ASTORGA, la Muy noble, Leal y Benemérita ciudad, en otro tiempo Augusta y, al decir de Plinio, Magnífica, acaba de celebrar con patriótico entusiasmo el Centenario de los Sitios que sufrió en la guerra de la Independencia, sitios gloriosos, en que dio al mundo tan altos ejemplos de valor y de Heroísmo, que su nombre, como los de Zaragoza y Gerona, al aparecer en el Journal de l’Empire, causaba en los franceses la admiración y el asombro que el de la antigua Numancia, al sonar pavoroso en los oídos de los romanos.
Para estrecharla y rendirla, fue preciso que Junot ocupase con el 8º Cuerpo de ejército, de más de cuarenta mil hombres, el territorio que se extiende de León y Benavente a los puertos de Manzanal y Foncebadón, y lanzase quince mil infantes y dos mil caballos, con veinte piezas de artillería, contra sus viejos muros, defendidos por dos mil quinientos hombres de tropa y las compañías de paisanos armados, que a la voz del bravo Santocildes, lucharon como leones hasta agotar todos los medios de resistencia, probando así que no se engañó Junot, al decir en uno de sus partes que Astorga sería una nueva Zaragoza.
Dos frases conserva la historia que revelan de manera elocuentísima el espíritu de abnegación y patriotismo que animaba a sus defensores: la del Lic. D. Pedro Costilla, en la sesión celebrada por el Ayuntamiento a las dos de la mañana del día 22 de Abril, para tratar de la rendición de la plaza: Muramos como los Numantinos, y la del húsar Tiburcio Fernández Álvarez, al lanzarse sable en mano sobre un oficial francés que entró en la plaza después de firmada la capitulación: Si todos capitulan, yo no capitulo.[1]
Este soldado del regimiento de Húsares de León, natural de Villafrades, es el héroe cuyo recuerdo se ha conservado más vivo en la memoria del pueblo. D. José María de Santocildes, ilustre caudillo que dirigió la defensa, al referir en su ”Resumen histórico...”[2], las salidas que en Febrero de 1810 hizo la escasa fuerza de caballería de la plaza, aumentada hasta el número de dieciocho caballos con los que facilitaron los oficiales de la guarnición, para rechazar las guerrillas del general Clousel, que con tres mil hombres ocupaba la Bañeza, dice que Tiburcio se señaló sobre todos sus compañeros, a pesar de haber hecho todos ellos prodigios de valor; y en la certificación expedida por el Ayuntamiento, el 29 de Junio de 1814, a instancia de D. Antonio Fernández Álvarez, Presbítero natural de Villafrades de Campos y hermano de Tiburcio, se hace constar el brillante comportamiento de éste, consignando los siguientes hechos:
«La más memorable (de sus acciones), y que jamás se olvidará en esta ciudad, dice tan interesante documento, fue la del doce de Marzo de mil ochocientos diez, que a presencia de toda la guarnición y habitantes sacó libre a una guerrilla de quarenta tiradores de esta Plaza, que habiendo empeñado una defensa obstinada a un quarto de legua de esta con una descubierta enemiga superior en número, no solo de Infantería sin en Caballería, y habiendo sido envuelta por los Enemigos y cortada por otra partida de Caballería, el dicho Tiburcio contubo con algún otro soldado de veinte y dos Caballos que se componía su partida, a los Enemigos que atacaban a la Guerrilla en retirada, y cargándolos de nuevo, hirió de un golpe de sable a el Comandante Francés que la mandaba, dando lugar con esta acción a que la guerrilla, reponiéndose y adquiriendo mucho valor, los atacara a su exemplo y los persiguiese, matando algunos franceses y obligándoles a salvarse cada uno como pudo; siendo tantas las ocasiones en que executó iguales o mayores acciones, que sería muy largo referirlas».
Y a continuación se añade que «... habiéndose abierto Brecha en la Muralla en el 21 de Abril de mil ochocientos diez, se presentó en ella voluntariamente a defender Cuerpo a Cuerpo la entrada de los enemigos, teniendo el honor de haber muerto con un Puñal a el primer Oficial enemigo que tubo el atrevimiento de montarla, quedando a sus pies, e impidiendo el que ningún enemigo se acercase a aquel punto, que miraba como sagrado».
