Conferencia impartida por su autor, durante las Ias Jornadas de acercamiento histórico a la Guerra de la Independencia en Jaén, celebradas el 2 y 3 de Mayo en el Antiguo Hospital de San Juan de Dios de Jaén. Publicado en el boletín de la Asociación Cultural Hispania, de Jaén, nº 2, Mayo de 2001.
En 1808 Alcalá la Real cuenta con unos doce mil habitantes, distribuidos entre la ciudad y sus aldeas, en su mayor parte dedicados al laboreo del campo. La vida del alcalaíno era tranquila, una vez pasados mejores tiempos, cuando la ciudad se asentaba entre las murallas de la fortaleza de la Mota, y era aduana y paso fronterizo entre los reinos de Jaén, Córdoba y Granada. Alcalá ya no era aquella ciudad tan elogiada por viajeros, poetas y ejércitos, que pretendía elevar su Abadía a Obispado y erigirse en cabeza de reino. La Abadía consumía sus últimos años de existencia, su iglesia abacial apenas contaba con feligresía, había delegado numerosas funciones en la céntrica iglesia de la Veracruz, y hasta el mismo abad había sustituido el solitario y vetusto palacio abacial de la Mota por otro más confortable en la principal vía de la ciudad, el Llanillo. Al igual que el resto de poblaciones de la época, su aspecto y vida no eran más que el fiel reflejo de la decadente trayectoria de nuestro país.
A Alcalá llegaban las noticias sobre el incierto destino que aguardaba a sus monarcas, las argucias del imperio francés por invadir Portugal utilizando a España como puente, pero nadie se imaginaba los tristes sucesos que le aguardaban a partir de 1810. Tras el júbilo mostrado por la proclamación del nuevo monarca Fernando VII, los alcalaínos quedaron perplejos ante la marcha de la familia real a Francia para entrevistarse con el emperador Napoleón y la posterior renuncia de Carlos IV a la Corona de España y la de sus hijos, el príncipe de Asturias y el infante D. Carlos, de lo cual el Ayuntamiento alcalaíno recibió notificación mediante Orden del citado rey, fechada en Bayona en 8 de mayo. La respuesta de Alcalá a los sucesos del 2 de mayo fue la organización de la Junta de Gobierno Municipal, compuesta por el Ayuntamiento, el provisor de la Abadía y los superiores de los cuatro conventos existentes "para atender al mejor servicio de la Patria en tan angustiosas circunstancias", según consta en el archivo municipal. Esta Junta Suprema o de Gobierno Municipal se unió en un principio a la de Granada, pero pronto se decantó independiente y mostró su disconformidad ante la Junta Central Suprema, presidida por el conde de Floridablanca, cuando ésta se organizó en representación del rey con el título de Majestad. Alcalá pedía que le dirigiese directamente sus comunicados y no a través de Granada o Jaén. Incluso llegó a reunir documentos de su archivo para demostrar (sin base histórica real) que fue ciudad con votó en Cortes, cuando la Junta Central Suprema anunció que éstas iban a ser convocadas. Por otra parte, esta Junta de Gobierno Municipal gozó de gran autonomía a la hora de tomar decisiones sobre la defensa de la Patria y de Alcalá, llegando incluso a tener autorización para imponer la pena de muerte sin necesidad de consultar a la superioridad para su ejecución. Desgraciadamente no poseemos demasiados datos acerca de este organismo local, ya que desaparecieron todos los documentos referidos a él con la entrada de los franceses en febrero de 1810, sin duda por ser altamente comprometedores para los responsables de la Junta.
