron de permanecer hasta la terminación de la guerra. El asunto es enojoso; con motivo de él se han formulado censuras que tendrían más fundamento si a nuestros prisioneros de Zaragoza, Gerona, Uclés, Ocaña y Astorga se les hubiera tratado en forma más humanitaria. Por lo que respecta al no total cumplimiento de la capitulación, convendrá no dar al olvido que el propio Napoleón vulneraba, a las pocas horas de firmarse, la de su entrada en Madrid el 4 de diciembre. Se trata, de todos modos, de materia delicada, que por falta de espacio no puede ser analizada y discutida con mayor detenimiento.
El 27 en Madrid no se sabía aun que Dupont había capitulado, aunque se rumoreaba ya que su situación era de las más críticas. El 28 traía el texto de los acuerdos el capitán Villoutreys, que había partido el 24 de Bailén, escoltado por jinetes españoles. En la capital dominaba el pánico. El 30 escribía Savary a Berthier: «Vuestra Alteza juzgará fácilmente en que estado moral nos ha colocado suceso como el del 19 de julio. Es preciso tener una gran fuerza de ánimo para no perder la cabeza en un desmantelamiento («débagagement») como éste.» Belliard agregaba el 31 nuevas noticias, en las que aludía al terror dominante en todos los franceses y en los afrancesados. El Rey salió en la tarde del 30, y el pueblo , irónicamente, empujó su coche y le deseó buen viaje. Le acompañaban los ministros Urquijo, Mazarredo, Azanza y O’Farril; Cevallos y Piñuela pretextaron no poder seguirle. El Ejército de Madrid inició su marcha el 1 de agosto y no paró, como todos los demás hasta la orilla izquierda del Ebro. Cómo efectuaría la retirada, que Luis Madelin, en la «Revue des Deux Mondes», ya citada, recuerda que el Emperador dijo de ella: «El Ejército parecía ir mandado, no por generales, sino por inspectores de Postas.»
Bailén había liberado a Andalucía, contribuido a la retirada de Moncey de Valencia y obligado al levantamiento del primer sitio de Zaragoza. Todos los efectos de Rioseco resultaban con exceso neutralizados.
«Así terminó la imprudente expedición a Andalucía, emprendida con medios insuficiente», según dice Grasset. ¡Lástima que tan beneficiosos resultados quedasen anulados con las posteriores derrotas de Blake en Zornoza el 31 de octubre, y en Espinosa de Monteros el 10-11 de noviembre; de Belveder en Burgos el 10 de este mes, y del propio Castaños en Tudela el 23 del mismo !. La batalla de Tudela fue la antítesis más completa de la de Bailén; un estudio comparativo de ambas sería fuente de provechosas enseñanzas. La anterior armonía entre los elementos directivos de la Nación y los generales de los ejércitos cedió el lugar a celos y discrepancias; las tropas carecieron de un mando único, y así los planes de operaciones resultaron sin coherencia, y hasta en los mismos generales el amor propio se sobrepuso muchas veces a los deberes de la subordinación.
Sigamos con las consecuencias de la victoria de Bailén. Al llegar a Francia el 2 de agosto a conocimientos de Napoleón lo sucedido, éste montó en cólera y pronunció las conocidas frases de haberse arrojado una mancha en su uniforme, de haber quedado humilladas las banderas francesas y de no haberso conocido nunca otro suceso que acusase tanta bestialidad, ineptitud y cobardía. Descargando su furia contra Dupont, exclamaba:
«¡Desgraciado: qué desastre después de las jornadas de Albeck, de Halle y de Friedland! ¡Lo que es la guerra: un solo día basta para deslucir la carrera de un hombre!»
Sometido Dupont a procesos, Consejos de Guerra, inhabilitaciones y prisiones, quedó totalmente anulado hasta que la Restauración, haciéndole Ministro de la Guerra, le repuso en sus empleos y preeminencias. Perseguido sañudamente por el Emperador, pretendió este encubrir con su castigo, responsabilidades que a él tocaban más cerca. Lo hemos dicho antes: Si a Dupont correspondían las de orden táctico y en parte las de orden estratégico, a Napoleón había que atribuir los errores militares en su mayor amplitud y, sobre todo, los de carácter psicológico y político. Enormes habían sido sus aciertos en el extranjero; pero con respecto a España no resultaron menos grandes sus equivocaciones. Nos ha revelado recientemente Madelin en sus referidos artículos que Napoleón pensó, desde luego, que él era el verdadero responsable; pero que tardó cuatro años en declarárselo así al general Caulaincourt.