Pero la celebridad de que va rodeando su nombre, mas que de estos heroicos hechos, nace del trágico fin a que le condujo su ardoroso patriotismo. Lafuente, en su “Historia general de España” [3], siguiendo la tradición popular le supone cabo, y dice de él, sin nombrarle, que «... cuando ya había capitulado la guarnición, dijo: Yo no capitulo, y metiéndose sable en mano por entre los enemigos, después de haber muerto muchos de ellos, lo fue él en el mismo acto». Así lo refiere también el Sr. Rodríguez Díez, en su “Historia de Astorga” [4], donde dice: Cuando, a las dos de la tarde del 22 de Abril, después de salir Santocildes con la guarnición prisioneros, entraban los franceses en la ciudad, un cabo de la guarnición que ocupaba su puesto, arrojó el fusil, y echando mano al sable, lanzóse contra los enemigos gritando: Si han capitulado, yo no capitulo, y murió heroicamente después de matar a unos cuantos franceses... Este cabo fue Tiburcio Álvarez.”; y el autor del artículo “Astorga”, del “Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano”, llega a decir que el Cabo (cuyo nombre le era desconocido) “... hizo pagar cara su vida con la muerte de más de 20 adversarios”.
En tan pintorescos relatos se ve desde luego la bola de nieve de la fantasía popular, tan dada a ennoblecer y agigantar cada día más la figura de sus héroes, narrando a su gusto y sabor, y exagerando a veces hasta lo inverosímil sus hazañas, constituyendo la vetusta mitificación del héroe necesario. Por fortuna, hay un testimonio irrecusable, claro, terminante, de testigo de mayor excepción, y es el del mismo Santocildes, quien, en el lugar antes citado, al mencionar a Tiburcio, dice en una nota:
«Este fue pasado por las armas por los franceses, por haber intentado matar un Edecan del General Boyer, después de rendida la plaza y firmada la capitulación»
De donde resulta que Tiburcio –a quien Santocildes llama soldado, y en ninguno de los documentos en que se le nombra se le llama cabo- no mató en tal ocasión muchos ni pocos franceses, ni tampoco fue muerto en el acto, sino que intentó matar a uno sólo, y fue pasado por las armas.
Según el ilustre escritor Sr. Salcedo Ruiz, en su excelente monografía “Astorga en la Guerra dela Independencia”, el hecho ocurrió en el solemne momento del desfile de la guarnición, para hacer entrega de las armas y ser conducida prisionera a Francia. He aquí como lo refiere:
«Entre los húsares que marchaban a la vanguardia iba Tiburcio Álvarez, soldado valeroso, que se había distinguido extraordinariamente durante aquel periodo de correrías que precedió a la formalización del asedio. Excitados sin duda los nervios y fantasía de Tiburcio por la triste y aparatosa ceremonia del desfile, en un momento de exaltación disparó su carabina, apuntando al general Boyer, y gritando desaforadamente: Si todos se rinden, yo no me rindo. El General francés salió ileso de la intempestiva agresión, y al punto echaron mano a Tiburcio, y se lo llevaron preso, formándole juicio sumarísimo, y al día siguiente, muy de mañana, fue fusilado el infeliz»[5]
No dice el Sr. Salcedo de donde tomó esta versión: suponemos que de las “Memorias...”, de la Duquesa de Abrantes; pues en ella parécenos entrever su vetusto procedimiento, tan común en los escritores franceses, de desfigurar a sabiendas los sucesos, para hacerlos más interesantes y dramáticos, como, en efecto, resultaría el episodio en cuestión, sustituyendo al edecán con el General, y suponiendo realizado el hecho en el momento solemne en que la valerosa guarnición de la plaza, desfilando formada en columna, con banderas desplegadas y tambor batiente, por entre diez mil infantes franceses y algunos escuadrones de caballería que cubrían por ambos lados el camino real de la Bañeza, llegó, para hacer entrega de las armas, al cuadro que formaban seis batallones, donde estaba Junot con su Estado Mayor, del cual era jefe Boyer. El mismo Sr. Salcedo llama la atención sobre las fantásticas relaciones de Thiers de quien dice que quiere siempre adornar a sus héroes con resplandores romancescos, y recuerda lo muy apreciadas que fueron en Francia las “Memorias del General barón de Marbot”, por su pintoresco y vivo estilo.
Sea como quiera, no nos explicamos, que al referir lo que la Duquesa dice que le sucedió a su esposo en la jornada de Valladolid a Astorga, al pasar el puente de León, donde una bala disparada desde lo alto de una colina, a la derecha del camino, vino a caer junto a su caballo, advierta que no lo cuenta Santocildes, y que no le parece probable que Junot, para ir de Valladolid al campo de Astorga, se remontas hasta la ciudad de León, y tratándose de un episodio que aquel narra de muy distinta manera, tenga tan en poco su testimonio, que ni siquiera le cite, limitándose a decir que algunos historiadores han contado de una manera inexacta, o exagerada, el hecho a que Tiburcio debió su celebridad. Mas extraño e inexplicable nos parece aun, que se cite, y hasta se copien las palabras de Santocildes, y se transcriba además la partida parroquial extendida en 27 de Mayo de 1814, con motivo de la traslación de los restos de Tiburcio del sitio en que fue fusilado al templo castrense de San Miguel, en la cual se dice que fue arcabuciado, y sin embargo, se acoja y prefiera la versión popular, como hace el señor Rodríguez.