Tampoco poseemos información acerca de los días previos a la entrada del ejército francés. En las actas del cabildo faltan numerosas hojas o fragmentos de éstas, y la numeración es irregular en las sesiones celebradas en el mes anterior a la invasión, igualmente sustraídas para evitar represalias. Esto también ocurre en los meses siguientes, con los franceses en el poder, en los que se notan irregularidades en su redacción y numeración, no constando en muchas actas nombres completos, fechas y firmas. Ante esta situación debemos de recurrir a la tradición oral, aquella que convierte la historia en leyenda y la perpetúa en la memoria del pueblo, para hacernos una composición acerca de los sucesos acaecidos durante la ocupación. El cronista alcalaíno Don Antonio Guardia Castellano, al que seguiremos durante toda nuestra investigación, recoge numerosos testimonios de sus antepasados, cicerones como él dice, historias que oyó siendo niño de boca de los últimos testigos de aquellos sucesos, para relatar la defensa y ocupación de Alcalá en sus Notas para la historia de Alcalá la Real, publicada en 1913. Él mismo se lamenta de no encontrar pruebas documentales que le confirmen la veracidad de las leyendas que escuchaba siendo niño, en las que "... los hijos de esta noble tierra, haciendo honor a sus gloriosas tradiciones, aparecían como héroes legendarios dispuestos siempre a todos los peligros y a todos los arrojos...", pero no se dejó arrastrar por su patriotismo local y se atuvo a los documentos oficiales, "ganando en veracidad lo que de gloria se pierda" como dejó escrito en su obra. No obstante, recurre a los testimonios de sus cicerones cuando las fuentes oficiales se agotan. Ante esta situación nos serviremos principalmente de la obra de Don Antonio, cuyas fuentes hemos revisado y ampliado en el archivo local en la medida de nuestras posibilidades.
Como antes hemos señalado, la primera reacción ante la matanza del 2 de mayo fue la creación de la Junta de Gobierno Municipal, encargada de prevenir sublevaciones y motines, prohibir juntas y reuniones, recluir a los varones, detectar a los sospechosos, motivar al pueblo alcalaíno para la donación de alimentos y enseres, y recaudar fondos destinados para el frente, muy abundantes por cierto, y en su mayor parte destinados a las tropas nacionales acampadas en Torredonjimeno. No tardó dicha Junta en formar un cuerpo militar compuesto por tres compañías denominadas "Milicias Honradas", destinadas a la defensa de la ciudad y de la patria, al igual que el ayuntamiento, que formó un batallón equipado y armado convenientemente. Hasta el Sr. Abad se animó a equipar y armar igualmente a cerca de cincuenta hombres. Estas milicias alcalaínas se ofrecieron a la Junta Suprema de Granada, que lucharían contra el invasor bajo las propias banderas de la ciudad, bordadas con sus armas y la imagen de la patrona, la Virgen de las Mercedes. La Junta granadina dio el visto bueno para su formación, pero las rencillas existentes entre el consistorio alcalaíno y la Junta de Gobierno Municipal hicieron imposible la formación de dicho batallón, lo que no impidió que los hombres ya reclutados, al margen de banales enfrentamientos, se pusiesen a disposición del Estado. Fueron destinados a Vélez Málaga para incorporarse a un regimiento de línea, concretamente el Regimiento 2º de Málaga, que con ochocientos alcalaínos en sus filas no pudo llamarse de otra manera más que Regimiento de Alcalá la Real. No fue muy fructífera la vida de este batallón, en las actas municipales se recogen numerosas peticiones de caudales para su mantenimiento que en parte no fueron atendidas, por lo que sus componentes acabaron disgregándose entre otros ejércitos.
Durante el invierno de 1809 a 1810 se recrudeció la ofensiva francesa, cuando ciento cincuenta mil hombres atravesaron los Pirineos para venir a reforzar a las tropas establecidas en la península. Tras la decisiva derrota de Ocaña, las noticias sobre la invasión de las Andalucías sembraron el pánico entre los alcalaínos. En Alcalá la primera reacción fue la de celebrar rogativas y procesiones multitudinarias, que contaban con la plena voluntad del pueblo y de la Junta de Granada. Mientras cincuenta y cinco mil soldados atravesaban Despeñaperros con José Bonaparte, en Alcalá Ayuntamiento y Junta de Gobierno Local no conseguían ponerse de acuerdo en las más mínimas decisiones sobre la defensa de Alcalá, según nos cuenta Guardia Castellano. Como él dejó escrito, "los egoísmos de los de arriba se impusieron las generosidades de los de abajo". Mientras el pueblo alcalaíno procesionaba a los santos de su devoción, el Conde de Sebastiani entraba en Úbeda y Jaén en el mes de febrero sin encontrar 0apenas resistencia, emprendiendo la marcha hacia Granada pocos días después.