Bailén había sido el primero y más trascendental de los reveses de las armas imperiales, cuyo renombre de invencibles quedaba perdido. Por su resonancia en la vetusta Europa pudo comprender Napoleón que a él personalmente tocaba intervenir para restablecer la situación, que había creído consolidada después de la victoria de Rioseco. Sus efectos, repercutiendo en Portugal, influían el 21 de agosto en el éxito de Vimeiro, de Wellesley (futuro Lord Wellington) contra Junot, y en la consiguiente capitulación, firmada en Cintra el 30 de dicho mes. Era, por tanto, indispensable, con la reconquista de Madrid, vengar la afrenta de Bailén, y con la ocupación de Lisboa, el quebranto de Vimeiro. Para ello se trajeron a la Península hasta ocho Cuerpos de Ejército formados con tropas de la «Grande Armée» , con lo que debilitando suposición ante rusos, austriacos y prusianos, fueron dándose al olvido pactos, tratados y alianzas y originándose nuevas guerras, que condujeron a la abdicación de 1814, y tras de los «Cien días», a la definitiva derrota del 18 de junio de 1815 en Waterloo. Por ello cabe afirmar que aunque no de modo inmediato, Bailén produjo el desplome del Imperio, a la vez que garantizó la independencia nacional. El comandante Balagny, que ha descrito en cinco tomos la campaña personal del Emperador en España, dice que al volver a bayona el 19 de enero de 1809 no solo no dejaba dominada nuestra Nación, sino que las tropas que había traído para su «injusta conquista» le hicieron falta después para defender las fronteras de Francia contra la coalición europea; y añade que en su orgulloso desprecio para el pueblo español, se equivocó nuevamente al no pensar en las dificultades que su obstinada resistencia habían de ocasionarle. En los artículos de la «Revue des Deux Mondes» llega a decir su autor, al aludir a la batalla de Bailén, que «el destino del mundo acababa acaso de decidirse, muy lejanamente desde allí» [5]
Por cierto que conviene señalar las erratas que en tres fechas hemos advertido en esos artículos. Son estas: la del 1 de abril, en vez de 1 de agosto, para el desembarco de Sir Arthur Wellesley en la desembocadura del Mondego, en Portugal; la de 13 de julio, en vez de 14, para la batalla de Rioseco, y la de 17 de julio, en vez de 7 de junio, para la entrada de Dupont en Córdoba. La rectificación de la primera es de importancia, porque el desembarco fue después de la batalla de Bailén y como uno de los efectos de ella, y si se toma como buena las consignada de 1 de abril, ese efecto desaparece.
IV. CONMEMORACIONES
Entre las numerosas de carácter literario, dramático, monumental y pictórico dedicadas a los gloriosos episodios que comentamos, vamos solamente a referirnos al cuadro debido a los pinceles de D. José Casado del Alisal, que se conoce con el nombre de «La rendición de Bailén». La falta de espacio no consiente mayores esparcimientos.
El lienzo es, ciertamente, una buena obra de arte. Su dibujo es correcto, su colorido entonado, su composición acertada. Por la agrupación de personas, por la actitud de estas y por la clase y distribución del armamento, al mirarlo surge el recuerdo de «Las lanzas», de Velásquez. Fue pintado en París en 1864, figuró en exposiciones nacionales y mereció reseñadas recompensas. Aunque buscada con afán, no hemos dado con ninguna reseña que ayude a la compleja identificación de la escena que conmemora y de los personajes, cuyas efigies se exhiben, salvo las de los dos protagonistas, Castaños y Dupont.
El cuadro se reproduce en numerosas publicaciones, pero como estas se abstienen de comentarlo, no se sabe si es la imagen fiel de escenas, escenario, actuantes, armamentos e indumentaria, o si solamente el autor utilizó lo leído con simple afán anecdótico para tejer a su amparo un conjunto de más ambiente artístico que histórico. Es innegable que todo buen cuadro de Historia puede ofrecer en los no iniciados estímulo para aprenderla y en los entendidos motivos para difundirla. Ahora bien, el de Caso, ¿a cual de estas categorías pertenece? Nosotros creemos que simplemente a la primera. Para llegar a más, a ser verdadero documento histórico, le haría falta, en relación con la escena que representa, definir el lugar y el momento precisos de su acción y el significado de ésta, dar al paisaje otra caracterización y hasta exhibir los uniformes con alguna mayor propiedad.