La certificación antes citada, que ni este historiador, ni el Sr. Salcedo conocieron[6], ha venido a confirmar lo dicho por Santocildes, y a derramar nueva luz sobre tan interesante episodio, no dejando lugar a duda sobre la verdad de lo ocurrido. Dice así:
«Certifico igualmente (el Ayuntamiento) que el veintidós de Abril de ochocientos diez, después de haber capitulado esta Plaza, y como a las dos de la tarde, fue pasado por las armas, por decreto del bárbaro e impío Junot, por haber querido sostener con su sable los derechos de la guerra con un Oficial Francés, que sin comisión de sus Gefes había entrado en la Plaza antes de evaquarla la Guarnicion Española. Su cuerpo fue sepultado en el Campo, donde permaneció hasta el veinte y seis de Mayo de este año, etc.»
Que fue fusilado el mismo día de la agresión, o sea, de la rendición de la plaza, y no al siguiente, como dice el señor Salcedo, consta además de otros dos documentos: del acuerdo relativo a la traslación de sus restos, tomado por el Ayuntamiento el 3 de Mayo de 1814, en el cual se declara que «... por haber con una demostración manifestado implacable odio a dichos enemigos, le mataron los mismos, al salir de esta ciudad prisionera la guarnición...», y de la partida parroquial ya mencionada, donde se dice que «... fue arcabuciado por las tropas francesas en veintidós de Abril de mil ochocientos diez, en cuyo día entraron en esta plaza bajo de capitulación...»
También resulta de la vetusta certificación citada, que el hecho ocurrió, no en el momento y lugar del desfiles, sino dentro de la ciudad, después de haber capitulado al plaza, y antes de que la evacuara la guarnición, es decir, en el tiempo transcurrido desde el amanecer, que fue cuando se firmó la capitulación, y las dos de la tarde, hora en que se evacuó la plaza. Refiere Santocildes, que mientras se estaba extendiendo en el campo enemigo la capitulación, cuyas bases había llevado al General Junot el Teniente Coronel Guerrero, por una equivocación del Oficial que mandaba la guardia de Puertas del Obispo, se introdujeron en la plaza treinta granaderos franceses con un oficial; pero que, apenas tuvo noticia de ello, inmediatamente les obligó a la fuerza a salir, por no estar todavía firmada la capitulación; y añade que poco antes de las once de la mañana se pusieron en dicha puerta dos compañías, una española por la parte de adentro, y otra de granaderos francesas por la de afuera, para impedir que ningún enemigo entrase en la plaza hasta que no la evacuara la guarnición, y que solamente el General de Estado Mayor Boyer, el Comandante de Artillería y un Comisario entraron a dicha hora en la ciudad, para poner en práctica lo capitulado.
Ahora bien, el oficial de granaderos no fue el acometido por Tiburcio; porque en aquel momento no se había firmado aún la capitulación, y además Santocildes dice que al que intentó matar era edecán de Boyer. Esta circunstancia pudiera inducir a creer que el hecho se realizó en ocasión de la entrada de dicho General en la plaza; pero, aunque Boyer hubiera llevado un edecán consigo, y el adverbio solamente no deba tomarse en sentido exclusivo, no puso ser aquel el aludido por Santocildes, puesto que en la certificación del Ayuntamiento se afirma que el oficial sobre quien se lanzó Tiburcio, había entrado en la plaza sin comisión de sus jefes. De lo dicho se infiere que el hecho debió de ocurrir antes de las once, probablemente en las primeras horas de la mañana, cuando habiendo ingresado a la plaza el teniente coronel Guerrero, empezó a circular la noticia de la capitulación, y algunos de los sitiadores, impacientes y envalentonados se creyeron con derecho a penetrar en la ciudad, como los granaderos a quienes obligó a salir Santocildes.