El 26 de enero de 1810 enmudecen las actas municipales. Aquí tenemos que recurrir a las narraciones de Guardia Castellano, las hombradas alcalaínas que escucho de pequeño y que van a ayudar a completar el relato de lo sucedido en aquellos meses de ocupación. Al alba de aquel 26 de enero la noticia de la llegada del ejército francés corre como la pólvora entre el pueblo alcalaíno, que cierra sus comercios y talleres al toque de a rebato de las campanas de los templos, donde se expone el Santísimo para adoración popular. Se ordena que durante la noche no salgan mujeres y niños a la calle, y que permanezcan iluminadas las fachadas, aunque familias enteras huyeron con sus recuas hacia recónditos cortijadas fuera del alcanza de la soldadesca francesa, si bien muchos de los varones permanecieron fusil al hombro concentrados en la plaza del ayuntamiento. La noche fue larga en el Cabildo, donde la Junta de Gobierno tomaba decisiones y acuerdos de urgencia. A la mañana siguiente, algo más de doscientos hombres armados, agrupados en las Milicias Honradas y en los Voluntarios Municipales, se dirigieron al Barranco de los Postigos, en el camino hacia el Castillo de Locubín.
Una vez apostados en el barranco a la espera de Sebastiani, vieron llegar al General Freyre al mando de mil quinientos hombres y treinta cañones, que huían de la derrota sufrida en Sierra Morena días atrás, dirigiéndose hacia Granada para ponerse a las órdenes de la Suprema Junta. Este hecho, conocido como la "acción de Alcalá la Real", es relatado íntegramente por Guardia Castellano, que se lamenta de no haber encontrado documento alguno concerniente a aquella defensa, ni en las actas ni en ninguna historia de España, "tratado tan a la ligera por todos los autores, como suele acontecer con todos los hechos de escasa importancia y de adversos resultados".
Freire se sorprendió de ver a aquellos valientes, acaso locos valientes pensaría sabiendo lo que les aguardaba, que pretendían hacer frente a todo un ejército francés con sus trabucos. En cuanto llegó Sebastiani ordenó atacar a la entrada del pueblo, en busca de Freire, pero la resistencia ofrecida por los alcalaínos dio tiempo al español para salir de la ciudad con la artillería pesada, vital para futuras defensas. Desgraciadamente Sebastiani le dio alcance pocos kilómetros pasado Alcalá, mermando más si cabe el ya menguado ejército español, que se refugió en Iznalloz. Para tomar Alcalá debió de enfrentarse con sus habitantes, quienes desde los tapiales de sus casas, las esquinas, terrazas y balconadas se defendían a la vez que retrocedían por el empuje del ejército francés, hasta que algunas unidades penetraron en el barrio alto de la Mota para descender por las calles, anulando cualquier acción rebelde. Guardia Castellano reproduce un episodio de aquella jornada, escuchado a uno de sus cicerones en su niñez: "Yo mismo vi a uno de aquellos valientes que apostados en las esquinas del Pósito habían estado haciendo fuego contra los gabachos, bajar huyendo la calle Mesa, de un fuerte pelotón de franceses que entraron por las calles altas, y que al ir a pasar por la Tejuela para buscar su casa que estaba en la otra parte del pueblo, fue alanceado por un coracero que subía por el Camino Nuevo, yendo a caer a las gradas de la Cruz del Humilladero, donde fue rematado por sus perseguidores". Esa resistencia costó cara a la postre a Alcalá, frente a otras ciudades que abrieron sus puertas ante la sola presencia de las águilas franceses, que vio cómo las represalias se centraron en un primer momento en el saqueo de la ciudad, y a la postre en el cobro de fuertes tributos mensuales y ejecuciones, lo que provocaron sucesivos altercados durante los cerca de veinte meses de ocupación.