El general Castaños comunicaba a la Junta de Sevilla en 24 de julio de 1808, al remitirle el texto de la capitulación, que el día 23 había desfilado ante él, y por medio de sus tropas de las divisiones tercera y de reserva (Jones y La Peña), la del general Dupont, en número de 8.000 hombres, para rendir sus armas a 400 toesas (780 metros) del campo; y que al día siguiente las fuerzas de Vedel y Gobert (olvida que éste había muerto), con 9.000 hombres, depositaron su armamento en las inmediaciones de Bailén, de todo lo cual hay testimonio en la «Gaceta Ministerial de Sevilla», del 30, copiado en la de Madrid, del 9 de agosto. Pero el mismo Castaños, en la relación de la batalla que suscribió en Andujar el 27 de julio y que publicó la «Gaceta de Madrid» del 26 de agosto, decía, con alguna contradicción de sí mismo, que el 22 (por error material) desfilaron delante de su Ejército las tropas de la división Dupont, en número de 8.242 hombres, «rindiendo sus armas, aguilas y banderas, quedando prisioneros de guerra...», y que «la división del general Vedel, en número de 10.000 hombres, entrego tambien sus armas y artilleria el dia 23...» (que debe de ser 24)
De donde resulta que hubo dos escenas parecidas en días distintos. Consta, en relatos que pasan por fidedignos, que el desfile de la porción de los rendidos pertenecientes a las tropas a las inmediatas ordenes de Dupont, o sea las de Infantería de Barbou y las de caballería de Frésia, se hizo en las proximidades del puente sobre el río Rumblar, y que las divisiones de La Peña y Jones se hallaban dispuestas en batalla, o sea en línea, a lo largo de la carretera; y que las tropas de Vedel y Dufour, al día siguiente, formaron pabellones con sus armas y que las entregaron en calidad de depósito, ya que estos prisioneros no llegaron a tener el verdadero carácter de prisioneros de guerra. Ahora bien: ¿quiso el pintor caracterizar especialmente la primera escena por ser la de mayor relieve, o se limitó a fundir en un panorama de conjunto una y otra? Esto último parece más bien lo que debió de proponerse.
Y ahora, como final, ¿quiénes son las personas que aparece en el cuadro con relieve más destacado? Desde luego, es indudable la presencia de los generales en jefe de ambos ejércitos, o sea, Castaños y Dupont. El primero tenía entonces cincuenta años y aun vivió cuarenta y cuatro más, pues falleció en 1852; por la batalla se le ascendió a capitán general, y en 1833 se le otorgó el título de duque de Bailén. El segundo contaba a la sazón cuarenta y tres años y llegó a los sesenta y cinco. A la indumentaria con que se representa a Castaños cabe hacer algún reparo: en el cuadro viste casaca blanca y pantalón encarnado, y hubiera habido más propiedad exhibiéndole con todo el traje blanco, que él solía llevar como propio del regimiento de Infantería de África, del que había sido coronel, o bien con la casaca oscura y el calzón blanco con que aparece en la estampa que se acompaña, en la que se le ve ofreciendo en Sevilla a San Fernando la corona de laurel que se le había otorgado por su victoria. Nada cierto podemos afirmar con respecto a los otros personajes; en el grupo de los franceses, el que viste traje de húsar acaso sea el general Frésia, jefe principal de la caballería; y el que se muestra entre él y Dupont podrá ser el general Marescot, entonces de cincuenta años, que fue uno de los negociadores de la rendición. Entre los españoles es probable que estén incluidos el general D. Tomás Moreno, Cuartelmaestre General, o sea Jefe de Estado Mayor, y el representante de la Junta de Sevilla, conde de Tilly. Constituye nota especial en este grupo la presencia de algún garrochista de los de Jerez o Utrera, que como fuerzas irregulares se distinguieron en la batalla.
[1] Carta del marqués de Ordoño al embajador francés, Beaucharnais, de 12 de febrero de 1808, en el tomo I, página 252 de la historia de Gras, y en el libro de Clerc, titulado «Capitulation de Baylen», pagina 105.
[2] Las doce páginas de bibliografía que se incluyen en este último, sin estar agotado el tema, muestran, por sí solas, las abundantísimas fuentes a que es factible acudir.
[3] En las traducciones francesas aún se exagera el concepto y se lee: «Contre une armée infinitement supériure en nombre.»
[4] En los números de Castaños causa extrañeza la desproporción entre muertos y heridos en el Ejército francés. Para explicarnos el hecho hemos leído muchas versiones. Parece que el calor, la sed y la fatiga influyeron para producir muertes por verdadero agotamiento. Algunos escritores agregan que el abandono de los heridos en el campo de batalla, sin la debida asistencia, ocasionó defunciones que podían haberse evitado. Importa decir que en esos lamentables sucesos no hubo responsabilidad para el Mando español.
[5] «En fait, le destin du monde venait peut-être, très lointainement, de s’y décider.»