Mi difunto padre, que mantuvo la gloria de contribuir a tan heroica defensa, y ostentó con orgullo en su pecho la medalla obsidional[7], me refirió más de una vez el episodio diciendo, que “... hallándose Tiburcio con algunos de sus camaradas, vio acercarse unos franceses que habían penetrado en la ciudad. ¡Franceses en Astorga! Exclamó sorprendido –Pues si todos han capitulado, gritó enfurecido, yo no capitulo, y desenvainando el sable, lanzóse sobre ellos, y arremetió con el que marchaba delante, el cual apenas tuvo tiempo de refugiarse en el portal de una casa, sobre cuya puerta descargó Tiburcio el golpe con que pudo alcanzarle.” Y añadía que “... llevado a presencia de Junot y juzgado sumarisimamente, fue pasado por las armas al pie del secular negrillo que algunos recordarán, como yo, haber visto a la salida de Rectivia para la Fuentencalada, próximo a la muralla, antes de llegar a la carretera, y que allí mismo le dieron sepultura.” [8]
De los documentos antes citados consta que fue fusilado «... como a las dos de la tarde, al salir de la ciudad prisionera la guarnición...», y como el lugar elegido para el fusilamiento fue el corto trayecto comprendido entre la Puerta del Obispo, por donde a aquella misma hora salió la guarnición, y el camino real, por donde desfiló con todos los honores de la guerra, para hacer entrega de las armas, forzosamente tuvo que pasar por el sitio de la ejecución, y no es mucho suponer que aquellos valientes, no solo oyeron las descargas, sino que contemplaron con dolor y ardiendo en ira el ensangrentado cadáver del infortunado compañero, sin el triste consuelo de poder darle piadosa sepultura. Tal fue el espectáculo que el Duque de Abrantes dio en tan tristes momentos a los heroicos defensores de Astorga, de quienes no vaciló en decir aquella misma tarde, en carta a su adorada Laura, que eran los más hermosos soldados que ha visto. Por eso, sin duda, por tan estudiada crueldad, el Ayuntamiento en su certificación le llama bárbaro e impío.
El Sr. Salcedo, suponiendo que el hecho ocurrió tal y como él lo refiere, dice con razón que no cabe aprobar la conducta de Tiburcio, ni mucho menos ponerle por modelo a los que se hallen en su caso; pero ya hemos visto que no fue así. Lo que él hizo fue «... sostener los derechos de la guerra con un oficial francés que, sin comisión de sus jefes, había entrado en la plaza antes de evacuarla la guarnición», y así se explica que el Ayuntamiento de a Junot tan duros epítetos; que Santocilde s diga que Tiburcio fue una «... víctima inmolada cobardemente por disposición del General Junot»[9]; que historiador tan conspicuo como Lafuente vea en la conducta del húsar «un heroico ejemplo de valor y de amor a la patria...», y que las Cortes, en fin, en 1º de Diciembre de 1814, decretasen a favor de su familia, una pensión, que según el Sr. Rodríguez, no tuvo efecto, por no haber podido averiguar el Regimiento a que el héroe pertenecía.
Enterrado Tiburcio en el mismo sitio en que fue pasado por las armas, allí permanecieron sus restos hasta el 26 de Mayo de 1814, en que (copiaremos lo que se dice en la tantas veces citada certificación) «... viéndose este vecindario libre ya de los temores de la Guerra, las Compañías de Tiradores de esta Plaza, en señal de eterno agradecimiento, de acuerdo con este Ayuntamiento, hicieron la exhumación y traslación de las cenizas del siempre impasible y heroico Tiburcio Fernz. Alvarez a la Parroquia Castrense con toda la majestad y aparato fúnebre de que es susceptible esta reducida ciudad: todas las parroquias, Cofradías, Cuerpos, Comunidades Religiosas, vecinos y clero, asistieron a tan religioso acto; habiendo sido de los lugares inmediatos el concurso más numeroso. El Arca majestuosamente adornada en que se cerraban las cenizas, fue depositada en las gradas del altar mayor de la iglesia parroquial Castrense, con los honores más extraordinarios y singulares».
El acuerdo tomado por el Ayuntamiento, el día 3 de dicho mes de Mayo a propuesta de D. Juan Andrea y Laureano Rebaque, individuos comisionados por las Compañías de Tiradores que se formaron el año 1810 de vecinos de la Ciudad, fue que se trasladasen las cenizas con toda la ostentación propia del acto a la Iglesia parroquial de San Bartolomé, donde se dirían por el alma del heroico militar y las de todos los demás muertos en la defensa de la plaza, cuantas misas gustasen decir los señores sacerdotes; que al día siguiente se las llevase con la misma solemnidad a la iglesia de San Miguel, propia de los militares, y que celebradas las exequias y pronunciada la oración de honras, se pusiese la caja que las contenía en un nicho hecho al intento, cubierto con una lápida, en la cual se grabaría la correspondiente inscripción; pero indudablemente este último acuerdo no llegó a cumplirse; puesto que la partida parroquial dice que los huesos del héroe fueron colocados «... en una sepultura que esta debajo de la lámpara de la capilla mayor». Es muy probable que se depositasen allí provisionalmente, mientras no se construía el nicho proyectado, y por consiguiente, que no se grabase inscripción alguna: pero si la hubo, hace mucho tiempo que ha desaparecido; pues nadie que sepamos la recuerda.