Pero en este punto encontramos una leyenda sobre la entrada del General Sebastiani y un supuesto milagro de la Virgen de las Mercedes, patrona de la localidad. Se trata de un romance popular de la época en el que se cuenta que el Conde Sebastiani ordenó tocar a degüello a la entrada de la ciudad como castigo a la osadía de sus habitantes. Los alcalaínos, aterrorizados ante la llegada del invasor, se encomiendan a su patrona, la Virgen de las Mercedes, quien realizó el milagro de hacer sonar el himno nacional de las cornetas francesas en vez de la sangrienta marcha. Esto enfureció a Sebastiani, quien decidió incendiar la ciudad, pero al tercer toque de cornetas quedó sin voz por lo que no pudo dar dicha orden, y cayó en la cuenta del milagro sucedido. Rápidamente se dirigió al templo de Consolación, morada de la patrona, para orar ante su imagen y ofrecerle su banda de general. Tras los rezos recuperó la voz y su primera orden fue la de celebrar misa diaria en honor a la Virgen de las Mercedes, a la cual asistía cuando le era posible. Este romance popular es muy discutible desde el punto de vista histórico, ya que existió dicha banda de general, pero fue la del general alcalaíno Don José María de Lastres, héroe de la batalla de Talavera, quien la ofreció a su patrona tiempo después. Por otra parte dicha banda se encuentra en la localidad manchega de Manzanares, luciendo la cintura de Ntro. Padre Jesús Nazareno. Otro romance, esta vez hecho copla o canción popular, titulada Romance a los turcos, entonada tradicionalmente durante la Pascua, y se refiere a la anteriormente citada milicia alcalaína:
A la misa del Gallo va mi Teresa, yo le paso el rosario y ella lo reza. Mueran los turcos, viva la reina, vivan los milicianos que van con ella, con sus cartuchos y cartucheras y sus fusiles y sus bayonetas y sus escuadrones galoneados.
Vivan los milicianos de Carlos Cuarto.
Destacar el apelativo de turcos dado al ejército francés, un hecho que nos hace sospechar que el ejército de Sebastiani contaba con la presencia de mamelucos, soldados egipcios que españoles de entonces denominaron turcos por su fama de sanguinarios. Durante dos días pernoctaron quince mil soldados en Alcalá, la mayoría acampados en la Fortaleza de la Mota, que vio la completa ruina de sus últimos edificios. Casas, bodegas, comercios, almacenes, conventos y oficinas fueron asaltadas y saqueadas el día 27, por un valor estimado de doscientos ochenta y cinco mil reales según una demanda de partidas redactada tiempo después, que la ciudad exigía "de lo que tomaron las tropas". Ese día fue durante mucho tiempo conocido como el día triste, el día en el que quedó al mando de la plaza Monsieur Mareschal. A su mando un número indeterminado y móvil de soldados y oficiales, cuyo mantenimiento corrió a costa del ayuntamiento, siendo el encargado de atender a las tropas el regidor D. Fernando de Tapia. Durante el año y medio siguiente se suceden en las actas municipales las cifras de las contribuciones que los alcalaínos pagaban por diferentes motivos, a lo que hay que sumar constantes requisamientos y expolios. A finales de año se hizo constar el gasto de tres millones de reales de la ciudad, de los cuales novecientos cincuenta y un mil se destinaron a la reconstrucción parcial de la fortaleza de la Mota. A la sangría económica hubo que sumar el nombramiento de un nuevo corregidor, el afrancesado D. Tomás Antonio Ruiz, pariente del abad alcalaíno exiliado a la vecina Priego de Córdoba, cuyos servicios al invasor eran sobradamente conocidos por el pueblo.