Ya que, con general aplauso, hemos reclamado los preciados restos del insigne Santocildes, para guardarlos con veneración y reconocimiento, en magnífico mausoleo, bajo las augustas bóvedas de nuestra Catedral, lo menos que podemos y debemos hacer en memoria del intrépido Tiburcio es colocar en la iglesia de San Miguel una lápida conmemorativa, costeada por suscripción pública, y todo lo suntuosa posible, en la cual se diga a las generaciones futuras que allí yacen las cenizas del héroe más popular de aquella gloriosa epopeya. Yo invito a mis queridos amigos los Directores de la prensa local a prohijar el pensamiento, y en la seguridad de que han de acogerlo con entusiasmo, destino desde luego a la suscripción el producto íntegro de la venta de este folleto.
Al hablar Santocildes en su “Resumen histórico ...”[10], de la sesión del Ayuntamiento en que se acordó la capitulación, dice en una nota:
«No me es posible recordar esta sesión de luto y amargura, sin traer a la memoria el rasgo sublime de lealtad, de valor y patriotismo del Licenciado D. N. Costilla, individuo del ilustre Ayuntamiento. Este virtuoso y venerable anciano, de mas de sesenta años de edad, renovando en su corazon toda la fuerza de la juventud y toda la virtud de los héroes, a pesar de estar convencido de la absoluta necesidad de admitir una capitulación honrosa, prorrumpió lleno de entusiasmo, y con aquella firmeza que caracteriza las almas grandes: Muramos como los Numantinos».
El Lic. Costilla Abastas, había sido alcalde mayor o corregidor en 1808; pero a la sazón no lo era, ni pertenecía como regidos al Ayuntamiento, sino que fue una de las personas principales que formaron parte de la Junta como asociados. En el certificado dela sesión, expedido aquel mismo día por el escribano D. Manuel Cureses a instancia de Santocildes, no aparece la frase de Costilla, y en cambio se consigna el voto del regidor Sr. Martínez Flórez en contra de la capitulación; pero esto nada tiene de particular, si se advierte que Cureses se concretó a certificar del acuerdo que, en vista de lo manifestado por Santocildes, tomó el Ayuntamiento de solicitar honrosa capitulación, y en su defecto, defenderse hasta morir; que era lo que a aquel podía interesarle. Al regidor señor Martínez Flórez y al húsar Tiburcio son aplicables las palabras de Santocildes, consagra Costilla, al referir tan hermoso rasgo:
«¡Alma digna de no haber sufrido ni un momento el yugo opresor de nuestros tiranos, recibe los homenajes de gloria y honor que te tributa un Militar, que siempre admirará tu heroísmo y respetará tu memoria!»
Hijo de Astorga, pasaba ya de los treinta años, cuando se desarrollaron tan épicos sucesos, y en el Ayuntamiento como regidor, y fuera de él como cirujano, dio pruebas de la mayor abnegación y del más acendrado patriotismo, sobre todo en aquellos terribles días que precedieron a los Sitios, en que, como dice el señor Salcedo, no bastando los Hospitales a contener tantos enfermos y heridos, el Hospicio, el Seminario, el Castillo, el Palacio episcopal, el Ayuntamiento, las casas ricas y las casas pobres, cuanto era edificio grande o chico, fue convertido en enfermería. En lo más recio de la lucha, cuando las granadas estallaban con pavoroso estruendo sobre la ciudad, curó en la muralla las heridas de los valientes que caían atravesados por el plomo enemigo, y después, como representante del pueblo, pidió para aquellos héroes los honores de la inmortalidad.