La visita del rey intruso, José Bonaparte, el 29 de marzo de 1810 marcó el devenir de la ciudad hasta la retirada de su ejército en septiembre de 1812. El apodado "Pepe Botella" perdonó a la ciudad diversos pagos de tributos y ordenó la formación de unas milicias alcalaínas que velarían por el orden ante la retirada de las tropas francesas que guarnecían la ciudad. Estas milicias tuvieron fueron denominadas escopeteros voluntarios de Alcalá la Real, a cuyo mando se situó a D. Ramón María de Utrilla, Coronel retirado del Ejército Nacional, reconocido patriota, quedándoles destinadas la guardia de las calles. La bajada de impuestos y la creación de las milicias espoleó los ánimos de los alcalaínos, que vieron en la nueva situación el final de sus males. Estos cuerpos estaban constituidos enteramente por hijos del pueblo, que gozaban de toda la confianza y apoyo público, pero no del nuevo corregidor, D. Tomás Antonio Ruiz, que se encargó de entorpecer las tareas propias de dichas milicias desde el primer momento. Esta situación de bonanza duró escasos días, ya que Sebastiani ordenó el cese de D. Ramón María de Utrilla de su cargo de Comandante de las Milicias en favor del citado corregidor, que se negó a entregarles las armas pagadas por el pueblo en sus tributos.
En la noche del trece de junio el pueblo se concentró frente a su casa para exigirles las armas, aporreando la puerta hasta echarla abajo. El corregidor trató de huir entonces por una puerta trasera, pero allí también le estaba esperando un grupo de sublevados que entró en su casa en cuanto abrió inocentemente la puerta. La persecución duró escasos segundos, ya que fue alcanzado y muerto al pie de las escaleras, muriendo también un sacerdote, igualmente afrancesado, que vivía con él y que trató de defenderlo. Tras el crimen se arrojaron los cadáveres por el balcón, quedando tendidos en la calle Real el suficiente tiempo como para que los viese todo el pueblo. No consta noticia alguna de lo sucedido en las actas municipales, como ya hemos dicho, que en los días sucesivos evitan tratar el asunto, pero Guardia Castellano nos cita las correspondientes partidas de sepelio, que posteriormente desaparecerían durante la Guerra Civil, en la Parroquia de Santa María la Mayor, especificando que ninguno de los dos llegó a testar.
Una columna enviada urgentemente desde Granada acabó con el motín, imponiendo como castigo por orden de Sebastiani el pago de un millón de reales. Ese tributo fue rebajado posteriormente, lo que no evitó que la ciudad no pudiese responder a este y otros pagos exigidos para el mantenimiento del ejército imperial y para las obras de fortificación. El retraso provocó nuevas amenazas y arrestos en la ciudad y aldeas, hasta que de Alcalá "se sacó hasta el último maravedí". La represión fue tremenda, sucediéndose saqueos, detenciones y ejecuciones hasta la retirada del ejército francés. No aparecen en las actas noticias sobre los actos de represión, pero D. Antonio Guardia nos cita una instancia que hemos comprobado en el archivo por la que Doña María de la Soledad Jurado, viuda de D. Raimundo Guardián, carcelero durante la ocupación francesa, recomienda a uno de sus hijos para que ocupe el cargo de su padre, refiriéndose a la experiencia que atesoró junto a su padre cuando la invasión de los enemigos "que quitaron tantas y repetidas vidas". Esta conducta sanguinaria de los franceses obtuvo su respuesta en la formación de guerrillas que se ocultaban en las sierras alcalaínas, a la espera de asaltar algún correo o pequeño destacamento francés. Tenemos constancia de uno de sus cabecillas, Juan Nieto, apodado "el de las hazañas", que se hizo famoso entre el pueblo por sus acciones contra los franceses. Por otra parte, el pueblo mostraba continuamente su desprecio a los franceses no asistiendo a las diferentes festividades que se celebraban, incluso cuando se repartían alimentos como en la festividad de San Napoleón. Ante la situación el Comandante de la plaza llegó a obligar a algunas mujeres a asistir a los bailes más selectos organizados en las propias viviendas de los alcalaínos, incautadas para tales ocasiones.