En la sesión celebrada por el Ayuntamiento el 13 de Noviembre de 1813, en la que, continuando la del día anterior, se trató de la construcción, en medio de la plaza, del monumento a los heroicos defensores de la ciudad, acordada el 8 de dicho mes, en cumplimiento de la Real orden de 30 de Junio de 1811, fue uno de los que se levantaron a impugnar el parecer del vetusto regidor D. Manuel Alonso Botas y del Procurador general, que en la sesión anterior había protestado contra el acuerdo, diciendo que, «cercionados de las innumerables Deudas que contra si tenían los caudales del Pueblo, no podían asentir a que a cuenta de ellos se hiciese dicha obra». Sostuvo elocuentemente el acuerdo el Regidor Decano; el Sr. D. Francisco Martínez de Soto manifestó que aunque la obra costase cien doblones o más, su voto sería que se ejecutase, y (copiamos literalmente del acta):
«El Sr. Rexidor D. Esteban Macias dijo que se adiere en un todo al Sr. Rexidor Decano, añadiendo a sus reflexiones que si la miseria que se le objeta o imposibilidad de la satisfacción de sus créditos debe ser la causa de impedir tenga efecto lo tratado, será añadir a esta afliccion la que le causa la carencia por la misma de tan fuertemente debidas distinciones, incidiendo por consecuencia en que el miserable no deba tener distinciones, aunque la miseria le provenga de su virtud, a lo que nunca asentirá, y por lo mismo vuelve a firmarse en lo expuesto, y que aun quando no pueda hacerse, se haga de madera a la mayor vrevedad provisionalmente».
En vista de todo lo cual se acordó llevar a efecto el acuerdo del día ocho, en cumplimiento de la Real orden mencionada.[11]
No tuvo, sin embargo, la satisfacción de ver levantado el monumento, ni siquiera de madera provisionalmente. ¡Cómo había de imaginarse que al cabo de un siglo había de erigirse de mármoles y bronces, precisamente delante de la casa en que vivió y murió, querido y respetado por sus conciudadanos, a la avanzada edad de noventa y dos años!
También recuerdo haber oído a mi señor padre, que estando Napoleón al calor de una chimenea en el Palacio episcopal, donde se alojó durante su breve estancia en Astorga, un familiar del Prelado Intentó matarle de un tiro desde una habitación inmediata, donde había logrado introducirse, y que no llevó a cabo su propósito, por habérselo impedido un compañero que le sorprendió en el momento de ir a realizarlo. El autor de la historia de Astorga, refiere el hecho de parecida manera, advirtiendo que lo oyó de labios muy autorizados; pero el Sr. Salcedo cree que «... todo ello debe de ser leyenda popular; pues no se comprende que el Sr. Obispo quedara en Astorga con sus familiares, cuando habían abandonado la ciudad todos sus habitantes.»(*)
Cierto que el barón de Marbot dice en sus “Memorias...”, que no había quedado en la ciudad ni uno solo de sus moradores; pero tan hiperbólica afirmación queda desmentida con lo que el Sr. Obispo refiere en la “Representación” que hizo «al Consejo de Regencia, y manifiesto de su conducta en la causa pública a los fieles de su Obispado, con el fin de precaver qualquiera sospecha a que pudieran inducirles las repetidas y calumniosas acusaciones con que la Junta superior del Reyno de León intentó desacreditarle en aquel Supremo tribunal y las Cortes generales del Reyno»[12] He aquí sus palabras:
«El día 1º de Enero (de 1809) entró el Emperador con su exército en Astorga, y arrojó al Obispo de su casa (habla en tercera persona) para hospedarse en ella con sus Mariscales: el obsequio que el Obispo le hizo fue tan escaso, que muchos lo tendrán por grosería: no se presentó a su entrada, ni acudió a despedirle en su salida; y solo habiendo sido llamado, se vio en la triste necesidad de estar con él como un quarto de hora la primera noche»
Y luego añade:
«Quedó por gobernador de la plaza el Mariscal Ney, a quien el Obispo, compadecido de la hambre que padecía la ciudad, se llegó a suplicarle, que sin perjuicio de surtir a la tropa de cuanto pan necesitase, diese orden para que no se impidiera el amasar al mismo tiempo para el pueblo.» [13]
El Ilmo. Sr. D. Manuel Vicente Martínez permaneció muy pocos días en la ciudad; pues, obligado por el Mariscal, salió para Madrid el 15 de dicho mes «... a las once de la mañana, entre veinte bayonetas enemigas, sobre un macho de maragato, y con los arreos propios de su exercicio».
Cruz de Distinción de la defensa de Astorga
![]() | Es de plata sobredorada, y lleva por detrás esta inscripción: en el centro, en forma circular, VIRTUTI ET MERITO, ASTORGA AÑO; arriba, 1810; abajo, ABRIL 20, 21. La que aquí reproducimos, en igual tamaño, perteneció a D. Esteban Macías Pérez de Ron. La concesión del Consejo de Regencia puede verse en la Historia de Astorga, del Sr. Rodríguez Díez, pág. 764. Más adelante, en vista de la exposición dirigida desde Cataluña a S. M. El Rey por el Mariscal de Campo D. José María de Santocildes, se concedió por Real orden de 10 de Abril de 1815, a cuantos individuos componían la guarnición que tan distinguidos servicios prestó en la gloriosa defensa de la Ciudad, una cruz de distinción –de oro para el General y Oficiales, y de plata para los soldados- que se describe en esta forma: «Se compondrá de cuatro aspas esmaltadas de color carmesí, teniendo en la parte superior del aspa vertical un lazo del mismo metal con un lema que diga: En Astorga con valor adquirimos este honor; su centro será ovalado en campo azul, y lo ocupará un cañón, colocado en forma vertical, con un fusil y un sable enlazados, y se llevará pendiente del ojal de la casaca o chaqueta, con cinta mitad azul celeste y la otra mitad blanca.» Según el diseño de esta Cruz deberá ser la condecoración conmemorativa del Centenario de los Sitios, creada por Real decreto dado en San Sebastián, a 5 de Septiembre de 1910. |
Acuerdo relativo a la traslación de los restos del húsar Tiburcio
Sesión ordinaria de 3 de Mayo de 1814
En las salas Consistoriales de esta Ciudad de Astorga, a veintisiete días del mes de Junio del año de mil ochocientos catorce, reunidos los Sres. D. Ambrosio Ayete, D. Agustín Franganillo, D. Francisco Xavier Gonz., D. Eugenio Lorente, don Francº Martínez Soto rexidores, y D. Lázaro Lorenzo, Príor Sindico gral., dio principio el Ayuntamtº en la forma siguiente:
Se leyó un memorial de D. Antonio Fernz. Albarez, Presbítero, natural de Villafrades de Campos(**), en el que expone que esta noble Ciudad de Astorga, siempre distinguida entre las de España por su fidelidad y patriotismo, dio una prueba de ello trasladando las cenizas de un hermano del exponente con la mayor pompa y solemnidad (según por estenso resulta de los acuerdos de este Ayuntamiento de tres de Mayo y diez y ocho del corrte.) por lo que tributa a este Ayuntamtº que la representa las debidas gracias, y siéndole al mismo tiempo indispensable tener una relacion individual, tanto de los servicios del expresado hermano suyo Tiburcio, como del acierto de la traslación de sus cenizas, suplica que este Ayuntamtº tenga a bien concederle un testimonio comprensivo de unos y otros hechos. Y enterado el Ayuntamtº de todo, acordó certificar en los términos siguientes:
«El Ayuntamtº de esta Ciudad de Astorga, condescendiendo con los justos deseos del exponente, Certifica: que en los años ochocientos nueve y diez se halló de guarnición para la defensa de esta plaza el soldado húsar de León Tiburcio Fernández Albarez, natural de la provincia de Campos, en cuya Epoca con un entusiasmo y valor singular, siendo el primero que se presenta á recibir Batalla a los Franceses en las inmemorables veces que intentaron asediarla, distinguiéndose siempre entre todos los valientes soldados y causando a los Enemigos el mayor daño posible, poniéndolos en alguna ocasión en vergonzosa fuga; de cuyas acciones la mas memorable y que jamás se olvidara en esta Ciudad, fue la del Doce de Marzo de mil ochocientos diez, que á presencia de toda la guarnición y habitantes, sacó libre á una guerrilla de quarenta tiradores de esta Plaza, que habiendo empeñado una defensa obstinada á un quarto de legua de esta con una descubierta enemiga superior en numero, no solo de Infantería sino de Caballeria, el dicho Tiburcio contubo con algun otro soldado de veinte y dos caballos que se componia su partida, a los Enemigos que atacaban á la Guerrilla en retirada, y cargándolos de nuevo hirio de un golpe de sable á el Comandante Frances que la mandaba, dando lugar con esta accion á que la guerrilla, reponiéndose y adquiriendo mucho valor, los atacase a su exemplo, los persiguiese matando algunos franceses y obligándoles á salvarse cada uno como pudo: siendo tantas las ocasiones en que exect iguales ó mayores acciones, que seria muy largo referirlas: siendo cierto que habiéndose abierto Brecha en la Muralla en el veinte y uno de Abril de mil ochocientos diez, se presentó en ella voluntariamente á defender Cuerpo a Cuerpo la entrada de los enemigos, teniendo el honor de haber muerto con un Puñal á el primero oficial enemigo que tubo el atrevimiento de montarla, quedando á sus pies é impidiendo el que ningún el que ningun Enemigo se acercase á aquel punto que miraba como sagrado. Jamas sabe el Ayuntamiento fuese Tiburcio reprendido por ninguno de sus Gefes por ninguna falta en el cumplimtº de sus obligaciones, antes bien, fue testigo de las glorias y honores que le tributaba la Guarnición y Pueblo.