A los reiterados abusos ya dictados hay que sumar el expolio del patrimonio artístico alcalaíno, que hizo perder a Alcalá la más bella de sus edificaciones, la iglesia mayor abacial. A su llegada en febrero de 1810 instalaron su acuartelamiento en la fortaleza de la Mota, destinando la iglesia abacial a almacén y bodega y la torre de la cárcel a polvorín. Incluso pretendieron desmontar la fábrica de la iglesia para servirse de sus sillares para reconstruir las murallas. El convento dominico del Rosario fue uno de los más afectados. Sus claustros bajos fueron destinados a establos para reses y matadero, y la iglesia en su parte alta a almacén de paja, y en la baja y pórtico una carnicería, a donde acudía a abastecerse la soldadesca francesa. El convento de San José de los Capuchinos fue desalojado pero no llegó a sufrir daños, al igual que el de San Francisco de la Observancia en los aledaños de la Mota y el de Consolación. Las cuatro comunidades religiosas masculinas de la ciudad fueron desalojadas de sus conventos, siendo obligados a desfilar con casaca y sombrero de tres picos por las calles de la ciudad.
En septiembre de 1812 el ejército francés abandonó la plaza de Alcalá la Real llevándose consigo multitud de joyas y alhajas extraídas de las iglesias y conventos alcalaínos, las mazas de playa y el escudo de armas de la ciudad y las joyas del oratorio del consistorio. En la tarde del 15 de septiembre volaron el polvorín, sito en la torre de la Cárcel, una de las torres más antiguas y valiosas del recinto amurallado de la Mota, y prendieron fuero a la iglesia abacial. Se sabe que el comandante de la plaza comunicó a los cabildos eclesiástico y civil la necesidad de pagar el importe de los víveres y aprovisionamientos existentes en la iglesia abacial para que pudieran disponer de ellos libremente, ya que estaba próxima la hora de retirarse, y que de lo contrario incendiarían el edificio. Desconocemos la cantidad exacta de aquel importe, pero suponemos que debió de ser muy elevado, como venía siendo costumbre. Se dice que el motivo de la pérdida de la iglesia abacial fue la enemistad de ambos cabildos, empecinados en acusarse mutuamente su responsabilidad en el asunto. No tanto sería este el motivo como el deseo del personal eclesiástico de abandonar definitivamente el emplazamiento de la Mota, acostumbrados a la comodidad de la nueva sede de Consolación, en el llano. Fuese cual fuese el motivo, que desconocemos, lo cierto fue que en la tarde del 15 de septiembre el ejército imperial francés de Alcalá la Real emprendió la vuelta a su país alumbrando su salida con el resplandor emanado de las llamas que consumían la iglesia abacial.
Este fue el balance de la guerra de la Independencia en Alcalá, una ciudad que pagó caro que un puñado de sus hijos saliesen a defender sus familias y su patria del ejército invasor. Citando de nuevo a D. Antonio Guardia Castellano, "aquellos brillantes oficiales cubiertos de galones y entorchados, paladines y heraldos de la Europa civilizada, que llevaban por insignias, enhiestas sobre dorados mástiles, las águilas de oro de un Imperio, se convirtieron al pasar por nuestro pueblo en una despreciable cuadrilla de bandoleros, sin pudor y sin conciencia, que lo mismo se ensañaban con salvaje alevosía en el cuerpo indefenso de un patricio moribundo, que arrebataban con torpe mano, cual felones codiciosos, el trigo de las paneras, el ganado de los campos y la cruz de los altares".