Certifica igualmente que el veintidós de Abril de ochocientos diez, después de haber capitulado esta Plaza y como á las dos de la tarde, fue pasado por las armas por decreto del bárbaro e impío Junot, por haber querido sostener con su sable los derechos de la guerra con un Oficial Frances, que sin comision de sus Gefes habia entrado en la Plaza antes de evaquarla la Guarnicion Española. Su cuerpo fue sepultado en el Campo, donde permanecio hasta el veintiséis de Mayo de este año, en que viéndose este vecindario libre ya de los temores de la Guerra, las Compañias de tiradores de esta Plaza, en señal de eterno agradecimtº de acuerdo con este Ayuntamitº, hicieron la exhumación y traslación de las cenizas del siempre impasible y heroico Tiburcio Fernz. Albarez á la Parroquia Castrense con toda la majestad y aparato fúnebre de que es susceptible esta reducida Ciudad: todas las Parroquias, Cofradías, Cuerpos, Comunidades Religiosas, vecinos y clero asistieron á tan religioso acto, habiendo sido de los lugares inmediatos el concurso muy numeroso. El Arca majestuosamente adornada en que se cerraban las cenizas, fue depositada en las gradas del altar mayor de la iglesia parroquial Castrense con los honores mas extraordinarios y singulares, todo lo que así consta y resulta de lo notorio de estos hechos, Actas Capitulares y otros instrumentos. Y para los efectos que hayan lugar damos el presente en nuestro Ayuntamtº de la Ciudad de Astorga a veintinueve dias del mes de Junio de mil ochocientos catorce años.= Siguen otros acuerdos= Ayete.= Franganillo.= Salbadores, Srio.= »(***)
[1] Ver Apéndice A.
[2] Resumen histórico de los ataques, sitio y rendición de Astorga, de su reconquista y segundo sitio puesto a la ciudad, siendo Gobernador en la primera época, y Comandante general del Sexto Egército en la segunda, el Mariscal de Campo delos Reales Ejércitos D. Josef Maria de Santocildes. Escrito por él mismo. Madrid, en la Imprenta Real. Año de 1815.
[3] Parte 3ª, libro X, cap. X.
[4] Historia de la Muy Noble, Leal y Benemérita ciudad de Astorga, por Matías Rodríguez Díez, Cronista de la misma, 2ª edición. Astorga. Establec. Tipográfico de Porfirio López, 1909. Va ilustrada con 46 fotograbados y seguida de 44 apéndices, y es, sin disputa, por la riqueza de noticias y documentos, una de las mejores historias locales que se han escrito en España. Ver pág. 434.
[5] Monografía histórica, premiada en los Juegos Florales celebrados en la ciudad de Astorga, en la fiesta de Santa Marta del año 1900, escrito por D. Ángel Salcedo Ruiz, Doctor en Derecho y Auditor de Brigada del Cuerpo Jurídico-militar. Astorga, 1901. Pág. 195.
[6]Este precioso documento y todos los demás citados en este trabajo, exceptola partida parroquial mencionada, son inéditos. Débese su noticia al docto abogado y notable escritor D. Paulino Alonso y Fernández de Arellano, quien, no contento con estudiar detenidamente el archivo municipal y hacer en él importantes hallazgos, ha publicado y sigue publicando en “El Pensamiento Astorgano” luminosos e interesantísimos artículos sobre este y algunos otros puntos de la historia de los Sitios. A su amabilidad debemos también las copias literales que publicamos al final.
[7]Ver Apéndice B.
[8]Ver Apéndice C.
[9]En la carta que dirigió desde Betanzos, en 14 de junio de 1814, a D. Juan Bautista Andra y D. Laureano Rebaque, en contestación a la que éstos le escribieron participándole la exhumación y traslación de los restos de Tiburcio a la iglesia castrense de San Miguel.
[10] Página 62.
[11] Folios 209 y ss. del Libro de Acuerdos, del año 1813.
(*) Nota del Webmaster: Creemos comprender que cuando se refiere a “familiares”, se debe de entender que en aquel entonces, lo hacen al tratar de aquellos auxiliares o asistentes que tenían los prelados o los colegios, denominándolos en otras ocasiones como “criados”. Dicc. De la Lengua Española, por la Academia Española. Madrid. Imp. Fco. Mª Fernández, 1843
[12] Santiago, en la oficina de D. Manuel Antonio Rey. MDCCCXII.
[13] Puede verse el extracto de la Representación en el Episcopologio Asturiense, de D. Pedro Rodríguez López.
(**) Nota del Ewbmaster: En Valladolid
(***) Libro de Actas del año 1814. Folios 77 vº., y ss.